“Parece ser que el temporal
trajo también la calamidad
de cierto tipo de langosta,
que come en grande y a nuestra costa…
…ruego a usted tome partido
para intentar una solución,
que bien podría ser la unión
de los que aún estamos vivos”
Victor Heredia

(Por Rodrigo Holzmann)

Andaba, entre cabildeos, pensando en el Covid 19 y sus efectos y sonó esta canción, a la que decidí arbitrariamente cortar y pegar en su letra a modo de collage con el solo fin de reflexionar.

A poco de andar la peste nos dimos cuenta que la especulación de que “saldría lo mejor de nosotros” era sólo una burbuja, valga la palabra, que como las pompas de jabón se pinchó con las puntas de miles de alfileres. Comprendimos rápidamente, que otra peste, más antigua y profunda agudizaría los efectos de la sanitaria: la desigualdad.

La situación económica del mundo entró en crisis y por supuesto los países más pobres pagaron y pagan con salud y vidas la llegada de la langosta que no se ve. Todo fue más violento con la aparición de esas esperanzas en frasquitos: las vacunas. Así escuchamos con estupor que mientras contados países tienen para dos o tres veces su población, la mayoría las recibe en cuenta gotas o en el año 2023.

El cotidiano queda patas arriba, y así, aprendemos en el cuerpo y el alma el significado de las palabras “confinamiento”, “cuarentena”, “fases”, “aislamiento”. Otras ya conocidas adquieren el frio calor de los números: “contagiados” y, claro, “muertos” en contraposición el tibio “recuperados” que nunca alcanza.

Entonces el “adentro” empezó a tener otro sentido. Las casas se convirtieron en gimnasios, talleres, clases de cocina, danza o canto. El tele trabajo, cierto exotismo de unas minorías, se vuelve generalizado, y las pantallas un lugar de laburo. Así como en lo macro, en lo cotidiano, se repiten las grandes desigualdades entre los que bancamos el aislamiento con todas las comodidades y el que vive bajo cuatro chapas. Entre los que tenemos un sueldo que cobramos todos los meses y el que diariamente la tiene que yugar para dibujar la milanesa. El sufrimiento de las mujeres que trabajan en casas de familia, los trabajadores del rubro gastronómico, los relacionados con el turismo, los gimnasios, los profes de lo que pidas, los pequeños comerciantes, el de las changas, el monotributista y siguen las firmas.

La situación límite y la confirmación de la necesidad absoluta de la presencia del Estado. Sí, el tan criticado y negado en el foco de la escena y con absoluta vigencia. Su centralidad, sus errores, los forzados y los otros más parecidos a pegarse un tiro en el pie. Su trabajo y su casi siempre errática comunicación. Los grandes medios monopólicos de comunicación, su “infodemía” como sal en las heridas de todos. La oposición sostenida por aquellos, chiquita, miserable, especulando con recoger migajas en un escenario de muerte.

La educación, tantas veces relegada y vituperada, se vuelve un tema central. Y entonces la “presencialidad” de los alumnos a la escuela se vuelve cosa de vida o muerte. Y con la virtualidad muchos descubren las múltiples falencias de los establecimientos escolares y de la poca o nula conectividad del alumnado.

La salud, otra materia guardada en el arcón del olvido, gana el centro de la escena, y también descubrimos, falsamente sorprendidos, su abandono y carencias. Empezamos aplaudiendo al personal de salud y hoy son parte del paisaje. Sin duda los únicos héroes en este lío, de cara a la muerte todos los días miran con perplejidad nuestros desatinos.

Nuestra psiquis se fragmenta en mil pedazos. Miedo a la muerte, a la propia, a la de los seres queridos, a la enfermedad, a sus efectos. La soledad que como perro sarnoso muerde los talones de todos. El proyecto puesto entre paréntesis, congelando el deseo individual o colectivo que te levanta de la cama todos los días. La imposibilidad del encuentro, la desaparición del abrazo, la charla confidente, el asado con amigos, el fulbito cualquier día, el viaje repentino para poder ver los rostros queridos.

La pregunta de tu nieto que empezó primer grado: “Abuelo cuándo yo esté en tercero el coronavirus ya no va estar, ¿no?”. Y mi segura respuesta, preñada de dudas: “Sí Milo, el bicho ya no va estar”.

El de arriba era un buen final, sin embargo la necesidad de un nuevo confinamiento me dejó pensando. Como quien tira una botella al mar o busca un rayo de luz en este panorama sombrío.

Recordé los tres principios paridos al fuego de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Asumiendo la pérdida de parte de nuestra libertad como necesaria para salvar un bien superior: la vida.

La consigna de la hora debe ser acabar o por lo menos achicar la enorme brecha que abrió la repugnante desigualdad. Y por sobre todo inocularnos altas dosis de fraternidad como vacunas que nos salven de ambas pestes: la sanitaria y la del individualismo. Usar palabras como solidaridad, empatía, comprender al otro, unidad en la diversidad, soñar en conjunto; como antídotos ante tanto grito cargado de egoísmo y muerte.

Lo leí en alguna red social: “Se amable, casi nadie la está pasando bien” y me pareció un buen comienzo para buscar aquello de “la unión de los que aún estamos vivos”.