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byRedacción/12 junio, 2026/inNoticias, Opinión

Autonomía y pueblo

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

Querido amigo:

Lo primero es mandarte un abrazo porque sé que estás viviendo ese dolor profundo que se produce con la muerte de alguien que es además un símbolo, que es sentido en la conformación de tu personalidad. Vos siempre fuiste ricotero y debés estar muy triste y escuchando viejos discos (ya sea sonoramente o repasándolos en el melón).

Una de las ventajas de estar lejos de tu país es que evitás el contacto diario con la cosmovisión de los conductores de televisión y los editorialistas de los medios con mayor presupuesto. ¡Amigo! ¡Qué mamertitud desplegada en un discurso que no busca ocultar la completa y transparente dimensión su incomprensión!

Hemos asistido a una sorpresa similar con la que se pasmaron los cogotudos porteños durante la irrupción de la clase trabajadora en la capital, aquel 17 de octubre (no estoy comparando exactamente un fenómeno con otro, antes de que me acuses de exagerado; ya me voy a ir explicando).

Magdalena Ruíz Guiñazú contó en sus Apuntes de una niña burguesa de 1995: “Me asustó realmente no entender lo que estaba pasando…todo Barrio Norte había cerrado sus persianas. Vienen para acá. Acá es este barrio, mi casa. Esta vida sin sobresaltos. Y no hay nada más inquietante para un chico que no saber demasiado que es lo que viene de allá”.

Esa sorpresa es la misma que operador derechista Mariano Grondona sintió desde su edificio en Libertador: “yo nunca había visto caras como esas”.

Masas populares organizadas en torno de un signo, de un símbolo de la cultura argentina siempre asustan a los despistados que no se han dejado tocar por ningún fenómeno que escape a sus prácticas de clase.

¿Pero qué es lo que les asusta? No se trata, creo, solo de su sentido de la sagrada propiedad amenazada “porque seguro que si son muchos y pobres nos van a robar” (fantasean con saqueos y violencia en lugar de comprender que se trata simplemente de un fragmento dolido del pueblo manifestando su amor por la referencia perdida): se trata de que no lo pueden entender, simplemente, porque son incapaces de sentir lo que siente quien sí está incluido en la potencia del fenómeno.

Los movimientos de masas de este tipo son de orden cultural y lo cultural está ligado estrictamente a lo afectivo. Estos fenómenos forjan en las pasiones de amplios sectores sociales una identidad afectiva que les otorgó sentido en momentos de constitución de la subjetividad; en medio de un mundo podrido y desamparado a las puras leyes del mercado, alguien ofrece amor; ese amor expresado en canciones que se cantan con otros en la esquina cuando todo se quiebra, las hormonas queman y los padres faltan; y la escuela abre pero no educa, y el trabajo es una promesa vacía y así siguiendo podríamos sumar todas las amenazas de estar vivo en la Argentina neoliberal.

No es extraño que la canción (el género canción) sea el vehículo de ese amor. Y esto me parece que es interesante de pensar porque, en el caso específico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota la estética es una traducción de la ética que trasluce la lírica. Esperate que me quedó todo rimado. Pero ¿se entiende no?

Vamos por parte: los legados no surgen de lo que se dice sino de lo que se construye. Y en el caso de Patricio Rey hay la ética de la autonomía. Ojo al piojo: no hablamos de música independiente. Cualquier salame con plata se autoproduce y podría ser eso que llaman “independiente”.

La ética de la autonomía implica estar dispuesto a avanzar en una dirección (y asumir los riesgos de la misma) en la que es uno mismo el que pone los términos a través de los cuales se va a mover.

En este sentido, el Indio Solari y Ricardo Iorio comparten más de un punto en común: construyeron sobre sus propias pautas.

Muchos artistas “independientes” son, en rigor, músicos desocupados que están buscando –con collar en mano– amo que les produzca y les edite y les invente la carrera.

La autonomía implica: voy a imponer los términos de lo que voy a decir, lo que voy a decir, cuándo lo voy a decir, cómo lo voy a decir y dónde lo voy a decir. No voy al festival que tiene la mística de un refresco: invento mis propios ritos de lo que será mi propia misa.

No hablo a los medios cuando me lo requieren ni por el tema de moda que me lo requieran. Elijo cuándo hablar de qué, dónde y con quién.

Los artistas, en general, salvo que vengan de cuna, son seres extremadamente expuestos en su fragilidad económica, latentes al riesgo de sucumbir ante la posibilidad de que otros les digan qué hacer: ellos tocan y quieren tocar (no conviene pensar muy bien quién paga y cuánto nos cuesta la calidad del patrón).

Son pocos los casos (que salgan bien) en los que se logre esa capacidad de autonomía.

Autonomía no es aislamiento: es relación con el mundo desde los propios términos que logro imponer desde mi potencia creadora, económica, política (total). No estaba “fuera del sistema” (nadie lo está, de otro modo, no estaríamos hablando de un sistema): operaba en sus propios términos.

De esa ética se deriva una estética: porque pueden organizarse así y porque están hechos de la propia afectividad de sus seguidores que ya delimitan el contorno de las temáticas que tocarán es que cantan lo que cantan.

A este fenómeno popular lo construyó la propia masa a la que el Indio le cantaba. No se trata de una invención únicamente personal (claro que ahí está el poeta y los músicos) sino de la conexión de una propuesta de mirada crítica del mundo con millones hastiados del lenguaje superficial de la televisión, la política tradicional y, subrayemos en el caso del Indio: las instituciones.

Otra cosa que –no sorprende pero no deja de molestar– ha demostrado el majulismo pantalludo es su profundo desconocimiento de la capacidad cultural nuestro pueblo. Para estos apóstoles de las “noticias de ayer” que exista buena música o con cierto nivel de complejidad (aquí hablamos de rock, funk, candombe, murga, pop, jazz, blues y otras yerbas) y la profundidad poética no pegan con las masas populares. Por eso se sorprenden también.

¡Qué van a entender estos!

Y la verdad es que en Argentina, por caso, el tango y la música de raíz folclórica, durante el siglo pasado, no eran otra cosa que una música de una enorme complejidad armónica y riqueza poética que se bailaba y se escuchaba en los piringundines.

El envilecimiento del lenguaje vino de mano de los medios concentrados, no de los músicos populares (aunque muchos han cedido a las reglas del juego, en lugar de reivindicar su autonomía).

Lo mismo podríamos decir del bossa del país grande del sur, la música del rio de la plata, y así siguiendo. Músicas populares complejas compartidas por amplísimas masas que esperaban la llegada de sus artistas por la frecuencia radiofónica o vía ferrocarril con las orquestas y cantores.

La estética musical de Patricio Rey constituye vehículos perfectos para transmitir la lírica de las canciones. Cada canción elije qué tipo de música y qué modo (crítico, irónico, climático) será la que exprese mejor la letra y hay siempre una danza entre la línea melódica y los juegos de vaivén de Skay.

Clima, clima y clima. Atmósfera sobre la que ocurrirá algo que nos va a conmover: eso aparece en el inicio de cada canción. Y eso construye un tipo de afectividad que quien se sienta a poner un tema para escuchar “de qué va” no puede entender porque no participó de la experiencia emocional constitutiva de ese ser parte al que nos referíamos incialmente. Porque surge de cantar y cantar y cantar y encontrar sentido en lo que está diciendo no en lo que “quiere decir”. Para eso está el panfleto; para esto, la poesía.

Raúl Scalabrini Ortiz, escribió aquel 17 de octubre: “Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en las densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevada. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo, tenso… eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación”.

No te quiero confundir con lo que estoy diciendo así que voy a aclarar: el del 45 fue “el subsuelo de la patria sublevado”; la semana pasada simplemente amagó “el subsuelo de la patria” pero sin sublevación. ¿Qué quiero decir? Qué no es tan simple la operación que algunos intentaron: pasar un fenómeno popular plebeyo cultural a una traducción política (no electoral, sino política de peso, un pueblo plantándose y diciendo hasta acá y con éste –como en el 45–).

Estas son masas populares que despedían a un artista popular; no confundirse: esas masas populares carecen de un líder político popular al cual dirigirse (que escuche y que diga); solo deben conformarse con los políticos profesionales que gestionan esta pobre administración de lo que quedó del desguace de este país.

Sin embargo, en la era de las pantallas, la manifestación de esas masas durante varios días duelando al Indio Solari nos recuerda la potencia de las construcciones populares de orden cultural.

Ahora se van a venir los homenajes y las cosas.

Lo menos ricotero sería imitar la forma de aquella invención creativa (la obra Solari) que exige al resto creatividad y que plantea con firmeza: “vivir es conmoverse”. No comprar, no producir, no gestionar, no editar, no sucumbir, no decir sí. Conmoverse.

La política no ofrece ninguna experiencia en la subjetividad popular que movilice algún afecto capaz de hacer titubear el pie a alguien en algún sentido transformador (y esto se ve en la gente que ni va a votar).

El día que esto ocurra, que la conmoción nos ocupe en la esfera política, sería el día que nos inventemos la posibilidad de una nueva creación popular.

Abrazo ricotero y besitos en el luzbelito.

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