“El verdadero cementerio es la memoria”
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Hermano, tengo que darte dos malas noticias: ayer murieron Patricia Walsh y Elsa Pavón. Me cago en dios y en todos los santos. Hay que adaptarse a un mundo que mueve sus placas tectónicas a diario; cambiás las personas que lo integran, cambia el mundo que uno habita.
Hace algunos días, creo que algo te conté cuando te hablé de mi viaje a Buenos Aires, le había escrito a Patricia para contarle que desde El Jilguero en Bahía Blanca estamos trabajando la obra Rodolfo Walsh, junto a la de María Elena. Quería verla, contarle.
Por supuesto, quería los permisos para trabajar sobre la obra de su padre, Rodolfo. Pero también quería verla porque Patricia Walsh fue una referencia fundamental para quienes fuimos pendejos cuando estalló la Argentina y queríamos sumarnos a una lucha política de izquierda.
Vos y yo, que somos de la generación que tenía 16 años en el quilombo del 2001; nos enteramos primero de quién fue Patricia Walsh, antes de saber quién fue Rodolfo.
Vos y yo empezamos a leer Nuestras Propuesta con la ilusa esperanza de que la unidad de la izquierda comenzaba a articularse en un gran frente electoral que nos llevaría a la victoria porque acá esto, el movimiento social lo otro, allá Lula, y acuyá Chávez y el Foro de Sao Pablo y todo eso (la política que pudieron construir los cubanos con la diezmada y mediocre dirigencia de izquierda latinoamericana).
Yo recuerdo perfectamente la voz tapizada de humo y de gritos de marchas de Patricia Walsh apareciendo en las imágenes televisadas de las protestas, en los actos contra la impunidad, en los escraches pero había algo más: era la voz de una hija que, superando su mera condición de hija, se había constituido con entidad propia en la lucha política y aceptaba la posibilidad de intervenir en el escenario político, por caso, su candidatura presidencial de Izquierda Unida.
¿Cuándo? En el 99, cuando una buena parte de la sociedad veía a la Alianza como una alternativa (y sabemos que se trató ni más ni menos que de la degradación del proceso neoliberal que terminó en 2001) y en 2003 (elección en la que Menem superó a Kirchner y luego se bajó).
Patricia Walsh fue durante muchos años el rostro de la lucha de la izquierda política argentina. Claro está que es una de las impulsoras de la anulación de las leyes de la impunidad. De eso te escribo más abajo porque te quiero contar algo que encontré al respecto.
Volviendo, pensando en este asunto, pensando desde la actualidad, desde este nuevo mundo sin ellas, en el caso de Patricia es posible hacer una operación que no se puede hacer en otros casos de familiares de revolucionarios (digamos así, para salir del lenguaje de la víctima): se pueden invertir los términos de una proposición formal porque ambos nombres tienen peso propio por su hacer concreto: no hay herencia, hay convicciones compartidas que confluyen en un apellido trágico y heroico.
Podemos decir entonces: Patricia Walsh es la hija de Rodolfo Walsh y: Rodolfo Walsh es el padre de Patricia Walsh.
Vicky, la hija que murió combatiendo a la milicada (cuyo ejemplo y derrotero siguió Rodolfo) es una héroa nuestra popular porque murió combatiendo. ¿Qué duda cabe? Valor, amor y coraje para sus 27 pirulos. Quería un mundo justo y era en serio y no un posteo. Tan en serio que, igual que el padre, tuvo que poner el cuerpo para que el enunciado “patria o muerte” cobre significado (no se nos puede creer si no, vio).
Pero, una vez que señalamos esta evidente heroicidad ¿qué pasa con los que quedan vivos soportando el régimen democrático normalizador que impuso el enemigo a través del terror? ¿Qué pasa con ese sobreviente?
Esos (todos nosotros) vivimos bajo los términos políticos impuestos por el terrorismo y las libertades que se nos otorgan se nos otorgan bajo el exclusivo y estricto reglamento de que no nos corramos un solo milímetro de las leyes del mercado (leyes que, leyendo bien a Marx, producen cosas pero también producen cosos –seres humanos, subjetividades, modos de pensar, racionalidades).
Sobre los que quedan vivos y los que venimos después es posible sintetizar varios prototipos. Se piensan como víctimas crónicas en lugar de sujetos políticos revolucionarios. Se van a mirar Netflix. Viven de un prestigio que no protagonizaron y hablan en nombre de luchas que no dieron. Reivindican las memorias de sus muertos y hacen sus vidas sin involucrarse. Se hacen académicos, funcionarios o de alguna otra burocracia. Reivindican y continúan luchas anacrónicas. Reivindican y construyen las luchas de su época.
Patricia hizo esto último, y por eso, si recuperáramos las viejas ceremonias de colgar medallas de combatientes destacadas, Patricia era una combatiente de la guerra por otros medios: la lucha contra el modelo neoliberal.
Se suele citar del clásico libro de de estrategia militar de Clausewitz que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Invertido, cuando la batalla militar cesa, la política es la guerra por otros medios.
En la figura de Patricia está la lucha contra la impunidad pero está el intento de la construcción de un proyecto político popular de base y revolucionario, desde su juventud en la JP hasta sus pasos por diferentes construcciones de izquierda y populares.
Conciente de los avances, nunca perdió la perspectiva crítica. En una entrevista realizada por el programa La política por otros medios de Barricada TV por el 2017 reflexionaba: “cuánto tardamos en poder juzgarlos. Recordemos lo que fueron las leyes de impunidad: cuánto tardamos en anularlas y cuánto tardamos en reabrir los juicios y abrir aquellos que todavía no se habían abierto… y todavía hoy hay otros juicios que deben comenzar y mientas tanto los juicios se extienden en el tiempo, los genocidas se convierten personas muy mayores, hay una práctica sistemática de concederles la prisión domiciliaria, las casas de los genocidas no son las casas de los trabajadores, de las trabajadoras: son las casas que pudieron conseguir con todo lo que robaron.
La verdad que es doloroso decirlo pero también ahí hay una denuncia que mi padre Rodolfo Walsh estaría haciendo sobre cuál es la situación de los juicios, cuál es la situación sobre las prisiones domiciliarias y cuál es la situación además con todos los lugares que son lugares de prueba: campo de deportes de la ESMA, la casa de San Vicente por dar dos ejemplos que son muy cercanos a su biografía”.
Patricia Walsh sintió la responsabilidad política no como la necesidad de participación de un aparato estatal para administrar el modelo neoliberal sino como la necesidad de una herramienta popular alternativa que sostuviera las luchas históricas y que no abandonara la lucha: “yo en realidad siempre reivindico nuestra lucha: la enorme lucha colectiva. Si no hubiera existido esa lucha no hubiéramos logrado absolutamente nada”.
Corta la bocha.
En esa entrevista recuerda que “inventamos los escraches: si no hay condena legal hay condena social”. Medidias que ahora los pitucos de la corrección política repudian.
“Luego me tocó a mí en el año 2001 ganar una banca como diputada nacional. Gané esa banca porque era 2001. Y ahí en el 2002 presentamos el proyecto para anular las leyes de impunidad”.
Recupera la memoria: “Ya en el año 2002 antes de que Néstor Kirchner fuera presidente habíamos presentado ese proyecto desde una modestístima banca de izquierda pero con mucha capacidad para hacer un trabajo transversal. Y ya en el año 2003 llegamos a 40 firmas de distintos bloques de centro izquierda y un solo diputado del PJ que nos acompañaba, ¡uno solo!, Ricardo Lolo Gómez, siempre lo voy a nombrar porque era un valiente, y encima cuando volvía a su bloque lo castigaban”.
“Cuando llega el año 2003 nos encontramos con una situación distinta hay una coyuntura que empieza a ser diferente, existe el reclamo de extraditar genocidas y ¿la Argentina qué iba a hacer, iba a exportar criminales? Y Néstor Kirchner, que había asumido con un porcentaje bastante escaso de votos para pensar la gobernabilidad de un país tan complejo como es la Argentina, tenía que darle respuesta a eso”.
“El 9 de junio del año 2003 me invitaron a la casa rosada por el aniversario de los fusilamientos de José León Suárez, me invitaron como hija de Rodolfo Walsh, no como diputada nacional… eso ya fue una preocupación porque yo era las dos cosas. Pero decidí ir como hija, que era la invitación que me llegaba… pero portarme como hija. Entonces llevé debajo del brazo el proyecto de nulidad de Punto Final y Obediencia Debida y los decretos de indulto aquellos que eran simples y que incluían solo genocidas y se lo dí en mano al presidente Néstor Kirchner que se lo dio ese mismo día a quien era su secretario de derechos humanos que era Eduardo Luis Duhalde”.
“Empezaron a estudiar esta posibilidad y empezaron a demorase con el estudio de esta posibilidad. Y entonces yo con el encuentro del colectivo Memoria Verdad y Justicia y con Adriana Calvo que motorizaba la cantidad de organizaciones marchamos a una sesión especial el 12 de agosto del año 2003. Pero con una característica que yo siempre destaco: llamamos a movilizar, no era una sesión cualquiera: vino una multitud”.
Finalmente, el presidente de la cámara la llama la noche anterior para comunicarle que van a anular Punto Final y Obediencia Debida.
Cosas del presente, planteaba Patricia. “La construcción de impunidad es una amenaza permanente y en la medida en que la lucha baja un poco la guardia esta construcción de impunidad se impone”.
Hoy, la impunidad de los que lavan guita y hacen negocios con trata y narcotráfico -los capitalistas contemporáneos- está garantizada. ¿Qué duda cabe? En cada ciudad de este país lo tenemos claro.
Ante la decepción generalizada que han impuesto los proyectos políticos que han gobernado, Patricia apostaba a la organización de base y a no abandonar la autonomía de los proyectos populares.
Te transcribí todo esto porque no tenés tiempo para andar buscando de tanto hacer changas pero además porque tenía la necesidad de escucharla. A Patricia, sí.
Cada vez que se va una de estas compañeras, uno siente que hay lugares que ya no están ocupados y se pregunta ¿qué estoy haciendo yo? Entiéndeme bien: no qué estoy haciendo desde lo social ni desde lo sindical ni desde lo barrial ni si separo la basura ni si soy más empático o si soy prolijo en la administración de algún colectivo (esa palabra espantosa llamada “gestión”). No: concretamente me pregunto: qué estoy haciendo yo en lo político.
Un choto estoy haciendo, gurí. Sí, ya sé que hace rato que lo discutimos y parece que no hay por dónde. Pero ¿y la propia responsabilidad en este asunto se disuelve en un difuso colectivo inasequible? Mmm… Yo sé que vos decís que no hay que ser franciscano pero algo nos tiene que doler, melón, si no ¿qué nos moviliza?
Volviendo. En circunstancias totalmente diferentes pero con desafíos políticos perfectamente vigentes, El Jefe, como llama Paco Ignacio Taibo II a Rodolfo Walsh, escribió: “La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo”.
Cambiemos la máquina de escribir por la pantalla…
Te cagué el día. Perdón. Bueno, las cosas son como son, tomodachi.
Abrazos en la incógnita de qué carajo hacer en estas circunstancias y besitos en la frente de nuestros fantasmas.
PD: a la angustia también hay que darle de comer porque es lo que nos permite estar
alertas ante las amenzas y nos impulsa a prepararnos para lo que viene; que ojalá nos salga bien.
PD 2: en la carta de despedida a Vicki, Rodolfo Walsh escribe: “No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía”.
Patricia tampoco pudo despedirse y sabemos que quienes venimos del marxismo tenemos cierta reticencia a sumergirnos en las fantasías metafísicas y a la imaginación de las existencias en los másalláces. Pero si por un momento suspendiéramos, por piedad hacia nuestro propio dolor, esa herencia iluminista contra los mitos, uno desearía que en este preciso momento, la memoria reúna con los suyos en un abrazo amoroso a la hija que siguió combatiendo por otros medios y que debió acudir tantas veces a esa memoria para sus visitar a sus muertos.
Ocurre que la memoria es colectiva; está en nosotros que no nos sigan sepultando, está en nosotros revivir a nuestros muertos dignos aquí y ahora en nuevo proceso político popular.





