Otros oficios
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que emigró a principios de año. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Mirá, sobre todas las cosas que decís acerca del mundial, no te voy a contestar ahora porque no terminó y porque me parece que estás un poco más alterado que de costumbre no por el suceso de la victoria contra el equipo de la corona pirata sino porque tus días (tu vida) transcurren coyunturalmente en España.
Así que yo no voy a abonar a la alteración de tu sistema nervioso y me voy a reservar las cosas que vengo pensando para después del domingo. Si querés, no sé si seguís de novio porque no mencionaste más a Samanta, nos conectamos y lo miramos disjuntos pero al mismo tiempo (y a distintas horas).
Lo que voy a hacer es dar continuidad al correo anterior en el que te comenté ampliamente qué había dicho María Ceclia Vázquez durante la presentación de Oficios Subterráneos. Te decía entonces que nuestro común amigo Nicolás Fernández Vicente (quien ofició de corrector del libro) participó de la mesa y que, fiel a su compromiso vital con toda tarea (por más nimia que sea) se mandó un texto que permitió articular su trabajo como corrector con la temática soterrada del libro de cuentos.
Te lo comparto a continuación:
–¿Usted a qué se dedica? –preguntó mi psicoanalista en la primera sesión.
–Soy cómplice.
–¿Cómo?
–Mi profesión es la complicidad. Más bien es mi vocación. Necesito ser cómplice de alguien o de un grupo de personas como sustento espiritual para saciar mi deseo y dormir tranquilo.
Bien podría tomarse este diálogo del libro para describir el oficio subterráneo que me tocó realizar en estos cuentos que Astor introduce en la trama narrativa de Bahía Blanca. Si bien el psicoanalista, como el mundo, me preferiría docente, músico –aunque no son bien pagadas como la complicidad ejercida con firme convicción por el protagonista–, es esta trayectoria subalterna de corregir textos con la que también convivo hace varios años, unos quince tal vez.
Las coincidencias con dedicarse a ser cómplice, como el protagonista de “La trayectoria subalterna” son varias.
1) “Los activos van en alza cuánto más confiable es el cómplice”. Resulta totalmente adulador que me propongan leer un material y me digan “cambiale lo que quieras”, “decime cómo lo ves”, “¿funcionará esto?”, “quisiera lograr tal cosa, pero no sé si se entiende”. En ese gesto se expresa la voluntad firme de encontrar cómplice; no hay nada peor que hacer trabajar en este oficio sin vocación de complicidad.
2) “Los cómplices apenas ayudan a contar historias”. Por supuesto. Señalo, advierto, intervengo, interrogo, sugiero, adapto, reformulo, corrijo. Solo eso. Nada más y “ya está”.
3) El anonimato perfecto también es otra condición indelegable, aunque aquí estoy frente a ustedes, quebrando absolutamente esa condición. Aclaro algo: lo hago solamente por la alta estima que tengo hacia mi complacido.
4) Como dicen también las líneas que nos dejó el protagonista del cuento, “el cómplice perfecto no es aquel que está de acuerdo con su complacido. Es aquel que comprende la subjetividad en cuestión y ofrece su complicidad sin ambages […] Es imposible ser cómplice de alguien si no se está en su frecuencia y aprender a sintonizar es una ardua y artística tarea de preparación”.
No obstante, y como le gusta bromear a Astor para traer a la conversación a David Viñas, discrepo. En esto de corregir textos uno no le está haciendo un favor a algún desconocido; justamente son estos impostores de la complicidad los que suelen desconfiar de las bondades de este noble oficio hasta llegar el colmo de buscar hasta encontrar los errores del cómplice “solo mirá que no diga vaca con b larga”. ¡Y más vale que no lo diga después, con la tinta esté seca!
Por eso me complace profundamente estar aquí, en la presentación del primer libro de cuentos de un muy conocido. “Casi nada puede hacerse sin cómplices. Puede que, en rigor, la complicidad mueva al mundo”, concluye el panadero. El asunto pasa por cómo lo mueve, hacia dónde. Celebro las complicidades gratuitas, las del amor, las de las amistades, las de la belleza, las que dejan el nido a otras, las que se unen para que se unan otras que se complazcan de la misma manera. Este libro es una de ellas.
¡Tomá mate! La presentación de un libro crea otro texto y otro texto y otro texto. Eso porque hay ganas y hay las cosas antedichas.
Como hemos comentado –creo– hace algunos correos atrás, una amistad no es otra cosa que una larga conversación. Casi dos décadas de no una sino varias conversaciones y en varios registros: partiendo desde las discusiones que hacen a la conducción de un gremio, pasando por las creaciones en lenguaje artístico, siguiendo por largas noches de intercambios acerca de las cosas del amor y de la metafísica -que tal vez no puedan decirse de dos formas- hasta el intercambio acerca de qué tornillos comprar para perforar madera y cuál aislante contra la humedad en las paredes es mejor… Bueno, de todo un poco se tira a esta ropa vieja dialéctica. A esta conversación le sumamos también el registro de la corrección de manuscritos.
Te voy a decir algo que no le dije a él: yo eso no se lo confiaría a ninguna deidad (primero porque desconfío de sus juicios acerca de la belleza y de lo acertado, luego porque tienden a la hipérbole y tercero porque no me importan); pero a Nico, sí. Y no se trata sólo de una cuestión literaria; una cosa deriva de otra anterior, así como la literatura deriva de la vida. Es simplemente porque –entre nosotros– cuando quiero saber íntimamente si algo está bien o está mal en el mundo… yo le pregunto a Nico; o pienso cómo lo haría o lo resolvería él. Creo que compartís el sentimiento (al menos estoy seguro de que no me preguntarías a mí, jaja). A esto, creo, llevan las buenas conversaciones.
Claro: esto se puede hacer con una serie de textos que conforman un libro de cuentos. Con la vida, no queda otra que equivocarse de manera inexorablemente original, es decir, a partir de la estupidez propia (a lo sumo, el resto intenta ayudar).
Pienso que, tomado en serio –o sea, poniendo la vida en eso– las amistades son de algún modo (de algún modo) un oficio o al menos requieren cierta dedicación para que no mueran por inanición, para enfrentar los momentos donde el óxido de terceras cosas hace las cosas chirríen, y para malear la materia que une a las partes con paciencia y entusiasmo, con interés y perspectiva propia. Porque no son dos que se funden (como en la barra –como señalaba Freud acerca de las masas–): son dos que desde su autonomía no tiran la toalla y pelean por sostener la belleza entre los seres humanos (al menos entre esos dos involucrados). En este sentido, discrepo con Yupanqui que decía “una amigo es uno mismo en otro cuero”, que suena lindo pero, bien analizado…
¿Así se corrige un texto también? Eso habría que preguntárselo a él.
Bueno, no te la hago más larga porque el correo anterior fue extensísimo y porque capaz, estando lejos y leyendo esto en torno a nuestro común amigo, se te da por extrañar.
Abrazo en el predicado y besitos en el objeto indirecto.





