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¿Cómo nos entretenemos?

delacalle Ninguno 22 octubre, 2020 - 12:50 pm en Cultura

(Por Astor Vitali) Tocaremos un tema que cambia nuestras vidas: el entretenimiento. ¿Cómo nos divertimos? ¿De qué manera nos entretenemos? ¿Qué hacemos el tiempo que no ocupamos en producir o integrar alguna parte de la cadena de servicios? ¿Y cuánto decidimos acerca de cómo nos entretenemos?

Cada persona, rodeada de pantallas, recibe estímulos a través de distintas “plataformas”. Son estímulos creados por la industria del entretenimiento. Son “contenidos” producidos por centros de confección de contenidos que definen cómo una buena parte de la humanidad va a pasar su tiempo libre.

Para no caer en generalizaciones que compliquen la comprensión de aquello sobre lo que estamos reflexionando es menester aclarar en este punto que una buena parte de esa humanidad está excluida de la conectividad. Así como está excluida de todo tipo de derecho, hasta el más básico. Esa parte de la población carece de recursos para el consumo, por ende, no aporta para el sistema de vida que rige la economía. Esto les pone en una situación de no ciudadanía (la ciudadanía está dentro de las normas de mercado porque los estados son de carácter capitalista) y quien no puede consumir carece de valor humano por lo tanto es descartable. Aclarado esto, para no generalizar, vamos a quienes pueden gozar de bienes de consumo y también estos como herramientas de consumo de bienes y servicios culturales. Son además, las personas que suelen ocupar lugares de decisión social.

Luego de esta aclaración, volviendo al tema: ¿cómo nos entretenemos y cuánto decidimos en ello? Veamos algunas actividades recurrentes.

Escuchar música: Uno pone por ejemplo Alfredo Zitarrosa en el buscador de YouTube y, antes de ir al contenido deseado, aparecen una o dos publicidades. Una de ellas puede ser una pieza pseudo musical de esas que llaman “latinas” (que carecen de toda estructura rítmica, armónica y melódica de las músicas populares latinoamericanas). Últimamente, unas voces homogéneas, sin ningún tipo de matiz regional ni de intensidad, que cantan como con la lengua anestesiada y usan todes, además, un efecto que uniforma más el canto –como el corte de pelo militar-: el auto tune.

En este sentido, cabe destacar que la lógica de los algoritmos no es tan lógica ni es tan algorítmica. La idea de “lo que le gusta a uno” funciona como un corral que no nos deja conocer más músicas y nos deja en el mismo lugar que siempre: podemos pasar la vida escuchando la música para la que fuimos educados –por el sistema formal y por el sistema en general- a los 15 o 20 años. ¿Pensamos igual que a los 15 o 20 años? ¿No aprendimos más nada? ¿Actuamos en la vida con los conocimientos y el pensamiento del momento de la adolescencia o maduramos? ¿Por qué culturalmente, en cambio, permanecemos anquilosados en ese lugar?

Esta atrofia cultural tiene un sentido de segmentación y de ubicación de mercados. Pero tanto la atrofia como los algoritmos son selectivos. ¿Cómo? ¿No me muestra siempre lo que yo quiero? Te muestra lo que vos querés según tus gustos de algún momento, sí. Pero siempre hay lugar para salirse de las lógicas algorítmicas cuando quieren enchufarte las novedades de la industria cultural: es decir, el bodrio del momento que necesitan ubicar como primero en los puestos.

¿Cuánta música nueva descubriste en los últimos 10 años? ¿Podrías decir que conociste más o menos música que en otras épocas de medios menos “a la mano” como el disco, el cassette o el vinilo? Si te preguntás a vos mismo, a vos misma: ¿podés mencionar diez artistas de corrido que tengas en la cabeza? ¿Recordás 10 melodías que te hayan conmovido? ¿Diez letristas que te hayan cambiado algo? ¿Alguna música que te marque?

Lo cierto es que con los inventos de turno en materia de aplicaciones, desde Napster hasta aquí no hacemos más que decir que “tenemos toda la música a la mano” y sin embargo esta posibilidad del todo nos lleva, paradójicamente, al corral cultural de los algoritmos que nos dan más y más de los mismo (con la excepción de mostrarnos lo que dos o tres empresas concentradas quieren que sí o sí conozcamos como “novedad”).

Arriesgamos que hay una actitud que ha logrado modificar la maquinaria de las industrias culturales: la activa por la pasividad. En la década del cuarenta, para conocer las novedades musicales había que sentarse a una hora determinada frente a la radio, tomando nota de lo que podía decirnos una persona frente al micrófono. Era una persona que investigaba y trabajaba para su audiencia y para las empresas. Había que salir al teatro para escuchar artistas nuevos ya que salían de gira por todos lados y la música popular estaba todos los fines de semana en vivo. Un hecho social formidable. Un galpón con una orquesta había en cualquier pueblo.

Treinta años más tarde, había programas especializados de radio y de TV y sobre todo revistas a las que íbamos a buscar información precisa. Los discos y posteriormente los cassettes pasaban de mano en mano. Las personas se reunían a escuchar y hacer apreciaciones sobre esas músicas que escuchaban. Es decir, había un proceso de socialización y un proceso educativo mediado por diferentes actores formarles e informales.

Podríamos decir que lo que se destaca de aquel momento es que había que salir a buscar la información, debía mediar un trabajo para conocer y escuchar clásicos y novedades. Por ende, lo que es lo mismo, había una actitud activa, curiosa, investigativa, casi detectivesca de las audiencias culturales.

En la actualidad, en cambio -y sin expresar juicio de valor aún sobre la modificación de activo a pasivo-, toda la música que no habría cabido en ninguna discoteca personal está adentro de nuestro celular. Recibimos información todo el tiempo. “Los lanzamientos de la semana en Argentina”. La música sólo existe en tanto: “Rock, Latina, Folk & Acústica, Metal, Nuevos lanzamientos, Cumbia, Hip Hop, Indie, Infantil, Dance electronic”. Por si fuera poco aceptar esta reducción a la etiqueta universal del código de barras, aparecen otro tipo de descripciones terribles que estigmatizan e imponen criterios en los que ya se educó una generación: “En casa”, “Bienestar”, “Estado de ánimo”, “Entretenimiento”, “Hora de la comida” o “Dormir”. Esto resulta especialmente espantoso por una razón muy sencilla: ¿en casa somos todes iguales? ¿La música se debe elegir siempre por estado de ánimo o puede existir la curiosidad como motor de búsqueda? ¿Cuándo estoy triste me gusta la misma música que a mi vecina o que a mí mismo en diferentes momentos de mi vida? ¿Me tiene que entretener lo mismo? Para hacer un “Asadito” (categoría de Spotify Argentina) ¿tenemos que escuchar lo mismo? Es un espanto estigmatizante por el que pagamos voluntariamente.

Ningún otro sistema de control y vigilancia había logrado antes lo que las industrias culturales han logrado hasta el momento. Incluso los y las artistas deben pagar para estar en estas plataformas en lugar de ellas comprar sus contenidos.

Ahora, con toda la música en nuestra mano, recibimos, recibimos y recibimos información. A diferencia de la actitud activa y curiosa de antaño, nos reeducaron para recibir, para tener los poros de la sensibilidad constantemente abiertos a múltiples estímulos con los mismos contenidos estéticos. ¿Cómo? La misma porquería industrial que te quiere imponer Spotify la vas a encontrar en la mañana de Longobardi y Lanata en Radio Mitre (principal radio en audiencia en Argentina) o aquí en Bahía en LU2 o en cada vez que busques algo en YouTube.

Este cambio cultural es notorio y podría representarse con una imagen: una persona sentada en la soledad de un cuarto conectada a unos tubos que le alimentan y a través de los cuales recibe estímulos como imágenes, sonidos, colores y sentidos a través de los que termina por percibir la realidad. Pero está adentro de un cuarto. Más o menos así se consume cultura hoy, en líneas generales, o así busca el sistema de producción simbólica que lo hagamos. De ahí que lugares como el Centro Cultural La Panadería o una guitarreada puedan resultar en sí mismos lugares de resistencia donde los saberes y los sentires se transmiten de otra forma a la que buscan domesticarnos.

La pasividad nos lleva a saber cada vez menos, a pensar en términos cada vez más binarios, a tener menor capacidad de abstracción y de análisis, a esbozar pensamientos cada vez menos complejos, más torpes, a reproducir melodías que ya ni quiera son pensadas por artistas sino por científicos -según la tonalidad y la repetición que más puede “pegar”, es decir, vender-, a tener cada vez menos curiosidad, o sea, menos intención de descubrir.

¿Decir que tenemos menos intención de descubrir no es lo mismo que decir que tenemos menos capacidad de deseo? Si tenemos menos capacidad de deseo ¿no nos hace esto menos humanos y más máquinas?

Por el momento, hay otra imagen que puede ayudarnos. La imagen del gato y aquella frase que reivindica el deseo, la búsqueda y la inteligencia con autonomía. Porque curiosear puede dejar marcas y puede ser menos cómodo o lisa y llanamente incómodo. Porque como sabemos: la curiosidad mató al gato… pero murió sabiendo.

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