(Por Astor Vitali) Astor Piazzolla se plantó. Astor Piazzolla fue un piantado. Se lo quiere (o se lo odia) “así, piantao”. Las cosas tienen un contexto: este columnista se llama Astor. Y se llama Astor por Piazzolla. Por este artista universal que nació un 11 de marzo, hace cien años. Su trabajo hizo que otro artista de un pueblo ignoto del sur de la provincia de Buenos Aires, General Daniel Cerri, -mi padre- haya decidido pelearse con la administración pública nacional para que su hijo sea nombrado de esa y no de otra forma. Astor. Sin segundo nombre ni diminutivos. Hasta los tres años, quien suscribe, no tuvo autorización del juez para su bautismo civil. Era nadie pero era Astor, quisiera o no el Poder Judicial. Astor no sólo no era reconocido en el ámbito del tango: Astor era considerado “nombre extranjero”. Curiosidades de un país que es conocido en el mundo por su música, entre otras cosas, y particularmente por la música de Astor (Piazzolla).

En el libro El mal entendido de Diego Fischerman y Abel Gilbert -cuya lectura recomendamos- se da cuenta de las complejidades que constituyen un emergente como Piazzolla. Recuerdan que el crítico literario Harold Bloom sostuvo que “imaginar es malinterpretar”, refiriéndose a la poesía y aseguran que “esa idea es perfectamente aplicable a la música y a algo que ha definido a Piazzolla en sus asimilaciones del jazz y de la primera ola modernista de la música de tradición escrita: actos únicos de ´incomprensión creativa´. Si Piazzolla hubiera tenido una actitud mecánicamente epigonal y mimética hacia Stravinsky o Bartók apenas habría sido un reverente catalogador de técnicas. Su lectura ´errónea´ fue siempre creativa. Al buscar una genealogía de esa ´malinterpretación´ como apertura al espacio creativo, Bloom se encuentra con el clinamen, el nombre en latín que dio Lucrecio a la impredecible desviación que sufren los átomos en la física de Epicuro. El apartamiento como modo de fidelidad cifrada. A veces se habla de influencias, lo que lleva de alguna manera al mismo lugar. La influencia, añade Bloom, siempre ´procede de una mala lectura´, es ´un acto de corrección creativa´, de ´distorsión´ que, por otra parte, es intrínseco a una pretensión de progreso artístico. Y vaya si Piazzolla la tuvo”.

Durante una entrevista televisiva, el propio Piazzolla daba las claves para interpretar su práctica: “El problema mío es que yo estoy en contra de todo lo que se repite y de todo lo que es fácil. Porque es mucho más fácil para una persona tocar El choclo, La comparsita, Uno o Adiós pampa mía. Temas que se escribieron hace cuarenta años atrás pero que son muy lindos. Pero estamos viviendo en el año 84, yo no puedo tocar salir a tocar el choclo o uno. Yo no puedo olvidar las grandes orquestas de tango como tampoco podré olvidar a Duke Ellington, porque tocaba en el año 20 en Nueva York. Al contrario: yo jamás podré olvidar a George Gershwin como jamás olvidaré yo a Aníbal Troilo. Lo que pasa es que yo no debo tocar de esa manera porque todo ha cambiado. Tengo el deber, mi obligación… yo tengo 63 años y yo tengo que escribir con la mentalidad de un chico de 20 años”.

Dicen los autores del libro señalado: “Hoy entendemos, posiblemente mejor que cuando éramos más jóvenes, lo difícil que debe haber sido ser Piazzolla en tiempos de Piazzolla. Y vemos con mayor claridad que, con independencia de las palabras que los propios músicos utilicen, de la precisión técnica con que estas sean usadas, y, también, de las apelaciones a formas, géneros o ámbitos cargados de prestigio simbólico (la fuga, la sinfonía, lo ´clásico´, ciertos premios, el Teatro Colón), lo que importa, finalmente, es lo que suena. Casi nadie revisa como elemento probatorio concluyente si Bill Evans escuchó o no a Luigi Nono o cuán epidérmica es la cita de Stockhausen de Hymmen en ´Revolution 9´, de The Beatles. Las obras de arte y las palabras que intentan dar cuenta de ellas a veces corren por carriles distintos y hasta divergentes. Los propios músicos no siempre son claros acerca de sus intenciones y logros. La verdad no habita en sus explicaciones o apologías sobre las obras. Para acercarse a ellas, ir sobre sus pasos como si se tratara de cazar la propia sombre, está, ante todo, la música. Después, solo después, se pone en funcionamiento una máquina interpretativa, afloran los discursos, con sus paráfrasis y analogías, los análisis y los contextos, la ponderación y la crítica. Este libro siempre ha tratado de ser un puente (uno más) con aquello que nos legó Piazzolla, un modo reflexivo de acercamiento a lo que, primero, llegó como una vibración: el aire de Buenos Aires en movimiento”.

Acerca de los datos biográficos de Astor Piazzolla está todo a mano. Pero en el contexto de este aniversario nos parece interesante sugerir una síntesis poética: la canción Balada para Astor Piazzolla de Fernando Cabrera. Una manera de conocer una vida a través de una canción. Bella manera de conocer una vida.

Volviendo a su arte, “alguien en el mundo piensa en mí”, dice la canción de Charly García. Fue Nadia Boulanger quien, cuando Piazzolla estaba cansado de su situación en la escena porteñay su el tango, y fue a profundizar estudios para avanzar en la música académica, le dijo que como músico “clásico” sería uno respetable pero que Piazzolla era ese que estaba amagando con bajar los brazos. Siempre hay oídos adecuados: hace falta encontrarlos y no siempre es tarea fácil.  

Hay muchos Piazzollas, siempre en diálogo y tensión con las épocas que le tocó atravesar y ser atravesado por cada una de ellas. Hay Piazzolla de película, tanguero, sinfónico, electrónico, clásico, nuevotanguero. Hay Piazzolla intentando adaptarse a las formas del futuro con la memoria abigarrada en la historia sonora de su Buenos Aires, que no siempre lo quiso.

También queremos recomendar, por estos días, el trabajo que se está llevando adelante desde el Teatro Colón. Varias miradas sobre Piazzolla conviven allí.

También el Centro Cultural Kirchner ha trabajado una propuesta para abordar la obra del Maestro.

En Bahía Blanca, la influencia de Piazzolla sobre el Grupo Volpe Tango Contemporáneo es innegable. También en la música de los bandoneonistas históricos, en la inspiración de arregladores y cantantes, y también en diferentes abordajes de intérpretes, como el que puede escucharse en el disco de Alberto D´Alessandro.

Desde el punto de vista político tuvo flancos criticables, como su cena con Videla o sus disculpas ante el menemismo triunfante.

En una entrevista realizada por Crstian Vitale (publicada en Página 12 en 2001) a Diana Piazzolla, su hija escritora y militante del Peronismo de Base durante parte de los setenta, cuenta que nunca quiso saber nada con la portación de apellido: “Mi papá me decía ´querés que hable con Neustadt, este aquel o el otro´ y yo me negaba. Entonces, trabajé en fábricas de galletitas, limpié fábricas, etc. Quería mi propia vida. Pero la cosa se fue poniendo cada vez más jorobada. Papá no estaba políticamente de acuerdo con lo que yo hacía y el colmo fue cuando detuvieron a mi esposo, que era dirigente gráfico. Nos allanaron todo y nos vimos obligados a irnos al exilio.

–¿La posición de su papá en ese momento era la misma que cuando empezó a militar?

–No. Había cambiado. De golpe, él y mi hermano decían que eran de derecha. Pero lo decían con cierta ironía: Fidel y Menem, para él, eran parecidos. Jamás se lo perdoné.

–¿Nunca?

–En aquel momento no. Hoy sí, pienso que alguna idea tenía que tener el viejo. Pero en ese momento, yo estaba exilada en México y pasaba hambre. Y él no me ayudaba económicamente. Cuando yo estaba afuera, nadie, excepto mi vieja, me dio una mano. Todos se hicieron los osos. Tengo un resentimiento muy grande sobre aquel pasado. No tenía ni qué ponerme para ir a trabajar. Ellos me mandaban ropa usada, rota. Pero, como positivo, me queda el hecho de haber mantenido mi dignidad.

–¿Qué sintió cuando su papá se sentó a comer a la misma mesa que Videla?

–Yo trabajaba en el diario Excelsior de México y, cuando la prensa se enteró, vinieron todos a hacerme preguntas. Jamás le voy a perdonar que haya cenado con aquellos que habían allanado el domicilio de su hija, mandado preso a su yerno dejando dos hijos en manos de mi primer marido, que me los había robado. Pasaba todo eso, muy doloroso, y mi viejo sentado con los asesinos. Cuando le dijeron que yo no lo quería ver nunca más, se puso a llorar y me vino a ver a México. Ya estaba casado con Laura Escalada.

–¿Cuál fue la excusa que usó para que lo perdonara?

–Me pidió disculpas y me dijo que lo había hecho por miedo. Una respuesta facilista, porque todos teníamos miedo. Yo lo quería con toda mi alma al viejo y esa vez me había defraudado totalmente.

–¿Qué pasó de ahí en más?

–Borrón y cuenta nueva”.

El carácter revolucionario de Astor Piazzolla en lo artístico no tiene reflejo en sus reflexiones políticas de manera directa. ¿Tiene por qué tenerlo? Este tipo de eventos genera decepción para quienes intentan ver integralidades en los individuos que gozan de algún prestigio público por diferentes actividades (que nada tienen que ver con lo político en sentido del sistema de gobierno).

Ocurre lo mismo con Borges: quien tome en serio las opiniones revulsivas sobre los aspectos políticos de la vida pública –bastante más a la derecha que su pretendido anarquismo individualista- de Borges, se pierde su literatura.

En la versión radiofónica de esta columna podemos escuchar una composición dedicada nada menos que a Salvador Allende, como contracara y pocos meses antes. Se puede también escuchar sus defensas del alfonsinismo.  

Una vez le preguntaron al Maestro Osvaldo Pugliese qué podía destacar del trabajo de Piazzolla. “El empuje. Se ha distinguido siempre Astor por ser un muchacho muy inquieto y buscador de nuevas formas. Tal es así que ahora mismo presenta un sexteto nuevo. Espero que siga siempre con ese poder revolucionario que tiene en la sabiola”, dijo Osvaldo Pugliese entrevistado en Amsterdam, en ocasión de compartir escenario. No en Argentina. Esto habla de Argentina, y de las broncas de Piazzolla con su país, o con quienes manejan la maquinaria cultural.

Osvaldo quería a Astor y Pugliese reivindicaba el carácter revolucionario de Piazzolla en lo musical. No parece poco.

Astor Piazzolla fue un músico nacido en una sociedad y en un contexto de mucha competencia. Durante su niñez forjó su personalidad rodeado de mafiosos y luego, en Argentina, se hizo músico de orquesta en medio de una cultura de perspectiva liberal que se desarrollaba -para completar el estofado- en el contexto de despliegue del llamado Estado de Bienestar. Mientras se producen grandes cambios en el mundo, su pelea estética se suma a las corrientes transformadoras. Un músico que intentó hacer del tango un arte que no estuviera restringido a los lugares comunes.  

La discusión de si Piazzolla es o no tango no tiene lugar en esta columna porque carece de sentido.

“El nombre Astor no existía. Mar del Plata, apenas un puerto de pescadores y, a una cierta distancia, unas pocas manzanas aristocráticas y un balneario de madera, casi tampoco. En 1921, Vicente Piazzolla, aquel que más tarde será conocido como Nonino, bautizó a su hijo con un nombre inventado. Quiso homenajear a un amigo italiano que así se hacía llamar. Lo que no sabía era que ese nombre provenía de la abreviatura con la que, simplemente por capricho, el amigo había reemplazado al original Astorre” dicen los autores de El mal entendido –libro que seguimos recomendando.

Hoy, el nombre Astor aparece en todas la bateas reales y virtuales del mundo. Este nombre sigue moviendo a miles de personas a buscar un lenguaje personal dentro de la música. Su legado es revolucionario. Hacer Piazzolla como lo hacía Piazzolla, puede decirse, es a todas luces antipiazzolleano.

El legado de Astor es plantarse. Plantarse, en una sociedad que pide repetición y pingui pingui, mecanicismo, consumismo autómata y voraz, en una actitud contraria, musical, inteligente, crítica es quitarse la sujeción a la norma de la cordura y las sagradas costumbres. Plantarse, en esta sociedad, es piantarse.

Piazzolla nos lega una manera de ejercer la locura a través de la belleza.

Ilustración: María Florencia Laiuppa