Rosana Heinrich: “Mi viejo murió por defender a sus compañeros y hoy es un orgullo para mí”
En diálogo con FM De la Calle, la hija del secretario general del Sindicato de Ártes Gráficas, Enrique Henrich, reconstruyó la historia de su padre a cinco décadas de su secuestro y fusilamiento junto a Miguel Ángel Loyola. Recordó la militancia sindical que ambos encabezaron en La Nueva Provincia y el impacto que el genocidio tuvo sobre su familia.
“Para muchos será pasado, pero para mí sigue siendo presente”. Con esa definición, Rosana Henrich sintetizó lo que significan los 50 años del secuestro y asesinato de su padre, Enrique Henrich, y de Miguel Ángel Loyola. Tenía apenas siete años cuando un grupo armado irrumpió en su casa. Durante años creyó que su padre había muerto en un accidente, hasta que, siendo adulta, su madre le contó la verdad y los recuerdos de aquella noche comenzaron a cobrar sentido. “Ahí pude entender que realmente todo ese proceso lo viví. Era una cosa de película, terrible”, recordó.
Entre los recuerdos de su infancia aparecen escenas cotidianas que hoy adquieren un valor especial: los viajes al sindicato, la muñeca que su padre le regaló por su cumpleaños pocos días antes de ser secuestrado y las enseñanzas que marcaron su crianza. También reconstruyó cómo Enrique Henrich pasó de trabajar en La Nueva Provincia gracias a su padre a convertirse en delegado gremial y luego secretario general del sindicato gráfico.
Según relató, tras la muerte de su abuelo -de militancia radical- pudo asumir plenamente la defensa de los trabajadores, impulsando reclamos por mejores salarios, condiciones laborales y el cumplimiento del convenio colectivo, en un conflicto que compartió con Loyola y otros compañeros entre 1973 y 1976.
Rosana sostuvo que el enfrentamiento con la patronal del diario fue escalando a medida que avanzaban las demandas sindicales. Recordó que durante años los directivos negaron haber mantenido contacto con Henrich y Loyola, aunque posteriormente aparecieron actas que demostraban reuniones entre los empresarios y los representantes gremiales.
En aquel contexto, desde el propio diario se estigmatizaba a los trabajadores en conflicto presentándolos como “subversivos”. “Creo que no hay dudas de quiénes son los culpables de lo que pasó”, afirmó.
Las consecuencias para su familia comenzaron inmediatamente después de los asesinatos. Las amenazas obligaron a su madre a abandonar Bahía Blanca junto a sus cinco hijos para refugiarse en el pueblo donde había nacido. “Nos cagamos de hambre, de frío. Mi mamá tenía que pedir ropa y comida”, recordó. Incluso cuando regresó a la ciudad siendo adolescente, vivió bajo el mandato de ocultar su identidad. “No podía decir mi apellido. Me decían que dijera solamente que era Rosana”. Recién muchos años después comprendió que el miedo seguía instalado y que el apellido Henrich continuaba asociado a la persecución política y sindical.
Ese proceso de reconstrucción personal terminó de consolidarse cuando comenzó a militar en H.I.J.O.S. Allí encontró historias similares a la propia y pudo resignificar la figura de su padre. “Durante mucho tiempo estuve enojada porque pensaba que se había muerto por ayudar a sus compañeros y nos había dejado solos. Después entendí realmente lo que había hecho”. Hoy define a Enrique como “un luchador”, “un hombre íntegro” y asegura sentir “orgullo” por sus ideales y por el legado que dejó en las nuevas generaciones, una herencia que también reconoce en el compromiso militante de su hija.
A medio siglo de los crímenes, Rosana lamentó que todavía no haya podido declarar personalmente en la causa judicial y cuestionó la falta de avances para juzgar las responsabilidades empresariales. Explicó que desde hace años esperan ser convocados a una audiencia oral y pública porque consideran que ese debate es indispensable para que la sociedad conozca la historia. “Si no es oral y público, todo queda encapsulado en un cuartito de dos por dos. La historia la seguimos sabiendo nosotros, no los demás”, sostuvo.
Al cerrar la entrevista, agradeció el espacio para mantener viva la memoria de Henrich, Loyola y de los 30.000 desaparecidos, y advirtió sobre la vigencia de las disputas por los derechos laborales y la democracia. “Hace falta mucha memoria para que estas historias no se vuelvan a repetir. Es increíble que hayan pasado 50 años y todavía no tengamos la justicia que realmente tenemos que tener”, concluyó.







