(Por Astor Vitali) Las decisiones simbólicas en los actos públicos pueden ser solo ceremonial y protocolo o pueden constituir mensajes potentes que apelen a fuentes culturales que mueven elementos del inconsciente colectivo de los pueblos. Nos parece que las elecciones rituales concretadas durante el acto que encabezó el presidente Alberto Fernández el domingo pasado merecen una mirada detenida y la indagación respecto de las posibles implicancias simbólicas –positivas, a nuestro entender–  que se derivan del repaso de la actividad.

Más allá de la elección de representantes religiosos, pueblos originarios y centralmente trabajadores y trabajadoras “esenciales”, que representan lo mejor de la actividad humana ante el terror que implica una situación de catástrofe, en contrapartida con las acciones desesperadas de seres humanos que bien podían evitar actividades superfluas y, con ello, salvaguardar la salud del prójimo, más allá, decía, de las simbólicas flores como ritual vital ante los muertos y las muertas, y del contenido estrictamente político del discurso presidencial, nos detendremos en lo que aconteció sobre el escenario.

El criterio de selección no se basó en modas, estereotipos prefijados por medios masivos de comunicación, que articulan con la industria cultural, cuyos intereses no siempre –o casi nunca- coinciden con los de la cultura de los pueblos; no se basó en un “quedar bien” ante determinado sector. Podría argüirse que el contenido artístico del acto constituye un guiño hacia la mirada cultural progresista. Sin embargo, esta postura soslayaría que tal cosa, el progresismo, no se puede pensar como una masa homogénea que defiende valores culturales estancos. Por el contrario, la progresía capitalina post dictadura, excluyendo excepciones, se ha caracterizado por asimilarse a la cultura de mercado, cediendo terreno en el ámbito cultural, de sus fuentes y tradiciones populares. Terreno que no ha cedido, por ejemplo, en el campo de los derechos humanos. Por lo que, la defensa de la tradición popular se encuentra en un fragmento minoritario de la progresía rioplatense. Pervive, en general, en las acciones culturales de trabajadores del sector y en espacios de resistencia y memoria cultural que se extienden por todo el país.

Retomando, la selección de lo que se puso en escena se articuló en base a diferentes tradiciones culturales constituyentes de la identidad cultural del pueblo argentino –no todas, claramente- en un gesto de construcción simbólica que no merece soslayo.

Comenzó con la interpretación de Erbarme dich, mein Gott de Johann Sebastian Bach en la voz de Susana Moncayo. Allí se encendieron 24 velas en honor a las personas muertas por COVID-19, en cada provincia. Aparece la apelación a la tradición cristiana y europea en la música sacra, que ha acompañado, durante siglos, rituales de estas características. Pero también aparece en la idea del estado, de lo público, una ruptura de la división entre la llamada “música culta” y “música popular”. Sobre todo, por lo que vino después.

Laura Novoa leyó La meta nada menos que de Hamlet Lima Quintana, trabajador de la palabra del pueblo, y luego un músico que representa tanto la erudición como lo telúrico, Juan Falú, interpretó junto a la cantante Nadia Szachniuk, del mismo autor, Zamba para no morir que, fuera de la literalidad de la posibilidad de pervivir en los hijos e hijas, supone la concreción del proyecto de un pueblo en las generaciones posteriores.

Más tarde, la actriz interpretó el poema La canción resuena siempre de Diana Bellessi, docente de filosofía y poeta, quien ha trabajado en los márgenes sociales de las cárceles y desde alguna corriente feminista.

Posteriormente, Nos veremos otra vez de Serú Girán fue interpretada por un grupo de artistas y la cantante Patricia Sosa, incorporando la corriente del rock argentino –que no nacional– a las corrientes anteriormente mencionadas.

También se introdujo Océanos de Juan Gelman, un poeta del pueblo, inscrito en la tradición revolucionaria argentina.

Después de este set, el presidente, Alberto Fernández, hizo uso de la palabra en su carácter institucional. En este artículo no nos centraremos en ello, de lo que hay largo papeleo impreso, aunque podemos mencionar que el tono fue de rito popular en búsqueda de la trascendencia de quienes han caído en medio de una catástrofe.

La ofrenda floral se hizo bajo otra música de sentida despedida: Adiós Nonino  de Astor Piazzolla. Que, aunque no fue anunciado, resonó como una música envolvente de pérdida de lo querido y, su elección, apeló a otra de las tradiciones musicales revolucionarias de la Argentina.

Visto así, puede decirse que el acto tuvo una propuesta cultural meditada, un esbozo de mensaje que apeló a diferentes tradiciones culturales. Esto no ocurre normalmente.

Como siempre, caben las críticas. Había presencia de pueblos originarios entre quienes se sentaron junto al presidente pero no hubo presencia en la expresión estética, de esos pueblos originarios. El grupo que asesora al presidente que dio asilo político a Evo Morales, luego del golpe de estado, debe meditar si a la Argentina no le cabe también el sayo de plurinacional, más allá de enorgullecerse de las tradiciones populares posteriores a la Revolución de Mayo.

Concluyendo, en este acto se ha establecido una propuesta cultural que ha sido muy rica y oportuna, sobre todo en el contenido de las letras y las músicas. Éste fue estrictamente pensado para afrontar las pérdidas, para buscar la trascendencia de dichas pérdidas y para otorgar un sentido a todo aquello, tan doloroso. En ese contexto, si la política del Estado argentino contempla a los pueblos originarios como parte integrante y sustancial de su existencia (y no como un mero relato de corrección política), y teniendo en cuenta que dichos pueblos originarios tienen sus prácticas artísticas, esas prácticas culturales deberían ser tomadas en cuenta como parte del relato cultural que el Estado argentino lleve adelante en sus actos públicos.