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Presupuesto 2019: opoficialismo, parodia y alternativa vacante

delacalle Ninguno 25 octubre, 2018 - 12:02 pm en Opinión, Política

(Por Astor Vitali) Como se sabe, en la aprobación de presupuesto se define en números cómo será favorecido o atacado cada sector social. La jornada de ayer fue el ABC del manual de la vieja política: números herméticos, un dictamen votado a ciegas, acción de los servicios de inteligencia para distraer, funcionalidad de diputados opoficialistas para rotar el eje del debate y, finalmente, aprobación express bajo una jornada represiva pero aprobación bajo el estado derecho al fin (aunque para todxs resulte una parodia).

Vos dirás ¿cómo aprobación express si debatieron 20 horas? Es que más allá de la puesta en escena de la cámara baja y su transmisión online, hay que decir que la última versión del presupuesto 2019 fue entregado a cada bloque la noche anterior al día de debate. Quienes dicen, por derecha, que hay que dejar de ser un país bananero ¿cómo sostienen esto? Necesitaban aprobarlo sin mayores discusiones para tener media sanción en el tiempo acordado con Lagarde. De un día para otro ningún diputado puede arrogarse haber analizado el presupuesto.

Que el oficialismo esté haciendo los mandados al FMI así como a las familias enriquecidas a costa del saqueo al pueblo no es sorpresa. Tal vez tampoco debería sorprender, pero no por eso deja de joder, que ninguno de estos pasos aplicados por el oficialismo sería posible si dentro del opoficialismo no desplegaran ese juego perverso entre opositores “duros” y “serios”.

El sector “duro” sería el que denuncia todo y el “serio” el que vota el presupuesto para sostener la “gobernabilidad”. Esta división es tan cómoda como cínica y ofrece como resultado la funcionalidad al proyecto Cambiemos en connivencia con el de quienes tienen la manija a nivel trasnacional.

Ni Lousteau se cree ese argumento de que “hay que votar el presupuesto porque si no ejecutan discrecionalmente el del año anterior” porque el cómo resolverá el gobierno los problemas en los que él mismo se mete no es un problema de la oposición que fue votada, en este esquema de democracia epidérmica, para frenar las medidas que aparecen como “excesos”.

Quienes votan el presupuesto tal como está votan el proyecto oficial, ni más ni menos, y no fue para eso que han recibido el favor del sufragio opositor.

No son excesos, ni son oposición. Al igual que la reforma previsional, el congreso de la democracia sesiona y es parte del mismo estado que reprime fuera de los pasillos palaciegos. Esto no es legislar desde y para el pueblo: esto es imponer para el FMI y el proyecto de Cambiemos (que no deja de ser una alianza donde además del macrismo explícito participan la UCR y el partidito un poco de Carrió y otro poco de la Embajada).

No hay errores ni excesos en esta política. Son lo que son. Militantes del proyecto político Cambiemos con al menos dos objetivos claros: llevar adelante una transferencia de recursos económicos de los sectores menos pudientes a los más pudientes y avanzar lo más posible en la construcción de una subjetividad contemporánea sin perspectiva de pueblo y mucho menos clasista en el que la gente sería una suma de individuxs en igualdad de condiciones (¡!) que compiten (¡!) y trabajan para mejorar (¿?) a diario a través de su esfuerzo personal.

En este sentido, podemos decir que la reforma laboral ya está en ejecución, al margen de que no se haya aprobado su ley. Masivas monotributarizaciones, ataque sistemático a las organizaciones gremiales, pase de Ministerio a Secretaría de Trabajo, no otorgamiento de inscripciones gremiales simples ni personerías y campañas mediáticas que evangelizan acerca del discurso del emprendedurismo.

Cualquier acción que tienda a legitimar en el marco democrático estos dos objetivos centrales, como la aprobación del presupuesto y la relativización en el discurso de la defensa de las organizaciones de la clase trabajadora, convierte a quien las realiza en oficialista de hecho, más allá de palabreríos para el Instagram.

Claramente, para quienes buscamos justicia social, el cuestionar la parodia de la democracia que protagonizan estos mamarrachos profesionales que ofician de políticos, no es construir el clima de un discurso contra la política. Ese razonamiento dice que si la democracia no sirve entonces que venga alguien con mano fuerte. Y esa historia ya sabemos cómo termina. Pero lo que sí está claro es que las estructuras políticas con representación legislativa mayoritariamente se representan a sí mismas y sus negociados.

Diputado transero, dígame ¿qué pasa por su cabeza cuando negocia por alguna nimia dádiva, comparado con lo que se juega en el presupuesto, el hambre estructural? ¿Qué tan lejos de su prójimo tienen que estar su cabeza y su espíritu para aceptar una transa personal o para “los suyos” en alguna oscura oficina? Usted representa sus propios intereses y no los de sus votantes.

Por ende, no es a la política a lo que aparece como cuestionable sino la evidencia de que este esquema de funcionalidades garantiza la gobernabilidad y además el detalle de los designios macristas. Es decir, hace falta otra representatividad política que no se parezca en nada a las construcciones políticas opositoras que dicen que no en el discurso pero asienten con su voto.

Por derecha, tienen claro el descontento general de la sociedad con la política tradicional. Tal desencanto que se votó el presupuesto y, más allá de las organizaciones tradicionales de lucha, en la calle sigue todo más o menos igual. Por izquierda, entonces, cabe preguntarse cómo ganar ese espacio de desencanto con los políticos de pacotilla a la seducción de una herramienta que recoja la desazón y la transmute en proposición desde abajo.

El sintagma déficit cero debería traer a la memoria del pueblo argentino, a la memoria a corto plazo, la foto del ajuste estructural de De la Rúa y su consecuente represión. La diferencia, propuesta por el Fondo, de ajustar con inversión en materia de contención social constituye una diferencia que no alcanzará para contener el malhumor general.

El término clase política siempre me pareció despreciable, ya que no hay tal cosa sino políticxs que emanan de clases sociales determinadas. Pero la parodia de debate democrático de ayer merece al menos el mote de secta política de la que son parte decenas de personas que le hablan al “señor presidente” de la cámara a sabiendas de que no están realizando ninguna acción política concreta en favor de su pueblo sino, por el contrario, construyendo el escenario necesario para que Cambiemos diga en el exterior lo que finalmente ha ocurrido (gracias a ustedes): lxs representantes del pueblo votados democráticamente para defender sus intereses en el máximo órgano de debate político han aprobado la construcción de una gran guadaña sobre la que descansará el cuello de las clases medias y populares de Argentina: el presupuesto 2019.

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