FMI: ¿Es posible una posición por fuera del consenso neoliberal o seguimos aceptando el fin de la Historia?

(Por Astor Vitali) Estoy leyendo artículos, opiniones y descalificaciones cruzadas en torno del acuerdo entre la República Argentina y el FMI. Voy pasando líneas y encuentro puras formalidades, tecnicismos y elementos que sirven a unos para justificar, a otros para “bueno qué querés en este mundo” y por último, para cuestionar que no se revise, como quien separa fruta en la verdulería, la deuda “legítima” de la deuda “ilegítima” (y estoy viendo al verdulero separando duraznos en un día de calor extremo).

Más o menos está todo escrito como más menos siempre se escribe de todo desde los diferentes lugares del confuso arcoíris ideológico. Resulta curioso, en cambio, que toda la discusión funcione sobre supuestos que entran en la lógica de locura (neoliberal). Lo que aparece como racional (pagar o pagar) es lisa y llanamente la locura –ahora explicaremos– y, como siempre, la posición que no lleva a una fractura expuesta de la población (primero el pueblo y después vemos) es señalada por los señores serios de la economía argentina y mundial como una postura “infantil” (se sabe que para la lógica patriarcal del mercado existen dos términos que utilizan de modo peyorativo, como mantra descalificativo, cuando los argumentos son sólidos y les exponen en su carácter violento: femenino o infantil. Y no es raro que esto ocurra ya que lo femenino y lo aniñado es el fundamento filosófico que pone en verdadero jaque al pensamiento occidental).

¿Qué es lo que concretamente ocurrió?

El FMI financió el proyecto político de la casta capitalista argentina en el año 2018, violando sus propios estatutos, otorgando el mayor crédito de su historia. Como se sabe, el FMI no es precisamente una cooperativa de ministerios de economía de países en condiciones de igualdad productiva sino una herramienta de dirección de política económica –ejerciendo mayor o menor coacción– de Estado Unidos (de la economía concentrada) sobre otros países.

El pueblo argentino –que no “la gente”– sufrió las políticas económicas del macrismo, del FMI y, en 2019, ante una situación electoral, resolvió de manera pacífica un viraje: una cosa era no “bancarse a la yegua y al setentismo” (ilusiones ópticas de la clase mierda) y otra cosa es seguir avanzando por un menemismo sin derrame y sin uno a uno.

El mandato del nuevo gobierno era prístino: debía diferenciarse de manera clara del proyecto neoliberal.

Luego, al desastre mundial al que la “normalidad” nos tenía acostumbrados, hubo que sumarle una pandemia que profundizó las desigualdades y evidencia que los organismos comunitarios son aquellos capaces de organizar a la población; que el sector privado funciona bajo una lógica de descarte de lo humano; que los estados nacionales hacen selfies de altos mandos con mensajes osenaroskyanos pero que no son capaces de poner en marcha en serio herramientas sistemáticas de redistribución de la riqueza aún cuando la muerte les respira en los labios, maloliente, ni siquiera en la nuca: visible de frente.

Han muerto Fidel Castro y Maradona y Fukuyama crece en los imaginarios aunque se diga lo contrario.

¿Qué se anunció este viernes?

El gobierno argentino vino pagando y pagando mientras iba negociando y negociando el acuerdo al que finalmente se llegó.

Acuerdo, vaya palabra para referirnos a lo que “debe hacer” Argentina para “no caer un default”. Podríamos pensar que cualquier cosa que se firma bajo coacción no entra, o se desliza fuera de los límites de la palabra “acuerdo”.

Sin embargo, y acá tenemos el gran problema, el gobierno, los funcionarios, los referentes políticos que fueron votados para que Argentina virara su rumbo político en una forma claramente diferenciada del neoliberalismo son quienes, en este momento, están defendiendo a rajatabla este “acuerdo” y hasta aplauden y piden que aplaudamos ciertos elementos que difunden casi con tono patriótico.

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(Breve digresión)

Imaginamos una tarde hogareña de uno de los libertadores de América en una conversación como tantas de estos días en tantos hogares:

María de los Remedios Escalada: está frío el mate José, arréglalo. Y volviendo al tema, vos sabés que el pueblo te apoya y que, aunque estés un poco más jodido de salud, es lo que siempre quisiste, José…. metele. El pueblo te banca, man.

José de San Martín: sí, lo he pensado. Pero hablé con mis asesores y… No, María de los Remedios, no podemos. No podemos liberar a los pueblos porque caeríamos en default.

(Cierre de la ridícula escena)

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En otras palabras y, habiendo tantos análisis “serios” y con “datos” y economistas hablando, la pregunta es ¿cuál es la contracara del proyecto político neoliberal en la Argentina? Si fuera el actual gobierno ¿por qué hace lo que le pide la organización geopolítica neoliberal FMI? Esta política de pago –que viene con ajuste y es tan explícito como observar las metas fiscales– ¿representa la voluntad popular expresada en el 2019?

Por más ridículo que parezca en su forma el diálogo ensoñado de José y doña María de los Remedios, el tema de fondo está en asuntos de orden básico, de posturas que definen la ética y la épica de los pueblos y de sus dirigentes: por ejemplo, la simple noción de soberanía.

Argentina firmó un acuerdo con el FMI operando bajo todos los supuestos del neoliberalismo: que no se puede discutir las cuestiones de fondo, que no hay que “caerse del mapa” (como si alguno de los más de 40 acuerdos con el Fondo nos hubiera acercado a la superficie del globo –más bien nos ahogaron– y nuestro gobierno apenas si utilizó la aberración antes mencionada, es decir, que el FMI auto violó sus reglas para financiar el saqueo y la destrucción del plan que encabezó Macri, pero del que se beneficiaron muchos amigos del poder, como un argumento para “alivianar” las exigencias. Esto es actuar bajo la lógica de la dominación o simplemente de los consensos neoliberales.

¿Es cierto que no es posible ninguna postura política ni de política económica por fuera de la lógica global neoliberal? ¿Para qué entonces se plantean proyectos alternativos si, en rigor, los matices efectivamente existentes no hacen a lo medular del proyecto? ¿Cuál es la perspectiva patriótica, soberana de emancipación en el plano global del actual proyecto político en el gobierno? ¿O no hay? Porque si no hay, al menos conviene no hacer perder el tiempo a nadie y declararse fukuyamista con reminiscencias socialdemócratas y así al resto, quienes en la historia y en su perspectiva de futuro apuestan a una visión política en la que el pueblo juegue a algo más que a la calesita repugnante de gobiernos de neoliberales (de derecha) que nos llevan al FMI y gobiernos neoliberales (socialdemócratas) que nos obligan a pagar las deudas contraídas por el anterior.

Últimas consideraciones

En otro orden de cosas, y ante lo que se dijo durante el anuncio del viernes, cabe señalar que las reformas laborales y jubilatorias ya están hechas de facto, precisamente, porque el mercado encuentra en las políticas económicas actuales las condiciones propicias para avanzar en su proyecto de precarización social y de descarte de los sobrantes sin capacidad de consumo: alguna empresa apenas pagó alguna multa, porque, gracias a la presión del movimiento obrero, aún no se cambiaron las leyes. Pero está claro que el ministerio de Trabajo camina de noche sin mirar ninguna batiseñal: es un síntoma de locura mirar el paisaje urbano (Rapi, Pededidos ya entre otras malezas de la pradera del “estilo americano” de vida) y no asumir que la reforma ya está entre nosotros, de hecho, porque el mercado avanza. Pero el mercado solo puede avanzar si las puertas están abiertas.

En el debate público actual, la locura se estipula como lo razonable y lo justo como lo irracional o aniñado. Si uno saliera de la escena y sacara nombres propios de instituciones y países y contara genéricamente: que hay un señor que preside un país que es asesorado por otros señores que estudiaron en lugares financiados por las personas que integran el país y que ese país fue estafado; que el señor que preside fue a hablar con los estafadores y que las personas que integran el país hace muchos años ufren por esa estafa, por enfermedades, que no comen, que mueren de frío, que no pueden estudiar y que hasta han perdido la capacidad de soñar…

Si uno contara todo esto y rematara narrando que: el señor que preside el país y que las personas que pudieron estudiar gracias a las personas que les financiaron sus estudios fueron a hablar con los estafadores y luego se agrega que finalmente se utilizará el poco dinero que queda de esa población para pagar a sus estafadores y el señor que preside y sus asesores volvieron y le dijeron a las personas de su país que no podían hacer otra cosa porque los estafadores tienen amigos poderosos y que hasta algunos de los que hacen el país aplaudieron…

Si uno contara todo esto, el espectador no dudaría en pensar que es una locura y que lo razonable sería que el señor que gobierna defendiera a los estafados de los estafadores –si se pudiera con algo de onda y de épica, mejor. Fuera de la lógica del neoliberalismo.

Luego de las terribles situaciones vividas por nuestro pueblo, de estos años tan crueles, discutir primero con el FMI qué será de nuestras vidas y poner esas vidas en sus manos, camino conocido y lacerante, se inscribe en el imaginario de la locura, de la negación de la historia más reciente y sobre todo, de la adhesión a los consensos neoliberales. Decir “no se puede hacer otra cosa” es firmar, adoctrinado, los principios del fin de la Historia. Pues, al menos, favor de hacerlo sin tono patriótico.