(Por Astor Vitali) Desde el martes tiene lugar una de las puestas en escena más espectaculares del mundo: las elecciones es Estados Unidos. Producto del profundo y sistemático trabajo ideológico que llevan adelante desde hace más de un siglo a través de la parafernalia cultural yanqui, muchas personas siguen percibiendo que se trata de “la mejor democracia del mundo”. Sin embargo, se trata de una estructura social de clases en la que poco puede influir el ciudadano o la ciudadana de a pie en las definiciones políticas estratégicas, reservadas a minorías de ricos muy bien organizadas. Es curioso pensar que de la mayor puesta en escena mundial se derivan serias implicancias para el resto del mundo, que mira por TV cómo el mejor postor del establishment (que deposita en las cuentas de demócratas y de republicanos) será la figura que conducirá las políticas que se deciden en otros ámbitos nada democráticos.

En el libro Mega Capitalistas, Peter Phillips refiere a las élites gobernantes trasnacionales y explica que “según un informe de Oxfam Internacional de enero de 2016, sesenta y dos personas poseían la misma riqueza que medio mundo; un año más tarde, Oxfam informaba que la mitad de la riqueza mundial estaba en manos de solo ocho hombres. La concentración de riqueza se está produciendo de forma tan rápida que es posible que algún día no muy lejano un hombre solo ostente más dinero que la mitad de los seres humanos del mundo. Los seis multimillonarios más destacados de 2017, con su nacionalidad y su patrimonio neto estimado, eran: Bill Gates (Estados Unidos, 88.800 millones de dólares) Amancio Ortega (España, 84.600 millones), Jeff Bezos (Estados Unidos, 82.200 millones), Warren Buffett (Estados Unidos, 56.000 millones), Mark Zuckerberg (Estados Unidos, 56.000 millones)  y Carlos Slim Helú (México, 54.500 millones). La lista de multimillonarios de la revista Forbes en 2017 contenía 2.047 hombres. Estos integrantes de la élite capitalista global son muy conscientes de las enormes desigualdades y de la vertiginosa concentración de riqueza. Los multimillonarios son parecidos a los propietarios de plantaciones coloniales: saben que son una pequeña minoría con enormes recursos y poder, pero viven con la constante preocupación de que las masas explotadas se rebelen. Para promover una mayor democracia e igualdad este libro pretende explicar cómo siguen creciendo esas enormes diferencias de riqueza, y qué mecanismos de poder protegen y mantienen a los gigantes del capitalismo. ¿Cómo es posible que el Congreso de los Estados Unidos haya aprobado recientemente una bajada masiva de impuestos a las élites más adineradas del país, concediéndoles aún más miles de millones de riqueza acumulada? Conociendo cómo se sostienen el poder y la desigualdad, es posible que veamos oportunidades para defender y conquistar democracia e igualdad para el mundo actual”.

“Una larga tradición de investigación sociológica documenta la existencia de una clase dominante en Estados Unidos. Estas élites fijan las normas y deciden cuáles son las prioridades políticas nacionales. La clase gobernante estadounidense es compleja y competitiva. Se perpetúa a través de familias de un nivel social elevado, que están relacionadas entre sí y llevan estilos de vida parecidos, con filiaciones corporativas, selectos clubes sociales y colegios privados comunes”.

“En las últimas décadas, y especialmente desde los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, las élites políticas en Estados Unidos han estado mayormente unidas en su apoyo a un imperio estadounidense de poder militar que mantiene una guerra represiva contra grupos de resistencia (típicamente etiquetados como ´terroristas´) en todo el mundo. En realidad, esta guerra contra el terror trata mucho más de proteger la globalización transnacional, el flujo libre de capital financiero de ámbito mundial, la hegemonía del dólar y el acceso al petróleo que de reprimir el terrorismo. Estados Unidos cuenta con una larga historia de intervenciones en todo el planeta cuyo objetivo era proteger nuestros ´intereses nacionales´. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) está cada vez más alineada con la agenda de dominación global de Estado Unidos, y eso refleja el creciente carácter económico transnacional de nuestros intereses nacionales”.

Plantea también que, en línea con este comentario, en aquellas instituciones donde Estados Unidos tiene comprados la mayor parte de los boletos, “el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el G20, el G7, el Foro Económico Mundial, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, el Banco de Pagos Internacionales y otras asociaciones (…) los Estados-nación se convierten en poco más que zonas de contención de la población, y que el verdadero podre reside en los ´decididores´ que controlan el capital”. Del mismo modo, “cada vez hay menos gente involucrada” ya que, por ejemplo, ente 1996 y 2006 “el número de integrantes de las juntas corporativas cayó de 20,2 a 14”.

Hay también, dentro esa clase, lo que se denomina superclase que “está formada por entre seis y siete mil personas, lo que equivale a un 0,0001 % de la población mundial. Son los miembros de la élite mundial interconectados en megacorporaciones que asisten a Davos” (allí donde Macri se relamía llevándonos) “y vuelvan en jets privados o aviones Gulfsteam y elaboran las políticas a seguir; personas situadas en el vértice de la pirámide del poder global. Un 94% son hombres, predominantemente de raza blanca y en su mayoría norteamericanos y europeos. (…) Son los que fijan la agenda en el G8 (actualmente, G7, tras la exclusión de Rusia), el G20, la OTAN, el Banco Mundial y la OMT”.

Y un tema que nos parece central en todo esto: cuando estas minorías son consultadas acerca de sus intereses en intervenir en los proceso políticos “casi todos los multimillonarios coincidirían en la importancia de que los Estados-nación, las fuerzas policiales y los responsables políticos protejan su riqueza y su continuo crecimiento”.

Intervienen básicamente en “la especulación financiera arriesgada, las guerras y su preparación, y la privatización de instituciones públicas”.

Para no irnos de Estados Unidos, donde viven u operan estos ricos, intervienen a través de organizaciones como “National Association of Manufacturers, Business Council, Business Roundtable, The Conference Board, American Enterprise Institute for Public Policy Research, El Consejo de Relaciones Exteriores y otros grupos políticos orientados a los negocios. Estas asociaciones llevan muchos años dominando las decisiones sobre las políticas que se deben seguir dentro del Gobierno estadounidense”.

En el medio de toda esta maraña, en la que tienen gran influencia quienes más poseen, hay un sistema electoral muy difícil de comprender para quienes vivimos en otras latitudes. Se votan 538 intermediarios que eligen presidente y vice. Como se explica en un artículo publicado en la sección El mundo de la edición del 1 de noviembre de Página 12i: “La forma en la que esos 538 electores se distribuyen entre los distintos estados depende de la cantidad de personas que vivan en cada uno. Los estados con mayor población tienen una mayor proporción de miembros del Colegio Electoral que aquellos con menor población. Esto es porque el número que se le asigna a cada estado está relacionado con la cantidad de integrantes que tiene su delegación al Congreso y esta depende, a su vez, de los resultados del censo. Hay un mínimo de tres electores para cada estado, por los dos miembros del Senado que le corresponde a cada uno y la cantidad base de representantes”.

En pocas palabras: “en Estados Unidos no es presidente la persona que saque la mayor cantidad de votos, sino la que logra mayoría en el Colegio Electoral. Es decir, el candidato que gane los estados suficientes como para que sus miembros del colegio Electoral sumen por lo menos 270”.   

También –y sobre todo- hay cuestiones de carácter clasista como el hecho de votar un día martes, impidiendo que una parte de la población pueda hacerlo. O por ejemplo, el hecho de que se registra más de 80 % de personas con ingresos de más de ciento cincuenta mil dólares y, en cambio, no supera el 40% la cantidad de personas con un ingreso anual menor a diez mil dólares. Es decir, participan en mayor medida (no son obligatorias) quienes más tienen.

Hay una gran cantidad de restricciones para acceder a la votación que se ven agravadas por otro partido –el de la élite yanqui- que juega y que juega fuerte. En las declaraciones de Donald Trump de estas últimas horas se observan elementos que pueden tener impacto en el resto de los países, por ejemplo, en los que somos dólar dependientes. Porque juegan a través de esas organizaciones que operan en bolsa y en todo aspecto político y de economía política posible, que sacuden luego otras economías de otros países. En otras palabras, esa desestabilización que van a intentar, para afectar el derrotero electoral, apelando incluso a la justicia si no les cierra, es una desestabilización que podría afectar a otras economías, a otras realidades políticas del mundo.

Porque en el fondo, lo que está operando en este contexto es el partido de estas élites: un partido que nunca se presenta a elecciones pero que siempre gana.

Ilustración: María Florencia Laiuppa