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(Por Helen Turpaud Barnes) Mariquita, Merceditas, Juana, Eduarda, Victoria, Evita, Isabelita, María Julia, Adelina, Lilita, Mirtha, Susana, Cristina, Margarita, Dilma, Michelle, Keiko, Hillary, Gabriela, Lucha, la “Peque”, Blacky, Magdalena, Hebe, Norita.

Los escenarios de la política, el espectáculo, las artes, el deporte o el periodismo a menudo presentan a las mujeres que los pueblan solo por su nombre de pila. Sin apellidos ni especificaciones. ¿Qué sentidos conlleva esta ausencia de apellido? ¿Qué significará que con la sola mención de ciertos nombres de pila femeninos sepamos de quiénes se habla?

Hace ya un par de años empecé a notar cierta regularidad en algunas tareas escolares hechas por mis estudiantes. Cuando deben referirse a autores varones, utilizan indefectiblemente el apellido del escritor en cuestión, esté precedido o no por el nombre de pila. Pero cuando se refieren a autoras mujeres, un porcentaje nada despreciable del curso lo hace tan solo por su nombre de pila. Por ejemplo, para referirse a textos de Roberto Arlt, Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, varias personas escribieron hablaron de “Arlt, Conan Doyle y Agatha”. Otro curso debía leer unos relatos de terror, y se referían a “Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Ana María” (por Ana María Shúa). La misma situación se repite invariablemente cuando trabajamos algo relativo a mujeres científicas. Al menos tres o cuatro estudiantes por tarea suprimen el apellido de alguna mujer. Al principio no notaba el sesgo de género que revestían tales inexactitudes: simplemente las atribuía a una excesiva informalidad en la escritura. Sin embargo, al ver que se trataba siempre de mujeres, se imponía la necesidad de un análisis diferente.

El nombre de una persona es algo profundamente complejo e importante. Ningún ejemplo más claro que las implicancias de la supresión del nombre y la identidad de los niños y niñas que se secuestraron durante la Dictadura Militar de 1976.

No siempre han existido los apellidos, al menos no con el sentido que le damos actualmente, que es el de la filiación. Sin embargo, ya hace miles de años en lugares como China se podía tener cierta “identificación de clan” en el nombre, el cual en ese caso era matrilineal. Y a la lo largo de los siglos, para los pueblos latino, judío, árabe, visigodo, castellano, normando, escocés, etc., el sentido del apellido era señalar la filiación de una persona con el nombre del padre o progenitor. Otros apellidos derivaban del nombre de un oficio, región o ciudad, pero siempre remitían a una comunidad de la que se era parte.

Así, el apellido es una especie de anclaje general más allá de la particularidad del nombre de pila. Con todo lo patriarcal que tenga el hecho de que los apellidos se hereden por línea paterna, es algo que a menudo nos identifica a lo largo de toda nuestra vida. Carecer de apellido es quedar remitida al particularismo, desgajada de algo mayor que te contenga. Y sí: suprimir un apellido es suprimir parte de un nombre.

Todo depende del peso que se ponga en cada elemento, claro está. Muchas personas afrodescendientes son conscientes de que su apellido deriva del de los amos de sus ancestros y ancestras. Muchos apellidos de personas indígenas son los de los conquistadores que violentaron sus pueblos. En esos casos, el apellido es la marca de la opresión y el silenciamiento de otros nombres previos. Por eso, renegar de ciertos apellidos, cambiarlos o suprimirlos puede ser rebeldía. Pero no parece ser el caso que tratamos aquí.

Por cierto, la lucha también puede consistir en hacer valer un nombre que viene a subvertir la lógica nominativa binaria. En el libro La gesta del nombre propio, la activista travesti Lohana Berkins da cuenta de una batalla específica: la de visibilizar el nombre en femenino de las travestis y mujeres trans. Para una trans, para una travesti, usar el nombre de pila elegido es un modo de re-existir frente al machismo transfóbico.

Más allá de esto, llamar por el nombre de pila puede implicar sincera confianza o gesto confianzudo, puede ser informalidad o descuido. Llamar por el apellido puede significar frialdad, distancia, ironía o formalidad. Existen además cuestiones vinculadas con las diferencias de clase. Los matices son a menudo difíciles de evaluar, pero es probable que la diferencia entre usar o no el apellido de una persona sigue aproximadamente cierta línea divisoria entre la formalidad y la informalidad, y –por tanto- entre lo atinente a los asuntos públicos y lo relativo a la domesticidad.

¿Por qué casi todos los medios de comunicación nombran diferente a políticos varones y a políticas mujeres? ¿Por qué nadie nombra a la ex presidenta solamente por su primer apellido? ¿Por qué al hablar de las últimas elecciones presidenciales en EE.UU. se mostraba el mismo sesgo a la hora de distinguir entre un muy apellidado Trump y una muy doméstica “Hillary”? Se objetaría que decir “Clinton” generaría una confusión con el anterior presidente de USA. Pero nada costaba decir el apellido precedido por el nombre, y para el caso no hemos visto que se llamara simplemente “Donald” al candidato y ahora presidente republicano. Más aún: que hubiera dos Bush presidentes nunca implicó que el segundo se viera despojado de su apellido por la sola existencia del primero.

Podrían citarse excepciones conocidas: Víctor Hugo, Evo, Fidel, Diego. Pero no va más allá de eso y habitualmente los diarios y boletines informativos reponen el apellido faltante. En el caso de Néstor Kirchner vale una aclaración: antes del fallecimiento del ex presidente ocurrido en 2010 era totalmente inusual usar solamente “Néstor” para nombrarlo. Fue el periodista Lanata una de las primeras voces que empezaron a llamarlo por su nombre de pila en los medios una vez fallecido. Y hasta el día de hoy el tratamiento del ex presidente por su nombre de pila coexiste con el nombramiento de su figura solo por su apellido.

Designar con nombre completo a una persona es hacerla parte de una comunidad amplia e inscribirla en el ESPACIO PÚBLICO. Nombrar con apellido a alguien es un gesto de reconocimiento por fuera de una única familia. Es suponer que puede haber otra gente con otros nombres y que una tiene derecho a ser nombrada claramente. Es admitir a esa persona por fuera del ámbito doméstico. Al hablar en familia, no nombramos con apellido a una tía, una abuela o un primo. En casa, no usamos apellidos. Solo lo hacemos cuando ingresa la alteridad de “familias/casas otras” frente a las cuales nos nombramos. Es decir, en la arena pública, en la polis.

No por nada una de las aspiraciones más ancestrales de todos los tiempos y de todas las culturas es la de perpetuar el linaje y el apellido. Pero es una aspiración masculina. Las mujeres, ni en vida tenemos apellido. Muertas mucho menos. Menos que menos las víctimas de femicidios, quienes siempre son nombres de pila sueltos, dispersos, desmembrados, apilados.

Es que es en el espacio público donde las mujeres no tienen lugar, o si llegan a tenerlo, deben conservar ciertas marcas de domesticidad y reclusión a lo privado. Hay que “recordarles” de dónde vienen (o a dónde “deberían” volver). La mujer política, la que triunfa en deportes, la conductora periodística ejerce una tarea pública, pero no por casualidad “hombre público” tiene un significado muy diferente a “mujer pública”. Para las mujeres, a lo sumo admitimos un nombre con un apellido agregado, pero casi nunca un apellido solo. Un Cristina Fernández, pero nunca un Fernández; un Susana Giménez, pero nunca un Giménez. Y no por temor a confundir con otra gente apellidada igual. Hombres con esos apellidos no requieren de su nombre de pila todo el tiempo. Esos apellidos son prerrogativa de los varones: conservan el derecho a usarlos como “propiedad” de la que son titulares. En el nombre del padre. Las mujeres no son dueñas ni de su apellido.

Vale una aclaración para las simpatías políticas. Que la militancia kirchnerista (sea feminista o no) denomine a una de sus referentas por el nombre de pila tiene un tinte positivo: es señal de simpatía política, confianza y cariño, lo cual es homologable con el tratamiento que se le da a diversas figuras políticas, tanto hombres como mujeres, desde los distintos sectores que les brindan su apoyo.

Pero este no sería el sentido de la nominación usada por sectores no kirchneristas, mucho menos si además son feministas. Sería interesante preguntarnos por qué reproducimos este modo de remitir una y otra vez a las mujeres de alta exposición política y mediática al ámbito de lo doméstico y del particularismo.

Por último, este modo de nominar da cuenta de otra cosa más. Si se usara tan solo el nombre de pila de los varones funcionarios públicos, deportistas famosos, periodistas, etc., rápidamente se repetirían muchos nombres. Que esto no sea tan probable en el caso de las mujeres tiene que ver con la cantidad abrumadoramente menor de mujeres que de hombres que logran visibilidad en política, literatura, periodismo o deportes. Son tan pocas, que parece que ni necesitan el apellido para que sepamos quiénes son. Debemos apostar a usar el lenguaje de otra manera. Pero también debemos apostar a cambiar un sistema que si fuera más justo de por sí cambiaría nuestro modo de nombrar.

(Por Helen Turpaud Barnes) Por algún azar poco feliz, las discusiones sobre los estereotipos de género muchas veces suelen deslizarse hacia los más remotos tiempos de la Humanidad. Hablar sobre la posibilidad o no de que varones y chicas hagan Educación Física de manera conjunta en la escuela, o sobre el derecho de las mujeres a trabajar fuera del hogar, o sobre maternidad y aborto, puede llevarnos sin escala hasta el Paleolítico, o al menos sumergirnos en datos más o menos traídos de los pelos pero innegablemente descontextualizados sobre la vida en el Neolítico (a nadie le importa si en lo que hoy es Europa, la Polinesia o alguna remota isla del Atlántico). Con suerte, se alejarán tan poco como a la Grecia clásica. No obstante, es increíblemente alta la probabilidad de que buena cantidad de charlas o planteos sobre el machismo en nuestra actual sociedad se ancle durante un buen tiempo en este tipo de referencias.

Se puede agradecer –eso sí- que estas referencias al menos permanezcan dentro del espectro del homo sapiens, ya que otras discusiones derivan directamente al reino animal y cuanta situación sirva de ejemplo ad hoc para intentar deslegitimar al movimiento de mujeres: fantasías biológicas para discusiones estériles.

Es que a menudo los reclamos feministas reciben objeciones del siguiente tipo: “en la Antigüedad los hombres iban a la guerra y las mujeres se quedaban cuidando a la prole”, o “cuando surgió la humanidad, los hombres salían a cazar y las mujeres se quedaban semanas en la cueva esperando que los hombres volvieran”, o chicanas del tipo “si las mujeres hoy tuvieran que salir a cazar un ciervo, se morirían de hambre”. La opinología machista echa mano de datos de manera asombrosamente impune como si quienes esgrimen dichos datos fueran especialistas en paleontología, historia antigua y/o antropología.

El problema con estos planteos es la perspectiva que implican: conectar dos períodos de la humanidad sin tener una clara justificación para ello es por lo menos descontextualizar. Pero no solo es eso, sino que también se apela a datos aislados que en sí mismos no dicen mucho. ¿Qué implicaba la guerra hace cinco mil años? ¿Qué implicaba “cuidar a la prole” en el Paleolítico? ¿Cómo creemos que se vivía en cuevas en algunas áreas del planeta? ¿Qué creemos que hacían las mujeres cuando los hombres de un clan o pueblo se ausentaban por largas jornadas? ¿Realmente quienes “salían” eran siempre los hombres?

Que la apelación a semejantes extrapolaciones se acepte con tanta naturalidad en paneles académicos, programas televisivos o aulas escolares es casi cómico. No solemos discutir el actual sistema democrático diciendo “la democracia es absurda porque hace cinco mil años gobernaban los faraones”. Tampoco decimos “está mal dar pensiones a las personas con discapacidad porque hace siglos se las encerraba en asilos”. O “no usemos anestesia en los hospitales porque en la Antigüedad la anestesia no existía” (curiosamente el único ámbito donde se apela a comparaciones absurdas como estas es en el obstétrico, donde las pacientes son principalmente mujeres…). O “no cuidemos a niños y niñas con enfermedades porque hace miles de años se les dejaba morir ya que eran una carga”.

Olvidemos por un momento que la división entre lo público y lo privado es solo propia de algunas culturas, que en muchas culturas las mujeres guerreaban, hacían caza mayor, domaban animales, o que había claras diferencias entre ciertos tipos de hombres y ciertos tipos de mujeres e incluso sociedades que no tenían divisiones binarias de género. Tengamos en cuenta por lo pronto que las fantasías antropológicas usadas en muchas discusiones son más parecidas a representaciones de glamour hollywoodense que otra cosa. El hecho de que en muchos casos las mujeres “se quedaran” en una cueva o choza esperando a los hombres que salían de caza no quiere decir que esa cueva o choza era la réplica de un departamento de clase media bahiense. Se sabe bastante fehacientemente cuáles eran las “tareas femeninas” en contextos de largas ausencias masculinas: las mujeres podían estar sometidas a todos los rigores de un clima gélido, inundaciones, sequías, debían ellas mismas cazar animales para sustentarse, construir sus propias herramientas, y hasta sus propias casas, movilizar objetos de gran peso sin la ayuda de transportes que hoy en día son comunes, pastorear ganado, cultivar la tierra, defenderse de atacantes y otro gran conjunto de trabajos considerados “pesados” que buena cantidad de hombres en la actualidad no realizan ni realizarán jamás para su sustento cotidiano (sin considerar además que el hecho mismo de tener que cuidar a niños y niñas ya es una tarea muy ardua).

Asumir que “quedarse en casa” es “no hacer casi nada” no responde solamente al actual imaginario que desconoce que las tareas domésticas son trabajo, sino que también responde a otros dos imaginarios. Lo que deben hacer las mujeres pobres en sus casas puede ser considerablemente duro por la falta de medios, de “ayuda”, de herramientas, o en condiciones climáticas duras. Si trasladamos estas dificultades de por sí grandes a otros períodos históricos en que no existían ciertas opciones incluso para quienes tendrían los medios económicos para costearlos, parece apenas un reproche a las mujeres decirnos que en otras épocas “lo femenino era quedarse en su hogar con sus hijos”.

No lo sería si tal fuera el caso. Sin embargo, ni siquiera es el caso. En un reportaje, la revulsiva y controvertida académica estadounidense Camille Paglia critica la sugerencia feminista de que a las niñas y mujeres hay que animarlas a “levantar la voz” en el trabajo, la escuela, la pareja. Observa que tal incitación no es más que una aspiración burguesa, totalmente ajena a las costumbres pasadas y presentes de mujeres pobres de zonas urbanas súperpobladas o de campesinas y comerciantes callejeras, y de culturas no occidentales. Son las mujeres burguesas, acostumbradas desde hace siglos a guardar silencio y decoro, sujetas al secreto familiar en casas bien provistas, las que necesitarían “aprender a levantar la voz”. En cambio, las campesinas, las obreras, son más bien denostadas por ser “gritonas” y “malhabladas”. Esta contraposición entre la circunspección femenina (y no solo femenina) burguesa y la ruidosa condición de las clases bajas, esclavas o campesinas no es ninguna novedad.

Podríamos objetar que la idea de silenciamiento no puede ser desconocida en tanto mecanismo con que las clases dominantes y los hombres ejercen su poder sobre las clases dominadas y las mujeres, respectivamente. Sin embargo, sorprende que la repetición de la metáfora de levantar la voz olvide que ya muchas tienen la voz levantada hace rato por pura adscripción de clase.

Del mismo modo, la estadounidense Sojourner Truth (quien en 1827 había huido de la esclavitud) irrumpió en 1851 en una convención sobre derechos de las mujeres en Ohio donde se discutía cómo “proteger” a las mujeres de ciertas violencias y rigores. Según el testimonio de una asistente al encuentro (hay varias versiones del hecho), Truth subió al estrado, mostró su voluminoso bíceps de dura trabajadora al público y espetó “Ain’t I a woman?!” (“¡¿Acaso no soy una mujer?!”) y dio un breve discurso. Era evidente para una ex esclava negra que no tenía sentido hablar de vulnerabilidad puesto que ella hacía el mismo trabajo que cualquier hombre. (Por cierto: las esclavas negras sufrían especialmente la violencia sexual, pero esto no era una debilidad intrínseca de ellas sino un método de dominación impuesto desde fuera.) Así, el planteo sobre las “debilidades” femeninas venía dado por un sector social que solo pensaba en las mujeres burguesas. Hasta el siglo XIX siempre estuvo claro: las “otras” simplemente NO ERAN MUJERES. Si la modernidad nos impuso el modelo del ciudadano como hombre blanco, heterosexual y burgués, también nos presentó el modelo de la mujer como blanca, heterosexual, burguesa y débil(itada).

Es decir que, desde los albores de la Humanidad hasta el día de hoy, la división entre “salir o quedarse en casa” no necesariamente representa/ba una oposición en materia de dificultades físicas, y en los casos en que sí, su contraparte doméstica sería vista como muy dura desde los estándares burgueses actuales. Que una opción implique mayor o menor rigor físico pierde sentido si se lo compara con la comodidad burguesa tanto de hombres como mujeres que tienen trabajos mucho más protegidos que los sectores populares o cuyas tareas pesadas en muchos casos están facilitadas por los avances tecnológicos que no existían para hacerles las cosas más fáciles a mujeres u hombres hace décadas o siglos.

Es entonces una combinación de machismo, clasismo y falta de perspectiva histórica lo que abona la fantasía antropológica de que debía ser cómodo “quedarse en la cueva/choza/aldea”.

Cada vez que escucho que alguien dice que las mujeres no deberían hacer tal o cual trabajo, “porque en la era de las cavernas las mujeres se quedaban en la cueva”, pienso en cuánto tardaría el hombre o mujer que me dice semejante cosa en siquiera prender el fuego para calentar el agua que trajo de una fuente a dos kilómetros de distancia y cocinar el ave o roedor que debió salir a cazar toda la tarde mientras protegía a sus criaturas de ser atacadas por alimañas.

No parece realmente un buen argumento.

(Por Helen Turpaud Barnes) En su libro de memorias, la bailarina, directora de cine y fotógrafa alemana Leni Riefenstahl repasa entre otras cosas el período en que trabajó para el Ministerio de Propaganda durante el gobierno de Hitler. Reconocida como una de lxs grandes directorxs de cine de principios de siglo XX, al nivel de Eisenstein o Buñuel, su cercanía con Hitler le valió críticas y boicots. Sin embargo, Riefenstahl expresa innumerables veces que “no sabía” de los crímenes del nazismo. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, fue invitada a brindar una conferencia sobre cine en París, donde Riefenstahl recuerda haber dicho que se puede ser alguien que “no sepa nada de música” y sin embargo saber muy bien cómo musicalizar una película, y viceversa. Ni bien terminó la conferencia, un grupo de personas subió al estrado en lo que creía que era un homenaje para ella. Luego del evento, se enteró de que se trataba de un grupo de obreros comunistas cantando la Internacional como modo de protesta. Explica que su confusión fue producto de “no conocer” la melodía de la Internacional (un “no saber” musical que es más bien un “no saber político”), aunque admite lo poco equívoco de los puños en alto. ¿Qué es “saber” y de qué “saberes” nos hacemos cargo?
Fascinante construcción de un relato sobre el saber y el no saber para sortear las responsabilidades políticas: Riefenstahl afirma su saber como cineasta, incluso en contra de otros saberes (el musical o el político, por ejemplo). Y, en el contexto de su cotidiano contacto con Hitler, construye su relato de tal forma que “no conocer” datos fundamentales del contexto sociopolítico la eximiría de su responsabilidad ideológica, como si desconocer dicho contexto no fuera en sí mismo producto de una opción ética reprobable.
Poco después de rechazada la propuesta de “aumento” hecha por la gobernadora Vidal y convocado el paro docente nacional para los días 6 y 7 de marzo empezó a circular la noticia sobre posibles “voluntarios/as” para dar clases durante el paro. A las pocas horas se supo que era una campaña emanada del call center del PRO. Sea como fuere, responde a ciertas maneras de ver nuestra tarea docente que efectivamente circulan socialmente.
Por otra parte, el miércoles 8 de marzo se realizará en la Argentina y varios países más el Paro Internacional de Mujeres bajo la consigna “Si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras”.
La cercanía entre la medida docente y el paro de mujeres no es solo por las fechas. Muchas concepciones que circulan sobre la docencia y sobre el trabajo de las mujeres tienen puntos en común. La idea de que la docencia debe ejercerse por “vocación” obtura el reconocimiento de ella como tarea profesional e ideológicamente implicada. Se criminaliza la acción sindical hablando de tomar al alumnado “de rehén”. La discusión en los medios hegemónicos se torna una seguidilla de acusaciones moralistas, criminalizantes, culpógenas. Si se espera que la tarea docente responda a cuestiones emocionales (“amor”, “vocación”), los reproches también buscan apelar a lo emocional (evitando hablar del ajuste y sugiriendo que la satisfacción afectiva es en sí misma retribución suficiente). Lo profesional y lo ideológico se deja fuera. Así, si la docencia es solo una cuestión de “ganas” y de “amor¨, con un poco de “alegría” cualquiera puede ejercerla, logrando a la vez ubicarse en un pedestal moral por sobre aquellas personas que no querrían “cumplir” con su tarea. Dar clases no implicaría un “saber” sino un “querer”. ¿Se puede hacer de cuenta que “no se conoce” qué está pasando con el ajuste del macrismo?
A su vez, al modo de Riefenstahl, se sostiene la idea de que se puede “saber” hacer una determinada tarea (cine o docencia) sin que las razones ideológicas por las cuales se ejerce tengan nada que ver. Para quienes el supuesto voluntariado resultaba pensable, la obstaculización de la lucha docente no pareciera formar parte de los “saberes” transmitidos. Ni Riefenstahl ni el fascismo local se hacen cargo de su posicionamiento ideológico.
El trabajo de las mujeres en general también es visto como una tarea donde lo central sería la predisposición “natural” que tendrían las mujeres para “cuidar”, “dar vida”, “dar amor”, “ser abnegada”. Así, las tareas consideradas “femeninas” son aquellas vinculadas al área de salud, educación, trabajo doméstico, o los escalones menos jerarquizados de muchas profesiones (no tienen por qué estar en puestos de decisión o conducción, y si lo hacen se las tilda de “competitivas”, “masculinas”, “mandonas”, etc.). No por casualidad, gremios que tienen mayoría de mujeres son sin embargo conducidos por hombres: para “decidir”, “negociar”, “pelear” por los sueldos docentes, mejor los hombres.
De este modo, las tareas que generalmente ejercen las mujeres se ven rodeadas de un halo desprofesionalizante muy fuerte. A pesar de que la mayoría de quienes estudian carreras terciarias y universitarias son mujeres (y son además quienes obtienen mejores calificaciones), persiste esta mirada. Y en el caso de las mujeres que no optan o no acceden a la formación académica, la precarización laboral es aun mayor.
Las docentes mujeres, especialmente quienes no dictamos en el nivel terciario y universitario, somos constantemente nombradas por colegas y estudiantes con términos relativos a lo doméstico, lo emocional, lo no profesional. En los sectores pobres de la población, nuestro alumnado casi siempre llama a las docentes mujeres “señorita” (en inicial o primaria) o “señora” (en el nivel secundario), mientras que los docentes varones son nombrados como “profe” (incluso quienes dictan en el primario y se nombran a sí mismos como “maestros”). En los sectores medios y/o altos, el “señorita” persiste como modo de nombrar a la maestra/profesora de inicial o primaria, y solamente luego de un período de “transición” pasa en el secundario a ser “profe” o a ser llamada por su nombre.
Una lamentable y muy clasista jerarquización de la preparación que se requiere para los distintos niveles educativos implica que ser maestra/o es “menos” importante que ser profesor/a (y que ser docente de nivel universitario requeriría “más preparación” que ser docente de los demás niveles). Por esto, sabemos que negarle a las docentes mujeres el nombre de “profe” cuando a los varones se los llama casi siempre así indica que aunque hagan el mismo trabajo, una mujer maestra es siempre “menos” que un hombre maestro.
Diferencias de clase y de género: la docente llamada “señora” no es reconocida como perteneciente a los sectores pobres (es la misma palabra con la que en estos sectores se designa a la “patrona” en una casa o un negocio, lo cual explicaría quizás el que los sectores medios denominen a las docentes del secundario con palabras que sí les reconocen su rol profesional o bien con su nombre: es que para el sector medio, la docencia es todavía una tarea “propia”). El “señorita” se empezó a usar en épocas en que solo podían dar clases las mujeres solteras y –por lo mismo, dios no permita otra cosa- vírgenes. Ya lo dijo hace años la pedagoga Alicia Fernández en “La sexualidad atrapada de la señorita maestra”: es un término que desexualiza, infantiliza y desprofesionaliza a las docentes de nivel inicial y primario. Cualquier intento de cuestionar este modo tan arcaico y desprestigiante de llamar a las docentes de niños, niñas y preadolescentes es contrarrestado con una apelación al sentimentalismo de “pero es un término cariñoso” (un modo de extorsionar afectivamente). Reivindicar nuestro lugar de trabajadoras y de profesionales de la educación parecería entonces una especie de traición afectiva. La descalificación de la docencia se ve facilitada y reforzada por el cruce entre la explotación capitalista por la cual los sueldos del sector trabajador son constantemente atacados y los estereotipos machistas que implican desprecio por lo que se considera “femenino”.
En verdad, el sistema de división sexual del trabajo no solo refuerza sino que en sí mismo construye las divisiones por género, lo cual implica que una subversión de tal sistema de división laboral sería fundamental para ayudar a terminar con estos modos de segregación. Es decir que las categorías de “hombre” y “mujer” son en parte consecuencia y no causa de una división entendida como “biológica”. Cambiar el sistema de trabajo sería no solo cambiar roles sino también identificaciones muy fuertes.
En este contexto, el Paro Internacional de Mujeres en el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras y con su lema enfocado en la producción relocaliza las tareas realizadas por mujeres como “trabajo”, como tarea productiva y no necesariamente re-productiva. El denunciar los femicidios, la vulneración de los derechos de las mujeres indígenas, el acoso sexual, la trata y los estereotipos de belleza en este contexto nos recuerda que la violencia machista tiene un costado económico que es fundamental para sostener el capitalismo. La vida de las mujeres “vale” no solo como afirmación de una dignidad humana inherente a todo sujeto, sino también porque se trata de cuerpos cuyo trabajo exige ser reconocido.
Vale aclarar que en modo alguno lo emocional y lo profesional son cosas opuestas o mutuamente excluyentes. En verdad, la separación de ambos ha sido establecida por el capitalismo patriarcal: la idea de la maestra como “segunda mamá”, respondiendo a la “natural inclinación femenil” por los niños y niñas vs. el maestro varón que es “profe”, “tiene más autoridad”, es más apto para alumnado adulto, etc. Por lo tanto, la idea de emoción vs. profesionalismo es una falsa oposición que hay que combatir en aras del reconocimiento profesional de una tarea ejercida especialmente por mujeres y para cortarla con la extorsión emocional a la cual nos pretenden someter cada vez que vamos al paro.

(Por Helen Turpaud Barnes) ¿Por qué no?: aceptemos discutir con el machismo en su propio terreno, el del remanido argumento de que “hombres y mujeres son biológicamente diferentes”, “los hombres son más fuertes”, etc. Concedamos por un momento el peso de la razón a estos planteos tan simplificadores. Pero si realmente aplicamos un criterio biologicista (o lo que entiende el patriarcado que es propio de la biología) estaríamos en serios problemas para sostener el actual sistema de división sexual de la sociedad. Con una simple lista estaríamos en condiciones de reclamar toda una serie de tareas y roles para los que se dice que las mujeres no estamos “naturalmente” preparadas.
Empecemos. No hay ningún impedimento biológico, genético o fisiológico para que las mujeres sean electricistas. No hay ningún impedimento biológico para que las mujeres no sean madres. No hay ningún impedimento biológico para que las mujeres sean futbolistas, carniceras, programadoras, traumatólogas, presidentas, astrónomas, periodistas, novelistas, guitarristas, contadoras, etc. No obstante, en todas estas tareas las mujeres son discriminadas o menospreciadas. Así, quien niega la biología no es el feminismo, sino más bien el machismo, el cual plantea que las mujeres “no pueden hacer” cosas que biológicamente no tienen ningún impedimento para hacer.
Tan solo imaginemos la barbaridad que implicaría defender criterios de “aptitud corporal”, “fuerza física” o “habilidad” a la hora de considerar a personas con discapacidades para un puesto laboral: ya no admitimos (o está muy mal visto) que se discrimine a tales personas por la supuesta “obviedad” de su “diferencia” física, ya que lo físico no se reduce a la capacidad de hacer flexiones de brazos. Sin embargo, en el caso de las mujeres se sigue aplicando alegremente esta idea tan estrecha de “capacidad física”. Una sociedad se indigna hipócritamente cuando se discrimina a una persona no vidente que quiera ser docente o se rechace por no tener piernas a alguien que quiere practicar natación (sabiendo que estas tareas pueden ser desempeñadas por estos sujetos), pero considera imposible (o al menos una extraordinaria proeza) que una mujer cambie el bidón de agua de un dispenser.
En el programa “Miserias de la economía” conducido por Eduardo Lucita (de Economistas de Izquierda), se entrevistó –entre otras- a la economista feminista Corina Rodríguez Enríquez (UBA/CONICET). El conductor, hablando de la explotación de las mujeres en la industria electrónica, dijo que “es un trabajo muy femenino porque se precisan manos más pequeñas”. Aun si concediéramos alguna pertinencia a las sorprendentes consideraciones antropométricas de Lucita, preguntémonos por qué esta “verdad biológica” que haría de las mujeres sujetos más “aptos” que los hombres para trabajar en los sectores más explotados de la industria electrónica (sobre todo las maquilas) no se aplica a la hora de considerar a las mujeres igualmente más “aptas” como técnicas en EDES o especialistas en venta y reparación de aparatos electrónicos.
Igualmente, el criterio de la fuerza como divisoria de aguas se evapora cuando hay que repartir las tareas del hogar. Si los varones son tan exorbitante y homogéneamente fuertes, vendría bien tamaña superioridad a la hora de decidir quién va a llevar en brazos a un niño o niña de quince kilos durante horas y horas por día. Si “por naturaleza” (y comparándolos con vaya a saber una qué felino o primate subsahariano) los hombres serían “más protectores”, los niños, niñas y personas más “vulnerables” deberían quedar a cargo de ellos. Pero aquí los criterios de “fuerza” y “protección” de golpe pasan a ser llamados “cuidado”, “amor”, “instinto materno”. ¿Y a quién le toca “naturalmente” el cuidar, amar, maternar? A las mujeres. La idea del hombre “proveedor” que se usa para justificar la reclusión de muchas mujeres en sus casas o su relegamiento como profesionales, de repente se esfuma si miramos la gran cantidad de hombres que no pasan alimentos a sus hijos/as luego de un divorcio. No es un tema biológico: es un tema de las palabras que elegimos para cada caso.
Queda una carta en la manga del machismo: la extensión del biologicismo en un tándem junto con la psicología. Se dice que las mujeres serían más “sensibles”, “el cerebro de las mujeres es diferente al de los hombres”, etc. Personas que saben que las experiencias de vida, lo ambiental, e incluso cambios socio-políticos imprimen marcas psicológicas muy fuertes en los sujetos, que saben que –por ejemplo- un gran nivel de estrés familiar o laboral, o bien estímulos afectuosos y positivos durante un tiempo prolongado pueden generar cambios a nivel neuronal tan grandes que son observables en un mapeo cerebral, sin embargo se obstinan en negar estos mismos condicionamientos cuando se trata del género. En general, admitimos que veteranos/as de guerra registran cambios psiconeuronales producto de sus experiencias; admitimos que una educación temprana en operaciones matemáticas genera ciertos modos de razonar específicos; admitimos que ciertas idiosincrasias nacionales construyen personalidades más expansivas que otras; admitimos que la práctica sostenida de la meditación produce cambios a nivel cerebral. Entonces, bien podríamos admitir también que una sociedad que educa a varones de un modo y a mujeres de otro dé como resultado ciertas constantes psico-neurológicas que NO SON CAUSA SINO EFECTO de cómo se educa a unos y otras. Tan simple como decir que si se educa a las chicas para permitirse llorar y a los varones para no hacerlo es harto obvio el resultado que obtendremos, con o sin estudio neurológico.
Y tomemos el concepto de “sensibilidad”: lo asociamos con poder mostrar afecto, o bien con “irracionalidad”, irritabilidad, llanto o tristeza fáciles. Se les atribuye estas características a las mujeres, mientras que a los hombres se les atribuye racionalidad, practicidad, capacidad de disociación afectiva, dificultad para mostrar las “emociones”. En un intento válido aunque engañoso por cuestionar este estereotipo se suele resaltar la capacidad de las mujeres de ser “multitasking”, de resolver eficazmente problemas concretos, etc. Del mismo modo, se intenta hablar del “costado femenino” (?) de los hombres, el cual consistiría en “mostrar más las emociones”. Este tipo de planteos lamentablemente deja incólume la idea de que hay ciertas cosas “femeninas” y otras “masculinas”, y propone como solución simplemente un “intercambio de roles”.
Una mirada más radical del tema conlleva necesariamente cuestionar el lenguaje que usamos según se trate de varones o mujeres. Muchas prácticas masculinas implican enojarse, llorar, castigar con silencios, vivir algo “irracionalmente”, etc., siempre y cuando estas emociones no se den en ámbitos entendidos como “femeninos”. Se educa a los varones en una “sensibilidad” inmensa referida –por ejemplo- al deporte (sobre todo el fútbol). Es un ámbito vigilado con tal celo emocional que muchísimos hombres rechazan la presencia de mujeres como periodistas deportivas, árbitras, entrenadoras o incluso una mera opinión en un asado dominguero argumentando que estarían incapacitadas para entender la “pasión” deportiva. Más allá del conocimiento de la cancha que se requiere, el énfasis puesto en el condicionamiento psicológico de jugar de local o visitante y la presencia de la hinchada parecen ser un factor insoslayable en todo partido de fútbol, y es un tema emocional, no técnico (llamado eufemísticamente “folklore”, no sea cosa que alguien piense que los futboleros caen en sensiblerías mujeriles). Usar la expresión “femicidio” en vez de “crimen pasional” implica cuestionar la idea de que los hombres matan porque “no se pueden contener”, “se puso loco”, “es muy celoso”. A la hora de matar mujeres, los hombres que siguen el modelo de la masculinidad hegemónica son los sujetos más “sensibles” del planeta: una minifalda, un “no”, un cuestionamiento, la pérdida del más mínimo privilegio y se dispara la furia machista. Otros ejemplos de sensiblería viril son el nacionalismo, la homofobia, etc.
Sin ir más lejos, quienes dominan la historia y el mercado de las artes y la literatura (lo cual el imaginario cultural asocia bastante con la “sensibilidad”) son mayoritariamente hombres. Quizás las mujeres estamos tan locas que nuestra sensibilidad es incomunicable por medio de lo estético. Es habitual decir que siempre hay algo del orden de lo no dicho en la literatura o el arte… cuando se ocupan de ello los varones. En cambio, cuando es tarea de las mujeres, pasa a haber algo del orden de lo no escuchado o de lo no visto (aunque curiosamente se dice que las mujeres “hablan más” que los hombres).
No, al final no era la biología. Era otra cosa.

(Por Helen Turpaud Barnes) ¿Será que insistimos demasiado o será que hay algo que no se está escuchando? ¿No será que insistimos precisamente porque no se escucha?

El fin de semana largo del 8, 9 y 10 de octubre tuvo lugar el XXXI Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) en Rosario. Las críticas desde fuera se encuentran lamentablemente permeadas de la presentación sesgada que de los ENM dan los medios de comunicación más poderosos. Se hace hincapié sobre las supuestas pérdidas monetarias que causarían algunas pintadas hechas durante la marcha, olvidando el beneficio económico a estas alturas ya exorbitante que implica que haya 70.000 mujeres congregadas un fin de semana en una ciudad. Se preguntan muchas personas qué sentido tiene que crezca el movimiento en una época en que mucha gente cree que “ya hay igualdad” o “ya no se discrimina como antes”.

Sin embargo, retornamos del ENM y nos encontramos con una seguidilla de femicidios acaecida en varios puntos del país. El más resonante es el de Lucía Pérez en Mar del Plata. Un malicioso Juan Terranova señala en una nota que los diarios que publican femicidios tendrían un gesto “rápido de reflejos”, aprovechando la coyuntura encuentrista. Estos crímenes contienen –según sus palabras- todos los “elementos del horror contemporáneo” para acicatear la indignación feminista. Extraño que se hable de aprovechar el ENM para sacar noticias de femicidios siendo que los ENM son cuidadosamente EVITADOS por los medios de comunicación más masivos. El periodista cuestiona la efectividad de la movilización social para disminuir la cantidad de femicidios. Probablemente piense que son algo propio de la naturaleza, como la lluvia o el viento, y por lo tanto marchar contra ellos sería inocuo. Explica que en realidad los femicidios no son nada nuevo. Como si alguna vez se hubiera dicho que lo eran. Además, recolecta algunos casos de mujeres que han asesinado a sus novios o maridos. La desproporción de la cantidad de casos, sabemos, es astronómica, pero con una o dos mujeres que maten a sus parejas varones parece que todo el reclamo por los femicidios puede ponerse en duda. Como cuando encuentran a UNA MUJER que hace un trabajo considerado “de hombres” y dicen que ya no hay discriminación. A eso le llama el machismo “igualdad”.

Rápido de reflejos es más bien el periodismo misógino que velozmente intenta desprestigiar un movimiento tan grande como aquel del que dan cuenta los ENM.

Pero los femicidios y la violencia machista no son “elementos” de un género ficcional que impacta a un público ávido de emociones fuertes. No es literatura, señores y señoras. Los medios construyen las noticias, claro, pero también construyen una imagen del feminismo supuestamente exagerado que parece que solamente se justifica ante casos de violación, empalamiento y asesinato. Y ni eso. Como si nos tuvieran que matar de manera más cruel cada día para que nuestra rabia pudiera ser justa.

Muy oportunistamente, ya que de eso hablamos, el diario local sacó la semana pasada una nota con el capcioso titular de que “2 de cada 3 adolescentes que mueren por causas externas son varones, dice un estudio”, donde se mezclan muertes por asesinatos, suicidios, accidentes de tránsito y otras causas. Por esas cosas de la vida, un asesinato cae en la misma categoría que un choque: es un hecho que parece no tener agente ni intencionalidad, algo como tener la mala suerte de morir por el impacto de un rayo o electrocutarse en la bañera. Mezclar suicidios con asesinatos también nos deja con la pregunta de si los femicidios son algo así como que las mujeres nos matamos solas. La nota, acertadamente, habla de modelos de “masculinidad” muy constrictivos que obligan a los varones a ponerse en situaciones de riesgo (criminalidad, actividades peligrosas, etc.). Pero no avanza más allá de esta mención. El texto pareciera ser un intento de hacer un contrapeso ante tanta efervescencia feminista. Sin embargo, olvida decir que de las personas asesinadas, tanto varones como mujeres son víctimas casi siempre de varones.

Y la responsabilidad de cambiar los modelos de masculinidad que generan este estado de cosas, bien gracias.

Alguna vez un meme que circulaba por las redes rezaba “Cuando un hombre dice NO es el fin de la discusión; cuando una mujer dice no, es el inicio de una negociación”. La palabra masculina está legitimada, es escuchada, es considerada seria, racional, equilibrada, inapelable. La palabra femenina está siempre puesta en duda, relativizada, interpretada por varones, tiene que estar eternamente explicándose: “¿qué quieren?”, “¿para qué hacen los Encuentros?”, “¿por qué un Encuentro de Mujeres y no uno de ‘personas’?”, “¿por qué no se llaman ‘igualistas’ en vez de ‘feministas’?”, “¿por qué no te gusta que te digan cosas por la calle?”, etc. Tipos de preguntas que no se les plantean a otros movimientos son articulados impunemente una y otra vez para interpelar la lucha de las mujeres. No veo tantas veleidades al hablar del modo en que otros movimientos se denominan a sí mismos. Pero si de feminismo se trata, hasta el nombre tenemos que defender con uñas y dientes.

Por eso hay que volver a la calle. Por eso este miércoles se realizará un paro de mujeres de 13 a 14 y una movilización a partir de 17:30 en la Plaza Rivadavia, en consonancia con las actividades que se desarrollarán también en el resto del país contra los femicidios y toda forma de violencia machista.

Porque NO, no se ha escuchado lo suficiente lo que significó este nuevo ENM. Porque femicidios siempre hubo pero es gracias a la lucha que ya no los llaman “crímenes pasionales”, que ya no aceptamos que se diga “pero mirá cómo iba vestida o a dónde fue…”. Porque ya no queremos notas capciosas, medios hegemónicos o periodistas oportunistas que busquen cualquier excusa para deslegitimar un movimiento que –muy a su pesar- crece día a día.

(Por Helen Turpaud Barnes) Hace poco ocupó mucho espacio mediático la charla sobre derechos sexuales y aborto en el Colegio Carlos Pellegrini de Capital (la charla incluyó la mención de pastillas abortivas). Presurosa, la buena conciencia adulta condenó la charla invocando la “protección” de tan jóvenes mentes que no tendrían la madurez para estar ante información tan “delicada” que además –opinaban- debería haber sido provista por personal médico (siempre que este estuviera contra la legalización del aborto, porque los y las médicas que abogan por ella no suelen desalentar que se informe sobre el tema desde espacios no médicos). Curiosamente, las múltiples charlas escolares que desinforman pavorosamente sobre el aborto no son denunciadas y mucho menos con los mismos argumentos.

Estas actitudes representan la verdadera desprotección del sector que dicen estar protegiendo tan gallardamente. El paternalismo adulto con respecto a las adolescencias remeda el paternalismo machista respecto de las mujeres: dicen “cuidar” a través de la obstaculización del ejercicio de derechos fundamentales.

El embarazo adolescente es una realidad. Los métodos anticonceptivos pueden fallar y hay miles de factores que llevan a embarazos no deseados. No se trata de hordas de jovencitas inconscientes “embarazándoSE” del Espíritu Santo por ahí. Ante esto, el aborto pocas veces es visto como una opción y se escuchan opiniones de una inusitada crueldad: “si se abrió de piernas que se joda”, “si no se cuidó que se haga cargo”, “ok, la violaron pero el bebé tiene derecho a nacer”, etc. ¿Qué implica decirle a una adolescente que es demasiado chica para recibir cierta información pero a la vez que si queda embarazada “debe hacerse cargo”? Hay un perverso desbalance en creer que una preadolescente es muy “inmadura” para recibir ESI pero no para gestar, parir, reconocer, criar, alimentar, abrigar, educar, proteger, contener, mantener y tutelar a un hijo/a durante los próximos veinte o veinticinco años de su vida. Para la mente machista esto no comporta ninguna contradicción: informarse y decidir requiere de racionalidad e inteligencia, rasgos ausentes en las mujeres ya que estas serían más bien “sensibles” e “intuitivas”; en cambio, la maternidad sagrada en la que se piensa sería algo “natural” que no requiere ni pensar, ni decidir ni saber nada.

El “si se abrió de piernas que lo tenga” muestra un claro y vengativo deseo de CASTIGO: si se “equivocó” debe “pagar”, “aguantársela”. En sintonía con siglos de condena religiosa de lo sexual, tener relaciones sigue siendo visto como un acto inmoral que debe acarrear un peso para quien las tiene (sobre todo si es mujer). En caso de un embarazo, la adolescente o mujer ha de hacerse cargo de la situación por unas dos décadas de ahí en más. Tener relaciones sexuales no es un delito, claro, y sin embargo el tiempo por el cual una mujer debe hacerse cargo de un embarazo indeseado supera con creces a casi todos los “castigos” por lo que pueda cometer una persona adulta y penalmente imputable. Si alguien mata a tiros a tres personas probablemente reciba menos años de cárcel que el tiempo que se espera que una mujer se haga cargo de un hijo/a que la sociedad y el Estado la obligaron a tener como “castigo” a su inmoralidad, su “falta de responsabilidad” o la mera fatalidad de un método anticonceptivo que ha fallado.

Con otros “errores” adolescentes afortunadamente somos más flexibles. A nadie se le ocurriría que si un pibe o piba no estudia para un examen se le debe negar la educación en los próximos veinte años. Incluso si un/a preadolescente comete un delito grave no deberá “pagar” por esto durante tanto tiempo como se espera que “pague” una preadolescente que tiene sexo inseguro, sea por olvido, falta de información o coacción de un varón (a quien rarísimas veces se condenará). Cualquier error, “calentura” o el más mínimo desliz de “la costurerita que dio el mal paso” le implica a una adolescente o mujer “pagar” por más tiempo que ninguna otra cosa en el mundo: el patriarcado no da puntada sin hilo. Si en una escuela o ante un accidente lo más sensato nos parece dar segundas oportunidades, acompañar y no condenar, ¿por qué el único error que no admite la más mínima consideración es el embarazo no deseado? El “no cuidarse” al tener relaciones sexuales es visto como el “error” más imperdonable e irreparable del universo. Las chicas deben ser perfectas o no ser. Y con “no ser” entendemos que deben reducir su vida al servicio de alguien que no desean o ser vistas como salvajes asesinas. Mientras se siga esgrimiendo esta retórica bíblica del embarazo y parto como “castigos” seguiremos preguntando por qué jamás impondríamos “castigos” tan severos para casi ninguna otra cosa, a lo sumo con excepción de la tortura, un asesinato múltiple o un secuestro extorsivo.

Lo que se pretende castigar en una mujer no es el aborto, puesto que el embarazo indeseado YA es visto como castigo por los dedos acusadores. Evitar eso por medio del aborto es volverse prófugas de la “ley natural”. El “crimen” no es abortar, sino sustraernos a la lógica patriarcal de vernos como meras reproductoras. Nada enoja tanto al machismo como ser burlado por las mujeres.

Quienes se quejan de que las/los abortistas restan humanidad a los embriones también los deshumanizan transformándolos en vehículos de una disciplina sexual impuesta a las mujeres. Si muchas personas creen que una adolescente no es capaz de recibir y procesar determinada información, tampoco deberían creerla capaz de criar un hijo/a. Pero aquí de repente las adolescentes son las Chicas Súperpoderosas. El embarazado adolescente sería un “error” pero se espera que las adolescentes sean perfectas y no queden embarazadas. O si lo quedan, deben ser perfectas de ahí en más y criar perfectamente a los hijos e hijas producto de embarazos no deseados. Una sociedad que sacraliza la maternidad hace de ella una manifestación de perfección cuyo incumplimiento constituye un pecado imperdonable. Pero nada es perfecto. Reconocer el aborto como una posibilidad y un derecho es un acto de profunda humanidad.

La obligación de ejercer la maternidad a toda costa, contra el propio deseo y las propias posibilidades, es el verdadero acto de irresponsabilidad. Irresponsabilidad no de la adolescente o mujer, sino del Estado y la parte de la sociedad que la “condenan” y le niegan el pleno ejercicio de sus derechos.

(Por Helen Turpaud Barnes) El surgimiento de los movimientos de DDHH en los países latinoamericanos y de los activismos por los derechos civiles en los países europeos y anglosajones con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial trajo aparejada –entre otras cosas- una disputa por el lenguaje. Las luchas campesinas, de grupos LGTBQ, el movimiento de mujeres, los reclamos indígenas, de presos/as, de las personas con discapacidades, la emergencia de actores sociales como piqueteros/as y desocupados/as, implicaron también un cambio en el modo en que se nombraba los sectores con algún grado de subalternidad. Cuestionar las palabras aún es visto como una nimiedad. Minimizar el rol del lenguaje en la construcción de las representaciones sociales es una manera de justificar la prevalencia de términos discriminatorios: parece que si “no importa tanto”, tampoco es tan grave si no lo cambio. (El término “discriminación” tiene sus bemoles, pero no es el tema de esta nota.)
Se suele definir lo “políticamente correcto” como todo lenguaje o comportamiento destinado a evitar “ofender” o “incomodar” a un determinado grupo o individuo en razón de su clase, raza, género, religión, edad, nacionalidad, características corporales, etc. La expresión implica toda una concepción respecto de lo que significa “poder hablar” cuando nombramos la otredad. Por lo pronto, nos referiremos solo al tema del lenguaje para no abarcar cuestiones de gestualidad.
Hablar de lo “correcto” es hablar de una determinada norma y también de cierta idea moral de lo “bueno” y lo “malo”. Hablar de “evitar” cierta cosa estaría indicando algo que en principio esa cosa seríaesperable o “natural” pero que en aras de la concordia social debe esquivarse. Este proceso implicaría un aprendizaje. Y no es que esto no sea así, pero enfocar el tema desde esta perspectiva pone el lenguaje discriminatorio en el lugar de algo meramente desafortunado y no algo también aprendido. Haciendo un cruce etimológico entre el griego y el latín, lo “correcto” es también lo “ortodoxo”. Pero el lenguaje propuesto habitualmente como propio de lo “políticamente correcto” y que tiende –por lo menos en la superficie- al tratamiento digno de todas los sujetos sociales, especialmente los subalternos, difícilmente pueda ser presentado como la “ortodoxia” en la sociedad. En el actual sistema de mega explotación capitalista, feminización de la pobreza y racialización del flujo de las poblaciones, no es nada “ortodoxa” la idea de un trato justo para todo individuo.
Y tampoco se trata de que sea ortodoxia. En este sentido, la invocación de que la ley estaría de “nuestro lado” nos pone en una posición incómoda a veces. El hecho de que haya leyes que garantizan derechos fundamentales para grupos históricamente oprimidos no significa que la situación de estos grupos sea óptima, aunque sería obtuso negar que hubiera cambiado en algo. En muchos contextos, referenciarse con la ley a lo mejor da cierta ilusión de hegemonía y ortodoxia que no favorece nuestras causas.
El filósofo esloveno Slavoj Zizek provocadoramente compara corrección política y totalitarismo, planteando que es mucho más difícil rebelarse ante alguien que es “políticamente correcto” que ante alguien abiertamente violento. Sin embargo, en determinados contextos la captación de la voluntad de la víctima es esencial para ejercer la violencia. O la dialéctica del amo y del esclavo. No es nada nuevo y no es algo que haya inventado la corrección política: es un modo específico de ejercer poder.
En rigor, los mandatos de tener “cuidado” y ser “correcto/a” en el trato con otros sujetos son parte de todo un corpus moralista propio de los sectores de derecha que apelan a un discurso de lo que llaman “valores”: respeto, tolerancia, amor, buenas costumbres, etc. Hasta la Dictadura Militar pretendía fomentar estas “virtudes”. Difícilmente podríamos llamar esto “corrección política”. La “cultura de los valores” se propugna negando la conflictividad inherente a la sociedad. En cambio, casi todos los movimientos de DDHH (de algunos de los cuales surgen los planteos de lo “políticamente correcto”) parten de la premisa de que existen opresiones y que el trato justo entre las personas no vendrá de cambios individuales con “buenas intenciones” sino de una lucha que deconstruya las bases culturales y materiales que permiten dichas opresiones. Ambas perspectivas son contrarias entre sí. Tal vez se nos está escapando la tortuga con tanta crítica a lo “políticamente correcto” (que puede ser o no un error de lectura de ciertas reivindicaciones) mientras que por detrás nos vienen pasando discursos similares pero con trasfondos políticos muy diferentes. Pensemos en el discurso macrista o incluso en la Ley de Educación Sexual Integral en la cual las presiones eclesiásticas lograron que se incluyera el término “valores”. La derecha curiosamente nunca se queja de este otro modo de “corrección” pero sí despotrica contra un puñado de términos que les cuesta demasiado adoptar. Y mucho progresismo se está subiendo al mismo tren.
Las quejas contra lo que habitualmente se entiende como corrección política apelan sobre todo a invocar la libertad de expresión: se habla de “censura”, de un “ahora no se puede decir nada” o “hay una hípersensibilidad”. No puede negarse, claro está, que hay quienes usan la corrección política como un lavado de cara que oculta sus verdaderas posturas. Cuando se propone el uso del lenguaje no sexista o no racista no estamos pidiendo cambiar una “etiqueta”, sino que estamos proponiendo que  reflexionemos sobre por qué decimos lo que decimos. Pero siempre alguien nos va a mentir en el mundo.
El problema podría encararse de un modo mucho más simple. ¿Qué es lo que tanto queremos decir y sentimos que “no podemos” si usamos expresiones entendidas como “políticamente correctas”? ¿Acaso tenemos semejante necesidad de decir algo racista, antisemita o machista que si se nos interpela por ello se nos está “coartando” la libertad de expresión? Que emerjan expresiones con las que se sienten más identificados ciertos sectores y se nos sugiera usar esos términos y no otros que no los identifican, ¿significa que se nos está “censurando”? “Libertad de expresión” no es “libertad de agresión”.
Las luchas sociales dieron lugar a nuevos términos así como en cualquier disciplina existen neologismos, disputas conceptuales, ampliación del léxico técnico. Nada que temer. La censura y la hípersensibilidad es la de aquellos sectores que no resignan sus privilegios ni sus modos de seguir definiendo a lo otro como degradado.
Esto no significa que hay que adoptar acríticamente todas las expresiones que se presentan como no discriminatorias. Más bien al contrario: implica aceptar el reto de pensar cada expresión, comprender su alcance, sus contradicciones, su historia. De hecho, muchos grupos tienen divergencias respecto de los términos a usar. E.g., en EEUU, la expresión “people of color” (“gente de color”) es usada con bastante consenso para referirse a sí misma tanto por la población negra, la latinoamericana o la originaria. Y sin embargo, no es una expresión que se haya aceptado aquí en Argentina: a nuestros oídos tiene cierto tinte exageradamente escrupuloso que no implicaría un reconocimiento para los grupos racializados sino mero eufemismo despolitizante. En nuestro país, la expresión “pueblos originarios” es ampliamente utilizada para lo que en otros países americanos los propios actores involucrados llaman población “indígena”, “aborigen” o incluso “india”, que aquí se verían como términos inadecuados. Cada colectivo discute el término que mejor le acomode. Forzar el modo de nombrar desde afuera es un acto de violencia. Claro que no siempre sabemos qué sujetos forman parte de un colectivo dado, y es habitual la aclaración de “a mí no me importa cómo me llamen”. Pero usar estas tensiones internas como mera excusa para desoír a la parte que no coincide con mi posición (y encima en nombre de una supuesta “apertura”) es muy deshonesto.
Tomemos por caso el tema del lenguaje no sexista: están las opciones “a/o”, x, “e”, “@”, “*”, etc. Hay razones en pro y en contra de cada posibilidad. La cuestión será en todo caso asumir esa disputa, informarse y no pretender que solo hablamos de lo gramatical. O sí, se está hablando de lo gramatical, pero este no es aséptico ni descontextualizado. Ya lo demostró Heidegger cuando hizo toda una lectura de la cultura occidental a raíz de la existencia en la gran mayoría de los idiomas de origen indoeuropeo de la estructura sujeto-verbo-objeto. Muchas veces no sentimos una interpelación subjetiva con este tipo de planteos, pero cuando se trata del lenguaje de todos los días, debemos tomar decisiones. Toda gramática es política.
Eso sí: es importante no centrarse tan solo en la denuncia. El intercambio de ideas en el escenario de los medios de comunicación y las instituciones sociales no siempre se nutre positivamente de ello. No es que no haya casos que lo ameriten, pero es necesario reconocer el nivel de debate social que llevan algunas cuestiones y saber conducir ese debate. Por cierto, en muchos casos, se oculta que estos debates YA se han abierto: el cambiar ciertos modos de nombrar o de presentar noticias o actores sociales no siempre es exceso de pruritos; en algunos casos es mera precisión.
Muchos de los llamados “peligros” de la corrección política son más bien modos de cooptación que se operan a través de ella. Cuando se dice que la lucha contra el acoso sexual en algunos países ha llevado a perseguir ciertos grupos racializados, el problema no está en querer combatir el acoso sexual, sino que es el propio racismo el que hace lecturas deliberadamente engañosas de algunas reivindicaciones a efectos de relanzarlas contra ciertos sujetos. Quienes tengan real interés en evitar el uso de –por ejemplo- las reivindicaciones feministas para criminalizar sujetos racializados deben combatir no las reivindicaciones feministas en sí, sino las fisuras que estas dejen para usos racistas (y el propio racismo, claro).
El conjunto de lo que se entiende como “políticamente correcto” no es algo homogéneo y –dado que la expresión ha tomado un rumbo irremediablemente peyorativo- deberíamos encontrar mejor modo de denominar lo que se suele definir con esa noción. En nombre de la “corrección política” se han propuesto muy malas ideas, o buenas ideas pero muy mal planteadas. Debemos pulir estas imperfecciones. Por otra parte, nadie escapa completamente a recibir cuestionamientos políticos a su lenguaje. Pero de eso se trata: de reinventar y garantizar la palabra una y otra vez.
No debemos renunciar a visibilizar las múltiples opresiones. Y no debemos poner en víctimas a quienes refuerzan estereotipos opresivos por medio del lenguaje. No hay fórmulas fijas en la búsqueda de las palabras que nos representen. Las luchas no se forjan a través de manuales. Pero que el árbol no tape el bosque.
(Por Helen Turpaud Barnes) En un lejano abordaje de Georg Simmel sobre la “condición femenina” recuerdo haber leído que los hombres serían “dueños” de su honor, mientras que las mujeres no, de donde venía que el hombre pudiera “limpiar” su honor por determinación propia, mientras que la mujer dependía de un hombre que respondiera por ella, que la tutelara. Hay mucho de esto en el presupuesto misógino de que las mujeres no son dueñas de su cuerpo ni de su voz ni de sus espacios, y por ende, los hombres, o su representación hipostasiada en Estado, iglesia o institución médico-psiquiátrica tienen el derecho a decidir por ellas.
Muchas mujeres y niñas dicen repetidamente que el acoso sexual callejero  (eufemísticamente llamado “piropo”) resulta desagradable, humillante, intimidante, etc. Si bien hay mujeres que dicen gustar del “piropo”, una gran cantidad dice claramente que no. Ante este ‘no’ generalmente una es tachada de “frígida” o “amargada”, se dice que hay que mostrar “altura” y no responder, o se impone cierta obsesión pseudo-estadística de decir que “a muchas les gusta”, negándole escucha al claro ‘no’ de muchísimas otras. La mención de la “falencia sexual” está en el meollo de la cuestión: las mujeres no deben poder gozar más que en el sometimiento, su dignidad es el silencio, y si se rebelan, serán condenadas a no gozar sexualmente. Paralelamente se entiende como “totalmente lógico” el que cuando alguien “piropea” a una mujer acompañada de un hombre, este acompañante muchas veces quiera golpear al agresor (no solo para Simmel el “honor” de las mujeres estaría bajo custodia de los hombres…). Pero si la mujer está sola o con otras mujeres, no tiene derecho a reclamo alguno puesto que en el imaginario social la mujer carece de honor propio (tiene honor o dignidad sexual –incluso placer- solo en tanto esto pueda ser tutelado/administrado/otorgado por los varones de su entorno, el Estado, o ciertos espacios de relativa simetría que supimos conseguir a regañadientes del patriarcado).Esta doble vara machista quedó clara cuando se denostaba en “Duro de domar” a Aixa Rizzo por defenderse de sus acosadores sexuales y viralizar un video sobre el tema, y a la vez se naturalizaba la actitud de Jorge Rial de querer ir a golpear a unos varones que habían “piropeado” a sus hijas. Otros muchos sujetos subalternos (travestis, lesbianas, gays, presas/os, o a veces ciertos sujetos racializados) también son objeto de estas mismas lógicas que vienen de una jerarquización de la “masculinidad hegemónica”.
Esperar que una mujer no solo no se defienda sino que incluso reciba con alegría el acoso sexual es perverso: quien agrede no solo se considera con derecho a hacerlo, sino que exige de la otra persona que “festeje” su agresión, en un doble intento de someterla. La lógica del amo y del esclavo como mandato: no solo debés someterte, sino que tenés que estar de acuerdo con que te sometan, y hasta disfrutar de esa situación. Si fuera solo una cuestión de lo que “a cada cual le gusta” no haría falta reforzarlo tanto ni descalificar tan ferozmente a quienes insisten en que NO están de acuerdo ni lo disfrutan (esto vale también para los varones disidentes respecto de las prácticas machistas de otros varones).
Por otra parte, está la “salvedad” de que “si te dicen una grosería obvio que no te gusta, pero si te dicen algo lindo no tenés por qué ofenderte”, o de que “decirte un ‘piropo’ no es lo mismo que tocarte el culo”. Pero plantear esto es desviar el eje de la discusión.  El problema del acoso sexual callejero no está en la diferenciación por CONTENIDO (“hablar”/”tocar”, “lindo”/”grosero”, límite muy difuso a veces, y en cuya delimitación casi nunca se escucha el “no” de las víctimas). El problema es la SITUACIÓN: la mirada masculina decide que tiene derecho a decirle a las mujeres lo que quiera, condicionando su circulación en el espacio público y nominándolas desde fuera (“heterodesignando”, por contraposición a la “autodesignación”). En rigor, una “grosería” puede ser perfectamente excitante en un intercambio erótico-sexual consentido con otra/s persona/s. Del mismo modo, “tocarle el culo” a alguien puede ser parte de una práctica placentera para quien lo recibe, si se trata de una pareja o compañera/o sexual. Pero ese no es el tema en el acoso sexual.
Es decir que separar lo lindo de lo feo o lo verbal de lo físico no debe hacerse de un modo descontextualizado sino teniendo en cuenta el grado de consentimiento que se esté brindando. Y en el acoso sexual callejero no hay consentimiento, los acosadores no lo buscan ni les importa; más bien al contrario, puesto que buscan el modo de abordar a las mujeres desde un lugar totalmente asimétrico. El acoso sexual busca que la otra persona “baje la mirada” en un gesto de sumisión, a diferencia de la seducción, en la cual una/o busca “encontrarse” con la mirada del otro/a, vislumbrando un horizonte de consentimiento. No es raro que una persona pretenda seducir a otra cuando no hay un interés mutuo, lo cual puede generar incomodidad en quien es requerido/a, pero el objetivo es claramente diferente al de quien acosa. En la seducción queremos ser deseables: lo peor que nos puede pasar es no serlo. En cambio en el acoso justamente lo que se quiere es generar miedo, bronca, asco, y, a través de esos sentimientos, el fin último es ejercer poder.
Al patriarcado le es sumamente funcional seguir haciendo de cuenta que no entiende la diferencia entre “sexo consentido” y “violación”, o entre ‘sí’ y ‘no’. También le conviene dar a entender que desear es lo mismo que COMUNICAR que se desea. Se escuchan lacrimosas quejas de los machistas como “¡ya no podremos mirar mujeres por la calle!” o “¡ahora no se les puede decir nada!”, cuando en verdad mirar no obliga a nadie a comunicar que mira y los acosadores bien saben de disimulo y de silencio cuando la mujer es su jefa o una policía o va acompañada de un varón (el único sujeto al que respeta un varón machista). La lógica del acoso sexual callejero está dentro de esta deliberada “fusión” de opuestos que desconoce la voz de las propias afectadas.
Así, frente al acoso sexual callejero, a la heterodesignación patriarcal y heteronormativa, repetimos que cuando las mujeres dicen ‘no’ es NO, y que la rebeldía feminista es alegre y placentera, que se vale por sí misma y no necesita de autorización o tutelaje masculino alguno para celebrarse y nombrarse como le venga en gana.

(Por Helen Turpaud Barnes) Hagamos por un momento un ejercicio mental. Pensá en todas las veces que –si te identificás como mujer- un varón “te tiró onda” y vos lo rechazaste, o bien en las veces que decidiste cortar con un hombre, o cuando pretendiste sentar posición sobre cómo y cuándo tener relaciones sexuales o no con un hombre.
O pensá en las veces en que le cuestionaste a un familiar o compañero de trabajo un comentario machista o le tuviste que poner los puntos por ocupar tu espacio personal a un varón en un transporte o la cola del supermercado. Pensá en todas las veces en que te enfrentaste a ALGO que dijera un varón sobre las mujeres. Recordá si se puso a pensar y te reconoció algo de razón. O si no hizo nada de eso. Pensá en cómo reaccionó, recordá si se empezó a reír de vos, si te insultó, si dijo que él sí estaba a favor de la igualdad entre varones y mujeres (mientras desautorizaba tu palabra como mujer). Recordá si te empezó a sobrar, si buscó una carcajada cómplice entre sus amigos, si te “ensució” en las redes sociales, si te la siguió, si se hizo el que no entendía, si te hostigó, si se victimizó, si te siguió camino a tu casa, si te mandó al frente, si siempre hace chistes sobre vos aun cuando sigas siendo su amiga, novia, hermana o colega. Recordá si se enojó, si te pasó factura, si te tiró el cuerpo encima, si te golpeó, si se hizo el ofendido o el resentido de ahí en más por toda la eternidad, si te castigó con el silencio, si se muestra siempre incómodo con vos, si dice que sos una amargada. O si simplemente siguió tratándote como siempre o incluso empezó a plantearse su lugar como varón.
Todas las personas tenemos una cuota de narcisismo, no siempre aceptamos tranquilamente cuando nos dicen que no a algo. Pero hay subjetividades en que esta cuota de narcisismo se fomenta con creces. La subjetividad masculina es particularmente sensible a que se le diga que no. En cambio, a las subjetividades femeninas se nos forma en el desapego, la abnegación, la renuncia, la culpa por no satisfacer al otrO. AMBAS subjetividades son un problema y deben ser puestas en cuestión.
A partir del descubrimiento del cuerpo de Micaela Ortega el pasado fin de semana cientas de personas salieron a la calle en Bahía Blanca. Sin tener aún demasiados datos, aparentemente una de las “razones” aducidas por el femicida confeso para asesinar a la niña fue que esta no habría querido “tener relaciones sexuales” con él. Las reacciones de la opinión pública repiten a menudo un mismo patrón: la tendencia a llamar al femicida “monstruo”, “enfermo”, “inhumano”. El femicida es nombrado desde la subjetividad “indignada” en términos que lo destierran del terreno de lo humano. El femicida para muchos/as excede los límites de lo comprensible en nuestra sociedad, aparentemente tan ajena a su existencia.
Cuando a principios de 2007 una compañera feminista me dijo “el violador no es un enfermo, sabe muy bien lo que hace” me sonó casi a justificación de la violencia machista. Yo frente a esos hechos en cambio me “escandalizaba”. El escándalo es la reacción de la pretendida supremacía moral: me “horrorizo” ante lo que es demasiado malo para mí, que soy buena, que no tengo ninguna responsabilidad en lo que pasa.
Sin embargo, esa compañera feminista tenía razón, y ahora me toca intentar explicar eso que en su momento me pareció increíble: el violador, el femicida, el golpeador, no son enfermos, no son monstruos, no son inhumanos. Son más bien SANOS HIJOS DEL PATRIARCADO: son los elegidos por la sociedad patriarcal para ejercer el terrorismo machista que “hace falta” para controlar a las mujeres. Los femicidas son simplemente las fuerzas armadas de un sistema que intenta en primer lugar doblegar a las mujeres “por las buenas”, pero que cada dos por tres debe hacer un despliegue de poder asesino para “mostrar quién manda” (cada vez más seguido, porque se está notando que ya no nos creemos las “buenas” intenciones de los “protectores”, los “caballeros”, los “proveedores”, los “progres que se unen a la causa” solo en la superficie). El femicidio es simplemente un modo más de la pedagogía machista.
Y no es que todo femicida sea consciente de su rol “pedagógico”. Pero si hoy te da terror lo que le pueda pasar a tu hija o amiga o alumna, es porque el mensaje del femicida llegó. Un método educativo de una eficacia envidiable. Por eso hay que luchar por otro mensaje. El mensaje de la rebeldía, la justicia, la autonomía de niñas y mujeres.
Un femicida no “nace” así: es un producto social. No es un enfermo. Son muy pocos los casos en que coincide la conducta femicida con la patología mental. La antropóloga argentina Rita Segato hizo un trabajo de investigación con agresores sexuales de una población carcelaria brasileña. (El trabajo se titula “La estructura de género y el mandato de violación” y se encuentra en el libro Las estructuras elementales de la violencia.) Su estudio apuntaba a verificar si había alguna condición patológica común a los abusadores sexuales, fueran o no además femicidas. El resultado fue negativo. Sin embargo, encontró con que sí había otro elemento en común: la concepción sobre las mujeres que tenían. En todos los casos, los violadores pensaban que las mujeres eran sujetos que ellos tenían derecho a considerar de su propiedad, que debían someterse a sus designios, y que debían “castigar” si no lo hacían. Y, oh, casualidad, esta es una concepción extendida en la gran mayoría de la población sin solución de continuidad entre el o la machista que conocemos de todos los días y el femicida (quizás conozcamos a ambos). Y el cuerpo femicida por excelencia es el cuerpo del varón: la gran mayoría de las mujeres asesinadas mueren a manos de varones, lo mismo que la gran mayoría de los hombres asesinados.
El femicida (así como el violador) es un sujeto profundamente moral. Digo esto en el sentido de que su función social es la de “enseñar”, “disciplinar” y “servir de ejemplo” para las demás mujeres, para que “aprendan” a vestirse “modestamente”, para que la única capacidad en el planeta que reconozcan sea la fuerza física (así ellas se olvidan de todas sus propias capacidades), para que subordinen su sexualidad a la del macho.
¿Y cómo “se hace” un femicida? Un femicida “se hace” gracias a muchas instituciones que hoy siguen sin ser mayormente cuestionadas. La familia les enseña a los varones que estos deben creerse fuertes, campeones, importantes, racionales, invulnerables, “ganadores”. La familia machista educa “machos” (descarados o camuflados), no varones de masculinidades deconstruidas. La escuela reproduce esto. Las/los docentes hablan de los cuerpos de las chicas en los colegios como algo que deben “patrullar” porque “ya sabemos lo que pasa”. Un sobreentendido que ubica a las/los docentes misóginas/os en el lugar del “sentido común”: se autoadscriben un saber ancestral de lo “inevitable” que ¡quiénes somos las docentes feministas para venir a cuestionar! Y si la escuela no logra “disciplinar” a las chicas que desean libertad, ya vendrá un violador o un femicida a disciplinarla para que los sectores educativos conservadores tengan el secreto placer de poder decir “¿viste?, no justifico, pero así terminan” y recordárselo pedagógicamente a las chicas cada vez que renuevan un código de vestimenta sexista por enésima vez. Una teleología escolar machista.
Los medios de comunicación, lo sabemos, refuerzan todo esto sin dudar: hipersexualización de las niñas, exposición de los cuerpos de las mujeres como adorno u objeto a comentar, ridiculización o farandulización de las trans, etc. El hallazgo del cuerpo de Micaela antecede amargamente por pocos días al momento en que Tinelli vuelve con su programa a la televisión argentina.
Un femicida no viene de Saturno ni es un niño feral: aprende lo mismo que el resto de los seres humanos. Pero tiene una misión un poco más arriesgada: matar niñas y mujeres de vez en cuando. Hacen el trabajo sucio que resulta “lamentable” pero aleccionador para la misoginia social que ostenta la gran mayoría de la gente. Son los señores de “seguridad” que llaman en un casino cuando las mujeres ya no queremos hacerle caso al circunspecto mafioso de guantes blancos quien a veces hasta nos “trata bien”. Los femicidas cumplen una función sagrada frente a nosotras las brujas profanas: son los verdugos de una Inquisición de machos que nos dice que nos quiere “proteger” del mal (que son ellos mismos). Y para la “disciplina cotidiana” ya están el resto de los varones y mujeres machistas de todos los días.
Entonces, ¿recordaste la reacción de los varones a quienes rechazaste, cuestionaste o remplazaste en algo? ¿Conocés las risotadas, los chistes, los silencios, las calumnias, el hostigamiento, la invisibilización, el resentimiento o los golpes de quienes se “ofendieron”? ¿Ya conocés sus “castigos”? Y por otra parte, ¿conocés a los que NO reaccionan así, a quienes se cuestionan sus privilegios, a quienes no vienen a explicarte cómo es el mundo, a quienes saben que NO ES NO? Bueno, ya sabés entre quiénes “se forman” los femicidas. El femicida se parece mucho a tu patrón cuando te subestima por ser mujer, al tío que hace chistes machistas en los asados, al que jamás acepta que una mujer “le” haga el asado, al que acosa a una alumna, al que se siente humillado si su esposa maneja y él va al lado, al operario que le dice a una mujer que algo mecánico es “peligroso” solo para asustarla y divertirse con su susto, al señor mayor que invade tu espacio personal en el colectivo. Las mujeres también tienen estas ideas, ya lo sabemos. Pero los cuerpos que matan son los de las masculinidades hegemónicas, no los de las mujeres, y hasta la mujer más machista puede ser víctima de un femicida: acordate. Y no hace falta decir “no todos los hombres”. Quienes no sean ese “todos” están ocupados cuestionando sus privilegios, sumándose a la lucha feminista.
El femicida es, simplemente, un machista común y corriente que un día mató. No me agrada usar metáforas médicas para describir realidades sociales, pero si hay alguna enfermedad en el femicida esa enfermedad se llama machismo. Casi todo el mundo tiene gripe, pero en algunos casos se vuelve mortal, no son dos enfermedades diferentes. Lo mismo con el machismo.
Por Micaela Ortega, por todas. Por las que están, por las que no están. El 3 de junio volvemos a la calle. Por justicia y por otro NI UNA MENOS.

(Por Helen Turpaud Barnes) En el año 1991 fue tema bastante difundido en los medios de comunicación el debate por la llamada Ley de Cupo Femenino que finalmente estableció la obligatoriedad de un mínimo de 30% de mujeres en toda lista de candidaturas para funciones públicas. La ley pretendía compensar legislativamente el hecho de que la presencia de mujeres en cargos políticos tenía una legitimidad muy inferior a la que se le reconocía a los hombres. Más allá de que la ley finalmente se aprobó, el debate en verdad está lejos de haber sido zanjado porque el problema de las desigualdades sociales de base incluye no solo la cuestión de género sino muchos otros aspectos que exceden por mucho el ámbito de la aspiración a cargos públicos estatales.

Fue lanzada en Argentina una publicidad de Chevrolet llamada “Meritocracia”: el spot apela a la idea de que el mero esfuerzo y la superación personal son ingredientes suficientes para el “éxito” social y económico. Sin embargo, las desigualdades estructurales en la sociedad vuelven ilusoria toda noción de que la prosperidad económica y el reconocimiento laboral son solo producto del esfuerzo individual.
¿Y qué sucede con las mujeres en este escenario? Cuando se habla de los estereotipos de género se olvida que esto implica también diferencias económicas grandes, lo cual acarrea una distribución diferenciada en el arco social según estemos hablando de hombres o de mujeres. Hablar de “feminización de la pobreza” tiene que ver con que, por un lado, las mujeres suelen tener trabajos menos remunerados, y por el otro lado, también suelen tener a su cargo las obligaciones familiares. Por eso la mayoría de las personas pobres son mujeres(alrededor del 70%).
Cuando se habla de los estereotipos de género, también se olvida que el mero cuestionamiento de estos roles estereotípicos por parte de cada mujer no implica necesariamente un cambio de lugar en la sociedad. Es cierto que es preciso ampliar las representaciones sociales de lo que puede ser hecho por mujeres, valorizar el trabajo que habitualmente es realizado por mujeres y dejar abierta en las escuelas la idea de que la propia condición de mujer puede sufrir corrimientos de acuerdo con los modos de identificación de género. Sin embargo, todo esto no necesariamente trae aparejadas mejoras materiales, porque las mujeres siguen teniendo muchas dificultades para acceder a determinadas oportunidades laborales más allá de las decisiones personales que ellas realicen. El hecho de que ingrese una cantidad masiva de mujeres en el mercado laboral “masculino” implicaría una amenaza radical para la hegemonía de los varones en ciertos trabajos. Hegemonía que incluye privilegios económicos que de haber mayor competencia estarían en peligro. Y el patriarcado no tiene ninguna intención de ceder espacios.
Hay una rápida comprensión de las dificultades que tiene un obrero o un campesino. Sin embargo, otras circunstancias completamente habituales pasan desapercibidas para la gran mayoría de la población. Es el caso de la ausencia casi total de mujeres como conductoras de camiones, albañiles, taxistas, colectiveras, traumatólogas, cirujanas, gerentas de empresas internacionales, lideresas sindicales, gobernadoras, plomeras, electricistas, pilotas de avión, empleadas municipales de manutención de arbolado público, etc. Quienes no ven el elefante en el bazar de la discriminación sexista en ese tipo de trabajos ostentan sin embargo una capacidad de observación increíblemente aguda a la hora de registrar el casi invisible porcentaje de mujeres que se desempeñan en trabajos considerados “de hombres”: saben de la existencia de UNA plomera que trabaja de modo independiente (jamás empleada por Camuzzi) en Villa Mitre. La mención de excepciones con el solo objeto de invalidar la denuncia revela un fuerte conformismo con la desigualdad: un solo ejemplo es“suficiente”: “ahora mujeres y hombres hacen lo mismo”, “¿qué más quieren?”. Hasta la extrañeza frente al propio lenguaje da cuenta de estas ausencias: “chofera”, “lideresa”, “peona”, etc. Y cuando sí encontramos mujeres en estos ámbitos poco “comunes” para ellas, es probable que cobren menos.
Ahora bien, la mención de estas excepciones como modo de visibilizar posibilidades laborales “diferentes” para las mujeres sí es importante. (La científica argentina Andrea Gamarnik, internacionalmente galardonada por sus trabajos de investigación sobre el dengue, ha comentado de la dificultad que tienen las mujeres para posicionarse en los ámbitos de investigación científica.)
Sorprendentemente, se sigue apelando al argumento tan inadecuado de la diferencia de fuerza física entre varones y mujeres para justificar estas desigualdades laborales cuando en muchos casos lo físico no es un tema prioritario. Curioso que cuando incluso en los casos en que sí lo es no parecen preocuparse por la fuerza física a la hora de recurrir al trabajo infantil en muchas obras en construcción o campos, ni de emplear varones visiblemente “pequeños” o de asignar tareas excesivamente pesadas, lo cual lleva a accidentes y problemas de salud (basta con ver una clínica de rehabilitación de ART). De hecho, es este argumento sexista de la “diferencia de fuerza entre los sexos” uno de los principales legitimadores del trabajo infantil. Nuevamente no parece ser un problema la fuerza física a la hora de asignar a las mujeres pobres la “maternal” tarea de tener que cargar en brazos con un crío de unos quince o veinte kilos durante varias horas al día.
Por otra parte, no hace falta aclarar que entre trabajadores varones existen grandes diferencias físicas que sin embargo no son evaluadas en casi ningún trabajo. Además, buena cantidad de trabajos que hace décadas requerían de una gran capacidad física, hoy con los avances técnicos son más fáciles y livianos. Se podría argumentar que pocos hombres suelen ser empleados en tareas “femeninas”: en el trabajo doméstico o el magisterio. Pero estos ámbitos no son precisamente bien remunerados con respecto a otros trabajos que piden igual calificación a uno u otro caso. Y el ingreso en la docencia no tiene impedimentos administrativos ni simbólicos para los varones. Más bien al contrario: un maestro de escuela es llamado “profesor” mientras que su colega mujer es llamada desprofesionalizantemente “señorita”, y la mayoría de los dirigentes sindicales de la docencia son hombres.
La cuestión de la calificación académica no parece ser más alentadora. Diarios como The New York Times o The Guardian han dado cuenta de un creciente fenómeno mundial: quienes obtienen las mejores notas en todos los niveles educativos incluyendo el universitario son mayoritariamente mujeres. Sin embargo, esto no se expresa en mejores oportunidades laborales. Se suele argüir que esto es a causa de que muchas mujeres en algún punto renunciarían a sus carreras profesionales para “hacerse cargo” de una familia o de que los hombres serían más “ambiciosos”. Nos preguntaríamos si esta “renuncia” y esta “ambición” deben tomarse como un mero dato de la realidad, o si más bien deberíamos combatir semejantes mandatos sociales que ponen a las mujeres claramente en una desventaja profesional respecto de los varones. Se suele menospreciar la calificación profesional de las mujeres más allá de su currículum o se cambia el eje al tema del “aspecto personal”. Cabe agregar la hostilidad del acoso sexual o la consideración de que las mujeres son “sensibles” e “irracionales” (lo cual mina su credibilidad). Lamentablemente, el imaginario social prefiere reproducir la idea de que “las mujeres son muy competitivas” o “muchas mujeres en un trabajo son problemáticas” (curioso que estos estereotipos convivan con la idea de que los hombres son “agresivos” y “competitivos”). En cambio, la discriminación sexista, el acoso sexual o la desautorización de la palabra femenina no parecen ser problemas demasiado graves.
Por último, se encuentra el tema de la transmisión de los conocimientos. El hecho de que habitualmente se presenten los conocimientos técnicos y las tareas pesadas como “cosa de hombres” lleva a problemas materiales concretos. ¿Qué sucede cuando una niña decide que quiere adquirir conocimientos técnicos de electricidad o jugar al fútbol? Sucede que esa niña o mujer NECESITARÁ APRENDER aquello que se le había dicho que no debía interesarle. Y es este eslabón de la trasmisión del conocimiento donde habitualmente entran en juego otros métodos de imposición del sistema patriarcal: en mi experiencia como docente he observado incontables veces que los varones (tanto adolescentes como adultos) suelen negarse a “explicarle” a las mujeres cómo hacer ciertas tareas que creen que son solo “masculinas”. A veces, de darse la trasmisión, esta se realiza acompañada de comentarios descalificadores o sexuales que buscan incomodar o desalentar a las mujeres. También hay una fuerte resistencia masculina a pedir asistencia física de las mujeres, por lo cual muchos hombres prefieren irse a la otra punta del colegio a buscar a otro varón o romperse la espalda antes que pedir ayuda de una mujer. Si es una mujer quien agarra una herramienta o se dispone a realizar una tarea física pesada, es muy habitual que los varones que no tienen su masculinidad deconstruida intenten sacarle de las manos la herramienta, estorbarla o “ponerla a prueba” (“a ver, hacelo sola si sos tan orgullosa…” es el tono habitual). O bien los varones dicen “dejar” ciertas tareas a las mujeres, y luego adoptan el lugar de “corregir” lo que estas hayan hecho en vez de hacer una evaluación conjunta con ellas. No es nada habitual (sobre todo de parte de adultas) ver una resistencia paralela a trasmitir conocimientos de tareas consideradas como “femeninas” a los varones. Sí en cambio es muy fuerte la resistencia de los varones a aprender de parte de mujeres tareas consideradas “de hombres”.
Todos estos mecanismos de obstaculización y monopolización de prácticas y saberes difícilmente sean realizadas conscientemente por la mayoría de los varones: no hablamos de “malas intenciones” sino de prácticas sociales específicas que forman parte de un sistema. Pero no hay que olvidar que el proceso de deconstrucción de la masculinidad hegemónica que han de hacer los varones no basta con mostrarse “abierto” sino que incluye hacer suya la tarea de disminuir y cuestionar los obstáculos que ellos u otros habitualmente generan para las mujeres.
Así, se habla de la “carrera hacia delante” en materia académica que obliga a tener cada vez más títulos universitarios para poder sobrevivir. Pero también existe una “carrera hacia delante” en el tema de la división sexual del trabajo asalariado que reserva todas las ventajas de los avances técnicos para los varones, excluyendo a las mujeres de estos cambios. Esta expropiación material y simbólica no es una “falencia accidental” en la educación de las mujeres: es parte estructural del sistema capitalista y patriarcal, y por eso no se cambia con que haya algunas mujeres que simplemente decidan estudiar Ingeniería Eléctrica o ser taxistas pensando que llegarán “por mérito propio”. Como dice la pensadora feminista Eve Sedgwick, “la ignorancia no es neutra”, no es un estado “original”, sino que es “el producto de un modo particular de conocer”.
A modo de apéndice, querría aclarar una cuestión. Silvia Federici, autora del libro Calibán y la bruja, advierte que la incorporación de las mujeres al mercado laboral asalariado no es una “liberación” para las mujeres sino que es funcional al desarrollo del capitalismo. Su advertencia no implica, por cierto, que la solución sea seguir marginando a las mujeres de muchos puestos laborales (cosa que tan solo acentúa el poder patriarcal), sino que nos recuerda en qué sistema vivimos. Un cambio social no se hace pidiendo “sacrificios” a los sectores oprimidos sino reconociendo las potencialidades que están a mano para realizar el cambio de sistema que diluya toda opresión. Y si vamos a criticar el clasismo del ideal meritocrático, bien vale criticar su machismo, su racismo, su colonialismo también. 

(Por Helen Turpaud Barnes) En una nota “de color” del diario Clarín del 22 de diciembre de 2015 titulada “Mujeres con falda desafían los gigantes nevados en Bolivia” se cuenta sobre un fenómeno aparentemente novedoso: mujeres aymaras suben como porteadoras y/o ayudantes de guías a la cumbre del cerro boliviano Huayna Potosí (6088msnm). La nota comienza diciendo:

“No parecen montañistas, salvo por el casco, los lentes polarizados y los zapatos de grampones. Sin embargo, este grupo de mujeres aymaras escalan la montaña vestidas con sus largas faldas tradicionales de varias capas, mantas de flecos y un atado multicolor al hombro como si fueran de compras.”

Más allá del probable uso marketinero de la situación, la confluencia de mujeres, tradición y domesticidad no es algo nuevo, por cierto: las mujeres, sobre todo las identificadas con los pueblos originarios, parecerían cargar sobre sus espaldas no con mochilas de trekking sino más bien -como apuntan las Mujeres Creando de La Paz- con la obligación de ser las “guardianas” de la tradición cultural de sus pueblos, especialmente en un aspecto: el de la vestimenta. Los hombres que se identifican con los pueblos originarios de países como Argentina, Chile, Bolivia, Perú y otros, en muchos casos han adoptado (o se les han impuesto) las ropas occidentales de modo más generalizado que las mujeres de esas comunidades (incluso el uso del sombrero “bombín” que es de origen europeo y que en Bolivia es propio solamente de las mujeres, ha pasado a considerarse tradición de las “cholitas”, y no de las “cambas” o “blancas”). Si la nota en cuestión fuera sobre hombres aymaras que se dedican a guiar, cocinar y/o portear en las montañas de la Cordillera Real, la cuestión de las tradiciones, al menos en la vestimenta, probablemente estaría ausente.

Pero ese no es el único problema al leer los cuerpos originarios. Tanto la nota como todo un imaginario se “sorprende” de que las mujeres aymaras “salgan” a la montaña. Por eso su aspecto pareciera recordar –según la persona que escribió la nota- a mujeres que “van de compras”, como si el lugar de pertenencia de las aymaras fuera el pequeño círculo doméstico que habitualmente entendemos como “salir de compras” en una ciudad (detrás de esta “sorpresa” se entrevé además cierta idea de que las mujeres occidentales estarían más “liberadas” que las originarias). Muchos pueblos originarios de Nuestramérica no necesariamente mantienen la misma división sexual de las esferas pública (considerada “masculina”) y privada (“femenina”) que prevalece en la cultura europea y sus derivaciones coloniales mestizas o “blancas”. Las mujeres aymaras, como muchas otras mujeres originarias, se han dedicado durante siglos a salir a comerciar entre poblados, o en lugares donde el par rural/urbano no tenía (no tiene) el mismo sentido que para la espacialidad occidental. Las tareas “masculinas” y las tareas “femeninas” no siguen la lógica occidental de que lo “físicamente pesado” sería para varones, mientras que lo menos “pesado” sería tarea femenina. En la puna boliviana no es tan extraño ver mujeres trabajando de albañiles, en la construcción de carreteras, al cuidado de la agricultura y el ganado, descargando bolsas de cemento, ropa o alimentos de camiones o al cruzar de un país a otro. De hecho, se puede llegar a escuchar turistas de la Argentina “quejarse” de que en Bolivia los hombres “les dejan los trabajos pesados a las mujeres” (idéntico reproche aparece en el Martín Fierro respecto de los “indios” en la “frontera”). (Si hiciéramos un estudio diacrónico de las propias sociedades occidentales en tiempos de nuestros abuelos y abuelas también veríamos claramente que lo entendido como “tarea de hombres” y “tarea de mujeres” –así como los criterios usados para sostener dicha división- ha sufrido grandes variaciones.)

Esto tampoco quiere decir que no haya problemas de violencia machista en países o regiones de fuerte presencia originaria. Solo significa que el cristal con que miremos esta situación no debe ser el mismo que usemos para nuestro propio entorno, si somos de clase media urbana “blanca”.

La traslación de las categorías urbanas propias de sectores medios “blancos” para aplicarlas al análisis de las tareas de mujeres originarias (ya sea en zonas urbanas pobres o en zonas rurales) es un recurso permeado de clasismo en tanto desconoce que lo que hacen las mujeres de clase media urbana no es lo mismo que lo que hacen las mujeres campesinas. Y también es una mirada racista que olvida que la división sexual del trabajo entre dos esferas diferenciadas (lo público y “pesado” como propio de lo masculino por un lado, y lo privado y “delicado” como lo femenino por el otro) responde principalmente a un marco específico: la mirada de clase media “blanca” eurocentrada. Esto no quiere decir que no haya divisiones sexuales de las tareas en muchas sociedades no occidentales, pero ciertamente estas divisiones no tienen en cuenta los mismos aspectos. Lo mismo se aplica para las diferentes clases sociales.

La línea que conecta racismo, clasismo y machismo es más intrincada de lo que habitualmente vemos. Muchas actitudes que para mujeres de sectores medios o altos implican de por sí un cuestionamiento de los estereotipos de género, pueden ser para mujeres de sectores bajos algo de significación totalmente diferente. “Cuestionar la feminidad” para una mujer de clase media-alta (hacer tareas “pesadas”, no maquillarse ni hacerse cirugías estéticas, no verse constreñida por cuestiones de sobrepeso, tener una gestualidad “masculina”, etc.) en el caso de mujeres pobres muchas veces no es producto de una rebelión contra los estereotipos de género sino de un modo específico de expropiación material y simbólica operada sobre su clase. Las mujeres de sectores populares que deben realizar tareas físicas pesadas en trabajos altamente precarizados, las que no tienen suficiente dinero para pagar productos cosméticos o cirugías, las que tienen escaso o nulo acceso a la salud nutricional y a alimentos de calidad y las que portan una corporalidad entendida como “masculina” para la mirada clasemediera, son parte de un modo de vida caracterizado por la inaccesibilidad a aquellos bienes simbólicos y materiales que hacen a la “femineidad” de las mujeres de clase media. Así, una mujer “blanca” con educación universitaria que sea leída como medianamente “poco femenina” en sectores medios, difícilmente sea vista igual para mujeres de sectores populares, y más bien será muy previsiblemente identificada como un cuerpo portador de ciertos privilegios de clase, y no como un cuerpo que escapa a la feminidad hegemónica.

Esto de algún modo nos ayuda a comprender que, para las mujeres, cuestionar los estereotipos de género no es necesariamente oponerse a los códigos y marcas de la “feminidad” como si fuera algo abstracto, sino ver qué puede haber en ella de opresivo y qué puede haber de autonomía. Por lo demás, cada sector social puede tener conceptos diferentes de “feminidad”. Sin considerar el contexto social y cultural, es imposible hacer este análisis.

En una reunión docente en Bahía Blanca, un profesor de Educación Física explicaba las razones que creía tener para oponerse a que chicos y chicas hicieran actividades físicas en conjunto. Expresó lo siguiente: “no podés poner a chicos y chicas a jugar al fútbol juntos porque estas siempre van a perder y encima son delicadas y no se la bancan”. “Sin embargo” –agregó- “las chicas de los barrios juegan como indios, algunas mejor que muchos varones porque son re machonas”. El estereotipo de género se mantiene intacto para los sectores medios en base a una supuesta diferencia “natural” que escamotea su condición de clase, mientras que lo que el docente entendía como “excepcionalidad” era explicada en términos racistas y clasistas que evitaban entender el fenómeno en términos de diferencia sexual. Cuando hablaba de la clase media, hablaba de mujeres y varones; cuando hablaba de sectores pobres, hablaba racializando y otrificando.

En este razonamiento se muestra cómo se usan criterios contradictorios en la lectura de los cuerpos sexuados según la extracción social de los sujetos involucrados. Esto le impidió a ese profesor usar el ejemplo de las “chicas de los barrios” para cuestionar el estereotipo imperante en los sectores medios, y también le impidió repensar su decisión de negarse a brindarle a las chicas de clase media la oportunidad de desarrollarse físicamente de modos más amplios y empoderantes (lo cual, dicho sea de paso, es una de nuestras obligaciones como docentes). Está claro que las mujeres de sectores pobres tienen menos oportunidades educativas que las otras, pero el privilegio de clase que ostentan estas otras es al precio de ser consideradas más “inútiles” para ciertas actividades, a su vez que esta “inutilidad” las “protege” de ser consideradas “indias” o “machonas”. La condición de “femenina” actúa aquí como una etiqueta desigualmente asignada según la clase social a la que se pertenezca, como un “premio” que algunas no se merecen. En resumen: la “feminidad” como privilegio de clase.

Si cruzamos estas concepciones sobre los cuerpos de adolescentes urbanos/as con el modo estereotipado de leer los cuerpos originarios se complica aun más el panorama.

Así, un análisis de los estereotipos de género no puede ir por separado de un análisis del contexto social en que estos estereotipos operan. Caso contrario, corremos el riesgo de hacer lecturas erróneas, invisibilizar las voces propias de cada territorio y plantear caminos de lucha escasamente significativos para los sujetos que los transitan. Esto vale también como advertencia frente a la incorporación cada vez más rápida y acrítica de categorías de la “clasificación racial” usada en Estados Unidos: escuchamos usar el término “caucásica”, “afro-americana”, “hispana”, “latina”, etc. para clasificar a personas en Argentina o países vecinos. Una persona que en nuestro país se autodefina como “blanca” o “caucásica” en EE.UU. difícilmente sería entendida del mismo modo. Esta es una de las tantas razones por las cuales rechazar la importación del patrón utilizado para la “racialización” operada en países del “Primer Mundo” sobre migrantes, turistas, refugiados/as, etc. Debemos elaborar nuestras propias categorías que permitan comprender la densa e intrincada trama de los racismos operantes en nuestros territorios.

Volviendo al principio, en realidad lo que debería llamar nuestra atención es el hecho de que personas de comunidades originarias (tanto hombres como mujeres) se aboquen como sujetos secundarios en trabajos altamente precarizados a tareas que tienen que ver con actividades europeas de raíz colonial. El montañismo como deporte y como actividad turística tiene su origen en los viajes exploratorios que hacían los grupos colonizadores europeos: los pioneros y pioneras de esta disciplina fueron principalmente exploradores/as y aristócratas de Inglaterra, Francia, Suiza, etc. que se dedicaban a recorrer los lugares que aun afianzado el colonialismo eran todavía bastante inaccesibles para el pie europeo en Asia, América y África ya entrados los siglos XIX y XX.

Los pueblos originarios de América, en cambio, han recorrido las montañas andinas por siglos y siglos. Su inserción actual en el mercado del turismo aventura como sujetos racializados y “generizados” tiene muy poco de pintoresco.

(Por Helen Turpaud Barnes) El Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras y el Día por la Memoria, la Verdad y la Justicia tienen varios ejes en común. Afortunadamente, el 24 de marzo no ha sufrido una banalización tan extrema como el 8 de marzo, pero bien vale trazar algunas continuidades.

La reivindicación de los derechos de las mujeres se suele perder en una marea de ideas edulcoradas. Particularmente las mujeres somos objeto de un modo específico de representación de la opresión como adorno y elogio. La subestimación de las mujeres no es nada desconocido: el rol supuestamente prioritario de estas en la crianza de hijos e hijas (por lo cual no tendrían por qué estar en otros lados), la aparentemente indiscutible “diferencia de fuerza física” entre hombres y mujeres (criterio que no se aplica entre varones más fuertes y varones menos fuertes), la gran sensibilidad atribuida a nosotras (lo cual implica desmerecer nuestra racionalidad), etc. El problema no es solo lo discutible de estas nociones, sino su estetización. Con esto me refiero al hecho de considerar que la opresión y los estereotipos de género serían algo “lindo”. Tratar a las mujeres de manera condescendiente y paternalista sería un modo de “protegerlas”, es “galante”, “las hace sentir bien”, la caballerosidad es “elegante”, etc.

Hace décadas, el filósofo Walter Benjamin decía en su artículo “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica” que “estetizar la pobreza es un modo de fascismo”. A nuestro modo explicaríamos esta frase diciendo que ver la pobreza como algo “pintoresco”, atribuir a la gente pobre condiciones esencialistas ennoblecedoras como “humildad”, “gran capacidad de vivir con poco” y “desapego” es un modo de ocultar el hecho de que la pobreza es producto de modos puntuales (y nada nobles) de explotación. Así, ampliando la idea de Benjamin, podríamos decir que la condescendencia en el trato hacia las mujeres tiene una veta de fascismo (aunque no se sea consciente de ello), desde la caballerosidad tan “apreciada” que las pone en un lugar de seres esencialmente vulnerables e inútiles (código de conducta que tiene por otra parte un origen también clasista y racista), hasta el tutelaje de los derechos de las mujeres no dejándolas decidir por sí mismas sino decidiendo por ellas. La corporación médico-psiquiátrica, la Iglesia o el Estado “sabrían” lo que es “bueno” para nosotras. Así, seguimos teniendo que reclamar el derecho al aborto legal, seguro y gratuito o la atención de calidad en materia de salud reproductiva. El que decidan por nosotras es lamentablemente aún considerado un modo de “defendernos” y “cuidarnos”. Las mujeres siguen siendo “débiles”, y por lo tanto hay que llevarles el bolso aunque ellas no quieran, hay que decidir por ellas si tienen hijos/as o no, hay que considerarlas sujetos secundarios en las luchas sindicales, hay que considerarlas muy “sensibles” (o bien muy “mandonas”) para la arena de los debates políticos, etc. Así, en estos últimos días, incluso las mentes más progresistas toman partido en la discusión entre Alejandro Fantino, Guillermo Moreno y Eduardo Feinmann que consistió en prepoteos entre “machos” diciendo cuánto ellos iban a permitir o no que se maltratara a las mujeres, como si fuera una cuestión de honor masculino y no un tema de derechos humanos y laborales básicos.

Estar en esta situación a 2016 nos recuerda que la historia no es lineal y que el discurso de que los derechos de las mujeres estarían avanzando irremediablemente hacia más y más amplitud es cuanto menos un resabio de la idea positivista de que el progreso de la humanidad es homogéneo e imparable (recordemos que esta idea es de mediados del siglo… XIX).

La conquista de derechos se da en zigzag, con avances y retrocesos, con luchas y oposiciones, no es un camino pavimentado en la pampa, sino un sinuoso sendero de montaña, donde muchas veces se pierde altura, se dan rodeos, se llega a falsas cumbres. Son precisamente las conquistas de derechos las que llevan a los sectores más reaccionarios a repensar y rearmar sus estrategias para volver atrás esas conquistas. Ningún opresor se queda tranquilo cuando le han sacado su poder. Así, en una época de progresiva organización de las mujeres en vistas de sus nuevas luchas, la reacción del patriarcado no se hace esperar con cada vez más femicidios, mayor “feminización” de la pobreza, mayor explotación sexual de las mujeres en redes de trata, etc.

Entonces, este discurso anticuado y positivista de que “hombres y mujeres avanzan hacia la igualdad día a día” no es solo erróneo sino que también es usado nada ingenuamente por muchos sectores para deslegitimar las luchas feministas porque dicen que “mujeres y hombres ya tienen los mismos derechos”, “¿qué más quieren?”, “ya se pasan al otro lado”, etc. En consonancia con el espíritu de tutelaje característico del machismo, nos dicen desde fuera cuál debe ser nuestra meta, y si seguimos caminando, nos quieren hacer creer que nos pasamos de largo.

Así, ambas ideas –la de la supuesta necesidad de tutelar los cuerpos y discursos de las mujeres, y la ilusión del progreso lineal de sus conquistas- convierten a las mujeres en sujetos políticos de posición compleja. Por un lado, hay que seguir decidiendo por nosotras, y así no se nos reconoce plena legitimad a nuestra voz.  Y por el otro lado, supuestamente “ya está”, “ya no hace falta más nada”, y entonces se nos niega sentido a nuestras luchas.

El 8 de marzo tenemos que seguir repitiendo que no celebramos sino que falta mucho.  Y de cara al 24 de marzo también tenemos luchas específicas que encarar: la necesidad de seguir visibilizando las agresiones sexuales en los centros clandestinos de detención como delitos de lesa humanidad, la importancia de las luchas de las mujeres durante y después de la dictadura, la emergencia de las voces de sexualidades disidentes, etc. Y también necesitamos luchar contra la virilización de la política que se restituyó en ese entonces (recordemos que una de las cosas que el poder dictatorial no podía soportar era que muchas mujeres participaran de la conducción partidaria o de la lucha armada, y de hecho esas historias siguen siendo invisibilizadas hoy incluso en ciertos sectores “progresistas”). Ahora mismo en 2016 esta virilización parece recrudecer con el macrismo: la mayor confianza en “hombres fuertes” o la presentación de figuras femeninas como “ornamentales”, “complementarias de los hombres”, incluso en los casos de mujeres de carrera política. La multiplicación ad infinitum de la cantidad de efectivos de las filas represivas también es una cuestión de género: subyace la idea de que la violencia social, el muy conveniente fantasma del narcotráfico y la imprecisa “inseguridad” se solucionan por la fuerza, aquella que en el imaginario social machista predominante es una prerrogativa solo masculina. Cambiar el sentido de la fuerza como privilegio del opresor a la fuerza como derecho y organización es crucial.

Ahí también está nuestra lucha: que la fuerza esté con nosotras.

(Por Helen Turpaud Barnes) El resultado de las últimas elecciones conlleva múltiples aspectos que ya a poco de haber asumido el nuevo gobierno se han vuelto totalmente evidentes (además de que eran esperables): medidas económicas que afianzan la brecha entre la clase trabajadora y quienes más poder adquisitivo tienen, represión en las calles, el planteo de una descarada dependencia de organismos financieros internacionales, etc.

Estas características benefician ampliamente a sectores de poder, y responden a presiones y lobbies propios de quienes tienen injerencia en las decisiones de los gobiernos. Pero la arremetida represiva que toma el gobierno de Mauricio Macri responde no solo a intereses materiales, sino a las ansias generadas a partir de ciertas representaciones sociales sobre el lugar que deben ocupar los sujetos. Buena parte del electorado de Macri, y también sus propios/as candidatos/as manifestaban su disconformidad con que ciertos sectores accedieran a beneficios sociales: la atención médica y la educación gratuitas, la provisión de insumos para atender la salud reproductiva y sexual de inmigrantes o personas pobres, etc., son vistas como una desmesura que ha de “corregirse” con medidas económicas de austeridad (para quienes ya sabemos);  los subsidios y la AUH es “mantener vagos/as” que deberían estar trabajando; el reconocimiento de derechos fundamentales para las personas trans o para las personas lesbianas y gays generarían “confusión” en la sensibilidad de la población, sobre todo para la juventud y la niñez a quien todavía hay gente que dice que es “difícil” explicarle la mera existencia de sujetos de sexualidades disidentes (como si la legitimidad de estas existencias dependiera de la posibilidad didáctica de ser “explicada a los niños y niñas” y no de un derecho humano básico). Más allá de que se puede plantear que hay buena cantidad de políticas que los gobiernos kirchneristas no llevaron adelante (como las deudas en materia de legalización del aborto, como impedir que se aprobara algo como la Ley Antiterrorista, etc.), una buena cantidad de la población y los medios de comunicación de derecha percibían que muchos sujetos estaban ocupando un lugar “indebido” y excesivo en la sociedad: inmigrantes, trabajadores/as, jóvenes, empleadas/os domésticas/os, personas trans, mujeres, etc.

En esta coyuntura, no faltaron quienes impugnaban el lugar de la presidenta Cristina Fernández con comentarios machistas y acusaciones que no se harían para con un mandatario varón. A lo largo de estos años se ha escuchado que la presidenta era tachada de “demasiado vehemente”, “autoritaria”, “de gestos muy duros para una mujer”, etc. Más allá de las críticas a las políticas del kirchnerismo, había una acendrada aversión a la propia figura de la presidenta Fernández. Y podríamos condensar esta crítica en la nota “Cristina, lejos de los atributos femeninos”, aparecida el día 14 de diciembre de 2015 en Perfil y firmada por Mariana Arias. Según esta nota, que recoge muchas opiniones bastante comunes en la sociedad argentina actual, Fernández habría carecido de la “sensibilidad” y del “amor” que aparentemente sería propio de las mujeres, y esto habría redundado en políticas erradas con cierta parte de la población. Fernández, dice Arias, tendría que haber echado mano de características más “femeninas” (de las cuales carecería la presidenta) para poder dar lugar a muchos reclamos de la sociedad. Es decir, las “fallas” de las políticas de Fernández responderían a una “deficiencia” personal propia de su “condición de mujer”, y, en este caso, más aún, a una falla doble: por ser mujer y por NO ser mujer a la vez.

No mejor papel que las críticas machistas opositoras hicieron algunas de las figuras que pretendieron “defender” la figura de Fernández. El lunes 1° de octubre de 2012 en Infobae, el filósofo José Pablo Feinmann intentó hacer una lectura de las razones por las cuales algunas personas en la sociedad “odiaban” a la presidenta. Curiosamente, la crítica de Feinmann se centraba en el supuesto “odio” de otras mujeres hacia la primera mandataria, y no de los hombres. Según el mentado pensador, las mujeres que odiaban a la presidenta lo hacían por “envidia”, porque no podían ser como ella, no eran tan “inteligentes” ni tan “lindas”. Contraponía su embelesamiento por la belleza de Fernández (comparable para él a la de Marilyn Monroe) a la supuesta “masculinidad” de Angela Merkel. Incluso señaló que Fernández tenía la posibilidad de aparecer como figura de una tapa erótica en una revista, pero otras mujeres no (ni las opositoras ni Merkel), porque –explica didáctico y simplista Feinmann-, “hay mujeres que no son mujeres, son políticas”. Es decir, al menos según la filosofía machista vernácula, mujeres y política tienen una distancia que hay que saber respetar so pena de perder la condición de “deseable” (huelga decir que aquí hay una gran confusión entre ser “deseable” y “linda” y ser objeto de tapas de revista degradantes y agresivas). Feinmann prefiere una mujer “deseable” que una mujer “política”. Nada dice el filósofo del probable escozor de una sociedad machista donde las masculinidades hegemónicas se ven amenazadas y resentidas por la figura de una mujer con poder.

En ambos casos, tanto el de Arias como el de Feinmann, la lectura sobre la figura de una mujer en el poder no puede desprenderse de sus consideraciones sobre el género de quien están haciendo objeto de su análisis. No vemos el mismo tipo de análisis hecho sobre los hombres en el poder. En definitiva, tanto para parte de la oposición al kirchnerismo como para cierto sector que era su oficialismo, la feminidad de una mandataria se hace objeto de disputa, material en discusión, condición negativa y positiva a la vez. Todo este análisis al cual vemos sometidas a las mujeres constituye un modo más de opresión no para un sujeto en particular (en el caso de la ex presidenta) sino en tanto reproducción de estereotipos que las mujeres y sujetos feminizados deben atravesar al hacer suyos reclamos de espacio y poder en la sociedad.