Oficios subterráneos
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Bueno, ahora sí, hablemos de mi libro de cuentos que publicó Hemisferio Derecho. Yo no tengo la menor idea de casi ninguna cosa así que para la presentación del libro elegí a alguien que sí sabe y que tiene una mirada siempre interesante y crítica de las cosas y del mundo (o de las cosas del mundo): María Celia Vázquez.
No te pongo los pergaminos que acumula ni la llamo doctora y no me pongo a narrar carreras, saltos en largo coloquiales ni nocauts académicos porque es información pública y porque como ella es sabia (por eso no es pedante) yo no voy a ponerme acá a hacer esas cosas con las que suelen llenarse minutos de coloquios, congresos y otras meresundas institucionales (“No profundices, dejá algo para las preguntas”, escuché el otro día en unas jornadas inhumanas universitarias).
Bueno, volvé, Astor.
La presentación la hicimos en la Biblioteca Rivadavia. Un poco porque, a pesar del nombre macarrónico, es nuestra y es una de las instituciones culturales de mayor potencia histórica a la que debemos disputar intentando orientarla hacia prácticas de política críticas de la cultura. Digo yo, mientras adopto abruptamente ese lenguaje militante que encuentra tareas históricas -por las que nadie ha preguntado- hasta en la hora de poner la ropa a lavar.
Eso… y en realidad porque me lo sugirió Fermín, uno de sus operarios (por ende, uno de sus hacedores). Che ¿por qué no lo presentás acá?, díjome y yo hícele.
Otra ocurrencia que tuve fue que en la presentación del libro se hablara acerca del libro. ¡Qué locura!
Te reís, porque lo hemos charlado. Desde hace tiempo en muchas presentaciones de libros se estila hacer cualquier tipo de morisquetas del entretenimiento y de la distracción menos hablar del libro en sí. Hay: puestas en escena de elaboración dudosa a la que llaman “performance”, músicos que son depositados a tocar después de los aplausos de lo que fue una breve entrevista con el autor/a (que debe ser breve porque a ver si profundizamos en algo y la gente se angustia y se distrae) y que, por supuesto, nadie escucha porque la gente se levanta a hablar. Hay proyecciones, gente caminando con zancos, estatuas vivientes, circo, cáterin, juegos, conversatorios, alusiones a otras cosas. En fin, todo: menos hablar del libro.
Por eso, así explicado, repongo: tuve la ocurrencia de que en la presentación del libro se hablara del libro. Y creo que fue un acierto. Convoqué, como te decía a María Celia Vázquez y a Nicolás Fernández Vicente. Hoy te voy a contar acerca del análisis de la primera y la semana que viene voy a ver si consigo el texto de Nico y te lo mando, que estaba hermoso.
Ser leído es ser querido. Sobre todo si se le presta atención a lo que uno ha escrito. Y en esta oportunidad, ha ocurrido sin dudas.
Pienso que transmitir algo de lo que ellos dijeron resultará bastante más valioso que lo que yo pueda balbucear.
Primero, María Celia manifestó su alegría de que este autor haya podido componer un libro y de que ese libro haya encontrado un editor. “Estas dos cosas me parecen un motivo de felicidad siempre pero en particular en momentos tan ásperos como estos donde el mundo editorial está pasando por una noche durísima, bueno, como casi toda la producción de cualquier rubro en este momento. Pero el de los libros en particular, no solo está sometido a las penurias económicas de la Argentina sino también a otro montón de reacomodamientos de la industria del libro que afectan a las editoriales”.
Felicitó al editor Diego Rosake “que lo acabo de conocer, por su tenacidad de seguir remando en un mar de dulce de leche, como imagino que debe ser, pero bueno estas son las cosas que también nos mantienen de pie, como sociedad y como colectivo. Seguir haciendo a pesar de todo y seguir haciendo con felicidad y con ternura. Cada vez reivindico más la ternura”.
Vamos a lo que dijo del libro. Para María Celia Oficios Subterráneos “es una obra o a mí me interesa leerla o se me fue armando como una obra a medida que la iba leyendo porque está compuesta por un prólogo y un epílogo y en el medio de esas dos, entre lo que abre y lo que cierra, hay ocho cuentos; y esos relatos breves se pueden leer cada uno por separado pero también constituyen una totalidad porque de alguna manera se van enhebrando uno con otro”.
“No se van enhebrando porque se repitan personajes o porque se repitan situaciones narrativas o porque se cuenten temas parecidos sino que lo que va enhebrando, el hilo que va entretejiendo, según mi lectura, está ya en el título, que tiene una palabra fetiche, que funciona como un fetiche en el libro, que es la palabra oficios. Cada cuento se refiere a un oficio. Esa sería una primera cosa que a mí me pareció interesante”.
Nos contó que se considera “mejor lectora de novelas que de cuentos” ya que le gustan los textos de largo aliento y se engancha mucho más con novelas. “Me cuesta meterme en un mundo en el que, como decía Quiroga, la flecha da al blanco directamente -esa es la economía del cuento- y acá encontré la oportunidad de hacer de esto una historia más expandida, que es lo que yo llamo la obra, que leer cada cuento en forma aislada”.
Y así nos fue dando claves de lectura. Por ejemplo: “la otra observación en general que quiero hacer es que este libro requiere de un lector que no sea muy crédulo… que sea sensible a la ironía, porque para mí es un libro que hace de la ironía un ejercicio político. Es un libro irónico. A mí la ironía me encanta como me encanta el humor y sobre todo el humor negro. Y a mí me parece que en este momento necesitamos todo eso: mucho humor negro, mucha ironía para soportar el vendaval. Y este libro lo tiene. Y la ironía está, desde mi perspectiva, desde el título y la ironía va a atravesar, va a hacer ese hilo también; y ahora vamos a ver por qué oficios y la ironía le da esa noción de totalidad y convierte esta reunión de cuentos en una obra”.
A todo esto, chipistrulo, yo me iba un poco inflando porque cuando te leen y te prestan atención te pones gordo de orgullo y otro poco emocionando porque es un descubrimiento vivaz el de haber intentado cosas que efectivamente tengan un efecto en quien lee, mucho más si quién lee es una persona que lo hace con agudeza.
Volvamos a su palabra (vos a ella la conociste así que imagínate los gestos sonoros, el ritmo y la melodía que se escucha cuando piensa): “si cada cuento lleva el título de un oficio entonces un lector crédulo va a ir esperar ahí que haya un relato oficioso (risas) de oficio, de trabajo, de la producción, de la productividad, del ganarse el pan, de la moral del trabajo. Bueno, todo eso es lo que el libro desmitifica. Va a contrapelo de eso. Trabaja todas esas cuestiones pero las resuelve a través de la ironía”.
Para María Celia “la ironía es un recurso de una eficacia en el campo de la literatura, del arte y de la discursividad en general fenomenal si se trabaja bien y en este libro, desde mi punto de vista, está muy bien trabajada”.
“Sin ironía, yo digo que la pregunta que se hace el libro es qué es el trabajo, qué es trabajar, qué es trabajar en una sociedad capitalista, qué hace el capitalismo con el trabajo, qué hace el capitalismo con los trabajadores. Yo creo que esa es la pregunta que sostiene el libro”.
“Y las respuestas a esas preguntas son en clave irónica porque en clave más seria, más severa, serían respuestas muy insoportables, que tienen que ver con la explotación, con que sacrificamos la vida al trabajo, ese es un tópico que para mí recorre todo. ¿Mi oficio me define en cuánto ser? ¿Cuánta vida le pongo al trabajo? No cuánto trabajo le pongo a la vida”.
“Las preguntas más descarnadas que nos podríamos hacer en un contexto de capitalismo salvaje -como el de ahora pero bravo como el de siempre- están sosteniendo los relatos pero están respondidos en clave irónica y eso es lo que hace que la lectura se haga, no digo llevadera porque sería bajarle el precio, sino que se haga placentera. Porque está la mirada crítica pero está el tono de la ironía que de alguna manera le baja un poco el dramatismo”.
Después eligió, a modo de presentación del contenido digamos del libro, repasar cada uno de los oficios. Y la cosa se iba poniendo cada vez más interesante.
Dijo: “si uno piensa que es un libro que habla sobre el trabajo, sobre distintos oficios, pensaría que los distintos cuentos conformarían una galería de personajes altruistas, trabajadores, esforzados. Bueno: todo lo contrario (risas). Por eso digo, de nuevo, el registro de la ironía”.
“Es una galería de personajes bastante ominosos, bastante abyectos, quebrados, fisurados. Es el lado b de ese mundo del trabajo contado desde una épica positivista. Sería el relato que compone una galería de personajes atravesados por la explotación y todo lo que gasta la subjetividad de las personas en el contexto del capitalismo”.
Y expuso la mirada de cada uno de los cuentos, sobre todo de los oficios.
“Entonces revisemos algunos de los oficios y cuáles son esos trabajadores que Astor convierte en personajes de este libro. Los ocho cuentos tienen un denominador común que es un oficio que implica una caracterización peculiar. Primero: el oficio burgués. Es el tipo que siente placer, goza de afanarle a los pobres. Es un lugar común ¿no? Que la burguesía se enriquece con el esfuerzo de las clases subalternas. Pero él lo convierte a eso en una materia narrativa. Entonces es una pareja, el tipo es un desagradable total y la gran picardía es ir y afanarle a un vendedor ambulante las moneditas que le van de dejando, cosas de ese tipo… es la degradación… pero está contado sin un dedo acusador. Ahí está la ironía me parece a mí. Está contado como en un tono leve, no severo”.
Cuchate esta: “El espanto se dice por sí mismo. A mí eso me parece un gran acierto porque si yo pienso la literatura argentina de comienzo del siglo xx donde los escritores de izquierda, los de Boedo y otros, escribían las poéticas realistas, había siempre, asomaba siempre un dedo acusador, Era el narrador que de alguna manera venía a decir lo que la historia por sí misma contaba”.
“Por suerte acá ese dedo no está porque está la fuerza y la potencia de la ironía. Ese es el oficio burgués: ser burgués, trabajar de burgués es afanarle a los pobres y volverte un sujeto tan revulsivo que un día ni tu propia mujer te banca más. Esa que supo ser cómplice de toda esa trayectoria de afano. Ese se llama: Cosas de pobre”.
“El segundo es el oficio culposo. Este a mí me interesó muchísimo también. Acá aparece otro tópico también que es el trabajo como prostitución; también podemos pensar la prostitución como trabajo, todas esas idas y vueltas entre esas dos situaciones. Es alguien que decide empezar a prostituirse a partir de que ve –la imagen es tremenda- un enano masturbarse en una camioneta entonces queda obsesionado con eso y decide darle una mano (risas) y a partir de ahí hacer de eso un oficio”.
“Entonces, de nuevo, está pensado otra vez en el trabajo como prostitución. En la agenda feminista también esto tiene otro sentido y puede leerse de otra manera: si la prostitución es un trabajo. Ahí aparece de nuevo: el oficio es la prostitución”.
“El oficio culposo está ligado a cierta moral que ha sido otro de los pilares de las sociedades occidentales y capitalistas”.
“Me gusta muchísimo porque ahí aparece en ese cuento toda la problematización del ganarse el pan con el esfuerzo y aparece un epígrafe de Roberto Arlt que es maravilloso que dice: <<¡Alabado sea el Señor, que no lo obligó a él, personalmente a él, Percy Selbit, a ganarse el pan con el sudor de su frente!>> ¿No? Dichosos aquellos que no han tenido que prostituirse en nombre del trabajo y que han podido dedicarse a la ficción y la literatura”.
El oficio socrático, sería para mí, el filósofo. Alquilen que se ocupa de los saberes y las creencias. Está buenísimo porque ¿cuál es el oficio del filósofo? Primero que hablar de la figura del filósofo y pensar en un oficio ya en sí mismo es como una tensión interesante porque pareciera que ciertas disciplinas que tienen que ver con el trabajo intelectual no deberían pensarse no como oficio que está más ligado a lo manual sino ni siquiera como trabajo, y pertenecen y están sometidos a las condiciones de producción como cualquier otro trabajo en el sistema de la sociedad capitalista”.
“Pero bueno, el oficio socrático tiene que ver con ir develando la verdad. Los filósofos trabajan con la verdad, esa es la materia que tienen que moldear, correr el velo de las apariencias. Yo se lo escuché a Astor recitarlo con el piano y es como una suerte de manifiesto donde va
diciendo esto parece que es esto pero no es; donde va como corriendo el velo. Ese es el oficio socrático; correr el ser y la apariencia, lo que es y no es y mostrar de algún modo con la mayor gracia posible la mugre en la que estamos metidos”.
“El cuarto oficio es el oficio melanco y es el oficio del escritor. El que busca el método. Hace del trabajo de la escritura, la literatura no como algo que acontece porque una mañana te levantaste inspirado; algo que requiere método. La angustia por el método que es la angustia por la página en blanco, que ahora ya es un anacronismo, sería de la pantalla en blanco”.
“Es como un escritor que va escribiendo su diario, que sale y entra del personaje, que puede tomar distancia de lo que escribe y que puede hacerse cargo de lo difícil que es escribir y que no se te ocurra nada o que no le encuentres la vuelta. Son todas las vicisitudes por las que pasamos todos los que escribimos. Ese es el melanco. Me gusta que el escritor quede del lado de la melancolía porque es cierto la literatura tiene mucho de melancolía y esa fantasmática de la muerte”.
“Después aparece el oficio poético que para mí es el oficio poético de vivir naufragando en un nihilismo existencial. El tipo que quiere encontrarle la vuelta a la existencia y la vuelta siempre es la nada misma. Acá tiene un epígrafe de Platón pero en realidad para mí se merecía estar Sartre. Yo lo veo muy sartreano esto. Porque es un personaje que deambula por la vida nadando por la nada de la existencia”.
“La trayectoria subalterna que es el oficio desconocido… es el más conocido de todos que es el de los cómplices de la corrupción, de las traiciones, de los pactos ocultos, abyectos, bueno, ese es muy bravo. Tiene un epígrafe de Dostoievski. Porque estos oficios, más que tener que ver con un lugar aspiracional, una moral que sostiene la construcción de tu lugar en el mundo, de la riqueza, de la subjetividad, del capital simbólico, son oficios subterráneos, que te sumergen. Y están siempre en el borde de lo delictivo, robar, hacerse el boludo, el cómplice del que roba, de esos oficios está hecho el capitalismo”.
“El oficio de monje es el oficio de alguien que está muy desacomodado con su propio oficio que es el de ser un farmacéutico y que se pregunta qué es la salud, qué es la enfermedad, no sólo qué es el trabajo, y qué es curar. Y decide que la botica se convierta en una especie de barra de chupandienes. Me hace acordar algo de Derrida; él trabaja algo del alcohol como veneno, que puede matarte o salvarte. Son personajes que están como desplazados, están donde no quieren estar y están tratando de estar en otro lugar y nada está donde tiene que estar”.
“Y después está el oficio de padre, que me da mucha ternura. Porque el pibe le pregunta al padre qué es el arte. Y el padre… ¡qué pregunta! Pero encuentra la respuesta. Tal vez sea el más afirmativo de todos. Y la respuesta la encuentra en una canción que cantaba la nona, la nona del padre. Me pareció hermoso, que si hay algo parecido a la verdad, si hay algo parecido a la sensibilidad que se pone en juego en el arte eso viene de una memoria ancestral. Y de una memoria ancestral personal, familiar. De eso que escuchamos y que nos marcó el oído, la sensibilidad de eso que nos hizo prestar atención, de los cuentos que nos leyeron, de las canciones que nos cantaron, para después aprender a abrazar el arte como una fuerza intensa que nos ayude a transitar la vida”.
“Entonces: termina alto, digamos. El oficio del padre que es como una mayéutica, bien socrático y conocer a través de preguntar y responder, es el que dice: si hay algo, viene de lejos y amasado con lo afectivo”.
Y por si fuera poco toda esta lectura que hizo de cada uno de los cuentos, María Celia se refirió a los aspectos formales del libro, al laburito de la escritura. Vos discúlpame que te pase todo esto entero así de largo pero yo sé que no tenés tiempo de mirar el video de la presentación por problemas de subsistencia sudaca a la europea, y como me preguntaste y sé que te interesa, estoy seguro de que vas a querer saber todo esto. Vos no sos de los que preguntan por puros buenos modales; a vos te interesa saber, así que yo te lo envío. Además me parece un trabajo, por momentos, más valiosos que el libro en sí mismo.
Bueno, dijo estas cosas: “hay dos o tres cosas que me interesaron mucho ya pensando en la escritura, no tanto en el contenido sino en el proceso, en el trabajo, en el amasado, en el pulido de las palabras, de la escritura de la forma”.
“La primera cosa que yo vi es que acá hay un trabajo de escritura que remite un poco a esa figura de cruce que encarna Astor como artista: así como es de grandote, así quiere abrazar todo. Compone música, ahora actúa, escribe, hace crónica, hace programas de radio, me debo estar olvidando de algo. O sea, Astor va entretejiendo prácticas. Para mí es una figura de cruce, no una encrucijada sino que cruza cosas; lo que trae de acá lo lleva allá…”.
“Un escritor que escribe solamente escribe pero un escritor que escribe y compone música escribe en diálogo, no con la música, sino con esa condición de componer. Es como si en la cabeza tuviera toda la música cunado escribe. Entonces, para mí hay un procedimiento que es muy llamativo y tal vez sea un procedimiento que define el libro que ahora lo voy a explicar, pero antes quiero armarme el marco teórico”.
“Hay un teórico ruso que a mí me encanta y que yo se los enseñaba a mis alumnos con devoción, de principios del siglo XX, que se llama Mijaíl Bajtín, que estuvo en cana muchos años y que como Gramsci escribió buena parte de su obra en la cárcel. Y escribió escribió escribió sobre Dostoievski, sobre los narradores rusos del siglo XIX, terminó escribiendo una teoría de la novela”.
“Y él decía que las narraciones se dividían en dos: las narraciones de hechos, para decirlo rápido, como las películas de acción donde lo que va moviendo es la intriga, la trama, las acciones y todo va contando una historia; y las narraciones de palabras, las que más que narrar hechos narran conversaciones, narran discursos. A Bajtín le gustaban las segundas, por eso amo a Manuel Puig. Son personajes que hablan. Es casi una técnica cinematográfica. Es como si el escritor estuviera viendo una película y en lugar de contar la acción, la acción está pasada por el filtro del relato, de cómo lo cuentan los personajes. Los personajes van contando lo que hicieron”.
“Es decir, que es un relato de palabras, porque no hay prácticamente narrador; está pero está como el titiritero, detrás, moviendo los hilos pero que no se ven. Porque deja que hablen los personajes y entontes él va como reconstruyendo voces. Eso me encanta. Ahí está la oreja. Ahí aparece el Astor compositor de música que le está dando una mano al escritor. El compone los personajes no viéndolos sino escuchándolos, por eso los hace hablar. Es muy difícil construir una voz en la literatura”.
“Hay otro crítico que yo adoro que se llama Barthes, este francés, que tiene un libro hermoso que se llama El grano de la voz, porque una voz tiene granulaciones, tiene matices, tiene modulaciones, aún destrozadas voces como la mía, por haber dado tantos años clases. Eso es lo que yo veo: los granulados de la voz. Es un relato de voces más que de acciones. Eso me gusta muchísimo”.
“El otro cruce que yo encuentro y que también me parece muy interesante es el del lector con el del escritor. No hay escritor que no sea lector… o no debería haberlo. Bah, yo creo que para escribir hay que leer mucho mucho mucho y soportar el momento de plagio, soportar el momento donde te quedás re pegado a tus escritores amados, pero no hay manera de no… me parece, de llegar a la escritura si no hay mucha lectura”.
“Pero lo que no pasa siempre es que esas lecturas estén formando parte de la escritura. Porque cada relato tiene un epígrafe. Y a veces el epígrafe es casi tan extenso como el relato. Es muy interesante eso también porque el propio Bajtín decía que la literatura tenía una condición dialógica, es decir, de diálogo, y que ese diálogo aparecía a veces como un pasquín, a veces a través de citas. ¿Qué significa hacer hablar al otro o darle la palabra al otro como el umbral de tu texto?”
“Es como si hubiera un diálogo… es como si Astor hubiera querido poner a hablar a sus autores, supongo que a los que más le gustan. Es variopinta, están desde los clásicos, clásicos como Dostoievski, la filosofía, Platón, pero bueno hay otros como Boccanera. Es como que hizo hablar a su biblioteca. Entonces ahí el cruce es entre el lector y escritor. Los epígrafes para mí arman como una sobre escritura, es decir, uno podría hacer una lectura de los epígrafes”.
“Hay una novela de Puig que el tipo arma como dos novelas, con las notas al pie, está el discurso científico y psicoanalítico sobre la homosexualidad y se podían leer con relativa autonomía”.
“Es donde Astor exhibe su sensibilidad lectora. Cuáles son los fragmentos de esos autores con los que yo dialogo que me han generado la potencia para crear”. “Y lo último, que ya señalé, es un libro que puede pensarse como totalidad, que está marcado con tono irónico pero que es bastante descarnado y yo creo que, entonces para mí, es un libro que cuenta historias y compone personajes que podrían pertenecer a una poética del realismo crítico. Porque son textos realistas (no hay terror no hay distopías, no hay ciencia ficción) pero es crítico sin la perspectiva moralizante que es tan aplanadora ¿no? Porque ejerce como un tutelaje sobre los lectores que yo celebro cuando no está”.
“¡Que el lector ande! Que el lector ande, que pueda descubrir, lo que pueda, lo que quiera, lo que se le ocurra, pero no estar indicándole lo que tiene que entender. Hay una mirada crítica y bastante despiadada sobre el estado de cosas”.
Bueno, y para terminar María Celia dijo: “yo tengo una pregunta para hacerle a Astor. Cuando vi el título lo primero que se me vino fue Rodolfo Walsh, Los Oficios Terrestres. Fui a buscar el librito en mi biblioteca; hermosos los cuentos de Walsh. Bueno, entonces, ya la primera cita está en el título. Hay una cita velada y un cierto homenaje -leo yo- a esa figura enorme que fueRodolfo Walsh, a ese escritor extraordinario que fue Rodolfo Walsh pero está corregida (risas), está intervenida”.
“El libro de Walsh se llama Los Oficios Terrestres, ahí está el famoso cuento sobre Eva (se refiere a Esa mujer). Y este se llama (no está “Los”, atenti) Oficios Subterráneos”.
“Y entonces ¿cómo se te ocurrió el título?”
Y bueno querido este correo se me hizo tan extenso que te voy a dejar con la intriga y te cuento la semana que viene si tuve o no respuesta a eso.
Además, cuando todo está dicho y tan bien dicho (tené en cuenta que esto que te transcribo fue dicho de manera oral) no cabe agregar nada. Para no cagarla ¿vio?
Espero tus novedades, que casi no me contaste nada en tu último correo. Ojalá te pueda ir a visitar pronto.
Abrazos en los oficios y besitos subterráneos.






