Querido David
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que acaba de irse al exterior. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Gracias por responder al toque y sobre todo gracias por no dejar de hacerlo por falta de tiempo. Yo sé que te estás acomodando allá en Madrid y que es todo un despelote.
Pero, como siempre, y por eso te quiero, se te ocurre alguna idea para no aflojarle a la manivela de la amistad. Me encantó tu propuesta de compartir algún cuento trabajando con algún tema, al menos esta semana, y ya cuando dispongas de tiempo vamos a la normalidad de las cartas entre vos y yo.
Me gustó mucho tu cuento. Me pareció una buena idea usar el personaje de Pedro Páramo para pensar las ciudades de hoy como sitios llenos de fantasmas (vivos). Bueno, siguiendo tu lineamiento de traer a algún personaje y armar cuento en género epistolar, yo hice uno hablándole a David Viñas, utilizando todas sus manías lingüísticas.
Debo decirte que me resultó muy divertido esto del uso de sus términos; pero también debo decirte que, hasta que lo convertí en conjuro, me angustió terriblemente lo que el propio relato denota como coyuntura.
En fin, viejo, espero que la semana que viene tengas tiempo de escribirme más sobre vos. Quiero que te vaya muy bien. Tratá de recuperar el sueño, te va a ayudar. Sueños siempre tuviste.
Abrazos
Acá te dejo el textito. Contame qué parece.
¡Salú!
Querido David
Aunque no terminara de encontrarle razones a lo que estaba haciendo.
Los de enfrente me daban argumentos.
Para todo necesité de los de enfrente.David Viñas
Tartabul
O los últimos argentinos del siglo XX
No sé por dónde empezar esta carta. “Contextuemos, viejo”, habrías dicho, con énfasis y mirando a los ojos. Las miradas que perforan son las miradas de quienes están buscando al otro dentro del otro. Miradas que buscan, David.
Por mi parte, estoy desconcertado porque no puedo encontrar a nadie que esté buscando. Quiero decir, sí, hay repartidores que buscan domicilios, clientes que buscan cuotas, capitales que buscan víctimas, jóvenes que buscan amor, viejos que buscan pan o paz o las dos cosas. Pero ¿a la cosa? ¿Quién busca a la cosa y quién da la saliva y la yema de sus dedos y la posibilidad de amar en esa búsqueda carnal de la cosa?
No, David, no encuentro a quienes están buscando. Tal vez yo mismo he dejado de buscar y no he recogido el valor para reconocerlo. Por eso te escribo. Vos sabrías qué decir, qué palabras cruzar, qué enemigo señalar y cuál su símbolo, para no abundar.
Ayer volví a escuchar una entrevista que te hicieron hace unos veinte años. Cuántos siglos atrás parecen separarnos de esos veinte años. La imagen de un viejo intelectual crítico me pareció mucho más viva que todas o casi todas las imágenes de los escritores (ya no se hacen llamar intelectuales, David) de las entrevistas contemporáneas que he visto estos últimos tres o cuatro años.
Nadie subraya nada, David. El énfasis está mal visto. Si un perverso comete un crimen y alguien le grita ¡asesino! todo el público girará, indignado, para detener la mirada contra el justo que ha levantado la voz denunciando el crimen. ¡Qué agresivo!, murmurarán. Y hasta el asesino se formará en una misma sombra con el público para denunciar, con escándalo, el horroroso suceso de quién subraya algo, de quien haya levantado la voz. Los crímenes más feroces se cometen en silencio.
El cinismo y los buenos modales son casi la misma cosa y, David, no se permiten ademanes críticos.
Shhh… Silencio y cabeza gacha, nada de teatralidad para la política ni para el sindicalismo ni para la vida. Mucho menos para el amor. Nada que altere a nadie. Silencio y cabeza gacha por todo contexto. Primero, los buenos modales, David. Así estamos.
No sé si estas cosas te causarían gracia o te sumirían en profunda tristeza. De cualquier forma, estoy seguro de que, risueño o fatigado de angustia, algo que decir se te ocurriría.
Nunca estreché tu mano pero cómo te extraño. La soledad puede ser algo así como esto, hablarle con añoranza a un viejo muerto y desconocido para que le diga algo a uno.
“¿Vamos bien, pichón?”, hubieras dicho.
Vamos mal, David. Vamos mal.
Por ejemplo, el otro día me avergoncé de mí. La cosa fue así. Al mediodía, camino por los pasillos del Teatro Municipal de mi ciudad. Me espera su director, un tipo que hace rato quería ser oficialista de algo. La reunión se planteó porque me habían rechazado un pedido de uso del teatro. Debo contarte, a esta altura, que soy músico y venimos trabajando con un grupo, preparando un disco con nuevas canciones. Chelo, flauta, guitarra y percusión. Vos no escuchabas mucha música pero sabías quién era Charly antes que muchos.
El director, como si estuviera siguiendo instrucciones de un manual de gerencia capitalista, me había citado porque consideraba que responder de forma personal era “más humano”. Recordé la hoja de ruta de los CEOs. CEO, David, es otro anglicismo asimilado en nuestra lengua fofa.
La cuestión es que el tipo empezó a explicar que tenía compromisos con las autoridades para otorgar el uso del teatro y después arguyó que tenía que considerar “los números”. Su trabajo había mutado sin escalas de director artístico a contador, en una sola frase. Se refería a la cantidad de asistentes que habrían de concurrir al potencial espectáculo. Según su condicionada imaginación, nuestra propuesta convocaría poca audiencia y se ve que durante su gobierno decidió adoptar un criterio de gerenciamiento privado pese a que se trata de la gestión de un teatro del estado. Como sea, la cuestión es que, inicialmente, comencé a contestar contra sus falsos argumentos; fui refutando uno a uno los ruiditos mentales que de su boca salían.
Claro, David, si vos vieras qué mal que está todo por aquí. El tipo me acusó de prepearlo, por no dejar de argumentar, por no bajar la cabeza y decir “sí, amo”. Caramba. La verdad es que, hasta ese momento, me había contenido por pura deferencia a que el tipo alguna vez había sido artista y hasta, antes de acomodarse como funcionario, había intentado algo de trabajo comunitario. Contextuemos: yo lo conocía y tenía por él algún aprecio. Bueno, como sea, para no abundar, no di la pelea, David. Solo le dije: “Me estás acusando de prepearte, nada más lejos de mi voluntad. No te molesto más”. Tomé mi mochila, me levanté y me fui, David. Fue tan bajo el recurso utilizado, que no me dieron más que de retirarme porque la cosa daba vergüenza ajena.
Retomo. Me siento mal por no haber dado la pelea. Y creo que la decisión –digo decisión porque no me voy excusar; fue una decisión retirarme- no surgió del hecho de que lo conocía y de que en algún momento había sentido algún tipo de simpatía por quien ahora se desenvolvía como un funcionario carente de espíritu, arrodillado ante sus compromisos.
No, cualquier sentimiento de afecto había desaparecido de mí en el momento en que comenzó a desplegar la triste puesta en escena. Me encontraba frente a un fantasma.
Creo, David, que no di pelea porque no encontré sentido en levantar nuevas trincheras. Y esto es, desde ya, un considerable desmérito de mi parte. Me pregunté ¿a quién le puede importar esto? Empezamos mal. ¿Desde cuándo una postura ética o crítica –para vos es lo mismo-, David, se adopta considerando si hay partidarios en la tribuna? Las peleas que consideramos éticas se libran porque las consideramos éticas, simplemente; no midiendo los resultados. También me pregunté si el hecho de ganar esa pelea favorecería a otro perjudicado. Pero de inmediato recordé que nadie había levantado la voz últimamente por estas decisiones arbitrarias de la gestión, concentrada en los números.
No di la pelea, David, porque sentí que no tenía sentido. Comencé a percibir las policíacas miradas de los monjes del orden de mercado susurrando ¡ha subrayado un argumento! ¡Ah levantado la voz! Se ha obstinado en sostener las cosas en un contexto y no ha rendido las reverencias correspondientes a las buenas costumbres del momento. ¡Hay que expulsarlo de los templos de las redes, de todas las plataformas y de todo programa municipal! ¡Hay que retirarle la amistad! No está a la moda. No tiene buena onda. Está pasado, como Martín Fierro en su regreso.
Por eso ahora estoy escribiéndole a un viejo muerto y desconocido. Porque quiero hablar con alguien que me diga, que me recuerde la pregunta ¿de qué estamos hablando, viejo? ¿De la comunión de los santos?
Sí, David, sentí que ingresé en la comunión de los santos. No porque me hayan bendecido bajo el cobijo de sus privilegios sino porque no escupí sobre su agua bendita.
David, creo que te escribo porque en tu mundo todavía subrayar significa algo. Unas cosas resultaban más valiosas que otras y no todas son equivalentes. Claro, los errores, cuando son enfáticos, pueden adoptar tamaños significativos. Pero ¿no está en errar la posibilidad de aprender?
“Decir no es empezar a pensar”, te escuché decir, varias veces, a mi regreso del teatro que hasta hace poco tiempo había sido público.
Estoy pensando, mientras escribo, si es posible una teoría de la ciudad, como vos querías, David. Y me lo pregunto porque lo que no encuentro es una ciudad, ni a sus habitantes, ni a sus filósofos, ni a sus intelectuales, ni a sus dirigentes sindicales, ni a sus maestras ni a nadie. Están todos retratando ficciones sobre pobres imágenes en pantallas hechas de otras muertes.
Me parece que estas líneas, David, son para que me ayudes a imponerme la excomunión….
Voy a intentar seguir buscando, a ver si encuentro a otros que también estén buscando. Sí, tenés razón, Tartabul ya no imita porque todos están muertos; pertenecen a otro siglo, también muerto. Y bueno, viejo, se trata de contextuar.
Pero, ¿qué ciudad es esta, incapaz de subrayar un beso, un canto inesperado o una protesta? ¿Qué anteojeras son estas que hasta tapan los sonidos?
¿Qué ciudad es esta, que se parece a todas las ciudades, que se parecen a ninguna ciudad concreta, iluminadas por amarillo McDonalds y chorreadas de cemento y rejas y edificios que cubren todo de sombras?
David, este conjuro laico es para dejarme crecer noes otra vez y para siempre.





