“La identidad laboral de las mujeres se veía condicionada por su calidad de posibles madres”
Las historiadoras Eva Levantesi y Natalia Fanduzzi, investigadoras de la Universidad Nacional del Sur, abordan en un capítulo del libro colaborativo “Trabajar, Resistir y Organizarse: experiencias del Mundo Obrero en Bahía Blanca” cómo las primeras regulaciones sobre el trabajo femenino, entre 1904 y 1910, estuvieron atravesadas por el maternalismo, el higienismo y las tensiones del feminismo de comienzos del siglo XX.
Las primeras leyes laborales destinadas a las mujeres en Argentina no surgieron únicamente para reconocer derechos, sino también como parte de un proceso de regulación social atravesado por concepciones sobre la maternidad, el rol femenino y el orden social.
Esa es una de las principales conclusiones del capítulo que las investigadoras aportan al libro: “La regulación del trabajo femenino en Argentina en la primera década del siglo XX: del proyecto de Ley Nacional del Trabajo en 1904 a los debates durante el Primer Congreso Femenino Internacional de la República Argentina en 1910”.
“El primer congreso femenino actuó como caja de resonancia de lo que estaba pasando en otros sectores de la sociedad en torno al trabajo femenino”, sintetizó Levantesi.
Las investigadoras sostienen que la legislación laboral nació en un contexto de creciente conflictividad obrera y de fuerte intervención estatal. Sin embargo, advierten que aquellas normas estaban lejos de reconocer plenamente a las mujeres como sujetas de derechos laborales.
“La identidad laboral de las mujeres se veía condicionada por su calidad de posibles madres”, explicó Levantesi. Incluso las principales propuestas impulsadas desde el feminismo socialista reclamaban licencias por maternidad y otras protecciones “a fin de proteger la maternidad”, mostrando que la figura de la trabajadora seguía subordinada a su función reproductiva.
El capítulo también recupera las tensiones internas del propio movimiento feminista. En las actas del Congreso aparecen discusiones que hoy remiten a conceptos como el “techo de cristal” o la “doble jornada”, aunque formulados en otros términos. Recordaron que mientras algunas dirigentes denunciaban que las mujeres no podían acceder a cargos jerárquicos, al mismo tiempo reclamaban prohibir el trabajo nocturno porque “no es decoroso que una mujer salga a la noche”. Del mismo modo, cuando se propuso reducir la jornada laboral femenina por las tareas domésticas, surgió una respuesta que condensó uno de los grandes dilemas de la época: “Desde el momento en el que pedimos igualdad de condiciones no podemos pretender una protección distinta a la de los varones”.
Para las autoras, esos debates muestran que el feminismo de comienzos del siglo XX estuvo lejos de ser un bloque homogéneo. “Este congreso no tuvo conclusiones absolutas, sino que era verdaderamente una caja de resonancia de un movimiento en plena gestación”, afirmó Levantesi, quien destacó que las discusiones estuvieron atravesadas por desacuerdos entre socialistas, librepensadoras y la ausencia casi total del anarquismo, que rechazaba la estrategia de impulsar reformas estatales.
El trabajo también aborda los límites concretos de aquellas primeras leyes. Como explicó Fanduzzi, la aprobación de una norma no garantizaba su cumplimiento: el escaso desarrollo del Departamento Nacional de Trabajo, la falta de inspectores y el alcance restringido de la legislación dificultaban su aplicación efectiva. Esa preocupación ya estaba presente entre las participantes del Congreso, donde, además de celebrar algunos avances, se insistía en la necesidad de fortalecer los mecanismos de inspección y extender la implementación de la legislación laboral a todo el país. De ese modo, el capítulo no sólo reconstruye el origen de las primeras regulaciones del trabajo femenino, sino también las tensiones, contradicciones y desafíos que acompañaron el nacimiento de los derechos laborales de las mujeres en Argentina.






