Exilio, memoria y terror en el Delta: “Lo único que nos puede salvar es la comunidad”
La historiadora y catedrática Marisa González de Oleaga repasó en diálogo con FM De la Calle su experiencia de exilio durante la adolescencia, las marcas subjetivas del desarraigo en las infancias y el trabajo de memoria que impulsó en el Delta del Paraná a partir de la investigación sobre centros clandestinos de detención.
Infancias exiliadas: “Es un sujeto que padece sin haber tomado la decisión”
González de Oleaga recordó que en 1975, siendo adolescente, sus padres decidieron abandonar Argentina y regresar a Asturias ante el avance de la violencia política. “Mi historia está tejida de exilios, desexilios, traslados, transterramientos”, resumió.
En “Transterradas”, libro escrito junto a Carolina Meloni González y Carola Saiegh Dorin, propone pensar el exilio desde la perspectiva de niños, niñas y adolescentes. “El niño o el adolescente que es trasladado es un sujeto que padece sin haber tomado la decisión”, explicó.
La autora sostuvo que, más allá de las nuevas tecnologías, hay marcas comunes en todos los desplazamientos: “De repente todo lo familiar desaparece: los sonidos, los olores, los sabores, las caras conocidas”. Y definió la sensación que atravesó gran parte de su vida con una palabra: “desamparo”.
También destacó el valor de la narración para elaborar esas experiencias traumáticas. “No conozco ninguna otra cosa que no sea la palabra y la narración para poder vivir un poco mejor con eso que nos pasó”, afirmó. Para ella, sus libros son “un llamado al otro” y una forma de reconstruir comunidad “en un momento histórico donde la palabra comunidad parece una mala palabra”.
El Delta y el descubrimiento de un centro clandestino
La investigación que dio origen a “El silencio. La dictadura en el Delta” comenzó cuando descubrió que cerca de su casa en el Arroyo Caracoles había funcionado un centro clandestino de detención. “Ese lugar luminoso estaba otra vez amenazado por la oscuridad”, recordó.
A partir de allí ingresó al predio, fotografió el lugar y comenzó a trabajar con sobrevivientes que identificaron el sitio conocido como El Silencio. Pero su interés no estuvo puesto únicamente en reconstruir las torturas, sino en comprender cómo las víctimas habían logrado resistir. “Me interesaba saber cómo pudieron sobrevivir emocionalmente y mantener la dignidad”, explicó.
En el libro aparecen relatos de estrategias de supervivencia dentro del horror, como la organización de planes de fuga imposibles “con flechas y arcos”, cuyo objetivo no era escapar sino sostener la idea de que “no nos vencieron”.
La investigación luego se amplió hacia los isleños y el impacto del terrorismo de Estado en toda la región. “El Delta no tiene historia”, señaló sobre un territorio donde “todo pasó” pero casi nada fue narrado. Tras años de entrevistas, reconstruyó testimonios sobre requisas, desapariciones y vuelos de la muerte. “La gente vivió en estado de terror”, sostuvo.
La autora diferenció miedo y terror para explicar lo vivido en las islas: “Del miedo uno puede defenderse; del terror no, porque no sabés qué es lo que te amenaza”. Y dejó una reflexión sobre el presente: “¿Qué salud democrática tenemos cuando los ciudadanos no pueden exigir sus derechos por miedo?”.
Utopías en latinoamérica
Otras dos de las obras de González de Oleaga -El hilo rojo y En primera persona- compilan artículos e investigaciones sobre diversos proyectos utópicos como experiencias concretas y materiales, lejos de la idea de fantasías imposibles o planes ingenuos condenados al fracaso.
Sostuvo que en América Latina existieron múltiples experiencias autogestionarias, políticas y sociales que transformaron imaginarios colectivos, incluso cuando no lograron continuidad histórica.
En ese sentido, afirmó que “las experiencias reales, materiales, que tuvieron lugar en este continente” fueron leídas bajo una marca negativa asociada a la utopía, entendida como “una especie de fantasía” o una imaginación “que no tiene visos de realidad”. Para ella, el problema no es el fracaso de esas experiencias, sino el modo en que fueron contadas y transmitidas.
Cuestionó especialmente las narrativas históricas que presentan las utopías como proyectos clausurados y sin posibilidad de futuro. A partir de sus investigaciones sobre Paraguay, señaló que sí existen trabajos y documentos sobre esas experiencias, pero que predominó “la estructura narrativa” de que “esto fracasó, esto pudo haber sido, pero no fue, y además no puede ser en el futuro”. Frente a esa lógica, insistió en desmontar lo que define como “el ADN que persigue a la utopía”, una mirada derrotista que reduce esas experiencias a meras ilusiones sin sustento real.
En ese marco, propuso construir nuevas formas de narrar las utopías latinoamericanas para recuperar su potencia política y simbólica. “Algo puede tener una influencia tremenda en una sociedad y no tener continuidad”, sostuvo, remarcando que aun sin prolongarse en el tiempo, esas experiencias dejan marcas “en el imaginario, en la forma de ver las cosas, en las perspectivas”.
Por eso explicó que uno de sus trabajos busca “adecuar los relatos de las utopías en primera persona a través de una nueva forma de contar”, una narrativa que “no sea esa forma de contar que da por saldada o liquidada la utopía”, concluyó.






