Espejos y fuentes

Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.

Querido amigo:

Ante tu pedido de que te ponga al tanto de mi situación sentimental, subrayando que yo te he peguntado e insistido reiteradamente con respecto a tu nueva relación, debo decirte que no puedo darte noticias porque no existen tales cosas ya que nada ha ocurrido en ese plano de mi existencia humana.

Mi vida sentimental se reduce al recuerdo de cosas que yo recreo-invento en mi memoria (la Historia siempre es creación desde el presente, ya fue dicho) de una manera diferente a las que seguramente ocurrieron, por un lado, y por otro al deseo de imposibles; como ese tema que cantaba Raúl Carnota, de Juan Carlos Franco: “para qué quiero mis ojos / mis ojos para qué sirven / mis ojos si se enamoran, y se apasionan vidita, de imposibles”.

Entre lo olvidado y lo deseado estoy escribiéndote una carta electrónica sobre una materia inexistente: mi vida amorosa. Naranjafanta.

Yo podría poner excusas y decir que esta época no sé qué, que la gente no se reúne, que a los cuarenta años un tipo sin guita medio soñador y medio leninista no es buen partido para nadie porque todo el mundo (nunca supe qué es esto) sienta cabeza o “sueña” con un comprarse un auto y viajar y no sé qué otras cosas que se hacen para pagar el tiempo muerto de la explotación.

Pero no tengo que poner excusas: a veces simplemente es que uno no le resulta atractivo a nadie y ya. Es decir, las cosas son como son y no de otra forma. Mejor hacerse cargo de la propia condición de sí que buscar en decisiones de otros lo que uno ha forjado como realidad propia. Así que no ha pasado nada más que el basurero por mi zaguán, chiquilín.

Por lo tanto, amiguito, de esta cosa que llamaste “vida sentimental” yo podría decirte que siento muchas cosas, pero en soledad.

Y no estoy dispuesto a sumarme al deber ser amoroso que implica subirse a la caballería del cinismo obligatorio de esta época y “hacer las cosas que hay que hacer” para gustar quien sabe a qué sentido común de los espejismos virtuales.

(¿Viste que al final le eché la culpa a la época?)

Bue.

Cuestión que, al otro tema que planteás en tu correo: estoy de acuerdo. Tenemos que preguntarnos de dónde sacamos las cosas que constituyen nuestro discurso y tenemos que pensar en qué espejo nos vemos (qué o quién nos muestra nuestro rostro; qué o quiénes nos dicen quiénes y cómo somos).

Vamos por el tema de la fuente. Dejando de lado banalidades platónicas, las cosas de las que nos nutrimos las sacamos de este mundo, este mismo mundo que construimos nosotros.
“¡Somos lo que comemos!”, dice alguna propaganda de esas que te meten en redes y se ponen de moda y después las escuchás hasta en los pasillos de las “casas de altos estudios”.

No: somos lo que leemos y somos lo que creamos. Somos lo que comemos culturalmente; somos el fragmento de la ideología dominante contra el que peleamos.

Si la fuente de la que nutrimos nuestro discurso diario es un conjunto de huevadas extraídas de las redes sociales, pues nuestro universo simbólico estará hecho de esa pelotuda materia.

Por supuesto, nadie puede escurrirse de su época, me vas a decir. Yo no voy a negar que esta fuente existe y nos constituye también. El problema es si esa es la principal o única fuente de la que bebemos y de la que nos (des)nutrimos. Porque si a esa cuenca de distracción le sumáramos otras riquezas simbólicas, entonces estaremos hechos de otros materias más nobles y sólidos.

Más nobles: la literatura.

Más sólidos: los ensayos y la ciencia.

Esto daría para un artículo largo publicado por ahí pero… a ver si puedo sintetizar (hace rato que ningún medio me contrata, así que artículo: nada): si dejamos que otros nos cuenten en videos cosas de estos mundos que nos eran propios (los de la imaginación) y no luchamos por recuperar para todo el mundo (pero sobre todo para nuestra clase) la riqueza que hay en buscar en los textos, crear en nuestras mentes, sorprendernos y quedar absortos por lo que inventa un sujeto perdido en el tiempo (Cervantes, ponele) utilizando solamente palabras, o entender, nuevamente, entender una idea que destella claridad, nos perdemos un mundo que fue nuestro.

Nada de esto está en un ril ni en ninguna otra propuesta de entretenimiento (adicción) de ese tipo.

La literatura ofrece nobleza de materiales creativos (por los elementos de los cuáles está hecho su lenguaje) muy diferentes al bolo alimenticio que surge del mundo de las industrias culturales audiovisuales, que nos da todo ya procesado (a veces, no solo digerido sino directamente la mierda ya expulsada de su vientre mal alimentado).

Creo que hablo de la emoción del conocimiento (sumo acá los materiales más sólidos del ensayismo y la ciencia, también). Porque lo que los militantes del racionalismo abstracto, igual que los religiosos del conocimiento científico olvidan es que el conocimiento produce sí relaciones mentales pero sobre todo produce emoción, y esto ocurre en los cuerpos y forja memoria en los cuerpos. Como una melodía de una canción.

El mejor garche de tu vida puede (puede, aunque no necesariamente, depende) ser comparado o superado por la sensación de la primera vez que descubrís una idea en un libro.
Faaaaaaaa. Xplota y lo sentís en el cuerpo. Si te distraes y dejás de leer así, con el cuerpo, corrés el riesgo de caer en la maroma pseudo intelectual y ya dejás de tener orgasmos estéticos para pasar apenas participar del universo de las pajitas doctorales y otras cosas que han perdido la gracia del placer.

Los que leen ideas y “solamente piensan” no han comprendido. Son los que hacen cuadros conceptuales y esas cosas que después se olvidan o retoman para dar clase (con ideas y sin cuerpo).

En cambio, los que leen ideas de manera comprometida no solo piensan: principalmente se conmueven.

Las grandes cosas se escribieron a fuerza de angustia ante la inmensidad de todo y la incapacidad de comprender; contrariamente, hay de esas gentes que andan por la vida diciendo “entendí la filosofía de Aristóteles”. ¡Anda! (Seguro que leyeron un resumen, además). Algo similar ocurre con los que jamás pasaron por un texto de Marx pero te explican el materialismo dialéctico con tres oraciones que se encadenan entre sí sin problemas, como un rosario. Amén. Siempre se corre el riesgo de levantar las paredes de iglesias contra los fundamentos que las inspiraron.

Así que huevear “no está ni mal ni bien”, dirías vos (yo digo que mal): simplemente está y es, existe en nuestra realidad como alguna vez existió la radio. Ponele que te la tomo. Pero vamos a lo otro. El tema es recuperar lo otro, ser capaces de leer (¿en otro correo te parece que intercambiamos qué significa leer?), de hurgar en la creación y el pensamiento de nuestros antecesores. De hacer futuro y novedades hablando con los seres de todos los tiempos (con nuestra tradición, pero usando la palabra con seriedad, no como en el círculo de folclore o cualquier otro círculo en donde les pesan los mismos y sostienen mundos que se han evaporado haciendo mímica de seres que han sido y ya no son –caricaturas fantasmales–).

Bueno, eso pienso respecto del tema de las fuentes que planteabas. Ahora, en relación al tema de los espejos, te voy a contar una historia de oriente, que me parece linda.

Allá por 1905 el crítico español Antoni García Llansó publicó Dai Nipon (El Japón), a partir de sus viajes y estudios acerca de la isla del sol naciente. De esta forma introdujo su visión del asunto en España.

Nos cuenta este buen hombre que en el palacio de Haru-no-miya, (emperador en aquel momento) “podían observarse las joyas de la corona, denominadas Mikusano Kamakara.

”A su indiscutible mérito arqueológico reúnen el de su peregrina significación, al igual que todos los objetos destinados al servicio del Mikado. Consisten las joyas en un hermoso espejo de metal. –Yatano Mikagamí,- una espada con riquísima empuñadura, –Ame no murajomono mitsuruguí,- y un gran diamante de convexa superficie, –Masa Kami-no magatama.

”Las tres citadas joyas pertenecieron a Jimmú-Tenno (el primer emperador de origen divino –te aclaro yo, Astor–), quien al legarlas a su sucesor, se supone le dirigió las siguiente recomendaciones, a modo de expresión de su última voluntad, cuyo texto se ha transmitido sin interrupción, por cada uno de los antecesores del actual emperador”.

No me digás, tenés razón, la vida es una herida absurda: me vas a decir que aunque tenían este mandato que ahora voy a reproducir igual hicieron cualquier cagada en la guerra. Ya sé, pero aguantame un cacho el razonamiento abstracto, después vamos a lo práctico.

¿Sabés que decía el texto?:

“Tus sucesores regirán este imperio hasta la consumación de los siglos. Recibe el reino y las tres joyas de la corona. Cada vez que desees verte, utiliza el espejo y gobierna el país con una igual pureza y rectitud que su brillante superficie. Trata a tu pueblo con dulzura semejante a la curvatura que presenta el diamante y combate con esta espada a los enemigos de la nación”.

Tomá mate. ¿Te conmueve? A mí sí; por eso me lo aprendí.

Ahora, decime una cosa: ¿en qué espejo si mira Milei (o cualquier presidente de esta época? ¿En tuiter?

Los y las jefes políticos ¿en qué alcahuetes de qué diario de qué Irigoyen devaluado construyen su imagen?

¿Qué imagen puede dar una encuesta si refleja, en última instancia, un encargo del “reflejado”?

En una democracia real las jefaturas (cualquiera, sindical, política, de un club barrial, de un dojo) el espejo es la propia población a la que se representa. Bueno, en ese espejo estamos seguros que no se ven los dirigentes. Más bien buscan (espejito, espejito) el de las corporaciones y los tipos que se dicen liberales pero viven del estado. En Bahía, el espejo del intendente no es otra cosa que un obsequio empresarial del directorio del Consorcio de Gestión del Puerto.

Después está el diamante que recuerda tratar con suavidad al pueblo. ¿Será una piedra áspera la que hay en los despachos municipales? Porque no nos tratan con ninguna suavidad. Más bien nos cagan a cascotazos si les recordamos a quienes gobiernan que el soberano somos nosotros (el pueblo).

Y finalmente, ¿con qué arma combaten nuestros gobernantes a quienes nos invaden?

Han cambiado la espada del guerrero por el posnet del mercader contemporáneo para vendernos (con tierras, bienes comunes, agua, litio, vacas, muertas y todo). Con cáncer y pasivo ambiental, ¡hay promo!

Buenos, escúchame ya me fui a la mismísima. Creo que lo que quiero decir es una cosa y es la siguiente: ta muy gauchito que las sociedades contemporáneas no resuelvan a sablazo limpio cualquier diferencia, como en aquel oriente imperial. Pero (pero) un poquito de honor en la dosis de la mezcolanza de ingredientes que hacen a la mesa política de nuestra época no vendría nada mal. No digo pedirles seppuku (porque nos quedamos sin dirigencia) pero, “digo”… media pila.

Vuelvo al tema pero desde otro enfoque.

Los espejos en los que nos vemos, ahora me refiero a nosotros, más allá de los gobernantes, son espejismos virtuales que asienten a lo que decimos como si fuéramos estúpidos (me refiero a todas las pantallas asistidas por IA a las que les pedimos asistencia diaria).

¿Y si nos mirásemos en un charquito un ratito pequeñito? Si es con alguien y un mate para conversar, mejor.

Sobre las fuentes ya me explayé bastante.

Bueno, dejo acá hasta la semana que viene.

Che, ¿qué onda las librerías allá? ¿Se puede comprar algo con tu salario de lava copas o es tan excluyente como acá comprar un libro?

Nene, te mando un abrazo que te refleje con dulzura de diamante y besitos en la fuente.

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