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byRedacción/2 octubre, 2026/inBahia Blanca, Columna, Noticias, Opinión

Escombros

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

Querido amigo:

Me gustaría ir a visitarte pero la verdad es que no hay un mango. No veo cómo sería posible ahorrar de modo de poder comprar pasaje y llevarme algún dintel para allá. Como dice la letra de Cabrera: “Aunque no hay un mango / estoy llorando / toy me acostumbrando”.

Abelardo Castillo decía que “la literatura es el arte de los pobres” porque solo hacen falta un lápiz y un papel para alcanzarlo. Dirán que los libros están caros y es cierto. Pero siempre se pueden robar (con cien años de perdón) o hacerse amigo de la biblioteca popular más cercana.

A lo que voy, para acercarme a vos, lo que más a mano tengo es releer a Cervantes o preguntarte qué se lee por allá por estos días (que no sea una pérdida de tiempo snob, por favor –no te enojes, ya sé que no lees esas cosas, peeeero…–).

Vi que el Niño está descargando su furia natural sobre buena parte de España y se dirige a Barcelona. Espero que se sostenga la baja del nivel de alerta roja de estas últimas horas y logres conservarte a resguardo.

Estos fenómenos tan arrasadores me hacen pensar, de la mano de la literatura que es también la manera de viajar de los pobres, en los anuncios que preceden los desastres y en cómo estúpidamente la lógica de preservación de una ciega comodidad burguesa y la intención de conservar lo material son elementos que luego constituyen los orígenes de la autodestrucción de poblaciones enteras.

En el año 64 del calendario cristiano un terremoto conmovió a Pompeya. Fue el anuncio de una tragedia; el anticipo de lo que estaba por venir.

Los anticipos son generalmente desoídos –en todos los tiempos–.

Los historiadores recuerdan con mayor ahínco, en cambio, la erupción del Vesubio ocurrida catorce años más tarde. Y es lógico que así sea puesto que este suceso representa efectivamente un efecto de mayor magnitud que el de un aviso: la destrucción de todo bajo la furia de un volcán cuya aparente tranquilidad parecía eterna.

Aunque avisó, recordemos.

El aviso fue desoído, volvamos a recordar.

Tan desoído que Pompeya se encontraba, alegre y fastidiosa, “en pleno proceso de renovación y reformas”, según cuenta Walter Benjamin en Juicio a las brujas y otras catástrofes. El entusiasmo de la reconstrucción (luego del terremoto) llevó a que los pobladores modificaran sustancialmente la ciudad.

En otras palabras, la Pompeya destruida por el volcán ya no era la Pompeya histórica.

Escribe Benjamin en este libro de crónicas de radio sobre inundaciones, terremotos, asesinatos y maleantes, que te recomiendo: “la gente fue literalmente golpeada hasta la muerte por la piedra pómez que cayó, por mucho que hayan intentado protegerse con telas y almohadas, al resto de los pompeyanos los ahogó la lluvia de cenizas”.

Empero, para la buena fortuna de los curiosos de la posteridad (también para los historiadores profesionales que han perdido la curiosidad), la naturaleza se ocupó de preservar una rigurosa versión de los acontecimientos. La ceniza (por causas que aquí no podríamos explicar) se amoldó a cada pliegue de la piel y de la ropa de los cadáveres y, antes de que se produjera la descomposición de los mismos, preservó su forma con precisión de artista.

Para qué abundar: los golosos –antepasados de los megacapitalistas y constitutivos de los hombres de comercio– no quisieron rajar porque preferían conservar sus propiedades y se refugiaron en sótanos con sus “bienes”.

Después de abrazarse a sus cosas, se vieron impedidos de salir de sus cuevas de angurrientos porque todo estaba tapado por el desastre.

Murieron de hambre… abrazados a sus bienes.

Esto le suele pasar a los que protegen las cosas por sobre la vida: mueren aferrados a trozos de materia sin calor humano. Otros murieron sepultados por bolsas de oro y plata. El peso de sus propiedades los liquidó.

Conviene andar liviano.

Estamos hablando de advertencias, necesidades y catástrofes, cachirulo.

En agosto del 2000, Bahía Blanca padeció una advertencia: una nube de cloro emanada del volcán petroquímico pudo haber resultado tremenda tragedia si no fuera por voluntad de Eolo, quien decidió dirigir el viento en sentido opuesto a la ciudad.

¿Qué hizo la comunidad? Se asustó y reclamó a las autoridades.

¿Qué hicieron las autoridades? Reconstruyeron los sistemas de seguridad en la convicción de que esta nueva Pompeya no sería sorprendida por la erupción del volcán petroquímico.

Nuestro amigo perseguido por el nazismo cuenta: tomando una carta de Plinio, que atestiguó y registro la tormenta de muerte, que “nadie sospechaba el origen de la desgracia en el momento en que ocurrió. Algunos sostenían que el sol estaba a punto de chocar contra la tierra, otros decían que la tierra se había ido volando por el cielo. Según nos cuenta un historiador posterior, también estaban los que creyeron ver gigantes en las nubes de fuego y por eso decían que había comenzado un alzamiento de los antiguos dioses contra los gobernantes actuales”.

A diferencia de aquel momento, hoy tenemos plena conciencia de cuál es la fuente del riesgo mortal con la que hemos decidido convivir.

Vos disculparme, querubín, pero que me chupen tres huevos los “hombres de ciencia y técnica” que aseguran que no hay riesgo: les pagan los dueños del volcán.

Nadie puede asegurar a ciencia cierta que el complejo industrial petroquímico de Ingeniero White no sufra un incidente mayor, una explosión, una fuga, una venganza de la tierra contra el progreso. Nadie. El científico serio es aquel que contempla el error como posibilidad cierta, como algo esperable.

Sin embargo, los partidos de gobierno, la conducción política, en lugar de prevenir (conviene decir que, a diferencia de un volcán, las plantas podrían ser alejadas de la población) apuestan a sumar más riesgo (más plantas) y a reconstruir la ciudad negando el aviso.

A esto le llaman “progreso”.

Si tuviera que agregar otra nota acerca de la angurria, transcribiría otro señalamiento de Benjamin: “Luego los sobrevivientes regresaron, no para asentarse en el lugar, lo cual era imposible con quince a treinta metros de ceniza sobre el suelo, sino para excavar al azar en busca de sus bienes. Eso volvió a costarles la vida a muchas personas, pues quedaron sepultadas bajo las avalanchas de escombros”.

Lo más triste, querido amigo, es que, de ocurrir un desastre en esta tierra nuestra, la pestilencia petroquímica no ofrecerá la gentileza de la ceniza que, al menos, conservó la memoria de sus habitantes (hasta el último gesto de horror o de amor de seres cubriéndose ante sí, muriendo acurrucados en la esperanza de haber sido junto a otro).

Si el volcán petroquímico estallara, esta población, la nuestra, pasaría al olvido sin mayor trascendencia, apenas mencionada en un titular cualquiera en una sección de segunda categoría, como corresponde a cualquier hecho local (o sea, a cualquier hecho que no ocurra en Buenos Aires).

Y por lo general, las noticias, mucho más las que enuncian tragedias, no resultan memorables. Del mismo modo que las advertencias parecen apenas ruido de heladera.

Nuestros escombros significarán eso: solo escombros sin memoria.

Si la manivela no se mueve en ninguna dirección, historiadores futuros dirán, sin temor a equivocarse, que nos la buscamos solitos y elegimos desoír las advertencias.

Te dejo que tengo que ir a juntar agua porque va a haber un corte de 36 horas. Viste como es el progreso.

Abrazos volcánicos y besitos en el cráter.

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