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byRedacción/11 septiembre, 2026/inNoticias

Walsh

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

Querido amigo:

Escuchame paparulo: tengo un cagazo que no te das una idea. Me pasé la vida arriba de los escenarios… como músico. Esta noche presentamos “Walsh” en el Centro Cultural La Panadería y este trabajo tiene una propuesta escénica. Aiaiai. Hay que poner el cuerpo de una forma distinta que el que lo pone un músico; más compleja, porque a todo esto se suma que los arreglos no son fáciles, o sea, hay que tocar bien además de prestar atención a la complejidad de la cosa escénica.

Voy por parte. Hace un año conocí a la artista Wendy Aniñir, cantante. Nos propusimos investigar a Rodolfo y María Elena Walsh con el objetivo de armar una propuesta artística que ligara las obras de ambos.

No queríamos partir de lo biográfico y hacer algo lacrimógeno y mucho menos reivindicarlos como héroes inasequibles. No: “con sus contradicciones”, como aclaraba sistemáticamente David Viñas (refiriéndose a Rodolfo).

Humanistas, ambos; podemos decir. Demócrata liberal, una. De nacionalista a marxista revolucionario otro. Ambos peleadores, de lengua filosa y cuerpo en guardia. Ella gremialista, poeta, compositora, comunicadora, escritora, feminista. Él periodista, investigador, escritor, fundador de experiencias de comunicación de todo tipo para cada época (periódico de la CGT de los Argentinos, Prensa Latina, Agencia Clandestina de Noticias), finalmente, dirigente político y gran maestro de la inteligencia revolucionaria.

Humanistas ambos, desde perspectivas diferentes. Una demócrata, pelea con las letras y cree en la educación pública de calidad. Otro demócrata de la democracia directa enfrenta con las armas a la dictadura burguesa terrorista (como la caracteriza Horowicz y a mí me parece mejor caracterización que muchas otras denominaciones de esa apuesta política genocida).

Rodolfo y María Elena fueron por caminos que no eran los esperados (no eran los que otros esperaban para ellos). Esto es otra forma de la libertad. Ella se escurrió del ala paqueta que miraba la revista Sur como puerta de barco simbólico hacia la Europa “culta” para convertirse en una cantora popular que experimentó musicalmente en cada época. Él fue virando de escritor que empezaba a ganar un lugar con sus policiales, pasando por su experiencia de agente cubano que advierte sobre la invasión yanqui a dirigente revolucionario, creador de un género periodístico literario –con Operación Masacre–, hasta terminar trabajando literariamente con proyectos de carácter más jugado desde el punto de vista estético; más complejos que los Sherlock Holmes vernáculos (Hernández y Laurenzi).

¿Qué los une? Una búsqueda honesta en torno de la pregunta ética: ¿qué tengo que hacer con esta conciencia que me carcome, contra este mundo cargado de indiferencia?

Sus líneas biográficas tienen contradicciones marcadas y conocidas. Sus búsquedas artísticas son apuestas hacia adelante. Porque, hasta hace no tantos años, había un adelante, había la idea de futuro y de futuro promisorio.

Pero adelante está el olvido.

A Rodolfo lo mataron; y la militancia no lo lee y lo alza como una especie de semidios inalcanzable (“¡Cuídense de que los aplaste una estatua!”, decía Nietzsche a través de Zaratustra).

Un gran no contra esto: Rodolfo era humano y esta mirada crítica que proponemos lo quita del ámbito del bronce para recordarnos que todos podemos pasar de la indiferencia más supina y desinteresada del mundo en un club de ajedrez de la Plata allá por la década del 50 para caminar lenta y accidentadamente hacia la emoción revolucionaria como puerta hacia la memoria, allá por la década del 70.

Fueron sus pasiones las que los llevaron a su trabajo intelectual: no al revés.

A María Elena la olvidaron. Olvidaron la parte combativa: Manuelita se fue a París… Está bien. Pero también “Sábana y mantel”, “Gilito de barrio norte”, “Los ejecutivos”, “The Kana” y otras tantas canciones que piensan el mundo para cambiarlo.

Queda lindo dejarla en el cuartito de la “música infantil” ahora llamada “música para las infancias” (no se sabe a cuáles se hace referencia en ese plural pues más bien lo que ocurre es una hipócrita maratón por olvidarse de la niñez durante casi todo el año y cantar finalmente Manuelita solo durante esas dos semanas de venta (en las vacaciones de invierno –que por cierto, contienen propuestas artísticas cada vez más pelotudas–). Después, nene, crecé en este mundo violento y curtite. Si hay algo de los que no nos preocupamos los adultos es de los niños. Pero nos encanta hablar de ellos.

Por estas y otras razones decidimos ir por otro lado. Reivindicar al Walsh militante es una obviedad (para quien quiere vivir en un mundo vivible). Olvidarlo como escritor es de una torpeza inaudita porque deja a lo oscuro la potencia, es decir, a quién, a qué escritor nos arrebataron aquel 25 de marzo de 1977, después de su valiente carta a la junta, vigente… vigente. Vigentísima.

Revidar la “parte acrítica, bonita” de María Elena es olvidarla como artista en su fase más interesante y crítica y, como se sabe, el olvido es otra forma de la muerte.

En la propuesta que vamos a hacer, hilamos nexos entre sus obras artísticas; alguito de lo biográfica, de lo ineludible, hay. Pero mayoritariamente vamos a lo artístico.

Te contaba que con Wendy trabajamos durante un año leyendo, intercambiando investigando, para armar la dramaturgia.

Luego, pasamos a pensar qué hacer sobre las tablas (con la plena conciencia de que no tenemos la mirada formada ni oficio en lo escénico). Por eso convocamos a la monstruosa Virginia Falcón.

Un monstruo es algo “único en su especie”, según recordaba el maestro Alberto Laiseca. “Si no es monstruoso no es artístico. Lo que no es exagerado no vive. Esto tanto en la vida como en el arte… lo que no es único en su especie”, decían sus bigotes, antes de que saliera el sonido de su voz.

Convocar a Virginia fue indudablemente un acierto porque nos movió el piso (del piso) en el que estábamos trabajando tranquilamente como músicos. Su mirada es monstruosa porque es exagerada para pensar y, a partir de ahí, única en su especie para proponer. ¿Qué quiere decir que es exagerada para pensar-para sentir? Quiere decir que intenta tomar el mundo con sus manos y su mente, la materia toda del mundo con sus manos y reordenarla con potencia artística y poética para que explote todo al carajo y la vida (al menos en ese momento escénico) cobre sentido.

(Aunque debo aclararte que eso que llaman exageración a mí me parece que debería ser la actitud vital corriente, el estado de cualquier artista. Pero ya sabemos que mis opiniones no tienen mayor importancia, y que la gente anda con el pecho helado).

Virginia, monstruosa y poética, con dos artistas de las música, construyó una pieza escénica de gran valor artístico (que tengo el cagazo de estar la altura, te decía).

Eso hacen los buenos cocineros: un manjar con lo que hay en la heladera, así sean dos dientes de ajo, arroz y algún aceite de algo con algún condimento.

Entonces “Walsh” es una obra construida por dos artistas de la música y reformulada escénicamente por una directora que sabe lo que quiere: quiere buscar, alterarnos y cuestionarnos (a vos también). Pero sobre todo quiere conjurar con Walsh este mundo vacío de ellos.

“¡Entiendan lo que están diciendo!”. “¡No!”. “No es creíble… probemos otra cosa”. Hasta que, como demiurga, crea con nuestros cuerpos eso que nadie, hasta que apareció su mirada, había descubierto.

Tonces yo tengo cagazo pero estoy contento.

Mirá, tribilín, acá hay algo, en el fondo y como punto de partida de este proyecto, de intentar cumplir con un capricho de un viejo muerto: David Viñas. “Hay que hablar de Rodolfo Walsh, viejo”. Decía. “No para ingresarlo en la comunión de los santos… con sus contradicciones”.

Antes de morir, quiso y no pudo, fundar una revista que se llamara Rodolfo. Lo charlaba con Horacio González durante sus visitas a la Biblioteca Nacional. Esto que vamos a hacer no es una revista pero es una reivindicación de esa demanda.

Pero te voy a decir algo más. Cuando a Christian Ferrer le preguntan por qué escribió La amargura metódica. Vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada, el querible docente anarquista responde con honestidad: “me conmovió su soledad y su amor. Este tipo escribió para mí. No me importa que los demás lean a Laclau, que lean Althusser, que lean a Butler, que lean a quien esté de moda”.

O sea, a Ferrer le daba bronca que un viejo que se la pasó combatiendo y queriendo amar, con “pájaros en la cabeza”, estuviera tan solo.

Nuestro único cementerio está la memoria, escribió en la carta a su hija muerta Rodolfo Walsh.

Y a mí, qué querés que te diga, me hincha las pelotas que María Elena y Rodolfo: la María Elena y el Rodolfo que son parte fundamental de la cultura crítica latinoamericana, los que nos interesan realmente, los que viven fuera de las marcas y de las modas, estén tan solos; recordados únicamente por los aspectos más superficiales de sus existencias que fueron mucho más complejas y más valiosas de lo que solemos traer a la actualidad.

Bueno, amigo amiguitus, te digo: fufú y chúcuchúcuchúcuchuucu…. y me las tomo porque tengo que ir a repasar la letra.

Ojalá estuvieras acá para compartir este momento de estreno. Te quiero.

Abrazo dramatúrgico y besitos en el proscenio.

Bum

Noticias, Opinión

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que acaba de irse al exterior. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

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6 marzo, 2026/por FM De la Calle
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