Las vidas
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Es una buena práctica volver a escuchar las músicas que nos constituyeron afectivamente. Es bueno buscar y conocer nuevas cosas, sí. Pero también es bueno recordar de qué está hecho uno. Así que me alegra mucho que pases tus horas de descanso con Nirvana, Hermética, V8, Iron Maiden, Megadeth, Metallica, Almafuerte, Malón, ANIMAL, Sepultura, Soulfly y las otras bandas que me contabas. Pero no te hagas el distraído y sumale Rata Blanca…. que yo sé muy bien que también escuchabas.
Esto me lleva a compartirte una pregunta que ocupa cada vez más tiempo de mis desvelos: ¿de qué está hecho uno?
Y, como hoy no tengo tanto rato para dedicarle a esta sana costumbre nuestra de escribirnos, voy a ligar lo que estoy pensando respecto de este tema con la pregunta que me hacías sobre el final de tu último correo: “¿Cómo vas con tu libro?”.
Oficios Subterráneos se presentó hace ya algo más de dos meses. Ya te conté sobre la presentación y sobre el trabajo con nuestro común amigo corrector. Debo agregar ahora que voy recibiendo poco a poco comentarios acerca de los cuentos; percepciones, interpretaciones, valoraciones sobre mi calidad de escritor, alientos y silencios.
Alguna que otra persona que creía conocerme por mis participaciones en asuntos militantes se vio sorprendida: “no sabía que escribías literatura”. Hay algo en las pobres mentes fragmentadas por la modernidad que tiende a: 1) olvidar que estamos hechos de fricciones –que somos una cosa y la otra– (A y no A –a la vez y alternadamente y entremezcladas y a la vez nuevamente–); 2) olvidar que este es un continente hecho de patriotas que eran poetas y luchadores, como Martí; o que, Trotski, por ejemplo, era tan crítico literario como jefe militar revolucionario.
En fin, quien piensa sin complejidad proyecto pobreza hacia el resto. Pero es suya.
Esto me lleva a detenerme en un asunto de fondo que está implícito en Oficios Subterráneos. Te lo comparto.
Solemos referirnos a la vida de las personas. ¿Cómo está tu vida?, preguntamos. Sin embargo, tal vez sería más preciso hablar de las vidas de las personas porque, así como en Canto a mí mismo, Walt Whitman decía: “¿Qué me contradigo? / Si, me contradigo. Y ¿qué? / (Yo soy inmenso y contengo multitudes)”; también es probable que vivamos –a menudo imaginaria pero no menos intensamente– varias vidas.
Dice Silvia Iparraguirre, en su libro La vida invisible: “Muy pronto en mi vida (la frase es de Marguerite Duras) supe, no con la razón sino como se saben las cosas de la naturaleza, que vivía dos vidas: una visible y otra invisible. En la vida visible estaban mis padres, mi hermana, mi casa, la escuela. La vida invisible empezaba y terminaba con la lectura. En ella convivían ballenas blancas, castillos de Escocia, momias y pirámides, los caballeros del rey Arturo, un hombre naufragado en una isla desierta”.
En el libro asumí la postura de que siempre hay, al menos, dos vidas en juego imbricadas en cada vida. A los fines analíticos, a cada una de ellas le cabe un adjetivo o un rótulo identificatorio. O sea, esta vida es tal y esta otra vida es cual. Esta otra es mi vida profesional, esa la amorosa, la otra secreta, más aquí la pública… aquella: inconfesable.
No se trata, entendeme, de unas vidas que aparecen en el ámbito de la fantasía porque no nos es posible vivirlas en la realidad concreta: es probable que si llegásemos a concretar los más ardientes deseos, inmediatamente nos crezcan, como a la ramita de la hoja del potus, otras vidas deseadas. No se trata entonces del sueño burgués del éxito incumplido, acechándonos, sino de una determinación de seres condicionados por la imaginación.
Siempre habrá otras vidas que vivir y siempre habrá –hasta la muerte– deseo por fantasear, como recurso que nos salva de la hora de pagar los impuestos; no como estímulo para ir en búsqueda del sueño de realización personal pequeñoburgués sino como vía de escape de la pesadilla rutinaria.
“Las ensoñaciones de la pubertad son las más fuertes de la vida; están ahí, en potencia, nuestra capacidad de imaginar, de erotizarnos, de aterrarnos, de crear historias”, dice Iparraguirre, algunos párrafos después.
Y es probable que los mejores momentos que atravesamos durante la vida adulta sean aquellos que resultan ajenos a lo que se espera de una vida adulta, cuando logramos respirar algo de aquel aire de incredulidad suspendida que nos ofrece aquella etapa floreciente de la vida.
¿Qué es lo que ocurre cuando un adulto se entusiasma? Sueña, imagina, suspende las vacuas sobriedades de la vida machucada por los golpes de las necesidades.
¿No ocurre lo mismo con los oficios? O, mejor preguntado: ¿no son los oficios y las vocaciones una de las vidas de las vidas, unas elecciones acerca de qué hacer con nuestra fuerza vital, la del trabajo?
Oficios subterráneos pispea algunas historias posibles entre las infinitas historias de las infinitas vidas.
Aunque, probablemente tu pregunta cómo va tu libro se refería a cómo va circulando y si se vende. Va circulando y se vende. Pero, como sabés, en este país, si no sos hijo de alguien, parte de la familia judicial, burgués distraído, alcahuete de un doctor influyente o sobador de modas… difícil hacerse un lugarcito en el mercado de los prestigios.
Pero como decía un personaje de radio que hizo alguna vez nuestro común amigo Lucas Sánchez: “¡seguile dando, Astor”. Y, si San Martín cruzó los Andes en un burro muerto de hambre… más allá de las angustias, no veo por qué bajar los brazos.
La última: estoy juntando plata para ir a visitarte. Cortito pero bueno será mi paso por tu nuevo mundo (hay malaria y se nota).
Abrazos literarios y besitos en la última ranura de la batea (ahí donde quedan nuestros libros; ahí donde buscan los buenos lectores).





