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byRedacción/14 agosto, 2026/inBahia Blanca, Noticias, Opinión

Imposmodernizable

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

Querido amigo:

Ahora sí es tiempo de hablar de nuestras respectivas situaciones amorosas o de su recurrente inexistencia. Hablar de amor en tiempos de pantallas es hablar de fantasmas de otras épocas en las que las personas se relacionaban cuerpo a cuerpo y la sensación del temblequeo de las piernas ante un encuentro no era de terror sino de esperanza.

Inicialmente, cuando me contaste las virtudes del vínculo (palabra que habría que prohibir por diez años) que estabas compartiendo con Samanta, me dio mucha alegría. Porque sí y porque a vos te daba alegría. Y a mí me alegra cuando vos estás alegre (no lo que a vos te alegra, sobre todo cuando se trata de esa maníaca adhesión al teatro musical).

Pero siempre es así ¿verdad? No se puede comenzar una relación amorosa sin entusiasmo; aun cuando la hilacha sea tan claramente ceguecedora como el rojo fulgurante del cielo al medio día y el dolor porvenir queme más que el sol de verano cuando todo está seco y raspa, aún ahí (sobre todo ahí) es menester postergar cualquier elemento crítico sobre el incipiente romance para poder avanzar en dirección hacia el amor.

“Si yo pudiera como ayer / amar sin presentir”, dice un tango bastante fulero que tiene ese y otros hallazgos letrísticos.

Como se sabe, de cerca todos somos monstruosos.

Dichas estas obviedades, en materia amorosa –y no solo– en este momento de la hist(e)oria parece haber cierta retracción hacia la nada. Y la nada es lo contrario del amor.

¿Qué quiere decir “la nada es lo contrario del amor”, pelotudo?, dirás mientras me leés. Porque una frase que parece que dice algo puede que no diga nada (Instagram está hecho de eso –casi todas las redes sociales están hechas de eso–).

La nada es lo contrario del amor quiere decir que en el amor, por instantes y aunque fuera ilusoriamente, se encuentra sentido a nivel racional y a nivel sensual, o sea, se está siendo en tiempo fervorosamente presente y ser algo es lo contrario de no ser; o contrario de la nada.

Aunque también podemos pensar que en el momento cúlmine del amor la sensación que nos atraviesa es la del desvanecimiento en el todo, como si por un instante fuéramos parte del universo sin conciencia de un sí propio, de andar siendo un individuo escindido del resto de las cosas.

Volviendo, antes que pensar en atravesar una experiencia incómoda (siempre es incómodo el amor porque el otro es otro y siempre es inesperado lo que vaya a surgir desde esa otra forma de ver el mundo, desde ese otro ser –salvo en el contrato matrimonial del que se espera estabilidad, casita, perro, a veces hijos, vacaciones en un chalet y todo menos una situación amorosa–).

Entonces el capitalismo (cuando digo capitalismo digo en este momento histórico en que se construyen los vínculos sociales en un determinado sistema de producción que es de bienes y de seres, de subjetividades) nos ofrece la fantasía de ponernos a salvo del riesgo de la incomodidad: nos da herramientas para “filtrar” encuentros a través de aplicaciones, sitios de juegos (como dice Dolina: cuando fracasa el encuentro social y la buena charla, alguien saca un juego de mesa) y otros despliegues de marketing del love.

Mirá, para mí no se trata solo de denunciar que las aplicaciones son como vidrieras de gente. Eso es otra obviedad. Podría ser un juego sino estuviéramos tan podridos al juego de entrada. Se trata más bien de reconocer en el propio cuerpo qué tanto estamos participando de esta nueva realidad del amor ¿Cuál? La de carecer de toda predisposición a vincularme con el misterio, con lo que no sé qué va a pasar y que esto no me aterrorice. Es decir: la de vincularme con algo diferente a mí mismo y mis “preferencias”.

Ahora se buscan por ejemplo lugares de gente que se encuentra a través de “facilitadores” (empleados pobres de empresas ricas, que sonríen estúpidamente). SI no filtran las aplicaciones, filtran otros mediadores.

Cada vez menos le vamos a hablar a la persona de la fila del supermercado, a la piba de la biblioteca, al muchacho que camina por las mismas calles y nos mira. Porque la sorpresa está anulada; nos parece una locura.

Mientras los indicadores económicos del momento nos confirman que, en rigor, hemos perdido todo control acerca de nuestras vidas porque la mayoría nos hemos endeudado y no sabemos qué será de nuestra libertad ante este camino hacia la servidumbre que comenzamos a desandar para pagar las deudas usureras; creemos que tenemos controlado “lo emocional”. Eso sí está bajo control, porque nadie me amenaza con una cosa que yo no espero.

“Si te incomoda, no es por ahí”, dice un panel de Instagram. ¿Lo qué? ¿Cuándo fue cómodo enamorarse? Enamorarse es inquietarse. Es curioso cómo algunos reclamos contemporáneos que se asumen críticos del romanticismo y antisistema no son otra cosa que la realización del sueño burgués.

Si me llaman; no atiendo. Si me escriben y no quiero; no abro el mensaje o lo marco como no leído. SI me tocan la puerta y no quiero (porque si sí quiero: ninguna situación es inconveniente) me escondo debajo de la cama.

Ahora, lo que yo no sé y te pregunto. ¿Cómo hacemos? ¿Se terminó para siempre vincularse desde la propia sensualidad casual del encuentro de los cuerpos y de los cursos de la vida? ¿Qué hacemos quienes nos criamos en otro mundo? Porque no siempre se trata de no saber qué hacer; a veces se trata de que nuestro modo de hacer no es percibido en las nuevas normas del deber ser amoroso vigente.

Yo quisiera que me toquen la puerta y que me incomoden. Pero esto no ocurre. Y nadie quiere que le vaya a tocar la puerta (creo).

La paradoja es: la imagen de los cuerpos en las pantallas es cada vez más porno pero el modo de relación entre los cuerpos reales fuera de lo virtual es básicamente lo contrario de lo sensual y de lo bello.

El capitalismo está creando a su obrero perfecto que no asiste a esas orgias ideológicas llamadas asambleas; porque ya nadie asiste a donde hay otros cuerpos y muchos menos a friccionarse entre sí.

Cada quien en su casita, en el mundo ideal, seleccionando y descartando imágenes. Otra vez, catolicismo mediante, gana Platón: los amores son acerca de imágenes metafísicas que parecen perfectas y que jamás tendrán lugar igual en la realidad.

Aparece esta cosa que a mí me parece tan extraña que es que las personas tiene un modelo ideal que: no fume, no vote a tal cual, salga a correr, coma tal cosa, le guste maratonear no sé qué, mida más de no sé cuánto, le guste hacer senderos o la chota de Mohamet… ¿Cómo es posible enamorarse así si lo que estás buscando es un muñeco irreal (ideal)?

Uno se enamora de los accidentes que ocurren cuando dos que no se sospechaban chocan con la fuerza inexpugnable del misterio, y se arriesgan a subirse un rato a la pista para bailar, jugando a que todo saldrá bien; sabiendo que el final llegará; igual que el final llegará a todo. Mientras tanto es lo contrario del final y de la nada.

Por eso el capital nos pone brillitos en los filtros virtuales y nos filtra y exprime los colores en las vidas reales (porque, hermano, se ve: andamos caminando grises por las calles). Porque ganó el modelo por sobre el espécimen imperfecto real. Yo me quedo con las arruguitas, el lunar donde no va y esa marca de la piel, imperfecta, memorable, cierta.

Bueno, no sé qué pensás querido. Me voy a dormir (solo) otra vez. Ojo, culear podría si me pusiera a trabajar de buscar culear. Pero estamos hablando de otra cosa menos superficial, más allá de lo pasajero, y más allá de los modos en que nos dicen cómo hay que hacer las cosas hoy.

“Conocí a alguien con quien enamorar”, dice una letra de Fernando Cabrera. Está hermoso puesto así el término. Son dos personas que están en la acción de enamorar(se). El amor es un verbo (cuando se sustantiviza, muere y mata a los amantes).

También dice otra canción, pero esta vez de Silvio, “no voy, no vas, al juego del disfraz, corista tú y amor de este arlequín, romántico -al menos hasta el fin-, imposmodernizable”.

Y yo me siento así: imposmodernizable. Triste pero real, tal vez esta condición nos deje a unos cientos de miles hoy, abrigados del siglo pasado, sin la posibilidad de ser amados.

Qué va a ser. Como decía un personaje de Laiseca en El gusano máximo de la vida misma, a modo de corolario de un gran desamor: “es muy triste amar a una pelotuda”. Lo mismo habrán dicho de uno. Y esto ocurre cuando uno se olvida del amor y elije estar con alguien para no estarsolo, por presión social y por otros miles de aspectos que hacen a las leyes constitucionales, las normas civiles y el ejercicio de la moral y las buenas costumbres.

Querido, abrazo amoroso y besitos en el contrato prenupcial.

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