Transmite…
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Efectivamente, ahora el dos de agosto la radio cumple treinta y siete años. Como vos decías en tu correo: “la radio”. En Bahía Blanca y alrededores, para quienes son parte del campo popular y tienen cierta edad, cuando se dice “la radio” se está hablando de FM De la Calle (que así se escribe).
A tu pregunta, sí: me acuerdo del programa que hacías cuando la radio estaba en Alsina 19. El estudio era chiquito e incómodo; no había computadoras adentro (había que tener algo para decir y no necesariamente repetir la agenda publicada), había que pensar algo todos los días con cabeza propia; había una impresora matriz de punto quilombera que tardaba media hora en imprimir el resumen de los diarios (6:30 había que dar enter para llegar a tiempo al programa de las 7); se hacía radio contra el diario local (que ahora no es diario pero es de la nuevos ricos que dirigen el nuevo esquema capitalista vernáculo); había un dispensar que llenábamos con agua de la canilla del baño; había un asesor que pateaba; había discos; había cassettes y esto obligaba a quien hiciera móvil a que preguntar sintética y correctamente para conseguir una respuesta sintácticamente bien elaborada para luego poner el cassette “en punta”, porque no se podía editar de manera digital; había operadores que escuchaban música porque tenían que pasarla en vivo y entonces iba un tema desde una bandeja, luego otro de otra bandeja; había que hacer las publicidades con criterio propio, había gente loca que subía a curiosear; había militantes políticos que creían en la revolución socialista; había sindicalistas que querían parar la reforma laboral (la otra, la de Carlos Saul I); había juventudes políticas que hacían radio porque en Buenos Aires un joven empresario llamado Pergolini se había vendido bien como promesa de rebeldía y la radio aparecía como la tecnología adecuada (como hoy pinta el strimin con otros empresarios “piolas” –que precarizan y despiden–); había poetas y artistas que hacían sus programas, había programas en los que se pasaba música para escucharla y se sabía lo que se decía; había proyectos políticos en el aire, como De la Cabeza a la Cola del Caimán (programa de la Casa de la Amistad Argentino Cubana); había entrevistas a referentes que no salían en Clarín; había música hecha en la ciudad que LU2 censuraba; había uocmans; había una marcha unitaria los 24 de marzo; había acuerdo con que no había que pagar la deuda externa porque ilegal, ilegítima e impagable; había una feria de la cultura en la que unos artistas no explotaban a otros artistas (como ocurre ahora); había radicales que todavía no habían perdido del todo la vergüenza; había guerras impulsadas por Estado Unidos contra otros pueblos; había el FMI obligando a otros pueblos a tomar medidas económicas autodestructivas; había Madres y Abuelas como guía moral; Julio López estaba vivo; los genocidas caminaban por las calles; había menos iluminación pero más gente en las calles; había amor a lo oscurito; había rock en las esquinas, folclore en las peñas y había algunos que se animaban a mirar a América y nos mostraban La llave para acceder a esos misterios del sonido; había informativos redactados con tiempo; había tiempo para escuchar y para decir; ni a palos había pantallas en el estudio salvo por algún evento especial. Había libros y revistas, y recortes, y subrayados y fanzines y colores en los estudios (allí donde ahora hay solo una pantalla oscura de plástico, materiales que rompen la naturaleza y trabajo esclavo); había ganas de coger (había sensualidad en los cuerpos y no en las pantallas) y de comerse el mundo; había miedo pero miedo a no ser; no a intentar ser. Fidel Castro estaba vivo. La ropa de los trabajadores no ocupaba espacios en museos: los construían.
En fin, efectivamente el mundo ha cambiado. Ya lo hemos discutido esto y hemos acordado que no se puede hablar de todo al mismo tiempo y que es necesario tomar cosa por cosa. Entonces, vamos por parte. No se trata de convertirse en un oscuro conservador que diga “todo tiempo pasado fue mejor” ni en un pelotudo relativista que diga “está buenísimo todo”; porque la verdad que estaba mejor cuando la gente cobraba para comer y vivir bien teniendo un trabajo y tenía acceso a derechos básicos y, a su vez, está mejor ahora que la gente no es perseguida por la bonaerense (o no tanto) por cómo se viste o dónde decide poner o sacar su sexualidad (siguen persiguiendo por clasistas, eso sí).
Han cambiado vertiginosamente muchas cosas en muy pocos años. Pero lo que no cambia es el sentido de las cosas desde el inicio de las cosas hasta las cosas en las que nos iniciamos.
Sin duda la técnica ha cambiado. Si bien siempre condicionó el modo de hacer, con el paso del tiempo, la técnica ganó considerablemente protagonismo en ese sentido pasando de ser, según la intención primigenia, un mero instrumento, algo que nos sirva como interface para cambiar la realidad según nuestra voluntad, a un instrumento invertido: algo que le sirve a la realidad concebida como sistema de producción de cosas y de cosos para transformarnos a nosotros en nuestra forma de percibir el mundo y de construirlo.
Hablemos de la técnica. La técnica es el invento del ser humano para no morir a la intemperie. Como todos sabemos, el resto de los bichitos de dios (digamos dios a lo Spinoza, es decir, como la natura y lo que existe) son “arrojados” al mundo pero no como decía Heidegger en un uso expresivo del lenguaje, sino en serio: te creé, rompiste el cascarón y arréglate con el mundo y sus problemas, dice la mamá pato. Y a los tres días la genética de la especie hace que el bicho ande caminando, volando o lo que sea que lo haga ser lo que es.
Pero al ser humano (“ahí lo tenés al pelotudo”) lo tienen que andar cuidando (actualmente, durante unos 25 a 40 años) para que se larga a andar con relativa autonomía (pero con otros, porque solo no puede hacer nada).
Entonces mientras los pajaritos andan ahí cantando a cielo abierto, los bichos de la cultura andan haciendo herramientas para amarrocar las cosas que han conseguido, como si eso los salvara de la muerte.
Mitos y logos: dicen los míticos griegos.
Desde que Prometeo puso la técnica (el fuego) en manos del ser humano nos cagó para toda la parada porque del fuego pasamos a la estufa, de la estufa al tren y del tren a las armas de destrucción masiva.
La técnica determina el hacer (el hacer al ser).
Un escritor que escribe a mano, luego pasa a máquina o a computadora y luego y luego y luego… tiene al menos varios sucesos de concentración con su trabajo que le permiten una relación menos superficial que la que da el dedo en la pantalla. Están hechos la obra del tipo y el tipo de la obra, en una relación donde la materia está más vinculada y por ende su rastro en su mente.
La técnica determina. Y cuando apareció la radio apareció la posibilidad de hacer comunicación de masas con dos mangos y algo de conocimiento. Así un grupo de zurdos, a poco tiempo de la caída del muro y contra el discurso impuesto del fin de las ideologías, pudo en Bahía Blanca disputar contra el medio de mayor alcance de entonces (LU2) con creatividad, algo de plata y una antena.
¿Qué se hacía? Bueno, radio, sí. Comunicación de masas: emisor – receptor. Pero también se construía con mucho trabajo organización social (una radio es un entretejido de voluntades) y se cobijaba a la comunidad.
¿De dónde venimos? Se preguntan los filósofos. De nuestras mamases; se responden los que tienden a pensar sin pompas.
¿Qué hace que una radio sea comunitaria? Se preguntan en las academias. Que estén constituidas, que estén hechas de la comunidad de cual son parte; es decir, de sus organizaciones. Simple. La respuesta es tan simple como concreta.
Claro, hemos ido al 89 y tenemos que ir viniendo para acá.
Objetivo de entonces: “hartos de tanto monopolio” hacer una radio para que las organizaciones de la sociedad civil (para que el pueblo, bah) tuviera acceso a un medio de comunicación porque la ley lo prohibía (no podían organizaciones sin fines de lucro: solo empresas capitalistas).
Ahora vamos a una oración: queríamos que todos accedieran a un medio para comunicarse. Ahí salimos de la técnica y entramos al sentido.
Y ahí yo me cago en la mismisma mierda porque estos hijos de una gran perla (me refiero a los capitalistas) resolvieron el problema pero por derecha: ahora todo el mundo anda con un celular creyendo que están ejerciendo su libertad de expresión (tienen un medio a su alcance para comunicarse) y sin embargo están peor que antes: sin ninguna libertad en el lugar exacto que los dueños de los medios concentrados (los dueños de las apps) quieren que estén.
Pero me cago diez veces en la mierda, querido mío. ¿Vos te acordás que nos educaron en el versículo primero capítulo segundo del militante que lee la prensa partidaria (y cuando uno se detiene ahí, se olvida de levantar la mirada al mundo), que rezaba: “el capitalismo está en crisis, se va a derrumbar; fin de la era civilizatoria”.
La chota.
El capitalismo es un sistema que produce sistemas (produce subjetividades de seres humanos que sustentan las formas de vida) y se inventa y se reinventa. A diferencia de cierta
izquierda que no lee a sus adversarios, aprenden con rapidez de las críticas por izquierda y pasaron de un sistema de control total a partir de la represión directa a un sistema de control total a partir de la hipnosis de goce total del sujeto de mercado hibridizado con su dispositivo móvil.
¡La mierda!
Ahora “todos pueden comunicarse”.
Bueno, pero resulta que para que el derecho a la comunicación pueda ejercerse se deben dar un montón de supuestos que no se dan en la realidad concreta. A saber: el derecho a la información, el derecho a la historia, a morfar, al acceso democrático a la cultura, la existencia en un modo soberano de organización social, y un largo etcétera del que hemos sido despojados.
Tonces: un millón de personas repitiendo lo que un grupo pequeño (el dueño y los que diagraman) quieren que sea repetido no es más democrático: es menos democrático, pero segmentado, dirigido y muy meticuloso. Perder horas de sueño mirando gatitos en un escroleo estúpidamente infinito no parecería ser la materialización del sueño iluminista de la expansión total de la libertad del ser humano (más bien lo contrario).
Fijate de qué están hechas las agendas de la mañana y verás que la técnica determina mucho: los dueños de grandes medios hacen los cortes de audio que después el resto va saqueando de redes sociales. La agenda no surgen de sindicatos, movileros desplegados en lugares que eviten policiales y situaciones palaciegas, no están en los comedores ni en las bibliotecas populares. La agenda es aburrida y cuenta lo que quienes nos dominan quieren que sepamos. En ese sentido, como solía decir otro amigo, Gabriel Cena: si antes había 5 radios de las cuales 4 decían lo mismo, hoy hay 60 de las cuales 56 o 57 dicen lo mismo. Por eso cuando aparece la palabrita “democratización” para dar cuenta del fenómeno contrario; a mí me dan ganas de apagar los aparatos y salir a armar barricadas contra todo.
Tonces 2: ¿cuál es el sentido de hacer comunicación popular hoy?
Y esta es la gran pregunta. Te la tiro para que vos completes el resto.
Aunque alguna cosa te puedo decir. Por ejemplo, la mayor parte de radios que estaban hechas de comunidad terminaron siendo cooperativas de profesionales de la comunicación hablando en nombre de. ¿Lo representativo es popular o liberal? Correcto, liberal. Ahí ya nos cambiaron el sentido a partir de modificaciones técnicas. Este es un dato central si queremos pensar y si queremos recuperar proyecto político popular.
¿Qué hacemos si cambió la técnica y la gente ya no se organiza en torno de radios para comunicarse? Vamos todos como unos marmotas a la red social de turno. ¿Para qué? La hechura del mensaje (su forma) ya nos impone el sentido de la cosa (sujeto pasivo recibiendo “contenido”, trabajo hiper esclavo dando el ok a las estéticas que el mercado exige para que pase logaritmo y bla bla bla. Y… esto es hacer lo que quieren los de arriba. Es pensar que un flyer que convoque a la revolución reemplaza los complejos mecanismos de la política para intervenir de manera revolucionaria en una sociedad. Es mezclar cosas bien distintas. Es participar activamente de la confusión generalizada. Es ofrecerse a cantar la partitura del coro de lo mismo.
¿Qué hace que un medio sea comunitario? Que patee para su comunidad y contra los que la atacan. Que trabaje desde esa memoria. Por ejemplo, cuando yo vi el podcast de la radio de “las empresas o nosotros” me dije: ahí está la radio. La radio, la nuestra, la del pueblo. Y ahí cobra sentido la memoria, la práctica periodística, las relaciones políticas con organizaciones elaboradas durante años, el haber sostenido alternativas posibles en materia de respetiva social (o sea, se podría hacer otra cosa en la economía diferente a apostar a que nos saqueen y nos contaminen).
Dicho de otra forma: la radio cobra sentido cuando opera en la comunidad desde su memoria y recupera una política popular que tiene una trayectoria, sus muertos, sus amores, su forma de sentir el peso del mundo, sus errores y sus sueños.
La radio es la posibilidad de accionar políticamente en la subjetividad de la comunidad, desde la comunidad en un sentido crítico, de articular y de habar con el distinto, de trazar líneas posibles.
¡Pa! Es una herramienta fundamental, entonces.
Sí, pero no solo por lo que diga al aire o en la web o lo que chorree sobre las redes sino por su capacidad de intervención en la palestra política, su capacidad de interpelación a otros sectores, de diálogo con lo distinto y de organización con lo que socialmente vivo (me refiero a los que están haciendo, no a los que tienen chapas y hacen que hacen).
Después, comparto plenamente tu comentario sobre los que hablan de la radio en tiempo pasado. Yo también estoy contra los melancólicos que cuando hablan de la radio recuerdan cosas bonitas de los noventa como Spinetta o Hermeto o de los que pasaron a trabajar a medios privados y cambiaron de discurso o de los que felicitan pero no aportan o de los que temen a discutir el sentido de la comunicación popular hoy. Mucho más estoy en contra de los que se llenan la boca hablando de cooperativismo, socialismo y no resultaron más que alcahuetes asalariados de sus jefes (explotadores, en algunos casos).
Volviendo: la potencia revolucionaria del proyecto se verifica concretamente en el rol que adopta en los conflictos sociales (en los noventa contra la represión, los cierres de empresas, en los 2000 contra el gatillo fácil, contra la contaminación, contra los genocidas, en los 2010 contra el dragado, en los 2010 con los feminismos, y así siguiendo) – siempre con nuestra cultura, nunca con los opresores.
La radio es potencia contrahegemónica (que si le sacás el piripí quiere decir que en un momento adecuado, luego de esta ola reaccionaria, puede expandir memoria popular, experiencia y capacidad de organización y de comunicación).
Es del pueblo y el pueblo es esos colectivos que se juntan a luchar por cosas, contra los que nos cagan con esmero y continuidad en el tiempo. Hace falta, en ese sentido, religar al pueblo con esta herramienta que le pertenece. Aquí deberíamos hablar de la mezquindad de buena parte de la dirigencia popular, que estropea estúpidamente lo que crea el pueblo heroicamente.
37 años de radio nos permiten pensar con esas memorias y, si quisiéramos, retomar una actitud que no nos deje melancólicos, pero tampoco inmóviles en un presente en el que parece que todo depende de otros menos de la voluntad concreta de uno mismo, de poner el cuerpo en un proyecto revolucionario.
Como decía una voz en el disco “Somos nosotros” de Raly Barrionuevo en su apertura -que gastamos durante años en la compactera de la radio-: “está en nosotros”.
A los otros ya los conocemos. Tienen sus medios y sus agencias de viajes y sus negocios turbios. Están hechos de otra cosa.
Chiquilín, se hizo extenso de vuelta. Te mando un feliz cumpleaños a la distancia, te pido que me cuentes si en Europa hay algún fenómeno similar y te pido que me hagas acordar del nombre del programa que hacías (porque me acuerdo del programa pero no del nombre).
Abrazos en el éter y besitos en la planta transmisora.





