“Estamos en un contexto de hiperimperialismo y posdemocracia, no podemos seguir jugando el mismo viejo juego”
El sociólogo y editor de la Revista Crisis, Mario Santucho conversó con la FM De la Calle en el marco de los 50 años del golpe militar. Consideró que atravesamos una etapa marcada por la confrontación abierta y el fin de ciertos consensos políticos, no solo con el agotamiento del ciclo progresista, sino también el esquema democrático iniciado en 1983.
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Habíamos pensado charlar, metiéndonos un poco en lo que van a ser los 50 años del golpe y obviamente también sobre algunas de las reflexiones y los debates que van abriendo en la revista, pero para arrancar te pido algún comentario respecto a lo que viste en la apertura de sesiones con el discurso de Milei.
Lo que vi es que fue un discurso muy auto elogioso, muy de ganador y muy agresivo con la oposición. Eso lo pude ver y me parece que es bastante lógico. Me parece que se sienten muy sólidos, que se sienten avanzando y que muestran entonces, en ese sentido, hasta qué punto están dispuestos a avanzar también.
Se sienten ganadores y quieren pasarle por arriba al que se le intenta oponer. Creo que esos son los términos de la cuestión y es bastante lógico. No es un gobierno democrático, no es un gobierno que busque algo así como una lógica del consenso.
Sí es un gobierno que cuando tuvo problemas quizás intentó retroceder un poco, tener otra textura, pero una vez que se siente fuerte no tiene ningún prurito en llevarse puesto todo. Así que creo que más que escandalizarse o llorar hay que tomar nota y pensar entonces cómo reconstruir una fuerza que logre ponerle límites, cosa que es lo que no está pasando.
Entiende mejor que la oposición la idea de asumir a su enemigo y actuar en consecuencia.
Exacto. Este es uno de los elementos que nosotros venimos planteando, que hay que tratar de entender y no sólo entender, sino sobre todo ver cómo asumir en la práctica. Esta cuestión es que estamos ya en una dinámica post democrática.
Cambió completamente la situación política, la coyuntura, el momento, el tipo de juego en el que estamos incluso, el formato en el que se dirime la política. Eso se ve con muchos signos, uno de ellos es la emergencia de un gobierno ultraderecha entre nosotros acá en Argentina, muy claramente, que es un gobierno que plantea, propone y lleva adelante efectivamente un corte con lo que nosotros llamamos el ciclo de la democracia, de la última democracia que empezó en el ‘83.
Nosotros hablamos primero del agotamiento de un ciclo de gobiernos progresistas que había empezado en el 2001. Ese ciclo vimos claramente cómo se agotó. Yo creo que con el gobierno de Alberto Fernández ya pudimos percibir hasta qué punto el progresismo, el peronismo, la izquierda en general, estaban sin mucha idea de cómo profundizar o cómo relanzar un proyecto progresista, de redistribución y demás, y con la asunción de la ultraderecha de Milei lo que empezamos a percibir es que no sólo se agotaba el ciclo de gobiernos progresistas, sino también empezaba a entrar en cuestión el ciclo abierto en el ‘83 con el regreso de la democracia.
Ese es un poco, me parece, el escenario. Creo que esto tiene no sólo un condimento nacional, sino que lo estamos viendo a nivel global de manera muy clara con el gobierno de Trump, con lo sucedido en Venezuela, con lo que está pasando en Cuba y con lo que pasó en Irán.
Me parece que es claro que estamos en una dinámica, en un mundo dominado por el hiper imperialismo, que es una forma nueva del imperialismo, desatada, violenta, a partir de la guerra y con una lógica extorsiva muy clara, muy pocas veces vista, una lógica imperial que recuerda más a Roma o a épocas así, que incluso el periodo de la globalización neoliberal y demás, que es también un periodo que se acaba.
Es un contexto de hiper imperialismo y de posdemocracia. Entonces creo que lo que vimos ayer es simplemente una escena más de esta película que nos cuesta asumir, que nos cuesta tomar como la nueva normalidad, que es complejo, que no se trata de responder los mismos términos, pero lo que es claro es que no podemos seguir jugando el viejo juego. Ese es el gran dilema.
Si seguimos con las mismas tácticas, las mismas herramientas, la misma forma de pensar y de actuar nos van a pasar por arriba.
¿Qué implica asumir la derrota, más allá de pensar el juego de manera diferente al momento de actuar?
Hasta ahora no veníamos hablando con tanta claridad. Estamos cerrando en este momento el nuevo número de la revista, que sale ahora en días, ya está entrando en la imprenta, y creo que el concepto central es este que vos acabas de mencionar, que es el de la derrota.
Porque no solo se trata de un cierre de ciclos, sino que se trata de una derrota. Yo creo que ese es el otro elemento a poner en juego. Primero, lo que hay que asumir son las reglas del juego, para terminar un poco con el razonamiento anterior, son las reglas del juego que empezaron a verse ahora.
Eso me parece que ya es un tema difícil, es lo que planteamos en el número anterior a la revista, con un texto que se llamó, “Cinco hipótesis sobre la posdemocracia”, que tiene que ver con qué significa esto. Y uno de los elementos fundamentales, lo hablábamos antes, era asumir que la política no es una disciplina o un terreno en el cual más o menos somos todos actores iguales, formamos parte de una misma comunidad política y entonces simplemente tenemos opiniones diferentes y se trata de o bien negociar, o bien de llevar un acuerdo, o bien de construir consenso, como son los grandes elementos de la política hasta ahora. Lo que viene a plantear Milei, con mucho sentido, con mucho realismo y con mucho materialismo, diría yo, es que en realidad la política en un contexto como el que vivimos, que es capitalista, que es de diferencias de clases muy marcadas, muy claras, lo que prima es la lógica de la enemistad, en donde hay sujetos colectivos con intereses muy distintos, antagónicos, contradictorios, y que para desplegar realmente procesos de transformación política, se trata de reconocer quiénes son los enemigos y derrotarlos.
Esto podríamos extenderlo mucho, pero me parece que asumir eso, ese elemento, esa especie de verdad de la política, que yo creo que precisamente los procesos democráticos lo que hacen es nublarla, ponerla en un segundo plano, dejarla en suspenso, ponerla entre paréntesis. Asumir eso ya es un montón. Cómo se hace es otro cantar, otra discusión compleja.
Lo segundo tiene que ver con esto de la derrota, que efectivamente lo que estamos viendo, y esto ya es para pensar mucho más concretamente por qué hemos perdido, por qué es tan claro que se pierde la eficacia.
Yo, por ejemplo, participo del Mapa de la Policía, que venimos desplegando una estrategia de monitoreo y de denuncia de la represión policial, y es muy claro que este año, por ejemplo, a pesar de que el gobierno, precisamente porque el gobierno aceleró en su intento de reformas, ahí en el marco de las sesiones extraordinarias del Congreso, con una reforma laboral a todas luces antipopular, a pesar de que acelera la movilización, parece menos potente. Y no logramos desplegar estrategias de protesta que estén a la altura del momento que vivimos. Eso a nosotros nos da la pauta de algo que veníamos intuyendo, que es que estamos ante un momento de derrota fuerte. Cuando se cierra un ciclo no es simplemente una cuestión de periodización, es una cuestión del cierre de un ciclo, es el desenlace de un tipo de pelea política que hubo, un tipo de conflicto político que hubo hasta ahora, que se saldó con la victoria de uno de los sujetos contra el otro. Digamos, se van a cumplir 50 años del golpe y la sensación es que estamos ante un momento de derrota política, de derrota histórica fuerte como en aquel momento, obviamente con todas sus diferencias, pero me parece que ahí hay elementos de la analogía que son interesantes para pensar. Y eso es también difícil de asumir, porque implica que el sujeto político que hasta ahora está constituido con sus organizaciones, sus referentes, sus narrativas, y no tiene eficacia, está derrotado. Si sigue insistiendo, que igual lo va a seguir haciendo, porque obviamente hay que resistir, hay que tratar de mantener lo que se ha conquistado de la manera que sea, pero ese sujeto político está derrotado.
Entonces, va a haber que estar muy atentos y va a haber que estar muy a disposición de lo nuevo que surja, que va a ser distinto a lo que conocemos en el campo popular hasta ahora.
Ustedes han puesto mucho el foco también en una mirada crítica de lo que fue la militancia en los últimos años, que también tiene que ver con esa derrota. ¿Qué aspectos son los que más fuertemente cuestionan y en todo caso que debería implicar este último punto que mencionabas?
Sí, me parece que es fundamental meterse con esta discusión, con una especie de asterisco que sería, hay que ir a fondo en la autocrítica con respecto a la derrota, en la crítica, sabiendo que de lo que se trata es de relanzar ese mismo proyecto. Entonces, no hacer leña del árbol caído, sino aprender. Y sobre todo, además de no repetir errores, intuir lo que viene, abrir el horizonte. Para eso realmente hay que ser autocrítico y yo creo que el ciclo que se cierra, para nosotros, lo hemos dicho durante el momento de hegemonía del kirchnerismo, incluso de los gobiernos progresistas, ni siquiera sólo del kirchnerismo, porque era una cuestión regional, que tiene que ver con, primero, la lógica de la institucionalización, ese es un gran elemento.
Yo creo que una de las enseñanzas que podemos aprender en este período es que el valor fundamental, la verdad, de un proceso de transformación social democrática, digamos, o popular o anticapitalista, como queramos llamarle, está en ese contrapoder, en ese poder popular que se puede generar y que es el que sostiene y el que despliega un proceso de democratización real de la sociedad. Cuando eso se pone en un segundo plano, para poner en primer plano al Estado, a las instituciones, a los representantes, a los líderes, que son todas dimensiones importantes, no se trata de oponer una a la otra, la base contra la superestructura, el pueblo, todos son importantes, pero hay elementos fundamentales, hay lugares sí que son prioritarios. Entonces cuando, en lugar de poner el Estado al servicio del poder popular o del sujeto de la base o de las organizaciones populares, de la comunidad organizada, en lugar de poner el Estado al servicio de eso, se hace lo contrario. Se pone al poder popular al servicio de los Estados, los partidos y las dirigencias.
Ahí hay una palabra fundamental que es la autonomía, la autonomía del campo popular, la autonomía de las organizaciones, la autonomía de la clase, la capacidad de pensar con cabeza propia, de saber que la reserva estratégica está en cada barrio, en cada sindicato, en cada comunidad y no está en un dirigente que se lo pueden comprar, matar o lo que sea. Eso me parece que es demasiado importante, o sea, es un elemento que muchas veces se dice pero después se olvida en la práctica y eso tiene muchos costos. La idea esta de “ser soldado de” que se impuso con tanta fuerza y eso hizo que en los territorios aparecieran poderes de otro tipo, como puede ser el narco, que se perdieran los territorios y que después cuando hay momentos, que eso siempre pasa en la democracia, de pérdida de legitimidad, cuando avanzan arrasan con todo.
Ese es uno de los elementos, para mí, más importantes que debería estar en juego para lo que viene.
Es una autocrítica hacia la militancia de los últimos años, pero para ir introduciendo también los 50 años del golpe, si tenés que pensar en la lucha revolucionaria, la decisión de la vía por la lucha armada de la década del 70, ¿Qué balance hacés?
Yo ahí hago un balance paradójico. Lo primero que hay que decir es que la memoria cambia de sentido de acuerdo a las coyunturas que vivimos. Es el presente el que organiza la mirada que tenemos sobre el pasado.
Cambió el momento político, cambió la etapa y entonces de repente los ‘70, que es una época especialmente intensa de nuestra historia, especialmente significativa, de repente cambia de sentido, empieza a hablar de otra manera. Obviamente que lo que pensamos antes no es que queda borrado, es parte del bagaje de elaboración que vamos haciendo, pero sí me parece que hay una luz nueva sobre los 70 hoy y eso es importante registrarlo y ojalá que el 24 de marzo podamos dar cuenta de eso y no seguir repitiendo los mensajes. Por ejemplo, en el campo de los derechos humanos, del cual milité mucho, estuve en la fundación de H.I.J.O.S. en el año ‘95, inventamos los escraches en el año ‘96, ‘97.
Siempre hemos estado, ahora con el Mapa de la Policía es un organismo de derechos humanos de nuevo tipo. En el campo de los derechos humanos, por ejemplo, fue muy claro cómo esta dinámica de la institucionalización y de la partidización, porque de repente muchos organismos de derechos humanos, empezando por H.I.J.O.S., por ejemplo, en el cual milité y después nos alejamos, terminaron siendo prácticamente unidades básicas del kirchnerismo.
La pérdida de la autonomía.
Perdieron la autonomía completamente y eso hizo que perdieran una función social fundamental que tenían, que era, precisamente, la defensa de los derechos humanos en cualquier gobierno. Y perdieron esa conexión con la protesta, perdieron esa conexión con el malestar. Bueno, ahí hay un ejemplo muy claro.
Pero volviendo a lo que decías, a mí me parece que hay que recuperar algo de los ‘70 que se perdió después, digamos, del 83 para acá, a partir del pacto democrático, que nos incluye a todos, porque uno puede desplegar narrativas críticas frente a eso, pero inevitablemente, políticamente, nos incluye a todos. Yo creo que se perdió la idea de la revolución, básicamente, la idea de que dentro del capitalismo, dentro de la democracia capitalista, no se pueden desplegar estrategias de transformación real y niveles y umbrales de justicia efectiva, justicia social, de soberanía, política, económica. Eso me parece que es una enseñanza que siempre supimos también, pero de vuelta, es una especie de verdad que hay que volver a poner en primer plano.
Hay que saber que cuando se hizo el pacto democrático en el 83, cuando se dijo nunca más, se dijo nunca más a la represión, al terrorismo de Estado, nunca más al genocidio estatal, pero también se dijo nunca más a la revolución, al desafío antisistémico. Eso hay que saberlo y buena parte de eso, de esa especie de decisión colectiva, institucionalizada, es lo que hoy estamos tratando de entender y de pagar, porque de repente vuelve a haber violencia estatal. Ese pacto mostró su ineficacia porque, en definitiva, hay un monopolio estatal de la violencia y cuando hay fuerzas decididas a utilizarlo, como la que está gobernando hoy, lo van a hacer.
Si lo tienen que volver a hacer, lo van a hacer. Y de nuestro lado no aparece la misma capacidad de asumir, por debajo de una democracia que está muy bien en tanto, obviamente, trate de frenar la violencia, que siempre va a ser desfavorable para nosotros, pero a su vez hay un trasfondo, que es un trasfondo de violencia, que nunca queda afuera y que nosotros también tenemos que estar preparados, o por lo menos pensar, ya sea para evitarla, ya sea para desarrollar estrategias de cuidado en el marco de eso, o ya sea también para desplegar una contraviolencia contra el poder cuando se pone violento.
Entonces, estas son cosas que nosotros tenemos que poder repensar con las herramientas que tenemos hoy, con los desafíos que tenemos hoy, sin hacer, obviamente, ni nostalgia, ni repetición automática, pero sí, hubo cosas que la generación del ‘70 tuvo muy claro y se animó a asumir, práctica, históricamente, que hoy me parece que vuelven a aparecer como un mensaje para nosotros, para lo que viene, cómo hacemos para asumir esa dimensión de la vida, del conflicto político, que nos está costando mucho.
Y te diría una cosa más, me viene en el tono más de crítica, últimamente veníamos charlando y un poco riéndonos de una crítica que se le hizo a la generación de los ‘70 con mucha justicia, me parece a mí, yo creo que de acuerdo con esa crítica, que es cierta tendencia al militarismo, al fetichismo de las armas, en un momento es verdad que se pensó que a nivel de la violencia armada, se resumía a buena parte, o era la síntesis del combate político, y hubo una crítica bien interesante para mí que se hizo posteriormente a la derrota y demás, diciendo, bueno, obviamente, la violencia, la lucha armada es una dimensión posible, en ese momento era una dimensión efectiva, pero nunca podía haber sido el centro de la cuestión, la cuestión siempre era político, era más complejo, incluía la lucha armada, pero incluía la cuestión electoral, incluía la cuestión de construcción de un poder popular.
La discusión de Walsh hacia Montoneros, por ejemplo.
Exactamente, esa discusión que Walsh planteó claramente, y que muchos otros plantearon, entonces ahí emergió una crítica al militarismo, a ese fetichismo de las armas. Bueno, yo creo que sería muy interesante que hoy hiciéramos lo mismo, pero respecto al fetichismo electoral. Una crítica a la idea de que las elecciones son la síntesis del combate político, una idea con respecto a que en las elecciones se decide la política de la sociedad, y me parece que es un nivel de fetichismo también, en general, yo creo que casi toda la militancia popular está imbuida de ese fetichismo y ya sabemos, porque se ganó una elección con un gobierno como el de Alberto Fernández y Cristina Fernández y fue patético, acabamos de atravesar una elección totalmente maniatada por el presidente de los Estados Unidos, que se metió en el medio de la campaña a meter miedo.
Ya sabemos que la dimensión electoral, por supuesto que es importante, por supuesto que hay que intervenir, que hay que ganarla, que hay que hacer lo imposible, por supuesto porque es una trinchera más del combate, pero no puede ser que todo esté en función de elecciones ya sabemos cuál es su lugar en la batalla política.
En la idea de la posdemocracia no es central.
Exacto. A mí me parece que así como le hicimos una crítica al fetichismo de las armas, hay que hacer una crítica al fetichismo de las urnas en este momento y abrir un poco el panorama, abrir un poco la imaginación para ver que hay un montón de otras dimensiones en donde la política tiene que desplegarse, quizás incluso hoy más importante que las elecciones.
En el artículo sobre “el del tema del revolucionario y la víctima” plantearon si era posible reinventar la lucha sin caer en la victimización que nos propone la política progresista, incluso es interesante cómo lo aplican desde el punto de vista periodístico al momento de pensar las notas en Crisis.
Yo creo que la figura de la víctima es como el esquema subjetivo de esto que venía planteando. Es como, subjetivamente, nosotros durante todo este tiempo nos hemos planteado, nos hemos organizado en torno a la figura de la víctima. Esto obviamente tiene un elemento clave que es el de haber conocido en nuestra historia reciente organizaciones que se reconocían como víctimas y que politizaron de una manera muy muy interesante esa condición de víctima.
Me refiero obviamente a las Madres de Plaza de Mayo, a las Abuelas, a los H.I.J.O.S., o sea, toda una cantidad de experiencias que en el momento más complejo que fue el de la dictadura y posteriormente también, desarrollaron, abrieron un horizonte político muy interesante al politizar esa condición de víctima. Lo que pasa es que después esa víctima se convirtió en una especie de lugar común.
Creo que en general la militancia se empezó a acomodar en ese esquema al ver que funcionaba. Uno podría pensar que todo el esquema o la arquitectura militante u organizacional del campo popular durante todo este tiempo ha sido organizada en torno a eso. Desde la economía popular, que se plantó, sujetos obviamente de derechos, en este caso con el laburo, organizado en torno a un Estado que debía darle respuesta y constituyendo la fuerza de la organización en torno a esa relación con el Estado, por ejemplo.
Obviamente los organismos de derechos humanos en su reclamo al Estado, su reclamo a la justicia, un sector del feminismo que también se articuló en torno a ese reclamo al Estado y demás, todo eso organiza una estrategia política concreta que funciona en tanto haya condiciones democráticas, en tanto efectivamente haya un Estado que reconozca que el soberano es el pueblo, que se organiza y que reclama por sus derechos y que la función del sistema político es responder a esos derechos, solucionar esos derechos, pero cuando eso se desarma, que pasa muchas veces, no es tan extraordinario, bueno, todo ese esquema se desarma y ahí entonces el lugar de la víctima queda un poco evidente, que es un lugar de impotencia, yo creo que es lo que está pasando hoy, y ahí uno empieza a descubrir, cosa que obviamente sabíamos, pero lo estamos descubriendo en la práctica concretamente, muy vivencialmente, que la víctima en realidad es el resultado de una derrota, antes de la víctima había un revolucionario, y ese trueque en donde antes estaba el revolucionario y después estuvo la víctima, es un trueque en donde se pierde todo lo que veníamos hablando.
Entonces yo creo que hoy lo que toca, lo que corresponde, lo que el desafío es reconstruir una subjetividad de otro tipo, que ya no sea la de la víctima, que no va a ser la del revolucionario o la revolucionaria, porque ese fue quizás lo que la forma que adoptó la rebeldía, la subversión, uno podría decir, en el siglo XX, que hoy quizás se llame de otra manera o no, pero que no va a tener la misma lógica, no va a ser la misma figura subjetiva, pero sí que tiene que ser una una lógica, una idea, una práctica, un despliegue subjetivo mucho más activo, en donde más que pedirle al Estado o reclamarle al Estado, lo que se trata es de desplegar, yo diría una subjetiva más combatiente, más capaz de asumir los términos de la disputa política hoy, que ya no son, como te decía, la de juntar fuerza política, construir consenso, convencer a los a los que piensan diferente, persuadir para poder imponer, bueno, obviamente eso hay que seguir haciéndolo, no quiere decir nada más, tampoco es que se terminó del todo esa lógica.
La idea de la conquista de derechos más que el reclamo de esos derechos.
Exacto, tampoco hay que ir a los ’70, nosotros los H.I.J.O.S., por ejemplo, cuando inventamos el escrache fue ese planteo, había un contexto de impunidad, todo el sistema político se había puesto de acuerdo en que no se podía hacer justicia con los militares genocidas, porque los militares se habían levantado y habían tomado un par de cuarteles y le habían puesto la pistola en la cabeza a los políticos y ellos habían decidido que no podían, entonces aunque querían, no podían hacer justicia, y en ese marco nosotros organizamos nuestra bronca, no le pedimos nada a nadie, salimos a hacer escraches, puerta por puerta a los genocidas en sus casas, organizando los barrios por abajo y para abajo, y dijimos si no hay justicia legal hay justicia popular, si no hay condena legal hay condena social, y abrimos, ahí te das cuenta cómo se ha abierto la dimensión de la política mucho más importante, al punto de que después grandes discusiones nuestras eran si la condena legal, si lo que hacíamos con el escrache era, el objetivo era que la justicia legal respondiera para darnos la bola, y muchos decíamos no, una vez que inventamos el escrache y que abrimos esta dimensión, lo otro, por supuesto que está bien si viene, pero no es lo más importante, ya descubrimos que lo más importante es esto, lo estratégico es la condena social y la justicia popular, eso es lo estratégico, después si viene la condena legal y viene la justicia institucional, perfecto, no nos vamos a negar obviamente, pero lo más importante es esto.
Y lo mismo pasó con los piqueteros, en el mismo momento, no es una excepción, en ese momento los piqueteros se quedaron sin laburo y salieron a cortar rutas, y generaron una revuelta que hizo cambiar el modelo económico, y a partir de ahí se abrió otro ciclo político. Esa subjetividad combatiente, que en los 70 se expresó a través de las armas, con los formatos revolucionarios, que en los ‘90 se expresó sin armas, pero también con una lucha social, uno podría decir antisistema, uno podría decir subversiva, que hizo de la rebelión efectivamente una posibilidad y que tiró abajo un gobierno democrático en un acto democrático.
O sea, creo que la insurrección del 2001 fue el acto democrático más importante de todo este período y fue precisamente contra autoridades elegidas democráticamente. Entonces creo que hay que apelar a ese saber histórico. Bueno, no va a ser fácil, va a llevar tiempo, siempre llevó tiempo, pero me parece que hay que apuntar ahí.
Pensaba en José Martí, justamente en esta idea de no andar mendigando derechos, sino conquistarlos, arrancarlos y me sirve para el pie a la pregunta final, que en realidad es simplemente lo que quieras compartir de lo que estás viendo en Cuba, teniendo en cuenta también por un lado tu experiencia personal allí de tu infancia en el exilio y políticamente del análisis que hacen de la geopolítica actual.
Muy duro lo de Cuba. Personalmente para mí es un dolor muy intenso, conozco mucho, me crié ahí, estoy infinitamente agradecido a la Revolución Cubana por la solidaridad, por todo lo que significó para nuestros viejos, para nosotros mismos, y en ese sentido de mi parte un compromiso absoluto con el gobierno cubano, con el pueblo cubano, y más en este momento de ataque imperial tan agresivo, tan salvaje, tan desastrozo.
Es indignante lo que sucede. Hay una pregunta que nos rodea y que no es fácil de responder, tampoco forma parte de estas preguntas del momento, que tenemos que por lo menos abrazar con fuerza, no caretearla, no dejarlas a un lado, pero que también tenemos que saber que es difícil de solucionar, que no se soluciona ni con un enunciado, ni con una consigna, ni con una fórmula fácil, pero que es cómo hacemos para desplegar un antiimperialismo aquí ahora.
¿Cómo se hace eso? ¿Qué es la solidaridad hoy? No sé, se están organizando flotillas, nosotros estamos viendo si participar, juntar elementos para mandar en este momento, tratar de violar, digamos, ese cerco que se está haciendo con la flotilla. Ya hay gente que está donando, es muy importante, por ejemplo, mandar paneles solares, porque quizás este momento de bloqueo sobre el petróleo hace que se acelere la transición energética que está llevando adelante Cuba, con los paneles solares, en acuerdo con China, hay gente que se está organizando para mandar todo lo que se pueda.
Y después, también obviamente es fundamental la presión dentro de cada país para desplegar una solidaridad efectiva, en este caso ni imaginamos influir sobre el gobierno, pero sí reavivar, despertar, incitar a todo el campo popular, democrático, solidario, que también por momentos no se activa, porque es verdad que son procesos, tanto el cubano como el venezolano, que han dejado de ser un faro, creo yo, sobre hacia dónde ir, que nosotros lo dijimos en el año ’99, me acuerdo cuando estábamos todavía en la agrupación El Mate, en la facultad, que fuimos a Cuba cuando se cumplían 40 años de la Revolución, dijimos, Cuba ha dejado de ser la vanguardia de la Revolución en América Latina para ser su retaguardia. Hay mucha gente que eso lo traduce en, bueno, es medio fatal, no hay mucho que hacer y yo creo que no, creo que estamos donde estamos y en este contexto hay que desplegar toda la capacidad que tengamos de solidaridad.






