(Por Astor Vitali) Desde el miércoles pasado un sector de trabajadores y trabajadoras de la federación aceitera está llevando adelante un paro de actividades. Algunos se preguntan: ¿cómo van a parar tantos días? Ocurre que una buena parte del movimiento obrero argentino ha cedido terreno en la cuestión cultural: hacernos creer que un sector de trabajadores y de trabajadoras que están organizados atenta contra la economía cuando en rigor es el resultado de las políticas de las empresas aquello que hace que la economía se vea afectada. Sobre todo en materia de caída salarial.

La Federación Aceitera está vinculada a un sector que no podría excusarse en que le viene yendo mal. Todo lo contario, hay empresas como AGB, las grandes industrias portuarias como Dreyfus, Cargill o Bunge. Ayer fueron convocadas las partes por el gobierno.

Es salario que están reclamando se ubica entre 82 mil y 92 mil pesos. El análisis que realizan desde el sector se hace en base a los datos publicados por el INDEC. Esta federación no naturalizó que ser trabajador o trabajadora implica ganar por debajo de lo que cualquier persona debería recibir para llevar adelante una vida donde sus necesidades estén cubiertas. Aquí hay una gran diferencia con otros sectores del movimiento obrero que han, no solamente aceptado distintas caídas del salario, en muchos casos por debajo de los límites de canasta familiar y de pobreza, sino habiendo aceptado otros elementos de fondo como las condiciones de trabajo.

¿Por qué naturalizamos que una persona debe trabajar todo el día sino que debe contar con uno o más trabajos para tener, no una vida holgada, sino apenas para su subsistencia? Sabemos que el costo de vida no está cubierto por nuestros salarios, al menos no para un nivel de vida digno.

Este sector está planteado no ceder ante los intereses patronales y utilizar la herramienta que tiene la clase trabajadora, sobre todo en sectores de la industria con mayores niveles de organización y por ende mayor capacidad de incidir en los debates y en las acciones.

No incide en gran medida el costo laboral en la facturación de estas empresas. Si alguien piensa seriamente que para esas firmas que exportan y acumulan en dólares el problema es un salario un poquito más alto no está dimensionando la magnitud de la cosa.

Hay otra pelea atrás que tiene que ver con que las empresas no están dispuestas a legitimar como patronal la capacidad de lucha de un sector organizado, como este caso, que siempre con la constitución en la mano lleva adelante negociaciones salariales que no aceptan que se registren a la pérdida.

Hay también otros elementos que se ven en estos momentos de lucha de otros sectores de trabajadores y de trabajadoras, que en lugar de notar que estas luchas les son beneficiosas para mejorar su propia condición laboral hacen lo contrario: se quejan porque “ganan mucho” (nadie sabe muy bien cuánto es mucho) o porque “yo tengo que trabajar todo el día, gano dos mangos y no paro porque si paro me reemplaza otro”. Aquí aparece una perfecta incomprensión, una expresión del analfabetismo político que hace que la persona se posicione en el lugar de patronal cuando debería posicionarse en el lugar de “uno mismo en otro cuero”, como decía Yupanqui, es decir otro trabajador de otro sector, pero trabajador al fin. Su condición de clase les debería unificar.

Similar circunstancia se da cuando hay pelea gremial en el ámbito de la educación y se habla de privilegios de la docencia que no son tales. Pasó, paradójicamente, con les trabajadores de la salud, a quienes durante un período se les aplaudía a las 21 y luego se les aplicó una suerte de extorción moral a la hora de reclamar salario: ustedes no pueden parar porque atienden la salud.

La lucha por el salario es también una de las principales facetas de la lucha por la distribución de la riqueza. El Estado argentino, ni siquiera en el mejor de los momentos de su expresión más progresista, no ha jugado firmemente en un rol de levantar el salario de manera significativa –pero en serio, en una disputa por la riqueza que podría registrarse económicamente afectando algún interés de empresas con capacidad de pago-. Tampoco se hizo demasiado presente en cuanto a la progresiva aunque muy veloz destrucción de las condiciones de trabajo en innumerables sectores de nuestra sociedad.

Cuando alguien dice “yo lo que quiero es trabajar” tal vez lo que esté diciendo es “yo lo que quiero es tener un ingreso”. ¿Qué significa trabajar? Si el trabajo significa estar veinticuatro horas por siete días a disposición de unas patronales que no sólo no me reconocen lo que deberían –incluso legalmente- ni tampoco condiciones de trabajo entonces no nos entendemos. A mí me da vergüenza ver cuando uno hace una compra online, que venga un pibito o una pibita en su bicicleta, sin ningún tipo de reconocimiento legal, por una propina, con el cartelito de Glovo o de Pedidos Ya. Me de vergüenza por el tipo de sociedad que hemos construido que expone a los pibes y a las pibas a una idea de que trabajo significa ese nivel se sobreexplotación que no garantiza las mínimas condiciones de seguridad ni las posibilidades de vivir dignamente.

Un trabajo no es algo que te da un recurso determinado para que puedas alquilar pero junto a tu primo, tu tío, tus viejos y solo comprar una partecita de la yerba y una partecita del morfi, una partecita del techo. Un trabajo es aquello que debería garantizarle a un ser humano en carácter individual acceder a vivienda, alimentación, indumentaria y todo tipo de servicio que garantice sus derechos humanos básicos.

Esto no ocurre en la actualidad y se ve de manera muy expuesta. Lo vamos aceptando como sociedad de una manera muy vergonzosa y vergonzante.

Lo que se está dando en la pelea aceitera tiene que ver con esa discusión de fondo: condiciones de trabajo y salario digno y nada tiene que ver con la imposibilidad de un conjunto de empresas que no pueda pagar.

Hay que volver a definir qué es trabajo. Pero no por contexto sino por lo que es justo y necesario. Por contexto podemos compararnos con situaciones esclavistas que se viven, no en África, sino en el conurbano bonaerense y en otras ciudades del interior.

Defender la idea de la continuidad del trabajo a rajatabla porque si no el país se para es una idea patronal, de las grandes empresas, no debería ser recogida por un gobierno que se autodenomine progresista y por supuesto no tiene que ver con los intereses de ningún trabajador ni de ninguna trabajadora.

Dice José Elías Mequierenexpropiar, nuestro columnista de los martes, nuestro oyente crítico, que siempre tiene que seguir “la rueda de la vida”. Creemos que no. Para poder defender al conjunto de quienes trabajan –la mayor parte de la población- y sus condiciones de vida, para poder volver a pensar en que se pueda trabajar ocho o seis horas y con ello sustentar una vida plena hacen falta peleas como la que está haciendo la federación aceitera.

Ciertamente, no todo tiene que seguir. No da lo mismo que todo siga igual.