“La baja conflictividad laboral puede ser engañosa”
A partir de un informe de la Secretaría de Trabajo que registró 465 paros durante 2025, el sociólogo e historiador Pablo Becher explicó cómo se construyen estos indicadores y por qué la aparente disminución de las huelgas debe leerse en relación con cambios más profundos en el mundo del trabajo.
Según el informe oficial, durante 2025 se registraron 465 paros que involucraron a 1.072.000 trabajadores y generaron 4.493.000 jornadas individuales no trabajadas, cifras que algunos análisis periodísticos interpretaron como uno de los niveles más bajos de conflictividad laboral de los últimos gobiernos.
El doctor en Ciencias Sociales por la UBA y especialista en relaciones laborales y conflictividad social analizó en FM De la Calle los datos y consideró que no necesariamente reflejan un-a menor tensión social.
“El artículo refleja una mirada sobre qué pasa con los sindicatos y con la conflictividad en general. La frase fundamental es que pareciera no haber conflicto”, señaló. Las huelgas fueron históricamente uno de los principales indicadores de lucha laboral, aunque no el único, ya que existen otras formas de protesta que muchas veces no quedan registradas en las estadísticas.
Entre los indicadores utilizados se encuentran las “jornadas individuales no trabajadas” (JIN), que combinan la cantidad de trabajadores que participan en una medida y su duración. “Esa medición permite ver no sólo cuántas huelgas hubo sino también qué nivel de participación real tuvieron”, explicó.
Para Becher, la caída de los conflictos registrados puede vincularse con distintos factores: uno de ellos es el temor a perder el empleo en un contexto de ajuste económico, pero también influyen el contexto represivo, las restricciones institucionales al derecho de huelga y la fragmentación del mercado laboral. En el caso de Argentina, una parte importante de la población trabajadora se encuentra en la informalidad, lo que limita las posibilidades de organización sindical.
El especialista también destacó que la baja conflictividad puede ser sólo aparente: “Muchas veces es engañosa porque en esa latencia pueden aparecer procesos disruptivos”, afirmó y recordó que en los años noventa, frente al desempleo y la precarización, surgieron nuevas formas de protesta como el movimiento piquetero.
“Hay gente que se está reuniendo, hay organizaciones que están empezando a activar, hay movimientos de forma invisible en los barrios que están trabajando a pulmón. A mí me parece que, a veces este tipo de noticias, como que la conflictividad baja o está todo mal, no nos permite ver una realidad donde hay un proyecto de resistencia. Es un proyecto muy sutil que se está trabajando de a poco, con muchas organizaciones que ponen el empeño, pero yo creo que se está empezando a gestar algo”, declaró.
En los últimos años, además, comenzaron a registrarse nuevos repertorios de protesta, como acciones simbólicas o culturales vinculadas a derechos humanos, educación o manifestaciones artísticas. Aunque la huelga sigue siendo la herramienta central, estas formas alternativas muestran transformaciones en la manera de expresar el conflicto social.
También destacó el papel del “disciplinamiento laboral” producto de la combinación entre crisis económica, reformas laborales, debilitamiento sindical y discursos antisindicales. “El disciplinamiento laboral ha sido sistemático y muy bien preparado”, dijo y reconoció que ese proceso opera tanto en el plano económico como en el ideológico e institucional.
Finalmente, el investigador vinculó estas dinámicas con procesos históricos más amplios. “El disciplinamiento de la clase obrera fue uno de los proyectos fundamentales de la dictadura”, afirmó, al señalar que las disputas entre capital y trabajo forman parte de un proceso histórico de larga duración en la Argentina.






