(Por Astor Vitali) Cuando se generan críticas por izquierda a los gobierno denominados progresistas o populares, se les acusa de “ser funcionales a la derecha” porque esas críticas abonarían a “pegarle” a gobiernos que están constantemente afectados por la metralleta mediática, por derecha. A su vez, los sectores críticos plantean que perder dicha actitud crítica implica dejar disputas por las que cobra sentido su existencia. Nos preguntamos ¿cuándo y por qué se es funcional a la derecha?

Como primera cuestión debemos señalar que la clásica defensa argumentativa basada en que no es lo mismo ejercer la crítica sin detentar poder que ejercer el gobierno es una aclaración válida. Del mismo modo, no es lo mismo el rol del intelectual (crítico, por definición) que del militante político. Podrían de hecho –en una postura progresista inteligente- considerarse complementarias estas visiones. Hay una conversación entre David Viñas y Cristina Fernández que da cuenta de esto.

Viñas: … Menem, De La Rúa, De la Rúa, Ménem. Justicialismo, Alianza o radicalismo y a la inversa. Es un vaivén. Creo que son clonados.

-Fernández: me parece que son más las cosas en las que se parecen que en las que se diferencian…

-Viñas: ¿las diferencias entre quiénes?

-Fernández: se parecen, lo que usted acaba de decir, coincido. No se enoje que estoy coincidiendo con usted…

-Viñas: ¡ah! Coincidimos. ¡Qué alegría!

-Fernández: yo soy más optimista que Franco en el sentido que pienso que el voto directo de la gente va a obligar a la aparición de otro dirigentes políticos. Yo también quiero decirle a la gente que es importante que construya sus propias representaciones, que cuando toma la lista vea quien está y decida en consecuencia. Y tercero, que a los que no están conformes, como tantísima gente, que por favor participe donde sea. Aunque sea fundando su propio partido, pero que participe.

-Viñas: ¿usted me perdona? Me resulta un poco panglosiana su perspectiva.

-Fernández: ¿Por qué?

-Viñas: Porque es de un optimismo que me desborda…

-Fernández: yo tengo la obligación de ser optimista…

-Viñas: claro, yo tengo la obligación de ser pesimista y ser crítico  

-Fernández: porque es un intelectual crítico, pero yo soy una militante política y quiero cambiar las cosas y pienso que lo voy a poder hacer…

-Viñas: ¿y usted cree que yo que no?

-Fernández: Si yo pienso que no las voy a poder cambiar me tengo que quedar en mi casa…

-Viñas: No, no, no. Yo discrepo… (Se corta la grabación)

Hay una tensión pero también un reconocimiento a la complementariedad que deberían tener los sectores críticos con las fuerzas progresistas.

En el gobierno se hace política hacía todos los sectores y no sólo hacia la filas propias y esto demarca una necesidad de trabajo cuidadoso. Lo cuidadoso no quita lo valiente: implica que hay que actuar con inteligencia y mediando entre actores, intereses, tiempos, temples y operaciones de todo tipo. De manera que, damos por válido este argumento.

Sin embargo, aun reconociendo que desde el gobierno las cosas son más complejas, hay que decir que se es gobierno para aplicar un proyecto político determinado que tiene rasgos ideológicos determinados, a veces anunciados en campaña.

La elección de Alberto Fernández tuvo su fundamento en la construcción de un frente amplio (Frente de Todos) que pudiera interrumpir la violencia neoliberal e imprimir en sus políticas aspectos de economía política que incluyan a los sectores postergados. En otras palabras, un gobierno que discontinúe el saqueo financiero y de los ganadores de siempre y que diera un sentido popular a las políticas de estado.

La derecha, por su parte, tiene muy definido su discurso basado en la meritocracia, la criminalización de la pobreza, los acuerdos prebendaríos para subsidiar a los suyos mientras recorta en materia social (porque si hay planeros en la estructura social argentina, pertenecen más bien a la clase alta).

En el esquema contemporáneo de dos grandes fuerzas electorales que pueden identificarse –pongamos- como centro izquierda y centro derecha, es necesario que cada una actúe dentro de las delimitaciones de sus fronteras ideológicas. Para esto, la crítica por izquierda, contrariamente a lo que se supone, no actúa como un elemento funcional a la derecha sino precisamente como una suerte de recordatorio de aquello por lo cual se supone que tuvo sentido la creación del frente de centro izquierda.

En otras palabras mucho más claras: ser funcional a la derecha es que ese polo de centro izquierda seda terreno en sus políticas a ideas y políticas de derecha, es decir, del otro polo electoral. No solamente por una cuestión de ubicación política de las fuerzas en el arco ideológico y mucho menos por purismo vacuos sino por una razón muy práctica y muy pragmática: cada elemento que se sede a la derecha abona a solidificar los cimientos borrascosos de una sociedad que acepta como normas del sentido común pensamientos de derecha, abonando al consabido desclasamiento generalizado, marca de época.

Si la derecha dice que “hay que reprimir” y que esta es la solución de todos los males la centro izquierda debe decir que “hay que educar”. Pero como que “mejor que decir es hacer”, no solamente debe sostener este discurso sino que debe garantizar las inversiones necesarias para efectivamente modificar las condiciones objetivas del sistema educativo y todo lo necesario para que todo el mundo pueda educarse, es decir, acceso a salud, vivienda, comida y cultura –generar las condiciones para poder educarse. De otra forma, la incursión en el mero sostenimiento del discurso y en una práctica difusa en la que no se mejoran concretamente las condiciones hace que “la gente” perciba la vacuidad del discurso y, por ende, se auto convenza de lo que la derecha nos quiere convencer: que la política no sirve para nada.

Pero peor aún es que la derecha diga que la solución a todos los problemas sociales es pedir balas y que la centro izquierda adopta parte de ese discurso porque esto corre el contrapeso necesario para que el sentido común no se bandee hasta límites que rozan el fascismo.

Para poner el asunto en un tema de candente actualidad, si la derecha comienza su padrenuestro a la “sagrada propiedad” ¿la centro izquierda, los democráticas y progresistas deben persignarse y sumarse a la cadena de oración o deben contraponer un discurso que recuerde que la vida humana y los derechos básicos del conjunto de la población están por encima de un cacho de algo que se inscribe jurídicamente como propiedad privada?

En la actualidad, hay mucho de esto y es preocupante como antecedente. Se anunció la expropiación de Vicentín y se retrocedió con las indebidas disculpas. Se incurrió en la represión a cientos de familias en Guernica para restituir propiedad privada a dudosos dueños vinculados a funcionarios de la dictadura genocida; millones sólo cobraron 10 mil pesos de IFE cada dos meses en medio de una crisis total y aún aquí no hay la definición política para aplicar un impuesto a la riqueza más que moderado –mientras, por ejemplo, en la monarquía española se aumentó tres puntos el impuesto a las grandes fortunas-. Ponemos estos tres elementos sólo por enumerar algunos.

Estas críticas “por izquierda” no son funcionales a la derecha. La derecha es la expresión política de sectores sociales que sistemáticamente han atentado contra el pueblo argentino. Eso está fuera de discusión. Está fuera de discusión que no es lo mismo Macri que Fernández desde el punto de vista analítico del discurso y desde el punto de vista de ciertas prácticas concretas. Pero el progresismo debe verificar en la práctica sus diferencias de discurso con el polo opositor, precisamente, para no ser funcional a la derecha. Porque cada vez que sede algo a esos sectores de poder no se está haciendo otra cosa que aplicando sus políticas, es decir, siendo funcional a la derecha.

Se acerca fin de año y ha sido uno muy complejo para toda la dirigencia y, más allá de cómo fustiguen Clarín, La nación y otros holdigns dueños de diarios, Alberto Fernández ha mostrado cierta cintura que para algunes puede ser interpretada como habilidad y para otres como debilidad.

Como sea, el mayor desafío que tiene el gobierno argentino en la actualidad es ejecutar políticas que se adecúen al discurso por el que fue votado, al proyecto de hacer lo contario a lo que haría un proyecto neoliberal (diríamos brutalmente intervencionista en favor de los suyos, pero pongamos ése término a los fines de entendernos) como el que en encabezaba Macri. Esto implica tomar decisiones concretamente en favor de lo popular y estas –necesariamente- afectan intereses de las corporaciones. Si no, no hay distribución de la riqueza. No se las puede tomar más o menos.

La idea de querer “tranquilizar a los mercados” (Guzmán) es una idea demodé porque sobra la experiencia en este país que verifica que esos mercados no son nunca benevolentes con un mandatario que no sea propio y que por más frac y gomina que se ponga un “populista” a esos sectores nunca les alcanza nada y siempre van a atacar hasta desgastar y poner alguien que les satisfaga. Siempre van a “contestar con el bolsillo” aunque les hablen con el corazón.

En ese sentido, el presupuesto 2021, criticado por propios y ajenos por izquierda, no da cuenta de políticas que beneficien activamente a los sectores populares: más bien da señales de tranquilidad en materia de “ahorro fiscal” (con perdón de las palabra) para “los mercados”.

Quienes jamás pondríamos el peso de un pelo de confianza en ningún proyecto de derecha, debemos, al mismo tiempo, decir con claridad que ser funcional a la derecha no es recordar a los gobiernos denominados nacionales y populares que fueron votados en el marco del ideario de un proyecto contrario al neoliberalismo. A revés, se es funcional a la derecha en la medida en la que se entregan banderas, se conceden políticas, se ajusta el gasto social y, sobre todo, se toman como válidos argumentos de derecha para gobernar por centro izquierda.

Ilustración: María Florencia Laiuppa