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El cuchillo lleno de sangre y la botella vacía

delacalle Ninguno 9 abril, 2018 - 9:28 am en Locales, Noticias, Opinión, Política

(Luciano Lorenzetti* – 6/4/18) Esto lo escribí anteayer. No lo publiqué porque no me pareció el momento, por respeto al de dolor de lxs allegadxs de Agustina, pero acabo de escuchar al intendente Héctor Gay decir que “hay lugares a los que el Estado no puede llegar” como “la familia” y “las adicciones”, con su lógica conclusión: lo único que puede hacerse es aumentar la represión y bajar la edad de imputabilidad… Así que creo que es impostergable.
Es largo, no pretende erigirse en ningún tipo de defensa, pero sí aportar a la comprensión del hecho. NO acepto respuestas de quien no lo lea hasta el final, ni ninguna que no articule argumentos coherentes.

El cuchillo lleno de sangre y la botella vacía

Tenían entre 12 y 15 años la primera vez que los vi, con cara de vírgenes, cuerpos de malnutridos y sin voz. De ese momento a hoy, pasó todo lo que voy a relatar. Los conocía, los veía casi a diario. Les doy comida, agua –eventualmente una gaseosa, que yo no tomo porque no me gustan-, los he defendido de la discriminación “preventiva” de mis vecinos, de la estafa de algún automovilista en su 0km y del abuso policial (no sin ligarme la respectiva amenaza del postadolescente armado, pero con placa). Se sus nombres, conozco sus gorras, les doy la mano (lo hice el lunes por la tarde, sin ir más lejos), charlaba con ellos mirándonos a la cara (al principio no, claro, gente como ellos no mira a la cara a gente como yo, al menos no hasta que les dan permiso).

Comen pan de ayer que les da una panadería. Toman agua tibia que sale de una canilla que no les pertenece. Mis vecinos no los quieren, no de ahora, no por ladrones y no por asesinos (hasta ayer no lo eran, acá jamás se les supo un robo y nunca le faltaron el respeto a nadie). Desde el primer día los despreciaron porque siempre fueron pobres y porque son feos -“desprolijos”, en su léxico. Quizás ellos no se hayan enterado, aunque seguro lo sintieron: los consorcistas no quieren arreglar las fisuras de la pared que filtra agua porque es muy caro, pero quieren gastar más de $70.000 en una reja para que no puedan sentarse a la sombra en el cantero de la entrada (“¿podés creer que hasta guardan el trapo que usan en la tapa de la luz?”).

Una vez me puse a discutir, en términos poco amables, con el dueño de un Gol negro patente de las nuevitas, porque les dijo que tenían que agradecerle por el peso que les acababa de dar en concepto de limpieza. Literalmente un peso, ese que si te piden para el cambio no tenés y del que ni siquiera sabés que hace una semana la moneda cambió de color: un-veinteavo-de-dólar. Y cualquiera que haya pasado por aquí sabe que no limpiaban parabrisas de prepo, sólo si lo aceptaba el automovilista. Tampoco le ponían precio a su trabajo, aceptaron siempre callados lo que el cliente decidía que valía su labor (algo bien distinto a lo que hacen los odontólogos que nunca los atendieron). Y limpiaban bien. Otra vez les pagué por adelantado a las 17 hs para que me laven el auto (porque yo también soy un profesional con cuatro ruedas que no tiene ganas de limpiar) y me fui, dejándolo solo. Cuando volví a la madrugada, estaba impecable.

Me cansé de ver a la policía revisarles las mochilas. Le sacaban los trapos. Los interrogaban sobre dónde habían conseguido el agua del balde partido en el que mojaban el cepillo de cerdas flojas. Chaleco antibalas, borceguíes, cartuchera abierta, tocando el chumbo. Seis parados contra tres de espaldas, cabeza gacha y manos en la pared. He tenido que llegar a intervenir personalmente ante la expresa violencia verbal y la búsqueda de provocación física, para justificar a posteriori lo consumado de antemano.

No supe quién era el agente porque nunca se sacó el casco y no llevaba identificación, pero no se privó de avisarles a ellos que ya iba a volver, y a mí que ya me iba a encontrar. Desde luego, ante mi insistencia de que ofrezca un motivo de semejante escena, no esgrimió más que un “acudimos a un llamado”, que no pudo explicar cuándo ni por qué se realizó. Delitos cuatro. Tres por parte de la policía: no tenían identificación, estaban adentro del límite municipal de mi casa, el que sin flagrancia, autorización del morante u orden judicial no pueden atravesar, y nos amenazaron explícitamente. Por parte de los pibes uno: trabajo infantil.

El más chiquito siempre fue el menos constante en la asistencia y el primero en irse. El más grande con una conducta casi sarmientina en el trabajo, aunque no supiese qué carajo es eso, ni mucho menos que Sarmiento no faltaba a la escuela porque era la escuela la que iba a su casa. Quizás porque no tenía escuela ni, quién sabe, siquiera un lugar que sintiera como su casa. El del medio jamás me dirigió la palabra, aunque sí me saludaba con un movimiento de cabeza hacia abajo.

Hace un par de semanas, en esos días de agobio infernal, mientras yo estaba de vacaciones pagas y él trabajando a destajo, el mayor me pidió (por favor) un poco de agua fresca, que le brindé en una botella de Gatorade. Al otro día me la devolvió vacía. Que se entienda: me devolvió una botella descartable.

Ayer, tras el homicidio en ocasión de robo de una postadolescente sin placa, los encontraron en una plaza cercana, rodeados de su mochila, un cuchillo lleno de sangre y aspirando pegamento. La presunción de inocencia permanece incólume hasta que un juez determine lo contrario, sólo que habiendo dos inimputables, la cosa se complica. Sin embargo el cuadro resulta casi evidente, para qué negarlo. Y por las dudas ya fueron condenados por todos quienes compartieron sus fotos en situación de aprehensión, empezando por el efectivo policial que cometió el delito de hacerlas circular.

Mis vecinos, créanlo o no, estando el cuerpo de Agustina todavía tibio, ya están contentos. Lo lograron: ahora están del otro lado de la reja. No sólo cumplieron su objetivo, además no gastaron un veinteavo de dólar ni habrá feos pobres que dejen migas de pan en la vereda. El del Gol, cuando se entere que fueron ellos, va a indignarse porque una vez le regaló $0,33 a cada asesino (¡y qué esperás, si les das laburo y ni siquiera te agradecen!). El policía está orgulloso, finalmente puede decir que se enfrentó a delincuentes (va de suyo que a mí nunca me encontró).

Y por si esto fuera poco, saben que tenían razón: esos pendejos que deberían haber estado en la escuela, no merecían tener tampoco la posibilidad de trabajar en una esquina de máximo tránsito, no tenían que recibir pan duro ni agua tibia, porque algún día iban a ser peligrosos. Profecía autocumplida, que le dicen.

¿Por qué no mataron en mi esquina donde se los desprecia y persigue, y sí lo hicieron en un barrio donde no los jodían por andar de joda después de eternas jornadas laborales? Quizás porque las cámaras y la policía cuidan a gente como yo de pibitos limpiavidrios, y no a las familias suburbanas del producto de esta sociedad enferma, violenta y desigual.
No justifico el asesinato, ni pretendo que sigan sus vidas como si no hubiesen cometido un crimen aberrante. Tampoco ignoro a la chica muerta, es la víctima sin atenuantes. Ni siquiera niego que me siento dolido, casi traicionado. Pero quiero dejar en claro que no matan a sangre fría, con un tramontina, por una mochila: matan a sangre tibia, por deshidratada y malnutrida, con tolueno en el cerebro y porque quieren morir, pero no saben cómo.

Y yo estoy como el cuchillo y la botella, con alma llena de sangre y la cabeza vacía.

*Se formó en la escuela pública y es profesor de Historia, becario doctoral (UNS-CONICET).

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