Caracoles mutilados
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Bueno, está bien. Es cierto que no se puede vivir pensando en los fenómenos climáticos porque, finalmente, a pesar de nuestra voluntad el decurso de los acontecimientos ofrecerá respuestas. Pero entre el punto que nos separa desde el presente hasta el destino final, es inevitable, creo –¿o no y de eso me estabas hablando y no termino de entender?– padecer mentalmente porque la cabeza no tiene la deferencia de entregarse al juego, al puro presente, y entra a especular y en la especulación de lo que vendrá siempre aparece lo que amenaza, lo que será y no fue buscado: la tragedia, en fin, como posibilidad, corriendo como un toro enceguecido hacia nosotros (hacia nuestra muerte).
Perdón me levanté un poco poético y un poco dramático: lo que, sin moderación ni inteligencia equivaldría a decir: me levanté medio imbécil.
Estoy dejando una de las medicaciones psiquiátricas porque tuvo un efecto adverso en la piel. Más que estoy dejando, la formulación correcta sería: tuve que dejarla. Y por estas horas no termino de entender qué es lo que pasa con mi cuerpo (manda el dictador que vive en el melón).
Esto te lo cuento para advertirte en rigor que no estuve en las mejores condiciones estos últimos días como para leer cosas para compartirte.
Así hoy voy a ir con un par de nimiedades y algunas propuestas.
Cuando uno actúa como jugando (sin tanta mente, como cuando algo pega pero pega bien, simpático) uno se convierte en una persona más divertida, ciertamente de trato más amable con los demás. Al menos genera risa que es la única cosa contagiosa que hace bien (y que no abunda, salvo en la mueca de hiena de los cínicos vampiros que nos chupan la sangre a diario).
No puedo evitar, en mis accidentados estudios de japonés –que comencé hace algunos meses– que me den risa algunas cosas (tontamente y esto me pasa a mí en relación a lo que yo veo, no es algo del idioma, aclaro sobre todo por respeto a la cultura nipona y a mis amigos del país del sol naciente).
Por ejemplo, la palaba paraguas se dice (kasa) y se escribe en hiragana: かさ este es su kanji 傘. Lo cual, a cualquier persona más o menos concentrada en sus asuntos diarios o, por caso, en estudiar el idioma, no lo detendría en demasía. Yo llevo tres días pensando que, pensado así, un paraguas es como una casa (lo que se dice un “techo”) que uno va llevando consigo y que si quiere se la saca de encima y la deja a un costado (cosa que uno no puede hacer con las casas en occidente –ni siquiera idiomáticamente–).
Lo cual, por pensar no más en cosas, asociando, me llevó a un tema dramático: los caracoles no tienen “casa” porque su caparazón es parte de su cuerpo y allí hay órganos integrados. O sea que un caracol sin casa es un caracol mutilado.
Ahora, vos dirás: estúpido ¿qué tiene que ver todo esto entre sí? ¿Cuál es el punto en común? Y bueno… probablemente vos, o tu presencia en algún lugar de mi parcialmente desintoxicado cerebro. Porque desde que vivís en España una parte de mi cabeza está allá y por supuesto que el destino final (ese futuro que se levantó como amenza y en este caso cumplió su ejecución) de Miracarmen Abascal fue un hecho de impacto, insoslayable para cualquier persona más o menos sensible a algo.
Abascal es el futuro de esta clase obrera desorganizada y sin capacidad de disputa salarial ni de fuego, en términos de organización gremial. 87 años tenía, 71 años alquilando el mismo lugar; protestas de aquí y de allá, acampes, esto, lo otro: nada.
El gobierno intentó dos decretos y la dirigencia política se cagó bien de parado en los decretos. Lo que es cierto es que el gobierno tiene recursos para intervenir y resolver, más allá del gesto de hacer como que hace algo (el ademán progresista): se puede intervenir y resolver en favor de la desposeída (el accionar revolucionario).
¿Estamos hablando de tortura? El Sindicato de Inquilinas sugiere que sí, a través de un comunicado: “Lamentamos comunicar que en el día de hoy ha fallecido Maricarmen” y que “si bien se consiguió un acuerdo histórico que le habría permitido volver a su vivienda, esta solución ha llegado demasiado tarde. Una situación absolutamente evitable tras un proceso torturante”.
El 28 de septiembre se había llegado a un acuerdo con la empresa propietaria (capitales que alquilan casas a seres humanos, nótese) con un 50 por ciento de discapacidad y problemas de movilidad.
¿La causa que originó el desastre? Los especuladores básicamente dieron por nulo un contrato que habían firmado el padre y luego la madre de ella y quisieron sacarla más guita (me guardo los insultos porque no son solo estos miserables: es el sistema que permite que el techo de una persona sea el medio de enriquecimiento de otra).
Bueno, la terminaron rajando y fue internada en un hospital. A los días, murió. ¿De qué murió? De pena. Las planillas hospitalarias dirán cosas referidas a manuales de medicina. Pero todos sabemos de qué murió esta mujer anciana convertida es cascarita de un sistema que no quiere dirigir su vista a su futuro (a lo que hace con su pasado y su memoria).
En Chiapas, los zapatistas denominaron caracoles a los centros de organización política comunitaria. Nuevamente, donde algo se rompe en la ética y práctica de organización política, el caracol se quiebra.
El caracol es la casa del conjunto (más allá del techo sobre el que cada quien duerma). En este nuestros sistemas de viviendas de alquiler, arrancan a los inquilinos de su casa y los quiebran, y mueren. Eso significa el caso de Maricarmen.
Pero también significa otra cosa: que pudieron hacerlo, que les fue perfectamente posible llevar adelante este oprobio, que la organización social fracasó, que la organización política no estuvo a la altura (parate y combatí ¿o tenés miedo de una mancha en el expediente en tu “carrera política”, raner del compromiso relativo?) y que el gobierno sirvió para un culo a la hora de solucionar el problema.
El estado, por cierto, garantizó la legalidad para expulsar a la vieja a la mierda.
Significa también, entonces: que estamos regalados.
Y algo más: esta situación que tomó imagen, cuerpo nombre y apellido nos resulta espantosa porque alguien nos la puso en el plato del menú diario de nuestros “consumos culturales”, estaba servida y nos dio asco lo que nos trajo la pantalla mozo.
¿Qué es lo algo más? Que el ejercicio del cinismo es espectacular porque lo que llamamos Maricarmen y nos conmueve, comiendo una medialuna en un café porteño mientras le negamos una moneda al pibe porque “no sabés qué hay detrás”, nos resulta completamente indiferente la existencia constatable de decenas de miles de maricármenes que viven en esa circunstancia en nuestro país (en todos) pero digo el nuestro porque se sabe que Argentina tiene un déficit de vivienda considerable.
Esto es una escena casi cinematográfica: me conmuevo en la comodidad burguesa de mi casa, mojando la medialuna en el café con leche y en pantuflas, capaz que hasta se me cae alguna lágrima (ojalá dentro de la taza) digo: ¡qué vergüenza! ¡Qué hijos de puta! ¡No puede ser! Salgo a la calle, y el colchón húmedo junto a una bolita de ropa en la que padece estos últimos días de frío una persona cuyo rostro aún no he visto acá no más en Zapiola al 400 me resulta totalmente indiferente y esto es por una razón muy sencilla: miramos para otro lado.
A la hora de la verdad, la subjetividad neoliberal está gobernando nuestro accionar y miramos para otro lado, siguiendo nuestro caminito rutinario a nuestras propias comodidades, ignorando los padecimientos elocuentemente visibles de millares.
La pregunta que resurge como el trauma es la del viejo mal arriado pero oportuno que bramó en Rusia: ¿qué hacer? ¿Qué hacer frente a este estado de cosas?
Bueno, esto es lo que prometía unas líneas más arriba que venía a proponerte: que intercambiemos algunas lecturas acerca de cómo pensar salidas en este momento en el que parece que todas las compuertas, salvo las del consumo y la autodestrucción, están cerradas.
Yo te propongo algunos nombres y espero los tuyos. Marx, Lenin, Freud, Gramsci, Dussel, Fidel, Che, Luxemburgo, Viñas, Rozitchner, Sztulwark, Horowicz, Grüner, Federici. Vos agregá, total…
Me voy a pagar la boletas antes de que me arranquen de la concha y me destripen como al caracol.
Abrazos hogareños y besitos en la letra chica (siempre hay que leer la letra chica).





