(Por Ricardo Vicente López) La fascinación técnica, observable en las carreras de ingeniería, nubla la vista ante tantas dificultades implícitas en el know-how que, en gran parte, es propiedad de empresas multinacionales. Pero como consecuencia nefasta acarrea además una limitación intelectual que acompaña a la enseñanza especializada, que impide hacerse las preguntas mencionadas. La porfía en el logro de una investigación exitosa no deja ver cuáles serán las consecuencias cuando ese objeto se aplique a su objetivo.

Tal vez, un caso paradigmático sea el del Doctor Robert Oppenheimer (1904-1967), físico estadounidense, director científico del proyecto Manhattan, el mayor esfuerzo investigativo, intenso y apremiante, durante la Segunda Guerra Mundial para ser de los primeros en desarrollar un arma nuclear en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México (Estados Unidos). Su dedicación y esfuerzo se vio coronado con ese logro científico.

Más tarde expresó su pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas nucleares fueron lanzadas contra los japoneses en Hiroshima y Nagasaki. Dean Acheson, miembro del gobierno del presidente estadounidense Harry S Truman (1884-1972), explicaba en el New York Times (11-10-1969) que tiempo después acompañó a Oppenheimer a la oficina de la Casa Blanca. Contó, entonces, que el  científico le manifestó que sentía todavía remordimientos de conciencia que expresaba al retorcerse las manos: «Tengo manchadas las manos de sangre». Este hecho, si bien es un caso extremo, nos muestra el divorcio entre la investigación y sus consecuencias posteriores a la aplicación de esos inventos.

Nuestro joven científico, Rodríguez Chala [[1]], atribuye esto a la falta de una formación ética y filosófica que le permita desarrollar un pensamiento más profundo y abarcador:

«En este camino, se han  cultivado los conceptos de paz, igualdad, democracia, libertad y justicia, de  mano principalmente de filósofos de la talla de Kant, y de otros idealistas y filósofos ilustrados… Prueba de ello son los trabajos de Spinoza, Nietzsche o Marx, a su vez, y a la par que Sigmund Freud, de una escuela de sospecha (como lo expresaba Paul Ricoeur). El valor de aquellas tesis roza lo imponente, habida cuenta del impacto del freudismo en la ciencia de principios del siglo XX y el de las obras marxistas, deudoras, por cierto, del pensamiento de Hegel, en las revoluciones ulteriores. Y no solo en la Rusia leninista, sino también en Cuba, en las independencias en el Viejo Continente y en los modernos gobiernos de América latina».

Esa carencia en la formación científica provoca ignorancia sobre los posibles resultados no deseados, aunque previsibles, si se reflexionara seria y profundamente sobre los objetivos últimos de las investigaciones de todo tipo.

La dicotomía que presenté en la nota anterior pintaba un juego sinuoso de la Historia en el que, después de siglos de explotación del trabajo, la Revolución industrial inglesa (1750-1840) dio paso a un modo de producción que acentuó esa explotación. Pero que, al mismo tiempo, agudizó la conciencia colectiva iluminada por el pensamiento de los socialistas, los comunistas y anarquistas, y comenzó a reclamar mejoras que fueron modificando paulatinamente el cuadro social del trabajador. En un sentido muy amplio, se puede sostener que todos los pensadores críticos del capitalismo naciente eran filósofos, para nombrar sólo a algunos: Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), Mikhail Bakunin (1814-1876), Karl Marx (1818-1883), Piotr Kropotkin (1842-1921). Ellos, a pesar de sus diferencias, propusieron un modo de pensar el hombre y la sociedad dentro del contexto de la historia, que incluía aspectos políticos, económicos, institucionales, jurídicos. Es decir, una filosofía social.

Leamos, entonces, este problema como lo plantea el Profesor Juan Pedro Viñuela Rodríguez, especializado en la Filosofía en Educación:

«La filosofía nos ayuda a comprender el mundo, es la madre de las ciencias y su guía. Porque la filosofía es cosmovisión, nos ayuda a tener una visión global e integradora del saber. Es una disciplina imprescindible para poder pensar el mundo de la híper-especialización en el que vivimos. Nos aporta una luz general, un poco de orden y de sentido común que nos permiten no perdernos en el marasmo de los saberes especializados y del saber hacer (know-how), frente al mero saber por el solo hecho de saber. La filosofía también nos ayuda a entender la ciencia, a plantearnos sus relaciones con otros ámbitos de la sociedad, porque la ciencia no es neutral, la ciencia actúa dentro de un complejo industrial, político, social y militar. Y la ciencia tampoco está exenta de valores. Y los valores son un objeto propio del estudio filosófico, concretamente: la ética. La ciencia nos enseña cómo es el mundo y su aplicación, que tiene estrecha relación con lo político, con lo empresarial, lo económico y con lo militar, nos permite gobernarlo y aprovecharlo. La filosofía nos permite entender este fenómeno. Y la ética, como saber normativo que es, nos permite valorar el saber tecno-científico. Lo cual es algo importante, porque, de esta manera, la ética es una guía sobre el deber ser de la ciencia, ya que la ciencia no puede estar en manos sólo de la política económica y del mercado».

No debe escapársenos la advertencia, que ya hemos analizado anteriormente, respecto al divorcio entre la ciencia y la ética. Cuando ambas avanzan por senderos desencontrados, se corren serios riesgos en un mundo cuyo potencial militar destructor puede acabar con varios planetas Tierra. La fascinación por el mundo tecnológico es promocionada por intereses inconfesables a los que mueve solamente el interés de hacer dinero a cualquier precio. La tecnología en esas manos dispone de los drones [[2]], máquinas autónomas de matar a distancia. La investigación científica sin una guía ética tiende a rebasar todos los límites humanos. El profesor comienza a justificar y legitimar la necesidad de la filosofía:

«De esta forma la tecnociencia se convierte en un instrumento del poder que aliena al hombre y le sirve al propio poder para tratar al hombre como un instrumento y a la naturaleza como objeto meramente de explotación. La filosofía es un saber que nos hace pensar sobre todo esto y que nos sirve para entender mejor la ciencia y con ello entender mejor a la sociedad y evitar los males, por un lado, de los aprendices de brujo y, por otro, de la ambición de los poderosos y de los ricos. La filosofía nos da una visión integradora de la ciencia en tanto que es conocimiento del mundo y también acción sobre el mundo. También nos ofrece una visión integradora del mundo, porque la filosofía es un discurso de segundo orden que, partiendo de las ciencias, nos ofrece una visión global y unitaria del mundo. Le otorga un sentido que la ciencia, como saber sólo teórico y absolutamente especializado, no le da. Pero sí la filosofía, porque ésta en tanto que ética se permite valorar».


[1] Jefe del Programa de Investigación Ramón y Cajal, Departamento de Física Teórica y del Cosmos de la Universidad de Granada (España).

[2]Esta arma dispara unos auténticos misiles teledirigidos, que pueden ser guiados por una computadora. Son capaces de portar un poder de fuego altamente destructivo.