Sobre la defensa de algo peor que la esclavitud clásica
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Tenés razón en tus comentarios sobre los medios españoles (en respuesta a mi pedido de tus interpretaciones sobre lo que ocurre en la realidad política europea) y te cuento que, respecto del asunto de los mensajes de los lectores, yo también venía pensando en estos días porque me pasó una de esas.
Pienso que sobre todo es penoso por el empobrecimiento del debate porque pierde el poder de las reflexiones críticas sepultadas bajo los escombros de lo que produce la ira; puras descalificaciones sin atender al asunto del cual se habla.
Hace algunos viernes fui invitado por el programa Frente a Cano para conversar un rato acerca de El Jilguero y otros asuntos de la cultura y de esas cosas de las que suelo hablar (“todas esas pelotudeces”, como solíamos bromear).
La conversación con Luis Cano, Mauro Llaneza y Soledad Reuque (la mesa del programa) fue muy amable y rica; estamos hablando de periodistas que siguen haciendo periodismo y no de esa nueva subespecie llamada panelista.
Bueno, pero más allá de la gentileza de la nota y de los pensamientos que intercambiamos -viste cómo es esto- los programas luego suben cortes (con imagen). En este caso se trató de un breve fragmento en el que me refería a cómo la llamada industria cultural impone requerimientos de trabajo no remunerado en los que sumimos la mayor parte de nuestras horas y luego nos quedan unos pocos momentos para abocarnos al hecho artístico en sí mismo, que se supone que es la tarea del artista.
Como sabemos, el nivel educativo de la Argentina viene decayendo sistemáticamente y, en materia de audiencias de medios, pasamos –en no más de 50 años– de un lector promedio medianamente informado que intentaba un buen uso del lenguaje en sus cartas de lectores o mensajes en radio (una Argentina que quería utilizar la mente para pensar a diferencia de esta que quiere utilizar lo menos luminoso de su capacidad intelectual con el simple objetivo de descargar ira) a un comentarista violentado en sus propios términos que escribe desinformado y con unos usos desagradables del lenguaje que sospecho sería desaprobado por su santa madre.
Este tipo de oyente que otrora hubiera resultado subnormal, se ha convertido en la norma: es alguien que no ha leído ni escuchado lo que se ha dicho, no ha comprendido las ideas centrales que se plantean (ni le interesa hacerlo) ni las ha ubicado en su contexto temático concreto y sin embargo no tiene empacho en escribir un mensaje intentando lo que supone un razonamiento (cosa que no logra) y, para variar, el cobarde insulto de quien sin poner el cuerpo escribe en una pantalla una agresión verbal contra un desconocido (o algo con esa intención).
Bueno me tocó uno de esos. Su nombre no lo recuerdo y desconozco sus aportes a la vida cívica y comunitaria pero recuerdo que escribió: “Campeón del Martin fierro (sic) cultural… Pregúntale a un microemprendedor (sic) q (sic) tiene q (sic) hacer para vender más de 7 budines, q (sic) los compran sus tías, familiares y amigos.. (sic) Seguro q (sic) le queda poco tiempo y recursos para dedicarle al arte del budín… Eso se llama, laburar… actor de reparto.. (sic)”.
Al principio intenta una ironía, que no termina de producir su efecto porque al poner fierro en minúscula ya no nos estaríamos refiriendo al personaje de Hernández sino a otra cosa inenarrable. Vendría a ser un empleado de un tal Martín cuyo oficio es el de ser campeón, a quien se ve que lo apodan “fierro cultural” o algo así.
Luego de este fracaso en el empleo del sarcasmo, nos plantea su argumento de fondo que, haciendo un gran esfuerzo, podemos intentar hacer inteligible. Esboza una comparación entre el trabajo que hace una persona que se dedica a otra tarea (la elaboración de budines) por cuya labor (la elaboración del budín) recibe, en caso de producirse la venta, un intercambio económico a través del dinero.
Esto ocurre también con el artista.
Muy bien.
El resto del trabajo es: difusión, armado de afiche virtual y físico, horas de redes sociales, pegado de afiches por los barrios, atención de preguntas de los clientes y un largo etcétera se trata ni más ni menos que de trabajo no remunerado.
En ese sentido, nos referíamos a lo mismo. La diferencia reside en que en el planteo que desarrollé durante el programa yo denuncio que se trata de trabajo no remunerado y defiendo que está bien llevar a la conciencia nuestro carácter de explotados en tanto el budinero como yo (como todos), bajo el supuesto de que la tecnología “democratiza” estamos en rigor regalando seis a ocho horas de trabajo (a los esclavos medievales al menos le daban alimentación y vivienda) y sobre todo digo que esto es una mierda maloliente, que me da asco y que nos tiene que dar asco reconocer nuestra voluntaria predisposición al saqueo de nuestra fuerza vital.
Más, dice: “eso se llama, laburar” (lo más ingenioso de su texto me pareció el disruptivo uso de la coma en esta oración). O sea que tiene plena conciencia de que se trata de trabajo. Pero es trabajo no remunerado y esto no le molesta, lo ve como parte de la cosa.
O sea, un tipo se cree muy inteligente agrediendo a un artista, reivindicando su condición de esbirro, de defensor del hecho contemporáneo de que trabajemos horas y horas sin remuneración (digamos retrasando dos siglos en el reloj de los acuerdos internacionales).
Por si fuera poco, en otro intento fallido de producir un efecto (en este caso el efecto del insulto) arroja, a modo de cierre: “actor de reparto”. Cosa que es trabajo muy honrado, epíteto por el que le agradezco y destaco fue de las flores más fragantes que desplego en su aparato conceptual (flor de aparato).
Conociéndote el chiste fácil, vos dirías que cualquier persona que se maneje bajo estos términos le falta cariño y traqueteo. Qué se yo… hay de todo.
Hablar de este asunto del trabajo me llevó al recuerdo de una nota a pie de página que alguna vez subrayé en el texto El malestar en la cultura de Freud. El tipo viene hablando de las fuentes de padecimiento (las pulsiones internas, las del mundo exterior y las de las relaciones con otras personas) y explicando distintas herramientas para esquivar el bulto como las orientales que buscan el gobierno de las pasiones, la soledad, la protección del afuera, el uso de sustancias, etc.
Y en una de esas habla justamente de la sublimación que puede lograr el trabajo artístico que “se consigue cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico o intelectual. Satisfacciones como la alegría del artista en el acto de crear, de corporizar los producto de su fantasía, o como la que procura al investigador la solución de problemas y el conocimiento de la verdad, poseen una cualidad particular”. En esta parte del texto, que precede a la nota al pie, Freud se encarga de destacar que
la limitación de esta herramienta reside en que “no conmueven nuestra corporeidad”.
Ahora, si bien dice que esto es un recurso limitado a los artistas (a poco número de personas) en su pie de página amplía el tema y dice que puede ser pensado simplemente aplicado al trabajo libre a secas esa la posibilidad de sublimar.
Mirá, Segismundo lo dice bien clarito:
“Cuando no hay una disposición particular que prescriba imperiosamente la orientación de los intereses vitales, el trabajo profesional ordinario, accesible a cualquier persona, puede ocupar el sitio que le indica el sabio consejo de Voltaire. En el marco de un panorama sucinto no se puede apreciar de manera satisfactoria el valor del trabajo para la economía libidinal. Ninguna otra técnica de conducción de la vida liga al individuo tan firmemente a la realidad como la insistencia en el trabajo, que al menos lo inserta en forma segura en un fragmento de la realidad, a saber, la comunidad humana. La posibilidad de desplazar sobre el trabajo profesional y sobre los vínculos humanos que con él se enlazan una considerable medida de componentes libidinosos, narcisistas, agresivos y hasta eróticos le confiere un valor que no le va en zaga a su carácter indispensable para afianzar y justificar la vida en sociedad. La actividad profesional brinda una satisfacción particular cuando ha sido elegida libremente, o sea, cuando permite volver utilizables mediante sublimación inclinaciones existentes, mociones pulsionales proseguidas o reforzadas constitucionalmente. No obstante, el trabajo es poco apreciado, como vía hacia la felicidad, por los seres humanos. Uno no se esfuerza hacia él como hacia las otras posibilidades de satisfacción. La gran mayoría de los seres humanos sólo trabajan forzados a ello, y de esta natural aversión de los trabajos derivan los más difícil problemas sociales”.
O sea, defendamos el trabajo que nos hace libres y en el que incluso podemos sublimar.
Pero defender el trabajo no remunerado, la autoexplotación… qué se yo. Él sabrá qué le acontece.
Abrazo sublimador y besitos en el ello.





