China: ¿cooperación o dependencia?

Fernando Romero Wimer, historiador, docente e investigador especializado en geopolítica y desarrollo analizó el ascenso de China en el sistema internacional y sus implicancias para América Latina. En diálogo con FM De la Calle planteó que el crecimiento del gigante asiático abre un escenario de disputa hegemónica con Estados Unidos, atravesado por tensiones, incertidumbre y nuevas formas de inserción global.

Describió el escenario actual como una transición abierta en el orden mundial. “Podemos decir disputa hegemónica […] y al mismo tiempo abre un escenario de incertidumbre”, afirmó, al tiempo que advirtió que Estados Unidos “muestra rasgos de declive” frente al avance sostenido de China.

Según el historiador, ese crecimiento no responde a un modelo socialista clásico. Por el contrario, plantea que “no hay un socialismo con características chinas sino un capitalismo con características chinas, con control estratégico del Estado”. Esta transformación, iniciada con las reformas de Deng Xiaoping, incorporó “relaciones sociales de producción capitalistas” y habilitó la expansión de empresas transnacionales.

En ese proceso, emergió una nueva estructura social y económica. “Son empresarios, son millonarios, los intereses de un Estado cuando hay millonarios, sabemos, son los intereses del capital, y no los de la clase trabajadora”, dijo dando cuenta de que el desarrollo industrial se apoyó en “una mano de obra barata” producto de la migración interna y la flexibilización de condiciones laborales.

A nivel global, China consolidó su posición como potencia en múltiples dimensiones. “Hoy China es la segunda economía del mundo”. Sin embargo, su proyección se construye desde “la retórica de la cooperación” y la idea de vínculos “ganar-ganar”, en contraste con la estrategia más confrontativa de Estados Unidos.

Esa narrativa, no obstante, convive con dinámicas que reproducen desigualdades en América Latina. “Más del 70% de lo que América Latina exporta para China tiene que ver con productos primarios”, lo que refuerza el patrón extractivista. En esa línea, subrayó que China “es parte de esto como reproductora de ese orden internacional”.

Los mecanismos de inserción incluyen tratados de libre comercio e inversiones con reglas favorables al capital. “Las empresas pueden denunciar a los Estados”, explicó, señalando que estos acuerdos limitan márgenes de soberanía. Incluso los préstamos, aunque menos agresivos que los de organismos tradicionales, “tienen condicionamientos comerciales y de inversiones”.

En el plano militar, la presencia China crece de forma gradual. “Aparece en términos de cooperación suministros de armamento”, indicó, y mencionó su participación en misiones internacionales y operaciones en el exterior. Este despliegue se vincula con una redefinición estratégica: el país “no descarta armar bases en el extranjero” en función de sus intereses globales.

Romero Wimer también advirtió sobre el peso simbólico y cultural de este ascenso. La idea del “sueño chino” expresa “el derecho de China a ocupar un espacio de poder en el plano internacional”, mientras que incluso en la producción cultural emergen relatos que acompañan esa proyección global.

Al mismo tiempo, consideró que esta expansión se apoya en múltiples redes de influencia. “Los acercamientos traen amistades y ahí vamos”, hablando sobre los vínculos militares, académicos y políticos. En ese marco, destacó “un enorme consenso de Beijing también en el campo académico”, donde su ascenso es visto muchas veces como alternativa al dominio occidental.

Frente a este panorama, la pregunta sobre si el ascenso de China es una ventaja para América Latina no tiene una respuesta lineal. Para el investigador, lejos de representar una ruptura, el gigante asiático “reproduce ese orden internacional”, combinando oportunidades de desarrollo con nuevas formas de dependencia. La clave, concluyó, está en analizar estas relaciones sin simplificaciones, atendiendo a sus contradicciones y efectos concretos en la región.

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