La Fiscalía de los Simios

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que acaba de irse al exterior. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

Querido amigo:

¡Pero qué bien que hayas conocido a Samanta! ¿Y ese nombre? ¿De dónde viene? Me alegro mucho. Yo hace rato que no recibo la caricia parturienta del amor. Pero no te voy a entrar a bolerear, que ya conocés mis historias. No hace tanto que te fuiste.

“Menos mal que te fuiste”, dije en el correo anterior. Ratifico y subrayo. Lo que está pasando en la ciudad (hoy te voy a hablar de Bahía Blanca nuevamente) está metiendo miedo. Más que miedo, instaura la sensación de terror a la que hacía referencia León Rozitchner como esa inmovilidad de la subjetividad ante el temor de la sanción; esa encerrona de cada persona en un individuo incapaz de moverse como comunidad. Si me muevo colectivamente puedo perder mi libertad. Eso está ocurriendo en este momento y muy poca voces se están alzando (ni que hablar organizando). Unos por sectarios piensan: “que me voy a mover por unos tipos con los que no comparto ideas”. El sectarismo clásico de una izquierda que leyó mal a Lenin (o no lo leyó). Otros porque malformación política (que no es lo mismo que falta de formación). Y hay quienes porque son cagones y se adaptan al tamaño que imponga el estuche de la época. Para ellos, toda cajita es feliz.

Para peor, lo que aterra surge del accionar de eso que los medios suelen llamar La Justicia, y que según el liberalismo, existe para garantizar derechos y otras entelequias que figuran en la constitución. Más precisamente, surge de una fiscalía. Ta bien, su función es perseguir. Pero ¡perseguir delincuentes! ¡Y mirá que en esta ciudad llena de negocios espurios, narcos y nuevos ricos hay delincuentes para perseguir, eh! Se ve que esas imágenes no les llegan; se ve que no encuentran “energúmenos” en las clases a las que quieren pertenecer, solo los encuentran entre trabajadores.

Una de las maneras de hacer carrera y de lograr que te vean en las alturas jerárquicas es intentar brillar para que se perciba el reflejo. En este momento, es fácil utilizar como trampolín las lianas de la selva robusta de gorilas que nos envuelve (nos asfixia) como clima de época. Escuchame bien lo que estoy diciendo: se puso de moda de vuelta perseguir trabajadores con cualquier excusa, allanar gremios, encanar dirigentes sindicales. ¡Es muy grave!

El cuento es sencillo. Semana santa (que en Uruguay me gusta más cómo le llaman: “Turismo”, -digo, para qué andar crucificándonos el calendario a quienes no nos reconoceos ni católicos ni apostólicos ni mucho menos romanos-), Empleados de Comercio va a fiscalizar a un supermercado grande argumentando que hay trabajadores que denuncian que los extorsionan para que vayan a trabajar –cuando el acuerdo legal es que no deben hacerlo–, llevan adelante una protesta medio rutinaria con unos poquitos, uno de ellos se manifiesta golpeando un cono contra una puerta. ¡Escándalo! Todos los focos se encienden y la rati señal vuelve a destellar en las alturas de esta tierra.

La verdad, me pareció tan ridícula la reacción contra este episodio intrascendente. Porque pusieron a todo el sistema de medios y judicial a hablar del tema y agrandarlo en su magnitud.

Le sacudieron con: daños, privación de la libertad y coacción. ¡Andaaaaa! ¿Qué les pasaba? ¿Les caen tan mal los feriados como los trabajadores?

Con toda esta parafernalia encaminada y poca resistencia: allanan gremio, secuestran teléfonos, encanan a tres. Parece un operativo de las unidades especiales por estupefacientes. El tratamiento es ir emparentando los siguientes términos: “luchador social” = “terrorista”.

Vos sabés que yo fui doce años secretario de un gremio. Participé de cientos de protestas. Jamás vi una reacción judicial así (absolutamente desmedida) por un hecho de esas características. Se pasaron. Como fui dirigente, vos sabés bien, a mí no me cae bien la conducción de ese gremio. Pero sería muy estúpido de mi parte mirar para otro lado por ese motivo.

¿Te acordás que a todo el mundo le gustaba en los actos recordar ese versito?: “Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. / Después se llevaron a los comunistas, / pero como yo no era comunista, tampoco me importó./ Luego se llevaron a los obreros, / pero como yo no era obrero, tampoco me importó./ Mas tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. / Después siguieron con los curas, / pero como yo no era cura, tampoco me importó. / Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde”. Si yo no dijera nada porque son de ese gremio que a mí no me gusta, habría recitado en vano este rosario sacro de la militancia.

Ahora, vos que estudiaste derecho un tiempo acá en épocas en las que la mayoría de los letrados le rendían cobarde pleitesía a Montessanti, a vos te consulto: ¿se puede considerar un delito penal una acción de política gremial? ¿Es agresión o autodefensa? Porque el acto de violencia es el desconocimiento de la empresa del derecho del trabajador, y es el trabajador el que, en su medida de protesta, está realizando un acto defensivo (no ofensivo). Es lo que en filosofía política se llama contra-violencia, ¿te acordás de aquel debate con del Barco hace unos 20 años? Hemos charlado de eso, bastante.

Poder se puede todo si hay decisión de avanzar contra alguien, ya sé. La pregunta es para que pensemos.

La fiscalía debería revisar su biblioteca en los estantes de derecho laboral para perseguir a las patronales en lugar de hurgar resquicios caprichosos del derecho penal para perseguir trabajadores organizados.

De lo que estoy seguro es de que esto es clima de época. En otro momento no se hubieran animado a salirse tanto de su rol. Escuchame, cuando los vecinos fueron a tirar mierda en la oficinas de ABSA ¿algún fiscal hizo algo? ¡Obviamente, no! Porque es una protesta, un reclamo legítimo. También se golpearon las puertas, se restringió la circulación, se enchastró todo con mierda. Se podrían haber imputado los mismos delitos.

Acá se saca el código porque es un problema de persecución gremial, está escrito en el firmamento del deber ser judicial de esta época la orden de que hay que perseguir (para abajo, no para arriba).

Sería bueno que el periodismo, tan interesado en todas estas cosas, realizara una investigación que diera cuenta de la eficacia concreta de las fiscalías (de este poder público) en los delitos que verdaderamente corrompen y destruyen la sociedad (trata, narco, lavado, etc.). Ah, no pero esto sería dedicar tiempo en lugar de replicar comunicados judiciales o de la cana, que es en lo que ha devenido el oficio de “periodista” o eso que llaman “comunicador” (que vaya uno a saber qué es).

Estoy muy preocupado porque, finalmente, nos estamos dejando perseguir. La CGT dijo alguna cosa, la UATRE otra y alguno más. Pero hace falta una movilización más contundente, un frente contra estas acciones arbitrarias de La Fiscalía de los Simios para decirles con firmeza que no: que se trató de un acto democrático defensivo de protesta y que por eso no se puede perseguir a ningún laburante, mucho menos allanar gremios y menos que menos encanarlos.

Ponele que podés hacer un llamado de atención en los medios por la forma, por lo del conito que te parece excesivo, bla (y un poco de formación de cuadros no vendría mal –no se puede hacer eso frente a cámara muchachos, les permiten a estos pitucos perseguirnos.). ¡Pero allanar sede gremial y encanar compañeros (uno con rango de adjunto)? No, che. No debería pasar. Pero así estamos.

Mil protestas parecidas hubo en donde ningún fiscal salió a perseguir. Esto es una bisagra. ¿No es cierto?

¿Sabés a qué me hace acordar? Al proceso de Kafka. En un momento el señor K. reflexiona: si desde el primer momento hubiera salido de mi cuarto y no hubiera permitido que iniciaran el proceso nada de esto hubiera pasado. En un momento de lucidez, repara en que él mismo permitió que se iniciara en su contra un proceso ridículo que termina con su vida, finalmente.

Después hay mil deferencias: en la novela nunca queda claro por qué lo persiguen; en nuestro caso está claro por qué.

Ojalá esto no pase así sin más ni nuevamente. Si un fiscal cualquiera puede entrar a perseguir gente y decirles “energúmenos” y después hacerse el “justicia imparcial” porque le pinta, estamos dañando el derecho de protesta, la democracia, el poder judicial y permitimos la criminalización de la protesta en la ciudad, a una nueva escala, casi sin precedentes (habría que ir hasta la época piquetera). Ni siquiera los liberales deberían acordar con esto porque se da de bruces con la lógica de su propio discurso de imparcialidad y chim púm.

Ojalá ser fiscal significara el honor de quienes persiguen delincuentes que dañan a la sociedad –ungidos por la sociedad en este noble rol– y no la desdicha de perseguir trabajadores que protestan por derechos constitucionales. Hijos de trabajadores que pudieron acceder a la educación pública persiguiendo la memoria de sus padres. Hay que rechazar y repudiar ampliamente al poder judicial cuando se extralimita y crea tareas que no les son propias. Esta es la tarea concretamente democrática.

De lo que estoy seguro es que aquel que no haya levantado la voz en este caso y no haya hecho su máximo esfuerzo para construir un frente contra este atropello, pierde todo derecho a exigir solidaridad cuando la persecución recaiga sobre sí. Porque, por si no queda claro, en algún momento, a todos los que peleamos y nos organizamos contra el poder concreto, nos van a venir a perseguir. En esta materia, desde hace siglos, no hay mayores novedades.

La próxima veo si trato de escribirte algo que no sea una pálida, querido mío de mi corazón.

Abrazo grande, cuídamela a Samanta y no te me vayas a desclasar allá en Europa, que parece ser la onda del momento.