Utopías contra el progreso
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Hola, loquito. ¿Así que volviste a ver la saga de Terminator? ¿Tas cagado? Y bueno, no es para menos. Sobre todo si uno lee las cosas tal como se publican.
Por estos días, en lugar de pensar salidas y escenarios deseables, buena parte de la agenda mediática giró en torno de las declaraciones de algunos referentes de la industria (que es lo que es) que organiza la llamada inteligencia artificial.
Yo ahora estoy desocupado y no estoy haciendo un pingo en radio pero no pierdo la costumbre de tomar notas de las publicaciones, estudiando, como si tuviera que salir al aire a la mañana siguiente (trastornos buenos de la impersonalidad).
Así que tomé notas de algunas cosas. Primero: la renuncia del investigador de Anthropic, Jacob Coxon, quien justificó su retirada por cuestiones éticas. Dijo que las empresas de IA están haciendo cualquiera, poniendo en riesgo la vida humana.
Concretamente dijo, luego de tres años de investigaciones en esa empresa –el martes pasado- que en la carrera por ganar mercado están descuidando cuestiones de seguridad.
“Pronto serán sistemas sobrehumanos capaces de jaquear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana y adquirir poder y recursos reales. Todos hemos sido testigos de los avances en cada uno de estos ámbitos, y el progreso no se está desacelerando”.
Hasta la vista, beibi.
Otro de estos arrepentidos tecnológicos, Samuel Marks, dijo que entre los propios investigadores creen que el uso de estas tecnologías “podría causar la extinción humana o resultados igual de graves”. Más, dijo: “cuanto más alto es el cargo del empleado, mayor es su preocupación” al respecto.
Bueno y que pese a los riesgos, nuevamente, las empresas se cagan en todo para ganar guita y crecer. De eso se trata el capitalismo, aunque los hijos de la modernidad insistan en intentar-creer que será posible mancomunar desarrollo y vida (una cosa anula a la otra; hay que vivir en la tierra, no contra ella).
Bueno y la última nota: Evan Hubinger, también Anthropic, fue un toque más contundente que Coxon: considera 10 % o más la probabilidades de que la IA nos liquide a toditos los seres humanos y que esto podría ocurrir de acá a diez años.
Tranqui.
Ahora, habría que reflexionar acerca de nuestra relación con el arte y cuáles son los universos que nos permite pensar. Porque está claro que en la subjetividad occidental hay una referencia ineludible entre estos enunciados y Skynet. O sea, estamos habilitados para imaginar en ese sentido; no en otro diferente, personal, disruptivo.
Después hay otros delirios (no importa si son posibles o no: son delirios de superhombres, continuidad por vía tecnológica del proyecto nazi-fascista –hay que releer al loquito NIetzsche–).
Hay otros que la van por la inmortalidad (ya hacienden de superhombres a semidioses –no crean pero no mueren-)- Otro chabón que escuchan los cabecitas de circuito es Ray Kurzweil y en su libro The Singularity Is Nearer, se extiende en torno de la idea de que los seres humanos podríamos volvernos prácticamente inmortales con el uso de nanorobots.
También hay pelis aburridas con mucho presupuesto sobre este asunto. Aunque a mí de esta fantaseada me gusta mucho más el enfoque artístico que propuso Martín Caparrós en su novela Sinfín. Maravillosa.
“En esos días no era fácil morirse –y no solo por una cuestión técnica. Morirse, en esos días en que tantos se habían quedado sin religiones, se había vuelto un asunto cada vez más privado, más desprotegido, más brutal: para la mayoría, como pocas veces en la historia, morirse era entrar en un agujero negro del que ninguna superstición o ciencia prometían salvarlo. Por eso, seguramente, el desespero técnico de postergar todo lo posible es momento. Esa, en última instancia, era también la promesa de la preservación: hacer que ese momento absolutamente final quedara postergado sine die, disuelto en la esperanza de volver”.
Galeano decía que detestaba el término “Intelectual” porque “pobrecito, un hombre reducido a su cerebro”; ¿y el cuerpo? ¡Y los sentidos? ¿Y su sensualidad? Bueno en esa novela de Caparrós sus personajes dan algunas posibles respuestas a este asunto.
Yo escribí una novela que no publiqué (si querés te la mando) que se llama Últimas tesis sobre la imagen que aborda este tema. Quién sabe si alguna vez verá la luz.
Bueno, cuestión que lo que yo te quiero decir hoy (que también tengo poco tiempo porque seguimos con la obra Walsh y hay quichicientas tareas que hacer entre corregir guion, ocuparse de la venta de entradas, cargar a la planilla, atender a la prensa, repasar la música, el texto, lo actoral, etc., mientras recibo gente acá en El Jilguero) es lo siguiente: ¿por qué estamos discutiendo y hablando en torno de estas distopías? Porque desde el desarrollo del modelo moderno occidental, del humanismo que pretendía mediante la ciencia y la técnica y la educación llegar a una vida plena, no hacemos otra cosa que ir como una locomotora por las vías del “progreso” hacía el derrotero de nuestra propia extinción.
Lo que hay que revisar es el humanismo: el humanismo tiene como deriva este capitalismo tal y como está. El progreso trae a esto y punto.
Contra estas distopías hay que contraponer y proponer nuevas utopías basadas en cosmogonías ajenas al paradigma del progreso. Está bien el logos (el conocimiento supuestamente posta y no mágico); pero recuperemos mitos que nos permitan dar sentido a la vida y vivir con modelos económicos que conciban al ser humano no como centro sino como parte de la vida.
Dicho en términos filosóficos: es la vida y no el ser cartesiano. Dicho en términos más filosóficos: a la existencia, a la vida, al dios spinoziano (el todo) le importan tres pitos lo que piense Descartes o cualquiera; existe y punto..
Bueno no llegué a desarrollar toda la idea pero vos me entendés.
Los huevos revueltos y las vulvas en remojo tendríamos que tener de discutir solo y tan solo en torno de las distopías de estos mamertos tecnológicos. La mente florecida deberíamos crear discutiendo nuevas utopías, fuera del paradigma del progreso que hasta aquí nos trajo.
Abrazos industriales y besitos en le res extensa.





