Análisis del debate electoral sobre cultura

(Por Astor Vitali) El martes pasado casi la totalidad de las fuerzas políticas en pugna (con excepción de Juntos por el Cambio) participaron de un debate sobre la cuestión cultural. La jornada fue organizada por el Consejo Cultural Consultivo, la Red de Espacios Culturales Independientes, la Asociación Argentina de Actores y de Actrices y la Unión de Músicos y Músicas del Sur. A través de tres ejes, los candidatos y una candidata ofrecieron sus proyectos en esta materia.

La ausencia de Nidia Moirano no es un hecho novedoso para el espacio que representa. Con anterioridad, cuando le tocó el rol a Héctor Gay, también despreció invitaciones a debatir temas por parte de instituciones que trabajan en lo social. El caso más grave es el de las invitaciones cursadas por entidades vinculadas a la niñez. En particular, uno intuye que el cálculo está basado en el siguiente razonamiento: se pierden más votos cuando la candidata Moirano habla que por efecto del rechazo a la invitación.

El debate

Durante el minuto inicial, todas las fuerzas políticas destacaron que la cultura tiene un rol central en la sociedad. Lo hicieron desde las diferentes aristas que suponen sus marcos ideológicos. Hasta aquí, una serie de generalidades destacando la cuestión a debatir.

Acerca del primer eje, a saber, el marco legislativo vigente, hubo una serie de intercambios en los que todas las fuerzas plantearon el carácter ejemplar de las ordenanzas vigentes (que fueron propuestas en general por las organizaciones gremiales y sociales de la cultura local). O sea: hubo reconocimiento de las fuerzas políticas al trabajo realizado por entidades comunitarias. Varela inició valorando el carácter de democracia participativa que el marco normativo supone. Rodríguez propuso que el carácter de las decisiones fuera vinculante. Liberman planteó la autarquía del IC y la reforma de la ordenanza 12.711 para que se separa la elección de director del IC de las elecciones a jefe comunal y la reformulación de mecanismos que incluyan fideicomiso. Susbielles reivindicó el carácter de avanzada de las ordenanzas vigentes, planteó una convocatoria amplia a representantes de la cultura, reformas para mejorar el financiamiento y la incorporación del sector privado (más fondos privados), así como mejorar el control del estado en materia recaudatoria.

Respecto del segundo eje, presupuesto y organigrama del IC, Rodríguez destacó la actual precarización laboral, propuso aumentar presupuesto con recursos de pauta publicitaria y el pase a planta del plantel precarizado. Liberman ratificó la idea de autarquía, pasar del 1.4 al 3% del total presupuestario en base a dinero proveniente de pauta publicitaria y recursos de secretaría de Gobierno, sumar recursos de eso que llaman Responsabilidad Social Empresaria y recuperar los cargos de directores de área, especialmente la dirección del Teatro Municipal. Susbielles sostuvo que su gestión iba a duplicar el alcance del presupuesto y también reasignarlo de mejor manera. Respecto del organigrama, dijo que debía funcionar para que se cumplan los objetivos primigenios: garantizar acceso a la cultura, el desarrollo de la cultura local, la distribución barrial equitativa, el cuidado del patrimonio cultural y el fomento de la presencia de las propuestas locales en lugares nacionales e internacionales. Varela sostuvo que el presupuesto y el organigrama debían establecerse en relación al vínculo entre lo cultural y lo social y que la cultura se debía gobernar a sí misma.

Acerca del último asunto a tratar, proyecto político de cada espacio para lo cultural, Liberman sostuvo su visión: cultura “descentralizada”, recuperar talleres, direcciones, articular con organismos provinciales, llevar adelante la Ciudad de las Artes y fomento de lo que llamó “emprendedurismo cultural”. Susbielles: recuperación de talleres barriales, nutrir escuelas de arte, trabajar con OAS, nutrir Fondo Municipales de las Artes, y profundizar Comedia, orquestas escuelas así como tener políticas para las Fiestas Populares pensando la cultura como un “motor económico” y el impulso de la “cultura joven”. Varela: mirar al sudoeste bonaerense en lugar de la capital (no) federal, reivindicando la cultura de los pueblos originarios de las diferentes migraciones, articular con las escuelas de arte, articular con edificios ferroviarios y conceptualmente sostuvo que “no tenemos proyecto sino que el proyecto es de ustedes” (por los protagonistas de la cultura) y que se habiliten definitivamente los ECI. Rodríguez: se manifestó contra el ajuste que supone “cierre, despidos y desfinanciamiento” vinculados a la política del FMI, contra la ley de oferta y demanda en las industrias culturales oponiendo el acceso a la cultura mediante la implementación de la reducción jornada laboral que daría más tiempo “libre para acceder a la cultura” y cobrar una tasa extraordinaria a las empresas del puerto para impulsar la cultura local, y recuperar los talleres barriales y políticas que reflejen las necesidades de cada lugar.

Luego hubo cuatro preguntas (dos de redes “sociales” y dos del público) de las que, habiendo 30 segundos de respuesta, no se aportó mucho más, con excepción del anuncio de Susbielles de que su directora del Instituto Cultura será, en caso de ganar, la actual funcionaria de provincia (OAS) Natalia Martirena. Es bailarina, docente y directora, fue parte del grupo CAOS en los 90, luego directiva de la Escuela provincial de Danza, articuladora como artista y como organizadora política de las asociaciones de danza locales y actualmente coordinadora de los Organismos Artísticos del Sur (coro, orquesta y ballet).

Novedades

Hasta aquí una síntesis apretada pero bastante fiel de lo dicho durante las jornadas. ¿Qué pasó? ¿Qué es lo novedoso de todo esto? Primero: salvo Moirano, que sabe que pierde cuando habla más de lo que pierde cuando calla, las fuerzas políticas locales se vieron interpeladas a discutir las cuestiones culturales en los términos que los trabajadores y las trabajadoras de la cultura organizados se lo plantearon. Este punto, dicho de pasada, parece anecdótico. Sin embargo, si lo miramos desde otro lugar, nos damos cuenta de que es verdaderamente significativo: ¿ocurre esto en algún otro lugar del país? No. Los candidatos a intendente poniéndose a estudiar para discutir en un función de una agenda popular (verdaderamente popular, no declamada por un dirigente, esto es, articulada por las organizaciones populares y no por el funcionario de turno que ofrece su anillo para labios acomodaticios).

Desde este punto de vista, la realización del debate es un dato positivo porque, desde nuestra perspectiva, la participación directa de las organizaciones significa darle contenido a esa palabrita “democracia” que suena tan a anuncio de Instagram en boca de quienes practican ejercicios de márquetin político en lugar de política ejercitando sus cuerpos.

Luego, está claro que en ese estudiar el libreto aparecen miradas con información parcial, se repiten cosas que soplan algunos amigos desinformados que participan de cada espacio político (que tocan de oído), o se repiten cosas que suponen que son consensos en los ámbitos culturales y, en rigor, no constituyen tal cosa sino que representan a algún sector en particular. Pero esto es natural: las fuerzas políticas están integradas por personas y los dirigentes confían en las personas a quienes les asignan relevancia en tal o cual área. Si al jefe político le parece que tal referente cultural es un iluminado o iluminada y que se mueve como un pez en el agua, el jefe político pues dará valor a lo que ese referente o esa referente digan. Sin embargo, como el saltarín del fango, algunos peces se han olvidado de nadar junto a sus pares y, una vez a flote, respiran aire limpio y ya no el agua común. O, en la metáfora de Platón, se olvidan, cuando salen de la caverna, de sus pares que quedaron  adentro sepultados bajo la (con la comillas inoculadas contra el eurocentrismo del caso) “oscuridad”. Si te he visto no me acuerdo. Si he padecido las condiciones de precarización cuando era como vos, ahora ya no me molestan: las promuevo (como funcionario). Eso suele pasar con los “referentes culturales” de los espacios.

¿Referentes culturales? Cabe preguntarse: ¿referentes de quién? ¿De la cultura o de los candidatos? Tal como viene ocurriendo con la política, la idea de “mandato” está invertida. De ahí uno de los grandes males de la práctica política vigente. Dice el filósofo Enrique Dussel que la verdadera corrupción es esta: no representar al lugar de donde uno viene si al poder en el lugar del cual uno emerge.

Cuanta la leyenda que Borges escuchó alguna vez en un programa de televisión a un artista que se presentó como “cantor popular”. A lo que el escritor argentino preguntó: “¿eso de popular se lo dice alguien o lo dice usted”? La anécdota nos explicar algo muy básico y que, sin embargo, es violenta y torpemente soslayado por buena parte de la pretendida dirigencia política: uno no se puede autoproclamar dirigente de algo; es dirigente si y sólo sí alguien, un grupo social, religioso o político lo legitima en tal rol. A uno lo delimita lo social, no una auto declamación. A uno lo constituye el otro. Nuestra forma se forja por el entorno. Es un problema estructural de las fuerzas políticas. El mandato se ejerce como martillo de la centralidad de quien conduce (de forma vertical) en lugar de que emerja del lugar en el que uno nació socialmente hacia el candidato. ¿Referentes de sus pares o del candidato hacia sus pares? Son cosas distintas. La segunda suele fomentar la pedantería y el ensimismamiento de la fuerza política, que se aleja de lo que ocurre, y aleja al candidato de “la gente” porque le soplan mal.

El “autogobierno”

Con Liberman aparece un debate que es el de la autarquía. Para ser justos, no es que no se haya dicho antes y hasta que más de uno no se hubiera entusiasmado con la idea. ¡Nos gobernamos a nosotros mismos! El planteo supone lo siguiente: es posible hacer una política cultural independiente de la política económica (de la política) general. ¿Se puede? En 2014, Sergio Raimondi renuncia, ante el cambio de Bevilacqua del kirchnerismo al massismo, arguyendo lo contrario: no se puede sostener una política cultural progresista en un gobierno de corte conservador. Se podría decir que es una mirada y que se puede probar otra cosa. Sin embargo, la articulación del relato de la autarquía, supuestamente inocente, no da cuenta de la complejidad del problema.

¿Se pueden gobernar las áreas a sí mismas? ¿Mediante que instrumentos legales o institucionales? ¿Quiénes se gobernarían? ¿Qué actores sociales ejercerían ese gobierno? ¿O están ofreciendo el gobierno de la oferta y la demanda? Se supone que habría una elección de director pero ¿en el marco de qué proyecto político? Pongamos: la cultura se autogobierna y define a través de algún mecanismo aumentar de 3 a 7% del presupuesto, va y le comunica esto a la secretaría de economía ¿qué dirá el secretario del gobierno general? ¿”Sí, cómo no, aquí tiene” o “minga”? ¿De qué estamos hablando? Cómo si no hubiera una articulación necesaria entre áreas. Es como la idea de la separación entre “economía” y “política” en la que lo que gana es la fuerza de mercado (que es un actor político central) y pierde la comunidad (que garantiza la riqueza de los que tienen influencia en la economía).

Hay un debate entre Trotsky y Bretón. “Toda la libertad para el arte en el marco de la revolución”, decía Bretón. A lo que Trotsky corrige: “toda la libertad para el arte”. Una postura más radical en la idea de la total libertad creativa. Esta es una discusión del siglo XX que tiene que ver con el tema antes mencionado en el que se discute la centralidad del estado o la libertad total para la creación artística (con todos los matices). Puede ser equiparable a la idea de la Reforma Universitaria (de autogobierno universitario) y la mirada de procesos estatales centralizados en los que esa autonomía se veía supeditada a un proyecto político (transformador o reaccionario, según el caso). Es un debate interesante para retomar y actualizar a las condiciones materiales y subjetivas de la actualidad.

El estado centralizado

En el caso de la mirada de Susbielles lo que se plantea es una dirección centralizada del estado con consulta a los estamentos de participación comunitaria. “No planteamos una asamblea”. Habría una fuerte dirección (en manos de Martirena) sometida a consulta de referentes u organizaciones.

Uno, que se manifiesta abiertamente en contra del pensamiento de La Libertad (sic) Avanza porque tras la demagogia argumentativa de la idea de participación libre esconde que no se trata de una participación igualitaria, común, sino que favorece a quien tiene más poder de construcción de hegemonía, también advierte sobre algunos peligros de la visión del estado centralizado, sobre todo por la práctica: Federico Susbielles no ha recibido a la organización gremial de los trabajadores y las trabajadoras de la música y esto supone una valoración del trabajo (pagando con criterios que no discuten con la representación gremial) y sí ha atendido a los sectores que se han manifestado cercanos  y esto es una lógica: atiendo “amigos” pero no a quienes tienen una mirada autónoma del sector, construida por la herramienta legitima de la asamblea. ¿Cuál va a ser la relación con los gremios de la cultura de la ciudad? ¿Habrá un cambio de actitud respecto de la necesidad de discutir en base a una negociación colectiva en lugar de asignar presupuestos sin reparar en lo que fijó mediante asamblea el sector? Gobernar recibiendo al “propio” y rechazando al diferente resulta, además de aburrido, inconducente: resta.

La “co-gestión público privada”

Otra preocupación: las fuerzas políticas mayoritarias han dado al sector privado un rol central en la financiación del estado. Hay un consenso en la idea de la cultura como motor económico, la idea de las industrias culturales y la idea de la co-gestión publico privada. Bajo estas palabras (sobre las cuales me manifiesto aguerridamente en contra) se esconde la efectiva desfinanciación del estado y el remplazo de recursos por parte del sector privado, dando mayor lugar al sector privado en las decisiones de un área que, por definición, tiene que ser del orden de lo público.

Si adherimos a toda la mirada internacional, las papeletas de la UNESCO y del resto de los ministerios de la nada que se dan en la legislación, no solo implica aumentar el presupuesto sino pensar en cómo se debe construir la articulación del estado. Lo que hacen es desfinanciar al estado. Como no hay plata, vamos le golpeamos la puerta: ¿qué tal señor Dow? Usted ponga la plata ¿Cómo se llama el estadio grande grande que han construido? Eso que llaman responsabilidad social empresaria en rigor tiene que ver con responder al proyecto de necesidad de generar consenso de las propias empresas trasnacionales. ¿No habría que cobrar los impuestos que hay que cobrar y listo? ¿Cuál es la responsabilidad social de las empresas? Vamos.

Te contamino, precarizo el trabajo, doy menos trabajo del que me comprometí a generar, me la llevo en pala pero después tenemos que aplaudir porque compran 5 aberturas para una escuela. Esas empresas fugan dólares al exterior y esa es la contracara de la pobreza: la riqueza que fugan.

En contra de la visión que promueve al sector privado como aliado del sector público para educación, salud y cultura. Esto es clásico y acá hay un cambio estructural preocupante. Era un consenso de las fuerzas políticas argentinas: educación, salud y cultura es del orden de lo público. Había acuerdo sobre esto. Parece que cambió. Más participación del sector privado es un retroceso.

¿Qué responden como loros desde la derecha? “¿De dónde vas a sacar los recursos?”. Bueno discutamos esto concretamente. Discutamos el modelo impositivo al respecto. Argumentemos, trabajemos para mejorar. Pero más privados digitando las políticas del estado no es mejora. Dar lugar de que el estado se desfinancie y después ir a pedir a las empresas para que se construya un “consenso” en base a sus necesidades: no.

La dependencia siempre es económica y el que tiene los recursos determina las políticas.

Respecto de la izquierda, nos gustaría que hubiera mayor comprensión de la cosa particular del lugar concreto, más allá de generalidades como la reducción de la jornada reducida de trabajo. La cercanía con los trabajadores y con las trabajadoras no debe ser declamada sino practicada. Ciertos conocimientos específicos de la cuestión cultural no son tomados como material de estudios por esta corriente. Sin duda, es un sector que ha acompañado los reclamos populares en la calle, pero todavía se nota una deuda acerca de la construcción de un discurso que trabaje sobre la cosa concreta particular a nivel local, más allá de recoger generalidades a nivel nacional e internacional.

El vecinalismo hizo planteos generales basados en la idea de democracia participativa, tendiendo puentes entre lo cultural y lo social. Hubo un planteo muy general basado en: “haremos lo que ustedes nos digan”. Pero no hubo un trabajo sobre mirada propia.

Construir la alternativa al modelo y no un cambio de gestión de lo instituido

¿Cuál es el proyecto político cultural vigente? Es de corte lisa y llanamente neoliberal. No tiene que ver solamente con quién administra el IC sino por todo lo que hace, a través de Gobierno, en materia cultural el proyecto político. El director del IC recompuso el diálogo con los sectores culturales pero el gobierno en general ha avanzado en el desguace de lo público, intentó derogar las ordenanzas mencionadas, avanzó en la privatización del espacio público (consumir para permanecer al aire libre), la idea del sector privado interviniendo es la base de la cuestión neoliberal, sumado a la visión del emprendedurismo.

La pregunta entonces es ¿cuál es el proyecto que se opone a la mirada neoliberal? ¿Cuáles son los elementos ideológicos de un proyecto de esas características? Si el neoliberalismo pretende privatizar el espacio público lo otro seria democratizarlo. Si el neoliberalismo propone la participación del sector privado el otro no debe recoger la idea de co-gestión pública privada: debe construir la alternativa a eso, no parecerse a la idea que se supone viene a confrontar.

Con todo, este debate constituye un gran paso: que quienes aspiran a representar tomaran el tema cultural y se hiciera en los términos planteados por la propia ciudadanía.