El ojo en la paja propia
Todas las semanas, Astor Vitali intercambia correos electrónicos con un amigo que acaba de irse al exterior. “Querido amigo” es una columna que ofrece lecturas del mundo a través del prisma de la amistad y la palabra.
Querido amigo:
Me alegro de que estés “soportando con mueca” estas horas nuevas y extrañas para vos, según me contás en tu correo (sos más áspero que yo para la ironía). Tengo que decirte igual que entre el lío que me hiciste hablándome de gente que no conozco y de situaciones que tendría que investigar para comprender, y las cosas que vos mismo reconocés que no terminás de procesar acerca de ese monárquico estado, entendí entre muy poco y casi nada de todo lo que me intentaste contar de la situación en Madrid. Voy a seguir intentando.
Pero lo que si me llamó la atención fue lo que me compartiste acerca del loco Emilio Fernández. Caracafé. Más precisamente me llaman la atención ciertas políticas de forma. Está bien que en febrero lo hayan reconocido con la Encomienda de número de la Orden del Mérito Civil por su laburo con pibes excluidos; está muy bien que la distinción se la haya dado el mismísimo Pedro Sánchez. Pero ¿y si los 601 años de la presencia del pueblo gitano en España se reconociera simplemente con el fin a la estigmatización y a la persecución? Hace 20 años de funcionamiento del Consejo Estatal ¿y olé?
Y respecto del reconocimiento a la actividad social a través de la música con pibes, para sacarlos de los riesgos de la calle ¿no convendría dar presupuesto creciente y estable a políticas fijas que garanticen educación musical, acceso a libros, música y teatro a todas las personas niñas (les digo así total ahora se les dice de cualquier forma)?
Eso sería mejor que un premio otorgado por el republicano que recauda impuestos para pagar los calzones del rey, finalmente para que se saque una foto más de un mundo que gira hacia el descenso.
Gelem gelem, foto ¿y volvemos a lo mismo? Esto da cuenta de la cuestión de fondo del momento, en cualquier caso: sabemos que los estados republicanos apenas son la farsa de los intentos revolucionarios que se produjeron un par de centenarios atrás.
Si vamos entonces al panorama general, el espanto es abrumador por occidente y por oriente. Que se suponía que no íbamos a volver a ciertas cosas; que la humanidad había aprendido; que la democracia debía salvar todo; que con el comunismo no pero que con el capitalismo no se puede sin control estatal; que los partidos políticos, que las burocracias; que hay crisis de participación (sí, pero ¿desde hace cuánto?); que esto y que lo otro.
Siempre que se analice algo encontraremos elementos para explicar lo que ocurre pero sobre todo para encontrar en cualquier cosa ajena a “mi” propia responsabilidad como sujeto histórico la debacle que nos aqueja. ¿Te acordás de cuando escuchábamos “la culpa ajena es barata, regalarla no nos cuesta, no, nada nos cuesta”? Yo me acuerdo. Todavía lo escucho.
Yo te pregunto. ¿Y si no se tratara de buscar la paja en el ojo ajeno sino –y desde ya, generacionalmente (¿podemos ya hablar de una generación, no? ¿De acuerdo?) poner el ojo en la paja propia?
Porque por más razones de análisis y elementos que encontremos para explicarnos cosas, lo cierto es que nos cabe una responsabilidad histórica de la que no podemos responsabilizar sin más a la cuadradez de los cuadros de los setenta ni a nuestra (ya no) nula experiencia. Estoy hablando de quienes tenemos entre treinta y cuarenta y pico. Expertos en análisis y explicaciones; en publicaciones y reposteos. Tranquis, en la casa… sin hacer nada más que me gustear.
“Hay que dejar la casa y el sillón”, decía Silvio cuando afirmaba que “la era está pariendo un corazón”. Pero va ganando el sillón (y la tablet, y la mac, y el esmarfon, y lo que lo tiró de las patas).
Por supuesto que hay excepciones. Está claro. Te pido que no me respondas con obviedades porque si no estos correos se van a poner muy trabados y tontos. Siempre hay figuras excepcionales que quiebran la regla (y se quiebran o son quebrados); siempre hay díscolos.
Pero en esta oportunidad no son díscolos crucificables: nadie está mirando a los mártires ni conmueven las vísceras chorreando por las grietas de la madera. Al contrario, la guerra se transmite y reúne laics. Un mártir hoy apenas da, en el mejor de los casos, para un posteo melancólico. Re.
Sobre la derrota política de la generación de los sesentas-setentas se ha escrito muchísimo (mejor o peor). ¿Lo hablamos la semana pasada, no? Ahí está La voluntad, te decía, de Anguita y Caparrós para hacer una lectura compleja que contiene no solo las líneas políticas que explicarían los grandes procesos historiográficos sino las políticas entrelineas vitales, es decir, de cómo a veces una sonrisa, un amor o una simple confusión puede arrojarnos al fusil en defensa de la humanidad o a la defección por medio del terror o la conveniencia. Aunque no te guste, te lo repito otra vez en este correo. Sobre todo porque yo estoy casi seguro de que no lo leíste bien (no te enojes, chipastrulo).
Durante los noventa, las juventudes latinoamericanas que nacieron con la referencia cubana –ya sin la URSS–, mamaron y accionaron en función de un proyecto político que intentaba recuperar la memoria: había que pelear con las emergencias que instalaban la maquinaria de la confusión mediática, por caso, teoría de los dos demonios, Neustadt y Firmenich en pantalla gigante, indultos, el peronismo como vanguardia del liberalismo (menemismo). Susana (Gimenez) era referente nacional del país (¿¡qué país!?). Vos elegí los signos.
El movimiento estudiantil resistía los embates de las políticas privatizadoras (en ocasiones, mucho más que los docentes). Otros sectores juveniles se involucraban en materia de derechos humanos entendidos como la reconstrucción de la memoria histórica. El proyecto neoliberal arrasaba con todo. Lanata era progresista. Página 12 era crítica. Chávez y el progresismo latinoamericano todavía no existían en el imaginario. Fidel seguís siendo Fidel.
Por los noventa, también, el movimiento obrero intentó recuperar lo mejor de su tradición setentista ante la corrupción generalizada o, lo que tal vez explique mejor, ante la adhesión de las burocracias sindicales al proyecto neoliberal (que en ocasiones iba de la mano de la adquisición de acciones de las nuevas empresas privatizadas, sobre todo en sectores estratégicos), y decide fundar una de las experiencias de mayor impacto en la resistencia antineoliberal: la CTA. Si bien los momentos eran diferentes, es imposible no encontrar lineamientos en común, diálogos de la memoria de la lucha, entre las líneas planteadas durante los congresos de preparación de la central y aquel congreso de la CGT de los Argentinos, cuyo documento redactó nada menos que Rodolfo Walsh.
La CTA aportó un elemento de vital interés para la confluencia de las luchas durante la resistencia a la avanzada noeliberal: la organización de trabajadores sin trabajo, cuya definición tiene repercusiones hasta hoy, dejando herramientas de despliegue y organización territorial aún vigentes, aunque, en general, el uso contemporáneo de estas herramientas haya variado de su objetivo inicial. Sin mencionar que se abandonó completamente el trabajo político en las subjetividades de ese movimiento.
Ahora, ¿todo esto se nos fue al carajo? Porque, si estoy pensando bien, la cosa no estaba mal encarada. En el medio el estado rompió el movimiento obrero, de derechos humanos y así y de golpe pagar la deuda externa (que estaba mal) pasó a estar bien y ese tipo de cosas que ya son también pasado; no vienen al caso.
Pero ese proyecto estaba bien y avizoraba correctamente. Contrafáctico (como dice ahora todo el mundo, aunque suene espantoso): ¿Qué hubiera pasado si llegábamos a esta altura con el movimiento obrero desocupado, sub-ocupado, precarizado, etc., organizado en una central obrera capaz de asignar un carácter clasista a una alternativa política? ¿Eh?
Pero yo no te digo esto para ver quién tuvo la culpa. ¿Sabés por qué? Porque en el fondo yo me siento responsable y sé qué los más honestos y genuinos de otras corrientes populares también se sienten responsables de esta costumbre nuestra de esquivarle a la táctica correcta por seguir pequeñas líneas internas; por seguir sin pensar y sin hacer al lado del que tenemos más cerca; hacemos mirando para arriba, esperando que de arriba alguien cague línea (y esto, finalmente, nos enchastra).
Por ejemplo, mirá, el otro día iba a uno de los actos del 24 en Bahía, al de siempre que se hacía hace mil años ahí donde estaban los nombres de los desaparecidos te acordás en la placita del Sol, al que íbamos todos antes de que rompieran el movimiento de derechos humanos en dos (o en no sé cuánto porque ya nadie –salvo los que dividen- prestan atención a esto). Y mientras iba a ese acto, por calle Irigoyen me crucé a la otra marcha. Y ¿sabés qué? Sí, Sabés qué: estaba llena
de amigos. Sabés porque vos ibas a la otra, pillín. Después cuando terminaba o te aburrías de oficialismo, te pegabas la vuelta a la manzana y aparecías con el termo vacío y el puño izquierdo preparado.
Los de acá y los de allá y los de más por ahí, siempre que sean pueblo, saben que somos pueblo y que necesitamos una política común. Una estrategia y tácticas para construir nuestro proyecto y andar caminando más o menos el mismo sendero.
Ahora, unidad no puede ser simplemente decir que sí a un jefe impuesto por quién sabe quién ni por qué en determinado momento (mirá la unidad de Alberto) sino unidad en un programa de acción común. De otra forma, unidad no es más que una palabrita que no significa nada.
¿Y entonces? ¿Dónde vamos a discutir ese programa de acción? ¿Quién lo está promoviendo? Me voy a hacer caso con lo que vengo diciendo y voy a decir primero y en voz alta (acá en casa): yo no. Yo me estoy quejando nada más. Y escribiéndote a vos.
Así que en esto yo tendría que poner con toda precisión el ojo en la paja propia. Decir: esta paja es mía, la reconozco y me hago cargo. Al menos sería un punto de partida para irme a dormir con la pregunta ¿y si mañana me levanto y salgo a buscar a quienes quieren intentar construir un programa común?
Eso que llamamos pueblo no viene en deliveri; hay que construirlo.
Te mando un abrazo y ahora lo que te voy a pedir es que me mandes música de allá, que no conozco nada más que alguna cosa que llega por los cosos masivos. Che, avísame si necesitás un mango que ya hace un mes que te fuiste y con esos laburitos que estás agarrando no sé cómo estás haciendo para sobrevivir.
Abrazos y cuídate del escabio que yo sé que en la soledad y la lejanía puede pintar el desastre.
Como decía el tío Alfredo: “La soledad, con el alcohol, suelta un gorrión, que por el aire del alma se va”.
Ah y contame cómo va el amor… que no has dicho una palabra al respecto. Yo otro día te cuento. Tal vez me esté enamorando, tal vez (qué susto, sí).
¡Salú y libertad!






