¿Por qué canta El Jilguero?
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Y bueno, hermano, soy así. No sé por qué me seguís pataleando con que me meto en muchos despelotes a la vez si igual lo voy a seguir haciendo. No es que no te escuche: es que no me sale de otro modo. El orden es un misterio aburrido de cuya comprensión careceré no solo por limitaciones intelectuales sino, pienso ya a esta altura, por meras razonas ontológicas; o sea, soy así y otra cosa no me sale (queda dicho, nuevamente).
Cuestión que me pedís que te cuente por qué armé el Espacio Creativo El Jilguero y, en derredor de su inauguración, la Semana Jilguera. Haré lo posible por responder.
Lo primero que tengo para decir es: no sé. No tengo la menor idea. Es lo que me salió en respuesta al mundo que me rodea y me lastima. Es mi manera de armarme para confrontar contra el terror, que ya no está latente en la amenaza de una bomba o de una bota sino presente en la subjetividad anulada de deseo de estos seres que rondamos la época.
¡La época! Ahí está. Estoy un poco cansado de echarle y escuchar que le echen la culpa de todo a la época. La época tiene sus cosas (yo no sé si un obrero del siglo XIX o un esclavo del XIV o un campesino chino del III la tenían mucho mejor –sospecho que no–).
Sí, ya sé: no se pueden comparar épocas diferentes con los mismos términos. Tenés razón. Pero la pregunta sería ¿no tiene cada época su punto de fuga? Otra ¿no es posible en cada época intentar una lectura crítica (una teoría política revolucionaria) y un plan de acción para cambiar las cosas (unas tácticas y estrategia política populares).
Yo escucho a veces decir que antes los intelectuales eran sartreanos y eso ya no funciona. Es de otra época. ¿Qué quiere decir esto? Primero, nada serio; no se trata de un pensamiento sino de una cosa dicha para evitar el análisis de la complicidad generalizada. Segundo, que el mundo en el que se desarrolló la idea del compromiso militante sartreano (agarrámela con la mano) se ha modificado radicalmente (ya no es el mundo de pos guerra y las tensiones entre EEUU y URSS). Muy bien, si decimos que ya pasó por eso, estoy de acuerdo. Ese mundo ya no es. Este mundo ya no es ese.
Ahora esto no establece una relación directa con la idea de que ya pasó la posibilidad de que un agitador cultural (músico, escritor bla ba bla bla bleo) pueda comprometerse con pensar y articular en torno de la pregunta ¿cómo nos organizamos colectivamente para pujar, proponer e intentar un mundo de coordenadas antagónicas a esta inmundicia de mercado mundial, esclavismo digital y concentración atroz? Ahí ya decimos que ahora es todo muy complicado y entonces no podemos hacer nada. ¡Andá!
Cuando escucho ese tipo de cosas se me caen los pelos (porque de punta nunca logré que se me pusieran, ni con gel). Decir que comprometerse con pensar y articular políticamente un mundo justo es de otra época es poner una excusa perfecta para no decir: no estoy dispuesto a dar un paso en un sentido que no sea en dirección a mi propio ombligo. Me han colonizado neoliberalmente el melón. Soy el perfecto posmoderno (que sería, en rigor, un moderno acomodado en bienes y servicios).
O sea, hermanito, está lleno de cagones que quieren figurar o ser becados para investigar pero no sacar la cabeza del paiper o que quieren firmar libros pero no fichas partidarias.
Allá ellos. Allá. Casi en el cielo. Azul un ala.
Ya nadie se estresa mucho con temas de ética intelectual; ni siquiera se sienten señalados. Si no uno les diría que convendría que se reconocieran como una pieza perfecta encajando en el sistema antes que forzar la impostura de un persona progre que pobrecita no puede hacer nada porque llega muy cansado y porque lo agotan las redes sociales.
Las víctimas son otras y no tienen para comprar libros.
Bueno, yo pienso que desde mi lugar tengo que proponer algo (después vemos cómo va). Y ese algo, por estos días, es El Jilguero.
Ya he dicho en algunos medios algunas cosas que son lindas y ciertas. El canto del jilguero es un motivo; parecería que se aferran a la belleza, a la comunicación, a los colores de la vida tercamente en sus melodías. Me gusta esa actitud animal, animal. Debe ser porque esto es lo que hace más o menos un artista (además de molestar recordando que se puede cantar en lugar de matar –opción nada desdeñable en un mundo que avanza en su técnica y en su ciencia a pura guerra y matanza–).
Luego, he dicho también que los jilgueros son aves que utilizan los nidos de otras aves una vez que los han desocupado. Entonces el Espacio Creativo El Jilguero será eso: un nido para que artistas, pensadores, buscadores de lo inútil, amantes desencontrados, poetas, vecinos, estudiantes, curiosos, aburridos de otras distracciones, buscadores del tesoro (que siempre es otra cosa que una caja de oro y plata) vengan a cantar, a pensar, a crear.
Pero vamos por partes porque hay mucho que pensar en todo esto.
Mirá, lo primero que vamos a inaugurar el sábado (qué lástima que no estés acá, cachitrulo) es el Aula “Miguel Graziano”. Quedó hermosa. Todo el piso de madera que estaba en pésimo estado ahora está restaurado y es un placer verlo y tocarlo. Las paredes, que te acordás que estaban todas fisuradas y con humedad, están ahora blanquitas como culo de departamento nuevo. Le puse un sistema de sonido. Ahí está el cajón peruano de Miguel, que cedió su familia. Un par de guitarras y un piano alemán maravilloso que donó nuestro amigo Nico Fernández Vicente, que a diario así existiendo no más muestra su condición de ser extraño, poético en su ser y estar, amoroso en la amistad. Vos no sabés lo que es el aula. Quedó hermosa.
Esto quiere decir, en otras palabras, que El Jilguero nace de una muerte (la de Miguel). Todos los martes ensayábamos ahí y yo recuerdo perfectamente nuestras conversaciones. Alguna vez me dijo que ese espacio era fundamental para sostenerse el ánimo por estos días en los que el tiempo ya no nos mueve ni nos atraviesa sino que nos lastima.
Vos sabés que yo a la metafísica medio me la paso por el último estante de la biblioteca pero en este caso (en rigor, es más bien bien materialista) yo quiero que ese espíritu de Miguel, un hombre hermoso, gentil, que sabía escuchar, que pretendía amor y belleza artística como plan existencial se mantenga vivo todo el día en el aula que llevará su nombre.
Eso no lo reemplaza. Él ya no está. Pero sostiene mi amistad con su memoria.
Además del aula, ¡ya están llegando libros! Mirá, armé la biblioteca que será sala de espera entre alumnos y alumnos y además sala de lectura. Es bonito ver desde la ventana cómo todas las personas que pasan por la calle se detienen con gesto luminoso a mirar el mural que hizo Anita.
Voy a abrir El Jilguero en distintos horarios para que la gente venga a leer. Ves, mirá, acá tenés una aplicación de esto de no echarle la culpa al mundo. SI nos cuesta concentrarnos en la soledad de la casa ante los estímulos de los teléfonos: bueno, pues nos organizamos para leer con otros y concentrarnos en lo que cada quien está leyendo y por qué no hacer lecturas colectivas, etc.
Muy bien. Y para cerrar (por ahora) armé una pequeña sala preparada para público mixto (presencial y virtual) para poder hacer charlas, grupos de estudio, conferencias, entrevistas, conversaciones con gente que piense, investigue, haga arte, se organice en cualquier parte del mundo.
¡Hay tanto por aprender y tantas gentes apasionadas que estudian y quieren estudiar! Se me vienen mil nombres a la cabeza de artistas, intelectuales, agitadores, militantes, científicos, filósofos y otras especies de cinchadores de lo vital que no los voy a detallar porque son muchos y ya van a ir apareciendo.
Va a ser un punto de encuentro maravilloso y potente.
Pero además creo que todo esto nos tiene que dar la fortaleza para salir a trabajar en el territorio allí donde haya alguna voluntad de vivir de una forma que no sea la que impone esta civilización de la virtualidad que considera a los cuerpos y las vidas de las gentes cuestiones desechables solo considerables en tanto entes de consumo, sujetos de mercado. “Vamonos de aquí”, decía Luis Alberto.
Bueno, nenito, todo este quilombo voy a intentar armar. Espero que me dé bola alguien y voy a poner a estirar el cuero para que me dé. Sobre todo estoy interesado en estudiantes y gente más joven (además de los de nuestra edad y más grandes que no se han vuelto ya perfectos hipócritas). Porque la verdad es que uno se ha cansado de escuchar que en las escuelas de arte la gente no sale artista (más bien dejan de tocar y se trauman con sus instrumentos), en las licenciaturas de letras las personas no salen escritoras (más bien dejan de leer por gusto y se vuelven docentes viles), en la de filosofía no salen filósofos (más bien investigadores de cosas que no se parecen a pensamientos) y así siguiendo. Hay muchas razones para analizar todo eso (que otro día lo hacemos si querés) pero no hay ninguna para no organizarse de manera autónoma para hacer arte, escribir literatura y pensar o asomarse a ciertos destellos incandescentes de pensamientos paridos de las grandes preguntas.
Acá va la cosa, creo, también: autonomía. Este jovencísimo país tiene una larga tradición (dentro de esa juventucidad) de lo que otrora se llamaban: las organizaciones libres del pueblo.
¡Pero cuesta trabajo!
Dice el que no quiere moverse.
Más trabajoso es el diario hastío de soportar la humillación de funcionarios mediocres de un estado que no es ni popular ni democrático (todos los funcionarios de cultura son el primo desempleado de alguien y no gentes con planificaciones y pensamientos capaces de otra cosa que no sea gestionar la pobreza presupuestaria de este estado que no es democrático ni popular –más bien neoliberal-) o el otro oprobio que es soportar estar bajo la sombra de alguna oscura figura de la casi inexistente pero ramplona burguesía de la región.
Estamos aquí en El Jilguero recuperando esta idea de organización libre del pueblo, reformulándola, invitando a quien quiera sumarse a trabajar y pensar.
Como decía aquella introducción del disco de Raly: “está en nosotros”.
Allá ellos.
Che, perdón que no te pregunté nada de vos esta vez pero vos me pediste que ampliara sobre este tema. Contame lo que quieras en tu próximo correo.
Querido, abrazo ácrata y besitos en el reformismo.





