No hay por dónde
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Paco Ignacio Taibo II dice que, en materia de perspectiva, él prefiere ser optimista porque los optimistas sufren solamente después. En cambio, los pesimistas, sufrimos antes, durante y después. Y me incluyo en este segundo grupo con cierta congoja porque quisiera pertenecer al primero.
Unamuno decía que “no suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen fisiológico o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas”.
Y se ríe con mueca: “el hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o río por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado”.
Este libro del que saco la cita es tuyo. Está entre los que me dejaste antes de tomarte el palo. No sé por qué cuando te voy a escribir se me da por agarrar cosas que pasaron por tus manos. El tacto piensa.
Cuestión que en el correo anterior hablamos del amor. Vos le esquivaste al pelotazo en tu respuesta y me devolviste el pase por el lado de la política. Bueno. Vamos por ahí. Y sí, tenés razón, hay algo de fe poética con la que es necesario contar en cualquier iniciativa política para poner en movimiento su curso.
Así como nadie inicia una relación diciendo: “y sí, ahora estoy enamorado pero sé que se trata de un proceso químico que se agotará más temprano que tarde”; nadie se suma a un proyecto político diciendo “y bueno hacemos esto porque nos parece bien pero sabemos que no va a funcionar, que no va a ir para ningún lado, viste cómo está el mundo”.
Las revoluciones requieren de cierto espíritu épico, determinado arrojo de los cuerpos contra el racionalismo y contra el cálculo (que es un problema de carácter contable); no tiene que ver con acertar fórmulas correctas de la tabla periódica del deber hacer político (para eso están los sociólogos, que siempre llegan tarde y mal) sino que se trata (tal vez) de la articulación colectiva de una fuerza motora, una potencia que reside en necesidad de ir hacia allá.
Cuando eso toma fuerza, su nomenclatura es la consigna que sintetiza, recoge, ordena y dirige.
“¡Todo el poder a los soviets!”
“¡Pan, paz y trabajo!”
“¡PV!”
“¡Que se vayan todos!” Ah, no. Esta no funcionó. Tan toditos y sus parientes.
Como decía el Chapulín Colorado: “recuerdo que ya lo dijo el viejo y conocido refrán: al mal tiempo no hay pan duro”.
Pero la consigna no se inventa en una mesa oscura de ningún partido. La consigna es la lectura correcta por parte de dirigencia atenta de aquello que pasa en los suburbios del colectivo pueblo latente, agazapado, herido de padecimientos e inequidades.
Vuelvo. Sí, vos tenés razón, las organizaciones sociales que bancan la crisis del capitalismo (de las que el capitalismo siempre se viene recomponiendo, el campo popular en cambio, sigue en crisis) no están decepcionadas solamente de figuras políticas que han traicionado, defraudado, o no estado a la altura de las circunstancias. Quiero decir, no solamente.
Hay algo más: no están enamoradas.
Tanto es así que Milei fue capaz de seducir masas populares. Cómo serán los amigos…
“No hay por dónde”, decía el Chavo, en reemplazo de “no hay por qué”.
Cuando no hay sentido… no hay por dónde.
¿Quién diría: ¡La vida por Susbielles! ¡Massa o muerte!?
….
Perdón, me tenté y me atraganté. Casi termino en el hospital. De tan absurdo es tan real (como suele ocurrir; los personajes de Arlt únicamente nacen al mundo en el mundo de inicios de siglo XX en los cuáles él abrió sus sentidos y desplegó su arte).
Vos (antes de irte) y yo hemos hablado durante años con diferentes compañeros y compañeras de una infinidad de organizaciones sociales que se la pasan laburando diariamente, resolviendo urgencias. Toda esa dirigencia, toda esa masa crítica está absolutamente desencantada pero no de “la política”. Está desencantada de una condición necesaria previa a que aparezca una figura y por un motivo muy sencillo: no hay proyecto político que logre encantar a nadie.
Los debates en las fuerzas políticas de mayor peso electoral no residen en la oposición de modelos antagónicos (se trata de dos administraciones diferentes del proyecto neoliberal) sino en el pleito por cargos políticos. Los discursos elaborados por jefes de prensa, influencers y una caterva de técnicos de la (in)comunicación explotan de pedorrismo y se desvanecen en el aire antes de llegar al oído de nadie (nadie escucha toda esa palabrería).
En ese sentido, revisando el vínculo entre política institucional y pueblo: no hay por dónde. Pero entonces ¿en qué dirección buscar? O, en términos clásicos ¿qué hacer?
Daría la sensación de que la mayoría de la dirigencia, incluso la popular, está distraída mirando las pantallas en lugar de fijar la vista en las huellas concretas que las tradiciones de lucha revolucionarias han dejado en el mundo concreto.
¿No hay por dónde? ¿O hay que fijar la mirada en otra dirección? Sobre todo, en una propia, ajena a las lógicas de las maquinarias políticas de los administradores, gestores y sirvientes de la administración internacional de la pobreza.
Tal vez haya más poder revolucionario, más potencia épica, más conocimiento colectivo acumulado en el gesto absorto de las revoluciones que no fueron, que nos miran como pidiendo que nos acordemos del poder de la organización popular y no al revés, del poder organizando a lo popular.
Una cosa y la otra son dos cosas distintas.
Y ahí sí, si otros siguen organizándonos por nosotros…. No hay por dónde.
Bueno, che. Al final, conviene ser optimista. Ojalá me salga.
Le dejé a tu viejo lo que me pediste. Anda bien. Con los achaques de la edad y la locura que tuvo siempre. Pero todavía hay vida en su mirada, sigue hablando rápido de esto y de lo otro y, como siempre, le crecen las ideas a medida que florecen sus palabras.
Abrazo en la Comuna de París y besitos en la plataforma política.





