Angie Loyola: “Transformar el dolor en memoria también es una forma de justicia”
A medio siglo de los crímenes de Miguel Ángel Loyola y Enrique Heinrich, la hija de uno de los obreros gráficos de La Nueva Provincia asesinados reconstruyó la historia y las marcas que dejó el terrorismo de Estado en su familia.
“Ha pasado tanto tiempo y no hemos encontrado justicia (…) lo mínimo es un juicio oral y público, para nosotros saber la verdad y si este señor quiere defenderse, bueno, yo creo que es importante que un juicio oral y público sea visto, sea escuchado, todas las pruebas que hay”, afirmó sobre los avances judiciales en torno al accionar del ex propietario de La Nueva Provincia, Vicente Massot.
Durante gran parte de su vida desconoció las circunstancias en las cuales había sido asesinado su padre. “Yo hasta el momento sabía, me habían dicho en la familia que mi papá lo habían matado en la Plaza Rivadavia para robarle”, recordó. El quiebre llegó cerca de los 18 años, cuando una prima le dijo que en realidad había sido víctima del terrorismo de Estado. “Ahí es el primer cimbronazo que tuve”.
“Yo voy construyendo parte de la historia de mi papá, parte de mi historia, parte de la historia argentina a través de los testimonios”, explicó. “Es el día de hoy que sigo construyendo”.
Además reivindicó el papel que tuvo el histórico dirigente gráfico y compañero de militancia sindical Manuel Jorge Molina en ese proceso. “Estoy súper agradecida con Molina”, afirmó. “Fue quien me acompañó en ese conocimiento, en esas palabras que por ahí en mi familia no podían”.
“Pasa el tiempo, esos testimonios no van a estar más, como justamente los que tienen que ser juzgados no van a estar más y creo que es importante, porque también es parte no solamente de mi historia sino parte de la historia de todos”, agregó.
Entre las preguntas que todavía la acompañan aparecen las vinculadas a las últimas horas de vida de Loyola y Heinrich. La visita a la Cueva de los Leones, donde fueron encontrados sus cuerpos el 4 de julio de 1976, fue parte de ese proceso.
“Los cuerpos fueron encontrados ahí. Por dónde habrán entrado, por dónde, qué habrá… Sabemos que los mataron en ese lugar. Cuánto habrán sufrido. Esas preguntas que a partir del conocimiento y que vamos procesando también van saliendo otras preguntas”.
Sin embargo, también contó una experiencia que resignificó ese sitio. Una investigadora que trabajaba en la zona descubrió una nueva especie de araña y les propuso elegir el nombre. “Ella se comunicó con nosotros, vio el cartel de lo que había ocurrido en ese espacio y como era una especie nueva quería ponerle un nombre y tuvo la humildad de que nosotras eligiéramos el nombre de esa araña”. Eligieron llamarla “obrero gráfico”.
“Pasamos por muchos procesos porque desde el momento de lo que provocaba la Cueva de los Leones, ese dolor, tragedia, muerte, pasamos a través de esta humildad de esta bióloga a encontrarnos con lo que es una araña que es vida”.
Angie conserva apenas algunas fotografías y un carnet, pero recientemente encontró algo que la conmovió profundamente. “Encontramos la firma de él, puño y letra, y que yo para mí fue súper importante. Como para otro es una firma, simplemente una firma, me largué a llorar porque fue tener frente a mí la firma de él, que fue a través de él hecha por él, puño y letra”.
También reivindicó la trayectoria sindical de Loyola, quien comenzó a trabajar muy joven en La Nueva Provincia. “No hace mucho saco una información nueva de que mi papá tenía 17 años cuando empezó a trabajar en La Nueva Provincia. Trabajó diez años. Yo digo, no me imagino de los 17 a los 27 trabajar y tener semejante responsabilidad”.
Las consecuencias de la dictadura, explicó, no terminaron con los asesinatos. “La consecuencia del silencio en la familia arrasó, arrasó”, dijo. Y agregó: “Considero que es el día de hoy que deja muchas secuelas”.
“Yo me encuentro en muchos momentos sin darme cuenta que también he hecho silencio sobre la historia de mi papá. Y no porque quería, porque al contrario quería expresar lo más que podía. Simplemente el miedo lo que provocó fue que exista un silencio que bueno, que es muy difícil, sigue siendo muy difícil romper”, agregó.
Con el tiempo, la terapia le permitió encontrar algunas explicaciones. “Yo estaba en la panza de mi mamá en el secuestro y esa situación obviamente es directo, ese miedo, ese terror fue directo hacia mí. Eso quedó grabado en mi inconsciente”.
Y añadió: “Tengo 49 años. Esto lo descubrí hace un año. Es una locura cómo la cabeza va acomodando ciertas cosas”. En ese camino también encontró acompañamiento en H.I.J.O.S.. “Ellos no solamente me acompañaron sino que me abrieron unas puertas que también estaban selladas”, señaló. Hoy milita en la organización y asegura sentirse acompañada por quienes durante años sostuvieron la memoria de Loyola y Heinrich.
“Mi viejo y Heinrich se levantarían de la tumba en este momento porque no se puede creer que tengamos que volver a contar lo que ocurrió, a volver a decir lo que es un derecho”, dijo consultada sobre el contexto actual.
Y continuó: “Nos encontramos hoy en un lugar, es una selva donde con el codo han borrado la lucha no solamente de mi viejo, de Heinrich, de todos esos desaparecidos y asesinados en la dictadura”.
“A veces me sigo encontrando con gente que sigue diciendo ‘algo habrán hecho’”, señaló. Y sostuvo que “esas ideas, esas ideologías, creo que sembraron muy fuerte en la sociedad y creo que hoy todavía seguimos peleando con eso”.
Aun así, encuentra señales de transformación. “Si vos me decís cómo encuentro a la sociedad hoy, un poquito más abierta, pero no lo que yo espero”, afirmó.
Para Angie, el primer paso sigue siendo la reflexión. “Considero que los juicios hasta a mí me han podido abrir la mirada”, dijo. Y reivindicó la escucha, el debate y la memoria como herramientas para construir otra sociedad. “Me parece súper importante que se puedan acercar a escuchar y poner en duda esas creencias limitantes que considero que tiene la sociedad”.






